Encuentro en Sebastopol

Katharine Mcmahon · Capítulo 22 de 77

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Encuentro en Sebastopol

Capítulo 15

 

 

La epidemia de cólera retrasó la conferencia de Henry, titulada «¿Muerte o manos limpias?», hasta finales de agosto. Cuando por fin recibimos la invitación para acudir a Willis's Rooms, en el St. James's, mi padre insistió en lo sensato que había sido al comprar un carruaje que nos conduciría rápidamente y con toda comodidad a través de Londres a una hora tan tardía. Y a pesar de que el cuello almidonado le dejaba una intensa marca roja, se sentía demasiado impresionado por la ocasión para quejarse.

Mi madre se ofreció a permanecer en casa con su hermana, que detestaría quedarse sola con Nora. Afirmó que no suponía ningún sacrificio para ella, porque, conociendo la franqueza de Henry, sin duda el contenido de su conferencia sería de lo más desagradable y confiaba en que nosotras le contaríamos cuanto pudiera aplicarse a la dirección de la residencia para institutrices.

Rosa se preparó en diez minutos. Su negro vestido de seda le confería la austera belleza de una santa de vitral. Se tumbó entre las almohadas de mi cama y me observó mientras me ponía mi vestido de noche azul claro con un amplio escote que dejaba al descubierto una atrevida porción de cuello y hombros.

—No pienso constreñir mi cuerpo de esa manera —comentó, mientras me ataba la parte de delante del corsé—. ¿Por qué lo haces, si ya tienes una cintura diminuta? —Se levantó de pronto, me rodeó con las manos, apretó su mejilla contra la mía y me besó varias veces en los hombros y la barbilla —. Preciosa, preciosa Mariella. Ojalá pudiera mojar un pañuelo con tu esencia para ahuyentar todo lo malo de la vida. Pero ¿por qué te torturas a ti misma? —Me balanceó delante del espejo.

—Me gusta la forma que me da el corsé y sin él me sentiría desnuda. —Mi prima era cinco centímetros más alta, esbelta y de piel marfileña, mientras que yo parecía menuda y recatada a su lado, a pesar del escotado corpiño.

Traté de cubrirme con una estola de encaje, pero Rosa me la quitó de los hombros.

—Echa la cabeza atrás y levanta un poco los codos. Si te encorvas estás perdida. No me extraña que Henry te encuentre irresistible. —Me frotó la nuca con los pulgares—. Lo que necesitas es un collar, algo azul que haga juego con tus ojos. Tengo exactamente lo que te irá bien, y pensaba regalártelo de todas formas. —Me tendió un estuche de terciopelo —. Ahora es tuyo.

Como yo bien sabía, en él guardaba el relicario de oro con forma de corazón y un zafiro incrustado, que encerraba un mechón de pelo de su padre.

—No puedo quedarme con tu relicario —protesté.

—Quiero que lo tengas. De verdad. ¿De qué otro modo puedo pagarte por cuanto has hecho?

—No es necesario, Rosa.

—Sí lo es. No creas que no soy consciente de la dura prueba que supone a veces tenernos aquí en tu casa, así que déjame que te lo dé, por favor. Hazlo por mí. Mira dentro.

Había reemplazado el pequeño rizo de pelo cano masculino por una diminuta trenza enrollada en forma de muelle dorado y castaño.

—Te corté un mechón de pelo mientras dormías. Y otro mío. Vamos, no llores, Mariella. —Me cogió la cara entre las manos y me besó en la frente, las mejillas y los labios.

—Es demasiado valioso. ¿Y qué harás con el mechón de tu padre?

—Lo guardaré. No necesito el relicario para recordarlo.

—No puedo ponérmelo. ¿Qué pensará tu madre?

—No tiene por qué saberlo.

—Detesto cualquier tipo de secreto.

—El relicario es mío y puedo dárselo a quien quiera. No me estropees el regalo, Mariella. Además, ¿qué hay de malo en que lo lleves? Nuestra familia sabe que lo compartimos todo. Si mamá se da cuenta, diremos que me lo has pedido prestado para esta noche. Deja que te lo ponga.

Se sentó en la cama detrás de mí y noté su aliento sobre mi cuello cuando ajustó el cierre. Por un momento sus dedos descansaron sobre mi piel cuando apoyó la frente en mi hombro desnudo. Luego bajamos rápidamente, ella flotando delante con su reluciente vestido de seda negra, el sombrero medio caído y las cintas ondeando.

El salón de conferencias me amedrentó porque había pocas señoras presentes y los caballeros se mostraban como un grupo cerrado e inexpugnable. Incluso Rosa estaba un poco apagada mientras observábamos la llegada de lo que llamó «las vacas sagradas». Mi padre desaparecía entre la multitud, para reaparecer a continuación con noticias sobre los asistentes; no sólo había luminarias del mundo médico, entre ellas el doctor John Snow y sir James Clarke, de quienes se sabía que habían visitado a la reina, sino también un miembro de la aristocracia, lord Ashburton, el señor Carlyle, el escritor, y el político Richard Monckton Milnes, uno de los preferidos de Henry porque ambos admiraban al poeta John Keats.

Yo estaba tan nerviosa, en el salón hacía tanto calor y el corpiño me ceñía de tal modo que noté una palpitación en la frente: el inicio de una jaqueca. A la luz de gas, sobriamente vestido con levita y una reluciente pechera, las manos enlazadas a la espalda y sin apenas mirar las notas que tenía sobre el atril, Henry habló durante tres cuartos de hora sobre una teoría que en su opinión podría cambiar la cirugía para siempre. Intenté ver en aquel hombre meticulosamente peinado y con espeso bigote al muchacho que se sentaba en el sofá de nuestra sala de estar con una pierna metida debajo de la otra, absorto en algún incomprensible texto, y que mientras leía me rodeaba los hombros infantiles con el brazo izquierdo y sus dedos jugueteaban de vez en cuando con un mechón de mi pelo, al tiempo que yo bordaba un dechado.

Las mejillas de Henry aparecían sombreadas por momentos. Me encantaba su voz, que, si bien era fuerte y autoritaria, se mostraba al mismo tiempo comedida, sin rastro de severidad ni condescendencia. Al cabo de un rato tuve que apartar la vista por si se percataba de la atención con que lo observaba y cómo, cuando volvía la cabeza para dirigirse a otro sector del público y la lámpara iluminaba su boca, yo recordaba que esos mismos labios habían besado los míos bajo el cedro.

—A Semmelweiss prácticamente lo han desterrado de la ciudad de Viena —explicó—, donde llevaba a cabo sus innovadoras investigaciones, pero continua con su trabajo en el hospital de San Roque, en Hungría. Esto fue lo que observó. En una sala de parturientas atendidas por comadronas, menos del tres por ciento de las mujeres morían de fiebres puerperales, mientras que en una sala similar, pero atendida por estudiantes de medicina, la tasa de mortalidad alcanzaba el trece por ciento.

»Al principio, Semmelweiss, como todos los demás, no conseguía entender la relación, pero, tras cuidadosas observaciones, se dio cuenta de que los estudiantes iniciaban la jornada realizando autopsias y luego se dirigían directamente a la sala de partos para examinar y atender a las parturientas. Las comadronas, por el contrario, jamás llevaban a cabo autopsias. De ahí Semmelweiss concluyó que los estudiantes traspasaban materia infectada de los cadáveres a las parturientas, lo que aumentaba la tasa de mortalidad. Para corregir esta situación, insistió en que los alumnos se lavaran las manos con una solución de cal clorada antes de atender en los partos, que se pusieran sábanas limpias a cada parturienta y que se limpiaran las salas de partos regularmente.

»Nosotros, en nuestros hospitales, vamos de un paciente a otro y de una operación a otra sin lavarnos las manos ni limpiar nuestros utensilios. Quisiera exponerles la premisa de que, si adoptáramos las medidas de Semmelweiss, también aquí observaríamos una caída espectacular en la tasa de mortalidad asociada tanto a la cirugía como al parto.

Aunque lo escuchaba con suma atención, no pude evitar reparar en que reinaba cierta inquietud entre el público. Se oían multitud de toses y susurros y un par de hombres se habían cruzado de brazos y echado la cabeza atrás con sorna. El leve dolor en las sienes se había convertido en una insistente punzada. Jamás se me habría ocurrido que alguien pudiera estar en desacuerdo con Henry, pero cuando terminó la conferencia los aplausos escasearon y un caballero calvo con unas patillas inmensas se puso en pie bruscamente.

—¿Qué pruebas hay de que la materia infectada se transmita de los muertos a los vivos de esa manera? —quiso saber.

—Carecemos de pruebas definitivas. Sólo tenemos el descenso espectacular de la tasa de mortalidad cuando los estudiantes cambiaron sus hábitos.

—O quizá, sabiendo que estaban siendo observados, simplemente fueron más cuidadosos. Al fin y al cabo, se trataba de meros estudiantes, mientras que tal vez las comadronas fueran ya veteranas. Tenemos entendido que el doctor Semmelweiss jamás ha publicado sus investigaciones. ¿No le sugiere eso que quizá tenga algo que ocultar o, como mínimo, que alberga dudas sobre sus propios hallazgos?

—El doctor Semmelweiss no es un hombre de trato fácil. No sin motivo, tal vez. Lo ridiculizaron y sólo halló oposición, y por lo tanto, no confía en sus colegas.

—El público asistente sabrá que mis investigaciones sobre los brotes de cólera me han convencido de que la infección se ingiere de alguna manera por la boca más que por el aire —terció el doctor Snow, levantándose—. La profesión médica, incluido, por cierto, el distinguido doctor Henry Thewell, se negó a dar crédito a mis ideas, de modo que el cólera sigue matando a miles de nuestros ciudadanos. Parece ser que todos preferimos culpabilizar de ello a los malos olores y los montones de basura, antes que creer que los alimentos, el agua o incluso las partículas de saliva de otra persona puedan ser los responsables de la enfermedad. Pero a veces, como ha argumentado el doctor Thewell, el coste de no emprender acción alguna, cuando la acción es posible, es demasiado alto. No podemos esperar eternamente a que estadísticas y experimentos prueben una teoría más allá de toda duda. Aunque los hallazgos de Semmelweiss no logren probarse, ¿qué daño haría que adoptáramos sus métodos? ¿Por qué no hacerlo?

—Porque no están basados en una investigación científica moderna como resultado de observaciones y experimentos continuados, sino en una corazonada. El doctor Thewell parece sugerir que existe algún tipo de veneno en la carne de un cadáver. ¿No es una idea algo anticuada? Los tiempos de los humores malignos asociados a los cadáveres quedan ya muy lejos.

—Lo que sugiero es que el cuerpo es la causa de la infección, no los humores —especificó Henry.

—¿Se ha parado a pensar cuánto costaría implantar tales cambios, hacer cumplir tales medidas a todos los médicos, ordenanzas y enfermeras y limpiar las salas como pide, sólo por si la teoría de un húngaro fanático resulta ser cierta? ¿A cuántos pacientes tendremos que rechazar para adaptarnos a las ideas de Semmelweiss?

—Tal vez, si bien se trataría a menos pacientes, se salvarían más vidas.

—Doctor Thewell, si llevamos sus argumentos hasta su lógica conclusión, está sugiriendo que los mismos hombres que estudiaron durante años para convertirse en médicos y cirujanos y, por lo tanto, para salvar vidas, fueron los causantes de incontables muertes. De hecho, está llamando asesinos a sus propios colegas. Me asombra que tenga la osadía de propagar ideas tan peligrosas e infundadas entre la opinión pública.

Yo sudaba a pesar de mi vestido de tela ligera, y el dolor de cabeza se había convertido en la hoja de un cuchillo que me traspasaba los pómulos y las mandíbulas. ¿Por qué se hablaban unos a otros con tanta ferocidad? ¿Dónde estaba su humanidad y su camaradería?

Tras la conferencia, se formaron dos grupos claramente separados, los partidarios de los argumentos de Henry y los que estaban en contra, y mi padre iba de un lado a otro preocupado, recabando opiniones.

—Lo bueno es que Henry ha provocado la polémica —murmuró—. Puede que no les guste lo que dice, pero lo recordarán. A corto plazo quizá no le beneficie, pero a largo plazo, si se halla en lo cierto...

Aferré a Rosa por el brazo.

—¿Qué opinas tú? ¿Va a perjudicarle?

—Lo dudo. Es un hombre brillante en muchos aspectos y con un gran coraje. Debes estar muy orgullosa de que no haya temido enfrentarse contra el sistema.

Finalmente Henry se acercó y me cogió ambas manos. Mi dolor remitió un tanto al notar su contacto.

—Ella, querida. Al verte observándome con tanta seriedad, te he recordado de niña, cuando me tomabas la lección siempre que tenía que aprenderme un texto de memoria. Era muy estricta —explicó a Rosa—, no me pasaba ni una sola palabra incorrecta, aunque sólo contaba ocho años y tenía que seguir con el dedo la escritura minúscula, a veces en latín incluso. Yo la miraba acechando el momento en que asomaba su pequeña lengua cuando se concentraba.

—Oh, se refiere a esto —dijo Rosa, sacando la punta de la lengua. Henry la miró y luego apartó la vista—. Aún lo hace. Su conferencia me ha convencido por completo, por cierto. No entiendo cómo sus colegas pueden ser tan obtusos.

—Todos tememos los cambios. Y la sugerencia de que en realidad ahora perjudicamos a nuestros pacientes hiere en lo más vivo. A ningún médico le resultaría fácil de digerir.

—¿Qué opina de lo que argumenta el doctor Snow sobre que ese mismo pensamiento retrógrado es el que se opone a sus investigaciones acerca del cólera? He leído otro artículo en el Times— añadió en voz baja— sobre las innumerables bajas que está causando el cólera entre nuestras tropas. ¿No puede hacerse nada?

—La mejor cura habría sido sacar a las tropas de lo que obviamente es un lugar sumamente insalubre, pero eso depende de nuestros generales. En cualquier caso, a tenor de las últimas noticias, creo que el abandono de Varna por parte de las tropas es inminente.

—Dicen que han muerto ya miles de hombres. ¡Qué lamentable derroche de vidas! Me horrorizaría pensar que mi hermanastro Max pudiera perder la suya a causa de una enfermedad innecesaria, después de sobrevivir al desierto australiano. Qué inútil sería su muerte ahora por un contagio, dado que se halla mucho más cerca de casa.

«¿Por qué lo hace?», me pregunté. Esperaba que Rosa y Henry fueran ya buenos amigos, así que, ¿por qué, en una velada en la que Henry estaba enaltecido por el esfuerzo de dictar la conferencia, se empeñaba Rosa en sacar el tema de conversación que indefectiblemente ensombrecería su expresión?

—Por el momento, el Ministerio de la Guerra ha decidido no recurrir de nuevo a mi asesoramiento —respondió él—, y si lo hiciera...

—¿Debe esperar a que lo hagan? ¿No podría insistir en que le escuchen? Al fin y al cabo, todo el mundo sabe que el cólera se transmite entre personas que mantienen un contacto estrecho...

—Lo que todo el mundo sabe no cuenta como prueba médica, como ha podido oír esta noche. Ni siquiera Snow se halla lo bastante seguro para publicar un informe definitivo sobre el cólera. Me temo que no es de mi incumbencia aconsejar a nadie sobre los peligros que corren nuestras tropas.

—Pero usted estuvo allí. Es responsable de lo que les suceda.

Me sentí consternada al notar que, por su enérgica forma de hablar, muchos de los asistentes habían oído los comentarios de mi prima.

—No creo que puedan responsabilizarme de todas las muertes acaecidas en la guerra contra Rusia —replicó en voz baja Henry, enrojeciendo visiblemente. Luego se volvió hacia mí y añadió—: ¿Y tú qué dices, Ella, disfrutaste con la conferencia?

—Sí. Te expresaste con tal claridad que me pareció que nadie podía dudar de la verdad de tus afirmaciones.

—Creo que algunos de mis colegas dirían que confundiste la verdad con la convicción —replicó él, cogiéndome la mano y sonriendo con afecto.

—Quizá. Pero a veces oigo algo e inmediatamente tengo la certeza de que es cierto.

Apretó mi mano entre las suyas y me lanzó una ojeada al escote.

—No te he dicho... Estás... Qué collar tan bonito, Ella. Creo que nunca te lo había visto. —Alargó la mano y tomó el relicario tan delicadamente que las yemas de sus dedos apenas me rozaron la piel.

—Es de Rosa. Me lo ha prestado.

Lo examinó por unos instantes, luego lo dejó caer bruscamente y se volvió hacia un par de caballeros que esperaban para hablar con él.

Pero Rosa no había terminado con Henry.

—Doctor Thewell, debo formularle una pregunta más. ¿Cómo se encuentra el pequeño Tom, el que perdió la pierna aquel día en el hospital?

—Murió al día siguiente, como me temía —contestó él con tono cortante.

—Qué horrible hacerle sufrir tanto para que acabara muriendo.

Volví un poco la cabeza hacia un lado y sonreí a Henry, esperando que comprendiera que me desvinculaba de la culpabilización implícita de Rosa. Cuando Henry nos volvió la espalda, el dolor se hizo tan intenso en mi rostro que me llevé una mano a la frente y me tambaleé. Mi prima se preocupó muchísimo.

—¿Qué te pasa, Mariella? Vayamos fuera. Aquí el ambiente está muy cargado.

Encontró una silla en el vestíbulo, donde me senté y cerré los ojos.

—Eres muy severa con Henry. ¿Por qué le hablas con tanta crudeza?

—¿He sido severa? No lo creo. Mariella, no debes preocuparte tanto. No es necesario que lo protejas. Toda su vida profesional se basa en polémicas y discusiones. Así es como aprenden los médicos.

—Pero esta noche al menos deberíamos haberle apoyado.

—Y lo hemos hecho con nuestra presencia. Le demostramos respeto tomándolo en serio, pero no tenemos por qué estar de acuerdo con él.

—Deberíamos ponernos de su parte.

—Mariella, yo siempre estoy de tu parte, pero eso no significa que crea que siempre tienes razón. ¿No lo entiendes? Cuanto más superamos nuestras diferencias, más fuerte es nuestro cariño.

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