Encuentro en Sebastopol

Katharine Mcmahon · Capítulo 60 de 77

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Encuentro en Sebastopol

Quinta Parte

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Capítulo 1

 

Cuando llegué al Hospital General a última hora de la tarde descubrí que el ambiente de crisis había dado paso a una calma cansina, a pesar de que todavía había una hilera de camillas en cola para cirugía. Aunque apenas me atrevía a mencionar el nombre de Max por miedo a que me informaran de que había muerto, acabé por abordar a un ordenanza que me indicó el barracón donde yacía inconsciente. Estuve observando su rostro durante mucho rato porque no podía soportar la idea de mirar lo que habían hecho con el resto de su cuerpo. Aun con aquel tono ceniciento, su cara resultaba atractiva, sin la delgadez de las facciones ni la flacidez del mentón paternas, aunque había heredado el alto caballete de la nariz de los Stukeley y las mejillas hundidas. El cabello espeso y ondulado y las cejas negras eran de su madre.

Cuando por fin me armé de valor para mirar al otro lado de la cama, vi dos pies. Sí, no cabía duda, eran dos pies al final de dos piernas, una de ellas muy bien vendada.

Temblando de alivio, le susurré al oído por si me oía. Primero le dije que había estado en el campamento y rescatado las pertenencias de Rosa. Luego, a falta de otras noticias alegres, añadí que su madrastra iba a casarse con un coleccionista de palomillas con la mitad de su corpulencia. Cuando ahuyenté las moscas que revoloteaban sobre su nariz y sus párpados, Max no reaccionó, y los insectos volvieron de inmediato. Puse una mano sobre la suya, pero los dedos no se movieron.

Aquélla era mi primera incursión en una sala de hospital desde mi visita al Barrack de Scutari. Tomé nota mentalmente de lo que le escribiría a Henry en mi siguiente carta: «Abundante plantilla de ordenanzas y médicos; olor a fenol; pacientes en camas con sábanas limpias y camisones de hospitales; indicios de abundancia de suministros de medicinas y vendas...» No tenía la intención de mencionar la rata gris agazapada bajo una de las camas, ni las moscas que chupaban la sangre coagulada en la venda que cubría la frente de uno de los pacientes, o el sucio delantal que llevaba uno de los cirujanos que pasaban por allí. Tampoco diría nada acerca del carro donde había visto cargar cuatro cadáveres, ni de los sollozos de un oficial que había perdido un ojo y un brazo a causa de la metralla.

Un médico corpulento entró en el barracón, paseó la mirada por las camas y se acercó. Cuando hizo una inclinación de cabeza para saludarme, me fijé en que debía de tardar media hora por lo menos para arreglarse las patillas, y me extrañó que tan augusto personaje se molestara en hablar conmigo. Me explicó que le habían dejado la pierna al capitán Stukeley en contra de su criterio, porque se había mostrado muy insistente, pero que, si sobrevivía, tardaría meses en volver andar, si realmente lo lograba, pues lo más seguro era que muriese por la infección, como le habían advertido. Estaba muy bien eso de tratar de reparar un hueso roto, pero existían muchas más posibilidades de recuperación cuando se realizaba una amputación limpia y el muñón se mantenía húmedo con champán hasta que cicatrizaba. Al final resultó que su deferencia se debía a que se había enterado de mi relación con el doctor Henry Thewell, al que se refirió quizá con demasiado entusiasmo: cirujano brillante... el mayor porcentaje de pacientes que sobrevivían... dedicación absoluta... una lástima que enfermara.

—Por cierto, señorita Lingwood, puede que le interese saber que tengo una pila de libros que dejó aquí el doctor Thewell. Los buscaré para dárselos. —Tras lanzar una mirada experta a la pierna vendada de Max, se fue rápidamente a ser importante en otra parte, antes de que yo pudiera formularle preguntas embarazosas.

Estuve un rato más sentada junto a la cama de Max, aturdida por el calor y las moscas, por la presencia de tanta mutilación en un espacio cerrado y por la forma en que los hombres temblaban bajo las sábanas cuando se oían los cañonazos sobre Sebastopol. En el barracón pervivía el recuerdo de todos los heridos y enfermos que habían pasado por él durante el crudo invierno de Crimea, y también el de Henry y Rosa, que habían trabajado allí en momentos distintos. Los imaginé afanándose de una cama a otra, él con su levita manchada, ella pulcra y ágil a pesar del grueso vestido, unidos ambos por su desesperado convencimiento de que, mostrando la suficiente fuerza de voluntad y con las condiciones adecuadas, todo podía mejorarse.

Max no se movió, pero al colocar la palma a un centímetro de sus labios, noté su débil aliento, prueba de que estaba vivo. Habían metido a medias el rosario de Nora bajo la almohada y antes de marcharme volví a enrollarlo en torno a sus dedos.

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