Encuentro en Sebastopol
Capítulo 18
El lunes 16 de octubre se estableció un equipo de costura en el gabinete de Fosse House, en el que incluso se incluyó a la tía Isabella; la difícil situación de los soldados heridos en Rusia parecía haber hecho más por mejorar su salud que las jornadas de reposo en el lecho, y resultó que sabía coser dobladillos y confeccionar unos treinta cabestrillos de tela diarios. La señora Hardcastle, miembro destacado del grupo, sentada con su vestido de raso verde y las cejas arqueadas en expresión de sorpresa bajo la cofia, cortaba vendas triangulares. Como se encargaba de recordarnos regularmente, su marido y ella habían realizado un doble sacrificio por las tropas, en primer lugar con todo aquel trabajo (además de la labor de costura de ella, su marido dirigía un banco y estaba involucrado en transacciones diversas relacionadas con la financiación de la campaña militar), y también por haber pospuesto un bien merecido viaje por Europa que tenían planeado.
Sólo faltaba Rosa en el círculo de costura. Dado que cosía rematadamente mal y que por una vez su madre se encontraba bien y tenía algo en lo que ocuparse, la hija era libre para salir de casa con mayor frecuencia de la acostumbrada.
De hecho, mi prima estaba obsesionada con la guerra. Teniendo en cuenta que siempre había estado en contra, parecía sentirse culpable por no haber logrado que sus protestas obtuvieran mayor resonancia, y había convertido su dormitorio en una oficina a fin de montar una campaña de una sola mujer contra el inicuo gobierno que primero había llevado a nuestros soldados a un conflicto falaz, y a continuación los había dejado morir de cólera o de heridas de guerra sin curar. Se desprendió de los cojines, las telas de encaje y los popurrís de flores secas que yo había dispuesto para su llegada, y los sustituyó por una silla de respaldo recto y una mesa de pino que sacó de un dormitorio desocupado del desván, junto a la cama tenía una colección de recortes del Times, mucho más profesional que cualquiera de mis esfuerzos, todos anotados y con referencias a notas diversas que los acompañaban. Noche tras noche escribía cartas a funcionarios del gobierno para protestar por la situación de las tropas y por el hecho de que hubiera mujeres y niños entre los habitantes asediados de Sebastopol. «¿Y cuál es la razón de tanto sufrimiento? No cabe duda de que la guerra debería haber sido el último recurso, no una actividad en la que meternos irreflexivamente a falta de una idea mejor...» Durante el día se reunía con la señorita Leigh Smith y sus amigas con la esperanza de ganar aliadas en su protesta contra la contienda.
Ese lunes por la tarde, irrumpió en nuestro grupo de costura justo cuando hacíamos una pausa para el té, echó un vistazo a la señora Hardcastle y se escabulló, dejando tras de sí un seductor perfume a hojas caídas y un recuerdo fugaz de su cabello alborotado y su vestido azul oscuro.
Al llegar la hora de marcharse, las señoras pasaron varios minutos en el vestíbulo con un frufrú de faldas, atándose las cintas del sombrero delante del espejo y decidiendo la fecha para la siguiente reunión, en la que empaquetaríamos las sábanas y vendas listas para el transporte. Me fijé en que la señora Hardcastle no dejaba de echar ojeadas a la escalera, como si esperara que Rosa apareciera para disculparse por su grosería. Cuando al fin se fueron todas, la tía Isabella anunció que estaba exhausta y que iba a tumbarse en la cama, de modo que me quedé a solas con mi madre.
Yo estaba bordando una blusa que mamá iba a llevar en la gala de inauguración de la residencia para institutrices, programada finalmente para el 3 de enero. Agotada por el esfuerzo de organizar el grupo de señoras, tarea que requería una difícil mezcla de deferencia y autoridad, mi madre se sentó en el escritorio y apoyó la cabeza en la mano. Al cabo de unos minutos entró Rosa silenciosamente, cerró la puerta y se arrodilló junto a la chimenea. Se había quitado el chal, y cepillado y recogido el pelo con un nudo en la nunca, pero un mechón se había soltado ya y le colgaba por la espalda.
—Están buscando enfermeras para enviarlas a Crimea —comentó en voz baja y apremiante, mientras movía las manos frente al fuego para calentarlas—. Se lo he oído decir a Barbara. Saldrán dentro de tres días. Su prima, la señorita Nightingale, se encargará de dirigir el grupo. Están llevándose a cabo entrevistas en una casa de Bel— grave Square. —Mi madre alzó la cabeza. Yo clavé la aguja en la tela de batista y me quité el dedal—. Tengo la sensación de haber estado toda la vida preparándome para este momento. No soporto la idea de dejaros a todos, sé que es mucho pedir, pero debo irme.
El gas chisporroteó en la lámpara. Rosa tomó el mechón de pelo suelto y lo enroscó en torno a un dedo.
—La verdad es que no entiendo a qué te refieres —admitió mi madre tras un largo silencio.
—La guerra. Nuestros soldados mueren porque no les curan las heridas. Se necesitan mujeres para atenderlos.
Mi madre respondió con el tono tenso que de niña me asustaba porque era lo más cerca que llegaba nunca a expresar su ira.
—Eso es imposible. No sé siquiera cómo has podido pensar que tendrías posibilidad de ir, Rosa. ¿Estás segura de que has oído bien? Me parece muy poco probable que de repente necesiten mujeres, y en Crimea nada menos. Además, ignoro cómo puedes creer que estás cualificada. Eres muy joven y careces de experiencia. —Hizo una pausa—. Y, en cualquier caso, está tu madre.
Volví a ponerme el dedal y levanté la labor hacia la luz. Se requería llevar la cuenta de los hilos meticulosamente para el bordado calado, así que deseé haber estado ocupada en algo menos complejo.
Era tan inusual que Rosa encontrara oposición alguna, y menos de mi madre, que por un momento enmudeció.
—No sería por mucho tiempo. Esperaba que Mariella y tú pudierais cuidar de mi madre —dijo al fin—. Teniendo en cuenta la causa —añadió con voz temblorosa.
—Pero os ibais a mudar el mes que viene. Creía que habías apalabrado el alquiler de una casa en Battersea.
—Sí, es verdad. Desde luego, si me fuera a Rusia no podría alquilar esa casa en particular. Pero habrá otras, estoy segura. Quizá lo de encontrar un hogar para mi madre y para mí no sea tan urgente como cuidar de nuestros soldados heridos en Rusia. ¿No os acordáis? Os leí el artículo del Times que decía: «La forma en que se trata a los enfermos y los heridos sólo es digna de los salvajes de Dahomey...» Tía, siento mucho pedírtelo, pero no tengo elección. Estaba escrito que tenía que ir. Es más que un deseo: es una vocación. Cuando pienso en mi vida hasta ahora, siento que todo ha sido una preparación para este instante. Año tras año, siempre que podía, visitaba las casas de los campesinos de Stukeley a fin de ayudar a los enfermos. Luego, cuando mi padrastro enfermó, nadie más soportaba estar en la habitación con él. No puedo describiros el estado de degradación en que se encontraba a veces, pero nunca me importó porque no temo a nada relacionado con la enfermedad. Debo de estar tan cualificada como cualquier otra mujer en Gran Bretaña, tanto como la propia señorita Nightingale, de hecho. ¿Recordáis que la conozco? La conocí en Derbyshire. ¿No lo entendéis? No lo elegí yo. Nací para este momento. Oh, no creo en el destino en realidad, pero ahora sé que esto es lo que debo hacer. No puedo oponer resistencia.
Durante todo el tiempo que Rosa estuvo hablando, no dejé de dar vueltas a mi anillo de compromiso, consciente del calor del fuego en mis rodillas y del horrible peso del cuerpo de Isabella en la cama de arriba.
De pronto, mi prima se puso en pie y contempló el fuego con los brazos en jarras.
—Pero está mi madre, sí, lo sé, es una carga insostenible para vosotras. Sí. Por supuesto. Bueno, tal vez al final firme el contrato de alquiler de Battersea. Tiene a Nora, y entre ambas podrían arreglárselas... —Pero incluso Rosa sabía que no se podía relegar a su madre y a la enfermera irlandesa a una casa sin amueblar en Battersea. Hundió la cabeza entre las manos y rompió a llorar.
Rosa sufría a menudo apasionados arrebatos de llanto, pena o alegría, pero jamás la había visto llorar de desesperación. Su llanto era hermoso, por supuesto, con el cabello que se le desprendía de las horquillas, la nariz tan delicada como siempre y las lágrimas cayéndole entre los dedos.
—Tía, soy una egoísta, lo sé. Sin embargo, ¿cómo puede tildarse de egoísmo desear aliviar el sufrimiento de los demás? Sé que mi madre está enferma, pero ¿realmente me necesita tanto como esos cientos de soldados?
—Tu madre es tu primera responsabilidad y eres su única hija. Sé por experiencia que siempre es más fácil ayudar a aquellos con quienes no estamos emparentados. Por otro lado, debe de haber mi— les de mujeres desventuradas sin familia ni amigos que puedan ir a Rusia.
—Pero si hay alternativa, si pudiera quedarse aquí y vosotras cuidar de ella... ¿acaso no cumplimos todos con nuestro deber? Podría usar la renta vitalicia de mi madre para contratar a otra enfermera que ayudara a Nora. Ni Mariella ni tú tendríais que preocuparos mucho por ella.
—Henry se ha ido —intervine, y ambas se sobresaltaron al oír mi voz —. Ya les hemos dado a Henry. ¿No basta con eso?
—Lo sé, Mariella. Te pido que sacrifiques demasiado. Ya he pensado en eso. Pero Henry tenía sus propias razones para marcharse. Yo no tengo nada que ver con él. Simplemente quiero arrodillarme y fregar suelos y proporcionar a nuestros soldados camas calientes y agua limpia. No hay nada noble en lo que puedo hacer, pero debo hacerlo. Dejaros aquí será como abandonar la mitad de mí misma, pero no me queda elección.
Rosa la imparable subió a comunicar a su madre que, si podía arreglarlo todo, pensaba ir a Turquía, y una hora más tarde la tía Isa— bella bajó a cenar despeinada y blanca como el papel. Consiguió tragar dos cucharadas de sopa antes de deshacerse en lágrimas.
—Le he dicho que moriré mientras ella esté en Turquía, pero sigue resuelta a marcharse. Os juro que va a romperme el corazón. —Arrojó a un lado la servilleta, retiró la silla y pasó el resto de la velada en el sofá, negándose a tomar té y conteniendo el llanto.
Incluso mi padre tenía el ánimo por los suelos. Deploraba el hecho de que Rosa quisiera colocarse en una situación sórdida y peligrosa, pensaba que seguramente era mejor dejar que se hicieran enfermeras mujeres mayores y menos refinadas, pero al fin y al cabo era un patriota y opinaba que, considerando que la señorita Nightingale pertenecía a una de las mejores familias del país, su sobrina sólo podía salir beneficiada de su relación con aquélla. Y no se le ocurrió en ningún momento que debiéramos preocuparnos por la tía Isabella, cuya presencia en la casa poco le afectaba a él.
En cuanto a mí, estaba muy conmocionada. Que Rosa pensara en abandonarme y, más aún, dejándome a su madre, me parecía una traición más terrible que el día en que nos expulsaron de Stukeley. ¿Cómo podía hacer algo así? Y sin consultarme.
Esa noche nos tumbamos en la cama una al lado de la otra como un caballero en la tumba con su dama.
—Crees que soy muy egoísta, ¿verdad? —preguntó, pero no contesté —. Sé que lo piensas. Sé que lo soy. El problema es que no tengo elección. Es como si de pronto se hubiera evidenciado el sentido de mi vida. No hacía más que ir dando tumbos y ahora veo por fin la dirección en que me encaminaba. No soporto pensar que ningún ser humano sufra si soy capaz de remediarlo. Y ahora puedo, y también tú. ¿No lo ves? De no ser porque sé que estarás aquí para ayudar a cuidar de mi madre, no me quedaría elección. Me has dado la posibilidad de elegir.
—Pero no me lo has preguntado primero. No me has dado la oportunidad de negarme.
—Te habría colocado en una posición imposible. Te habrías visto obligada a acceder a dejarme partir porque te habrías echado toda la carga sobre tus hombros. Al menos de esta forma es tu madre quien debe decidir. Pero sí, soy egoísta, lo sé. Mas no puedo evitarlo. Esta oportunidad no volverá a presentarse. Jamás. —Se incorporó sobre un codo y me volvió la barbilla hacia ella para que la mirara—. Di algo. Cualquier cosa. Por favor.
—De acuerdo. Estoy pensando... Ya fue bastante horrible cuando Henry se fue. ¿Cómo voy a soportar que te vayas también?
—Pero ¿no te das cuenta? Tienes a Henry. Es tu prioridad. Te casarás con él en cuanto vuelva a casa. ¿Y qué me quedará a mí entonces? Oh, por favor, Mariella, intenta comprenderlo.
Sentí que algo se rompía en mi interior. Sabía que tenía que dejarla marchar y, al vencer la resistencia, noté también cierto alivio.
—Ve. Ve. Puedes irte —le dije, y luego nos acostamos abrazadas, mejilla con mejilla.
A la mañana siguiente bajé a desayunar, desdoblé la servilleta y me la coloqué pulcramente sobre el regazo.
—Estaré encantada de cuidar de la tía Isabella, si me lo permite — anuncié a mi madre—. Creo que Rosa debería presentar la solicitud para ser una de las enfermeras de la señorita Nightingale. Hoy iremos juntas a inscribirla.
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