Encuentro en Sebastopol
Capítulo 8
Londres, 1854
El día después de la llegada de Rosa y de la tía Isabella, me despertó temprano el ruido que llegaba desde abajo: unos golpes enérgicos en la puerta principal, seguidos de la voz de mi madre en el vestíbulo. Rosa seguía dormida en la cama que habíamos traído de otra habitación. Con el cabello desparramado sobre la almohada y un brazo doblado bajo la cabeza, parecía una modelo que posara para un cuadro de los que exhibían en la Royal Academy.
Salí de puntillas hasta el descansillo, me asomé a la planta baja y vi que acompañaban al médico a la habitación de mi tía, a pesar de que apenas eran las siete de la mañana. Mi madre jamás habría osado molestar al doctor a aquellas horas a menos que su hermana estuviera gravemente enferma.
Me vestí en la habitación que habíamos destinado en un principio a Rosa. Las flores que había cogido para ella perfumaban la estancia, en la que había esparcido también varios tapetes hechos por mí a ganchillo con encaje de horquilla para que colocara sobre ellos cepillos y frascos. Ruth y yo habíamos abrillantado los postes en espiral de la cama y eliminado completamente el moho de la repisa de la chimenea. Las ventanas daban al jardín con su sinuoso sendero que pasaba bajo el arco del rosal y terminaba en el prado, aunque ahora ése me parecía un nombre algo jactancioso para un terreno cubierto de arbustos que era la décima parte de una hectárea. Todo el prado de Clapham habría cabido en el jardín italiano de Stukeley, que constituía sólo una pequeña parte de su parque.
Al cabo de media hora oí que se cerraba la puerta principal, así que bajé con sigilo la escalera para desayunar con mi madre. Me contó que mi tía había sufrido unas terribles palpitaciones durante la noche y que aún le costaba respirar. El médico había ordenado que la mantuvieran en estricto aislamiento, preferiblemente en cama, durante una semana por lo menos. El largo viaje en tren, sumado a la tensión por su reciente viudedad, había supuesto un esfuerzo intolerable para su corazón y sus nervios.
—Ya sé que no está bien decirlo, pero es muy inoportuno —observó mi madre—. Tengo tantas cosas que hacer...
—Puedo ayudarte.
—Por supuesto. Y también está Rosa, y la doncella que han traído.
—¿Qué ha dicho mi padre?
—Que debemos hacer cuanto sea necesario, por supuesto. Pero tenía mucha prisa, pues ha surgido un problema en la obra de Wandsworth que tiene que ver con la proximidad del ferrocarril. Las alcantarillas se han visto afectadas.
Rosa apareció con una bata blanca, larga y suelta, que se arremolinó en torno a sus pies cuando se inclinó para besarnos. Mi prima contrastaba vivamente con cuanto había de viejo o desvencijado en la estancia. Sin embargo, cuando tocaba el respaldo de una silla o una servilleta, de repente éstas se convertían en parte del elegante retrato que era ella. Estaba radiante después de un largo reposo.
—No podéis imaginar lo maravilloso que es estar aquí. Al despertarme he pensado: no puedo creer que de verdad me haya ido de Mukeley. Aquella casa se había convertido en un mausoleo. —Alargo la mano sobre la mesa para coger la cafetera y extendió una gruesa capa de mantequilla sobre su tostada—. Bueno, ¿y qué vamos a hacer hoy?
—Tu madre está enferma, querida Rosa —advirtió mi madre—. Tuvimos que llamar al médico.
—No era necesario. Pronto mejorará.
—El médico no lo cree así. Dijo que necesita cuidados constantes. Hay que estar siempre muy atentos cuando se trata del corazón.
—Ya se ocupará Nora. Para eso la trajimos con nosotras.
—Nora ha pasado la noche en vela, necesita dormir. —Mi prima había dejado de comer y observaba a su tía con atención—. Por el momento al menos, mientras tu madre siga tan enferma, creo que debemos asegurarnos de que se halle bien atendida. Y creo que sería poco apropiado traer a una enfermera de fuera cuando apenas acabáis de llegar.
Rosa empujó la silla hacia atrás y se levantó.
—Yo la cuidaré, por supuesto, no es molestia. Estoy acostumbrada. No quiero que seamos una carga para vosotros. Quizá Mariella y yo podríamos salir primero un rato a tomar el aire, una hora o así, si no te importa, querida tía Maria, ocuparte tú mientras nosotras... —Se enjugó unas lágrimas—. Lo siento, lo siento. Estoy un poco cansada de hacer de enfermera, por eso estoy mostrándome egoísta. Mi padrastro sufría de una terrible enfermedad, una especie de tumor en el intestino. Mamá no soportaba acercarse y él tenía tan mal genio que ninguna enfermera quería quedarse, excepto Nora, pero a él no le gustaba. Y era amable conmigo, parecía mucho más tranquilo cuando yo estaba cerca. Nunca me ha molestado cuidar de personas enfermas, en realidad. De hecho, dedicaría mi vida a ello, si pudiera ser útil. Ahora mismo voy con mamá...
Salió presurosa de la habitación. La oímos detenerse en el vestíbulo y aspirar honda y temblorosamente, y a continuación sus pasos ligeros en la escalera.
Una hora más tarde, Rosa y yo íbamos de camino al río en ómnibus, mientras mi madre se quedaba en casa para cuidar de su hermana.
—Sólo he tenido que cancelar una breve reunión esta mañana. No tiene importancia. La pobre Rosa se merece unas pequeñas vacaciones — había asegurado.
No obstante, el sacrificio materno me pesaba en la conciencia a bordo del transporte público, donde Rosa y yo compartíamos asiento con un anciano tocado con un sombrero polvoriento y una niñera que llevaba a un niño pequeño en brazos, los tres extasiados ante mi prima, que miraba ávidamente por la ventana y cuyo dorado cabello resaltaba del modo más favorecedor con el vestido, el chal y el sombrero negros.
—Primero iremos a Marylebone —dijo—. Tengo una cita allí.
—¿Una cita? ¿Cómo es posible? Si no sabíamos qué íbamos a hacer hoy...
—Escribí a una amiga, la señorita Barbara Leigh Smith, para comunicarle que iría a visitarla esta mañana si me era posible. No me cabe duda de que estará esperándome. Vamos, sigamos a pie; si no, nos perdemos muchas cosas —propuso, y se abrió paso entre las rodillas de los demás pasajeros para bajarse ágilmente del ómnibus con sus prácticas botas, mientras yo la seguía insegura con mis zapatos elegantes, zarandeada por la multitud.
Rosa preguntó por la dirección con su vibrante voz y salió de nuevo disparada, esquivando carretillas y cochecitos de bebé como si hubiera vivido toda su vida en Londres.
—¿Quién es esa señorita Leigh Smith? Ignoraba que tenías amigos londinenses —comenté jadeante cuando por fin logré alcanzarla.
—¿Aparte de ti? Bueno, hace un par de años que nos carteamos. Es la prima de unos conocidos de Derbyshire, los Nightingale. Por boca de su tía Julia descubrí que nunca han reconocido el parentesco con Barbara porque es hija ilegítima, a pesar de que sea una de las mujeres más brillantes y con más talento del país. Es amiga íntima de la doctora Elizabeth Blackwell. Seguro que has oído hablar de Elizabeth Blackwell, Mariella, una mujer de Estados Unidos que tiene el título de médico. —Subió los escalones de entrada del número 5 de Blandford Square y tiró de la campanilla.
—No debemos quedarnos mucho tiempo —susurré cuando se abrió la puerta—. Quizá nos necesiten en casa, ¿no crees? —dije, pues todavía estaba impresionada por el tono despreocupado con que había utilizado el término «ilegítima».
La casa apestaba a pintura al óleo y la señorita Leigh Smith nos recibió en una sala de estar del primer piso que hacía las veces de estudio; algunas sábanas protegían los muebles, las cortinas se habían recogido y sujetado a la pared, un hule cubría el suelo y había un caballete junto a la ventana. Vestía un amplísimo delantal cruzado y se peinaba hacia atrás el cabello color caoba, sin duda su rasgo más atractivo, despejando una amplia frente. Al principio pareció desconcertada cuando Rosa se presentó.
—¿La señorita Barr? Lo siento... no... —empezó a decir, pero después le cogió las manos y añadió—: Rosa Barr, por supuesto. Mi amiga del norte. —Su apretón de manos resultó inquietantemente firme. En la otra mano sostenía un pincel. A pesar de que quitó las sábanas que cubrían las sillas para que pudiéramos sentarnos, era evidente que la habíamos interrumpido en su trabajo—. Pertenezco a una sociedad de pintores y nos planteamos retos eligiendo temas. Para el mes que viene hemos escogido la «Desolación» y acabo de empezar.
—¡Dios mío! —exclamó Rosa, mirando el lienzo del caballete con detenimiento.
—Sí, bueno, es un tema acorde con nuestro estado de ánimo. Hay mucha desolación en el mundo en estos momentos. No hace falta ir muy lejos. ¿Qué les parece? —Rosa y yo contemplamos un paisaje tan lleno del impetuoso movimiento del mar, las nubes y el viento, que me estremecí de emoción, como si me hubiera tocado Henry.
—Es maravilloso —declaró mi prima—. El cielo es brillante, con esas nubes que lo surcan... Yo también pinto, pero sólo al pastel. No tengo la menor idea de cómo usar la pintura al óleo así, capa sobre capa.
—Recibí clases en el Bedford College. ¿Ha oído hablar de él? Creo que es fundamental recibir la formación adecuada y la influencia de otras personas. Mis amigos me ayudan. Tengo unos amigos maravillosos. ¿Le suena el artista Gabriel Rossetti, por ejemplo? Él es mi inspiración.
—Pero ¿cómo encuentra a esas personas? ¿Puede asistir cualquiera a esa escuela? ¿Es muy cara?
Sonó la campanilla de la puerta y al poco entraron dos mujeres de sombrío atuendo que repartieron abrazos y se presentaron por su nombre de pila, Marian y Bessie. Eché mi silla un poco atrás. Mi vestido era demasiado elegante comparado con el suyo, y su conversación me asustaba, sobre todo cuando preguntaron a Barbara acerca de un ensayo que estaba escribiendo sobre las mujeres que se divorciaban. Hasta ese momento, no había oído la palabra «divorcio» en público.
—¿Cuál es la tesis del ensayo? —preguntó Rosa.
—Tenemos una amiga llamada Caroline Norton —explicó Bessie—, a quien el marido le arrebató los hijos porque ambos se habían peleado. Desde entonces ha estado luchando por el derecho de la mujer a ver a sus hijos aun después de separarse del marido.
Empezó a invadirme una oscura congoja. Rosa y yo no deberíamos haber ido allí. A mi madre no le habría gustado en absoluto que me relacionara con aquellas personas. Si la señora Hardcastle se enteraba, estábamos perdidas.
—¿Y a qué se dedica usted, señorita Lingwood? —preguntó la mujer de cara alargada que se llamaba Marian, volviéndose hacia mí de repente.
—¿A qué me dedico? Bueno, yo...
—Mariella y su madre van a abrir una residencia para institutrices retiradas —explicó Rosa—. Espero poder contribuir también. Mariella cose de manera exquisita. No conozco a otra persona tan rápida y pulcra con la aguja.
—Pero ¡si estoy buscando una costurera, señorita Lingwood! — exclamó Barbara—. ¿También cose cosas sencillas? Necesito mujeres que vengan a ayudarnos en la escuela que voy a crear. Queremos que los niños adquieran conocimientos útiles, además de habilidades intelectuales y creativas. Tal vez podría dar usted clases, sólo serían una o dos horas a la semana.
—Oh, no. No sabría enseñar.
—Bueno, la escuela aún tardará unos meses en empezar a funcionar. Tiene tiempo de sobra para pensarlo.
—Pero, en cualquier caso, esa residencia suya es de lo más oportuna, señorita Lingwood —afirmó Bessie—. Esas mujeres solteras, demasiado mayores para seguir trabajando tras una vida entera de servicio, merecen algo mejor que morir de hambre en soledad. Qué obra tan maravillosa.
—¿Sabéis? —terció Barbara—, creo que eso es lo que está haciendo mi prima Fio precisamente. Dirige una residencia parecida. Y me refiero a dirigirla de verdad.
—¿Y usted, Rosa, en qué campo trabaja? —preguntó la insaciable Marian.
—En ninguno. Supongo que mi sueño sería convertirme en enfermera, o incluso en médico, si fuera posible. Mariella tiene un primo considerado un cirujano de mucho prestigio. Ahora que estoy en Londres, espero lograr introducirme en algunos ambientes gracias a él, o al menos tener la oportunidad de ver una operación y tal vez asistir a una o dos clases.
—Ésa es una ambición muy valiente y hermosa —afirmó Bessie—. Tal vez podríamos ayudarla. Si mi prima Elizabeth Blackwell vuelve a Londres, tiene que conocerla. ¿Cómo se llama su pariente, señorita Lingwood? Nos interesa encontrar médicos que aboguen por la causa de las mujeres que desean dedicarse a la profesión médica.
—¿Mi primo? —inquirí, disimulando apenas el temblor de mi voz.
—Sí, mujer, Henry, el primo del que siempre hablabas cuando viniste a Stukeley —intervino Rosa—. Ese que me mencionabas a menudo en tus cartas.
—¿Te refieres a mi primo segundo, Henry Thewell, el cirujano? Ahora está en el extranjero.
—Qué desilusión. Él es una de las razones por las que he venido a Londres —reconoció Rosa—. Bueno, cuando vuelva espero que me muestre el trabajo que realiza en su hospital.
Me levanté e hice ademán de precipitarme hacia la puerta.
—Tenemos que irnos. Prometimos que regresaríamos a la hora de comer.
—Vuelvan cuando quieran —nos invitó Barbara—. Por favor.
Aun así, Rosa se resistía a marcharse. Se paseó por la habitación, examinando un cuadro tras otro hasta llegar a un dibujo a lápiz de una mujer de labios carnosos y flores en el pelo.
—Maravilloso. Ojalá supiera dibujar así.
—Es Lizzie Siddal —explicó Barbara—. ¿Ha oído hablar de ella? Es la amante del artista Gabriel Rossetti que antes le he mencionado. Estuvimos con ellos en Sussex hace poco, pero me pareció que se hallaba muy enferma. Todos nos preguntamos si acabarán casándose, o si ella vivirá lo suficiente...
Jamás en toda mi vida, o quizá desde mi última velada en Stukeley, había deseado tanto huir del lugar donde me encontraba. La sangre se me había subido a la cabeza, la ropa me apretaba y el corazón me latía con violencia.
—Es tarde —musité, y por fin Rosa y yo salimos al vestíbulo y luego a la calle soleada, y nos alejamos a pie.
Mi prima dio unos cuantos saltitos y se cogió alegremente de mi brazo.
—¿Verdad que Barbara es increíble? ¿No te parece la mujer más afortunada del mundo? Tiene su propia casa e increíbles amigos. Quizá un día tú y yo dispongamos de una casa como ella para las dos solas, donde podamos pintar y coser y charlar de cosas importantes con otras mujeres. Todo parece posible tratándose de Barbara. —No respondí—. Fíjate en mí comparada con ella —prosiguió—. Con casi veinticuatro años, ¿qué he hecho en la vida? Tú eres distinta. Tienes un objetivo, Mariella: la residencia para institutrices.
—No es mi objetivo. No deberías haberlo mencionado.
Rosa se detuvo en seco.
—Estás enfadada. ¿Qué he dicho?
—La residencia para institutrices no es mi objetivo. Hago labores de costura para ellas, nada más. Pero no es mi vida. Deberías haberles contado la verdad. Era como si te avergonzara explicarles que simplemente vivo con mis padres.
—Pero si les he dicho la verdad... Siempre estás ocupada. En tus cartas me hablabas constantemente de la última prenda que habías cosido o de conferencias o conciertos a que habías asistido. En cambio yo, cuando vivía en Derbyshire, jamás me alejaba más de ocho kilómetros de Stukeley. Y en esos ocho kilómetros a la redonda, apenas había una docena de familias con quienes nos tratáramos, la mayor parte mortalmente aburridas. Mientras que aquí, a ocho kilómetros de tu casa o incluso menos, viven las personas más interesantes de nuestra época.
—Rosa, ¿adónde vas? No tenemos tiempo para visitar un parque. Deberíamos buscar un ómnibus y volver a casa.
—Oh, todavía no, por favor. Tu madre ha dicho que podíamos tardar todo el tiempo que quisiéramos. Fíjate en ese niño que baja rodando por la cuesta. ¿Recuerdas que había una cuesta en el bosque de Stukeley por la que bajábamos corriendo?
Me había cogido de nuevo del brazo con firmeza y, antes de que me diera cuenta, caminábamos al mismo paso. De repente se disipó mi irritación y volví a experimentar la antigua sensación de peligro y vértigo que surgía cuando estaba a solas con ella. Seguimos caminando cada vez más deprisa, cadera con cadera, mientras la brisa nos daba en el rostro y las piernas se movían al unísono como las de los soldados que había visto marchar frente al Palacio de Buckingham.
Pero al final la persuadí de que eran casi las dos, pasada ya la hora de comer, y de que realmente debíamos regresar a casa. De modo que volvimos a cruzar el río por el viejo puente de Westminster, donde se detuvo, contempló con aire soñador la cúpula de San Pablo y recitó en voz baja y firme unos versos de Wordsworth:
—«Embotada tendría el alma quien pudiera pasar de largo tan conmovedora es su majestuosidad...» Sí, ahora lo veo. Desde luego, los campos han desaparecido, y supongo que el aire de Wordsworth no tenía este humo, porque era por la mañana temprano, pero sí, veo el contraste entre el río y el cielo y la ciudad en el que se fijó él. Veo el modo en que las personas encajamos en un todo ideal.
—Pero no mencionó el olor del río —comenté, tirando de ella para seguir caminando—. Y algunos días empeora.
Cuando llegamos a casa, Ruth abrió la puerta casi antes de que hubiera puesto la mano sobre la aldaba.
—¡Ya han vuelto, señora! —gritó por encima del hombro, desconocedora aún de las costumbres londinenses.
La cabeza de mi madre asomó sobre el pasamos de la escalera.
—Mis queridas niñas, ¿dónde habéis estado? Oh, gracias a Dios.
Arrojamos a un lado los sombreros y nos precipitamos hacia la escalera pensando que la tía Isabella debía de haber muerto. Entonces vimos que de hecho bajaba hacia nosotras ataviada con un voluminoso camisón y una cofia de largas cintas, aferrándose con las manos a la barandilla.
—¡Rosa! ¿Qué te ha ocurrido?
—Hemos salido a dar un paseo —contestó mi prima—. Se nos ha pasado el tiempo volando. ¿Qué sucede?
La tía Isabella se sentó en la escalera pesadamente, se llevó las manos a la cara y emitió un sollozo.
—Vas a matarme. No tienes la menor idea de lo que puede pasarles a las jovencitas en Londres. No podría soportar otra pérdida. Rosa, prométeme que no vas a empezar otra vez a ir por ahí tú sola sin decirle a nadie dónde estás. Prométeme que no volverás a salir sin compañía. Estaba muerta de preocupación.
—No estaba sola, sino con Mariella. Mamá, no te encuentras bien, de lo contrario habrías comprendido que no había necesidad de preocuparse. Hace un día precioso. ¿Por qué no sales y te sientas un rato en el jardín? Pronto te sentirás mejor.
—Creía que estabas muerta.
—¿Cómo iba a estar muerta? ¿Qué podía matarme? Aquí estoy, sana y salva. Vamos, a lo mejor prefieres volver a la cama. Estoy segura de que la querida Ruth nos subirá un té. —El tono de Rosa era apaciguador, aunque trató a su madre con firmeza cuando la doncella y ella la sujetaron de los brazos y la llevaron de vuelta a su habitación.
Mi madre me condujo con premura al gabinete. Las húmedas manchas en sus axilas eran signo evidente de que estaba nerviosa.
—No habéis venido a comer. Os he esperado cuanto he podido. Teníamos que ir a ver a los Thornton a las tres, ¿no te acordabas? Habré de ir yo sola. Ve a buscar el sombrero y los guantes, deprisa. Y dile a la cocinera que Rosa y tú comeréis ahora.
La besé en la mejilla y esperé en la puerta mientras ella atravesaba el prado. Avanzaba un poco encorvada, las faldas se le arrugaban porque se negaba a llevar un montón de enaguas y le tiraba la tela del corpiño en la espalda. Deseé con todo mi corazón no haber llegado a casa demasiado tarde y haber podido acompañarla.
No se volvió para saludar, así que cerré la puerta y me quedé en el vestíbulo escuchando el tictac del reloj de pie del primer descansillo. Luego bajé con sigilo a la cocina, donde la cocinera tomaba el té con los pies en alto sobre un taburete. Dijo que nos habían guardado la comida en la despensa y que suponía que Ruth podía servírnosla al cabo de diez minutos si hacía el favor de subir y esperar.
La actitud de la doncella, cuando me sirvió una desagradable comida consistente en carne y patatas frías, era de pretendida superioridad moral. Me comentó que Rosa no tenía hambre y que, de todas formas, no podía dejar sola a su madre.
Después de comer me senté en la terraza a fin de coser unos ribetes a punto de cadeneta en un juego de tapetes para bandejas. Tenía ampollas en los pies y estaba agotada de mente y cuerpo por la excursión a Londres con Rosa. Había pasado innumerables tardes cosiendo en aquella terraza sombreada, pero jamás en semejante estado de agitación, nunca sintiéndome tan sola.
Había vuelto a ocurrir, exactamente igual que antaño: tras una mañana en compañía de mi prima, me quedaba sola, muy turbada y desasosegada, pero desesperada por volver a estar con ella.
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