Encuentro en Sebastopol
Capítulo 21
Derbyshire, 1844
Cerca de una semana después de que Max nos revelara que iba a incorporarse al ejército, Rosa me llevó a dar un largo paseo por las colinas que rodeaban el valle, donde el viento soplaba con fuerza. Luego bajamos a una hondonada, cruzamos un pequeño puente de piedra para salvar un arroyo en el que abundaba la turba, subimos por el otro lado y dimos un rodeo hasta la cima de la colina que había frente a Stukeley Hall, desde donde pudimos contemplar la mansión en todo su esplendor, en medio de sus jardines, senderos y arboledas. El cielo estaba encapotado y quizá amenazaba lluvia, pero mi prima insistió en que ya era hora de que conociera la finca de su padrastro en toda su extensión.
—Si seguimos un poco más, divisaremos la fundición de plomo, cosa que quiero que veas.
Por la apremiante forma de agarrarme de la muñeca, comprendí que algo la inquietaba.
Incluso desde lejos, el ruido de la fundición, una nave de ladrillo con el tejado a dos aguas, retumbaba. Había una chimenea redonda, más alta que la cima de la colina donde nos encontrábamos, por la que salía el humo procedente de los hornos.
—¿Has estado alguna vez en la fundición, Rosa?
—Quería ir, pero mi padrastro me lo prohibió. Cómo no.
—¿Y por qué? Debería estar orgulloso, siendo el dueño.
—Aseguró que me asustaría. Llevó a mi madre una vez y luego estuvo enferma durante una semana por culpa del calor. Pero en su caso era previsible. A mí no me pasaría nada, aunque es un lugar maléfico y me hubiera gustado que Max hiciera algo al respecto; según mis planes, en el futuro él dirigiría la fundación y Horatio se ocuparía del algodón, pero Max no quiere saber nada de nada.
—¿Y por eso estabas tan enfadada con él el día que construimos el cenador?
—Pues claro. Si va al ejército jamás volveré a verlo. Además, ¿y si lo matan? De todas formas, él dice que sir Matthew nunca dividirá su patrimonio y que, aunque lo hiciera, bajo ningún concepto le confiaría su querido negocio.
—Entonces Max no tiene la culpa.
—Sí la tiene. Debería intentar cambiar las cosas. Si no lo hace él, no lo hará nadie.
—Bueno, comprendo que no quiera trabajar ahí —comenté, mirando las ventanas opacas de la fundición con los ojos entornados.
—Quiero entrar y echar un vistazo.
—Yo no entraría aunque sir Matthew me invitara. No me atrevería. ¡Con ese ruido!
—Bueno, de todas formas da igual, porque no va a invitarte. ¿Para qué iba a hacerlo? —Permaneció un rato sentada mirando fijamente la fundición, inclinada hacia delante como un gato a punto de saltar—. En realidad, ¿por qué no entrar ahora mismo?
—¿Ahora? No podemos. Oh, no. Oh, Rosa, es demasiado tarde, casi es la hora del té.
—Sí, ahora. Vamos. Ven. Sígueme —dijo, y tras ponerse en pie, bajó corriendo por la ladera hasta la pequeña abertura de la cerca, lo bastante ancha para que pasara una persona, pero no para que escapara una oveja.
—Rosa. Rosa.
—¡Date prisa! Creo que mi padrastro no va a venir hoy. Mencionó Sheffield, así que es el momento perfecto.
No había forma de negarle nada; la empinada ladera me impulsó hacia abajo y el valle se acercó cada vez más, hasta que llegamos a la altura de las casas de la aldea de Stukeley.
—¡Me quedaré aquí! —exclamé, pero la idea de esperar en un campo barrido por el viento, rodeada de ovejas y observada por más niños de la aldea como los Fairbrother, me puso nerviosa, así que fui con ella por el camino embarrado que seguía el curso del río hasta la fundición de plomo. Se respiraba un humo metálico y las escasas hojas de los árboles estaban resecas y tiznadas de hollín. En el patio de la nave de ladrillo había una hilera de carros a la espera y pasamos por delante de montículos de escoria el doble de altos que el edificio. Una media docena de niños rodeaba uno de los montículos, y encorvados arrancaban puñados de barro que después pasaban por una criba.
—Rosa, Rosa... —susurré con tono apremiante, pero me cogió de la mano y me condujo hasta una puerta pequeña que se abría dentro de otra mucho más grande. La tensión de sus dedos y el brillo de sus ojos daban a entender que no había manera de detenerla; iba a entrar como fuera.
El ruido resultaba ya ensordecedor, pero cuando mi prima abrió, fue como si penetráramos en el corazón palpitante del infierno. El calor, la violencia del movimiento y el estruendo del metal sacudieron mis huesos y se apoderaron de mi cuerpo, arrancándolo de su caparazón de músculos, hasta que quedó tan flácido y viscoso como el de un gusano. Incluso Rosa permaneció inmóvil mientras las llamas del horno se reflejaban en su rostro. Vimos unas figuras oscuras que se movían y detrás un horno enorme, metal al rojo, tolvas y tuberías, y vimos el carbón que caía en el fuego como una lluvia negra. Era tal el ruido y tan intenso el mal olor, que pensé que se nos quemaría el pelo y que los ojos se nos saldrían de las órbitas.
—¡No, no, tenemos que irnos! —grité, y la arrastré hasta la puerta.
Cuando salimos, incluso el aire frío y húmedo de la tarde en el fondo de aquel valle de Derbyshire tenía un olor dulce en comparación.
Ninguno de los niños pareció fijarse en nosotras al pasar, aunque Rosa se detuvo un momento como tentada de hablar con ellos.
—Vamos, aún no te lo he enseñado todo —dijo finalmente, sin embargo, alejándose por el camino.
La tierra estaba empapada, las ruedas de los carros habían ablandado el barro y, a nuestra izquierda, el agua del río salía de la fundición de un sombrío marrón. Unos metros más adelante, divisamos un grupo de casas que me resultaba familiar.
—¿Lo entiendes ahora?
—Ésa es la casa de los Fairbrother.
—Y fíjate en el agua.
—Está muy sucia.
—Cuando mi padrastro construyó la fundición, permitió que la gente se quedara en sus hogares. Suelen ser los más pobres, quienes no pueden trabajar. La mayoría enferman, como los Fairbrother.
Temía que Rosa me obligara a visitar a aquella familia, pero me condujo colina arriba, atravesamos la cerca por una abertura y volvimos a Stukeley.
—Ya ves. Con eso se compró Stukeley, con ese horror. No soportaste allí dentro ni un minuto, pero hay niños de la mitad de tu edad que pasan doce horas al día escarbando entre la escoria. Odio a ese hombre.
Seguimos caminando lenta y pesadamente sin decir nada, porque no tenía la menor idea de cómo consolarla, sobre todo porque me parecía que ella misma había provocado aquel sufrimiento al empeñarse en ir a la fundición. Primero me agarré de su falda, luego traté de cogerme de su brazo, pero se zafó. Cuando llegamos a la cima de la colina, ambas jadeábamos y una fina llovizna caía sobre nuestras caras sucias. Le limpié el rostro a Rosa con los pulgares y ella cedió al fin, me abrazó con fuerza y me besó.
—Nada de lo que tú haces perjudica a nadie. Pero quería que lo comprendieras. Esperaba que Max se hiciera cargo de la fundición y mejorara las cosas, pero no lo hará. Ya viste a Petey Fairbrother. Pronto morirá y será culpa mía.
—¿Tuya?
—Oh, sí. Vivo en Stukeley, ¿no? Y el dinero con que se construyó ese edificio monstruoso y esos ridículos jardines se ganó a costa de la miseria de otras personas. Sir Matthew afirma que no hay pruebas de que los niños enfermen a causa del plomo, que sencillamente algunos de esos pequeños nacen débiles. Podría sacarlos de las casas donde el agua y el aire son tan perjudiciales; o limpiar la fundición, pues Max asegura que ahora hay nuevos revestimientos para tuberías; o desviar el agua de los jardines de Stukeley para que en la aldea disfrutaran de agua limpia. Podría hacer muchas cosas, pero no hará absolutamente nada sin pruebas. En realidad, me odia porque un día traté de hablar con él sobre este asunto. No quiso escucharme y al final le grité y lo llamé asesino, así que ahí se acabó todo. Ahora ya lo sabes. ¿Cómo puedo vivir de este modo? ¿Qué puedo hacer?
Permanecí a su lado con la cabeza gacha, incapaz de decidir si lo que me contaba era cierto, y convencida de que el hombre benévolo que me daba clases de latín no podía ser responsable consciente de aquello.
—Lo siento, Mariella —se excusó Rosa, acariciándome la cabeza—. No te enfades conmigo. Hice mal llevándote a la fundición y asustándote de esa manera. Pero no debes tener miedo. No tienes la culpa de nada.
—Tampoco tú, Rosa.
—Yo sí. Soy culpable porque lo sé y como de su mesa y duermo bajo su techo. Y, sin embargo, no hago nada. Nada —replicó, abriendo y apretando los puños con los ojos centelleantes de rabia.
—¿Qué podrías hacer? ¿Qué?
—No lo sé. Ser inteligente. Saber más cosas. Irme.
—¿Adonde?
—Contigo, por supuesto —dijo de pronto, echándose a reír—. Ahora te tengo a ti. Un día, me iré contigo.
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