Encuentro en Sebastopol

Katharine Mcmahon · Capítulo 51 de 77

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Encuentro en Sebastopol

Capítulo 14

 

Derbyshire, 1844

Empezó a hacer tanto calor que Rosa y yo tuvimos que abandonar el seto de boj para buscar una sombra que nos protegiera mejor del sol.

—Necesitamos un escondite secreto en el bosque —propuso—, pero no he conseguido encontrar ninguno.

En la vasta finca de Stukeley todo estaba muy bien cuidado, incluso el bosque, donde se había desviado el curso del arroyo para formar una serie de estanques y cascadas en medio de robledos y abedules.

—Artístico —comentó Rosa—, pero no es natural, como me gustaría a mí. No sé si Max querría ayudarnos a construir una especie de refugio.

Yo habría preferido no mezclar a su hermanastro, porque era muy irritable y ejercía un efecto perturbador sobre Rosa. Sin embargo, ella ya lo tenía todo planeado, así que pasamos la mañana buscando el lugar idóneo en el bosque y luego merodeamos por el patio del establo esperando para abalanzarnos sobre él en cuanto terminara con sus clases.

Al cabo de una hora, habían discutido ya sobre el lugar para el escondite o «cenador», como iba a llamarse, sobre el método más adecuado de construcción y sobre quién usaría el cuchillo más afilado. Al final se decidieron por una oquedad que había junto al arroyo, donde dos árboles jóvenes podían atarse entre sí para formar un arco. Después hicieron la estructura con ramas entrelazadas, que a su vez cubrieron con hojas y helechos para crear un dosel. Al principio intenté ayudarlos, pero mi herramienta era la más roma, puesto que yo era la menos hábil, y cuando intenté arrancar un tallo de helecho, me corté en la mano.

Por suerte, esa mañana la mesita de palo de rosa de la tía Isabella se había manchado al derramarse un vaso de agua demasiado lleno.

—Lo que necesito es uno de tus preciosos tapetes de ganchillo, Mariella, a fin de ocultar la mancha. Tu madre asegura que podrías hacerme uno en un santiamén —me había dicho.

Así pues, tuve una buena excusa para sentarme apoyada contra el tronco de un árbol con mi ganchillo, mientras observaba a Rosa y a Max.

—Está quedando muy bien —dijo Rosa al cabo de un rato—. Por una vez parece que sabes lo que haces.

—Es cuestión de práctica —afirmó Max—. He acampado al aire libre varias noches en el colegio. No soporto estar encerrado en el dormitorio común.

—¿Y nadie se da cuenta de que no estás?

—Allí sólo quieren que te encuentres donde se supone que debes estar cuando ellos te buscan. El resto del tiempo podrías hallarte en cualquier parte.

—Mi padre siempre quería saber dónde estaba —comentó Rosa—. Ésa era su única regla. Y apuesto a que Mariella no ha estado en un sitio prohibido en toda su vida. ¿Te das cuenta de que es la única de nosotros tres que tiene una auténtica familia, con padre y madre, e incluso el perfecto sustituto de un hermano, llamado Henry?

Dejaron de trabajar un momento para mirarme. Rosa estaba roja por el calor y sus ojos azules tenían una expresión nostálgica y afectuosa, pero el escrutinio de Max era mucho más objetivo, y me observaba igual que lo había visto mirar a una faisán que había aparecido de repente entre la maleza.

—Sea como sea —dijo, arrojando una nueva fronda de helecho sobre el armazón de ramas—, necesito practicar este tipo de cosas. Mi padre dice que voy a alistarme en el ejército.

—El ejército... No, Max. No puedes.

—En realidad, la idea no me molesta.

—No puedes ir al ejército —dijo Rosa, que parecía un duende— cilio despeinado entre los helechos—. ¿En qué serás útil entonces?

—Seré más útil que aquí.

—No volvería a verte. No puedes abandonarme. —Por un momento mi prima se concentró en romper una hoja. Luego añadió con dureza—: Llevé a Mariella a ver a los Fairbrother. —Max siguió dando tajos con el cuchillo, sin decir nada—. ¿Qué será de ellos si ni siquiera tú intentas mejorar las cosas?

En lugar de responder, él subió a gatas por el terraplén para ir por más helechos, mientras yo seguía haciendo ganchillo frenéticamente.

—Oh, ¿para qué insistir? —exclamó Rosa, arrojando de repente el cuchillo al suelo y precipitándose hecha una furia hasta el arroyo.

Durante unos segundos su vestido fue visible entre los árboles, hasta que desapareció.

Estaba a punto de seguirla, pero Max me lo impidió.

—¡No, quédate aquí! —gritó—, iré yo. —Oí sus pasos entre las hojas caídas antes de que me envolviera el silencio del bosque.

Al principio me alivió no tener que ser yo por una vez quien consolara a Rosa. Hacía tanto calor y la discusión entre ellos dos había sido tan encarnizada y trascendental que me alegré de disfrutar de un poco de paz. Durante toda la tarde había estado deseando probar el nuevo cenador, así que cogí mi labor de ganchillo, bajé hasta la oquedad, me agaché para meterme y me senté con las piernas cruzadas bajo el armazón de helechos. En el bosque resonaban los trinos de los pájaros y tenía una excelente vista de la pequeña hondonada, las hojas verdes y relucientes de los nuevos abedules y el agua clara del arroyo que burbujeaba sobre los guijarros de su lecho artificial.

Durante un rato hice ganchillo pacíficamente, y como había escogido un sencillo diseño de punto alto, avanzaba con rapidez. Además, tenía una compañía secreta; llevaba en el bolsillo la única carta que me había escrito Henry desde que yo estaba en Stukeley. Eran apenas unas líneas para hablarme de sus estudios y pedirme que no lo olvidara, pero bastaban para satisfacerme. La saqué y la releí por milésima vez, y luego seguí con la labor.

Al oír un nítido crujido detrás del cenador mi mano se detuvo. Me dije que tal vez no debería estar allí sola. ¿Serían cazadores furtivos? Pero volvió a reinar el silencio.

Hice unos cuantos puntos más... y oí un nuevo susurro de hojas. Había algo detrás de mí, en la maleza, aunque no podía ver qué era porque estaba metida en el cenador. Si salía, ¿qué monstruosa criatura podía abalanzarse sobre mí? Y si no me movía, ¿qué aparecería de repente y me raptaría?

Permanecí absolutamente inmóvil mientras en el bosque sólo se oía la llamada aflautada de un pájaro.

Hice una hilera de puntos altos cruzados.

Más crujidos. El ganchillo se quedó paralizado entre el pulgar y el índice. Entonces oí un resoplido por encima de mi cabeza ¡y allí estaba la cara de Rosa!, crispada por los esfuerzos para contener la risa, mirándome entre las hojas. Y apenas a un metro se hallaba Max. En cuanto los vi, rompieron a reír y se dejaron caer al suelo a mi lado.

—Llevamos siglos observándote —explicó Rosa.

—Mueves los dedos tan deprisa al hacer ganchillo que se vuelven borrosos —aseguró Max.

Intenté reír también, pero acabé echándome a llorar porque me había llevado un susto de muerte.

—¡Oh, no, oh, Mariella, lo siento mucho! —exclamó Rosa—. No te disgustes. Estabas irresistible. Tenías un aspecto tan pacífico ahí metida, como una almendra en su cáscara.

—Enséñame cómo se hace —pidió Max de repente, sentándose tan cerca de mí que su rodilla se sobreponía a la mía—. Quiero aprender.

Las manos todavía me temblaban y me eché atrás porque pensé que estaba tomándome el pelo, pero él parecía pedirlo totalmente en serio.

—Por favor.

Realicé un par de puntos de cadeneta muy lentamente y luego le entregué el ganchillo y el hilo. Al principio no consiguió más que enredar el hilo en el ganchillo y hacer nudos, pero le sujeté las manos y lo guié para que cogiera bien los puntos y pasara luego el ganchillo. Max tenía las manos sucias de savia, pero se mostró muy diestro y pronto consiguió hacer bien la cadeneta. Era muy extraño verlo tan quieto, con la cabeza inclinada sobre una tarea tan improbable como aquella labor, mientras notaba su huesuda rodilla clavada en las costillas. Cuando el ganchillo se le escapó y se hizo un nudo en el hilo, tuve que arreglarlo para que volviera a empezar.

Entretanto, Rosa se colocó al otro lado, me rodeó la cintura con los brazos y apoyó la cabeza en mi hombro. De vez en cuando me daba un beso en la húmeda mejilla. El bosque tenía un aire absolutamente benéfico con aquel follaje abundante, la luz dorada y las maravillosas sombras cambiantes. Los dos fueron muy amables conmigo hasta que llegó la hora de volver y a Rosa se le metió en la cabeza bajar corriendo el terraplén hasta la orilla del arroyo para que Max la pillara justo antes de que cayera al agua. La observé lanzarse con el cabello al viento, adquiriendo cada vez más y más velocidad hasta que acabó chocando con Max, que retrocedió unos cuantos pasos tambaleándose y luego la depositó en el suelo sana y salva.

—¡Ahora tú, Mariella! —gritó él, extendiendo los brazos—. ¡Vamos, puedes bajar más despacio!

—¡Yo lo haré contigo, si quieres! —propuso Rosa.

—No puedo. No quiero. No me obliguéis —pedí, y para mi vergüenza volví a echarme a llorar mientras los miraba allá abajo, a Max con la camisa por fuera del pantalón y una expresión más amable que de costumbre, y a Rosa subiendo ya por el terraplén, deseosa de ayudarme.

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