Encuentro en Sebastopol

Katharine Mcmahon · Capítulo 20 de 77

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Encuentro en Sebastopol

Capítulo 13

 

 

Rosa y yo volvimos a casa sin hablarnos, sentadas una al lado de la otra de manera que el borde de los sombreros no nos dejaba vernos las caras. Al principio, la impresión por lo que había ocurrido parecía algo externo, como un puñetazo en el estómago, pero poco a poco fue invadiéndome hasta que me sentí dolorida y con náuseas. Toda esperanza había muerto. Con nuestra presencia en la sala de operaciones, habíamos humillado a Henry delante de sus colegas; se convertiría en el hazmerreír de los demás por haber permitido que dos mujeres lo siguieran por todo el hospital. Habíamos arruinado sus posibilidades de ascenso social. Qué vergüenza, qué vergüenza. Me llevé una mano a la boca y cerré los ojos firmemente tratando de contener la angustia.

Entonces, cuando el carruaje se detuvo una vez más debido al tráfico de Clapham Road, Rosa dijo:

—Creo que la verdad es que tu Henry no quiere mujeres en su hospital. Y entiendo el porqué: no sabría cómo comportarse con las mujeres en ese territorio masculino. Eso lo cambiaría todo.

En la calle, un par de perros se enzarzaron en una feroz pelea y pronto se les unieron los dueños respectivos. El carruaje se movió cuando los caballos se pusieron nerviosos.

—¿Y bien? —insistió—. ¿Qué opinas, Mariella? ¿Conseguiré convencer a tu Henry? Porque, la verdad, si no logro progreso alguno con alguien a quien conozco, ¿qué posibilidades me quedan de introducirme en el mundo de la medicina? No puedo permitirme el lujo de esperar mucho tiempo, ya tengo veinticuatro años. Tal vez debería pensar en ponerme a trabajar en la escuela de Barbara, si ella me acepta. Pero claro, ¿realmente quiero dedicarme a la enseñanza?

—Sin duda sería una tontería iniciar algo que no puedes terminar. Es de suponer que pronto volverás a tu casa.

—¿A mi casa? ¿Qué quieres decir? No tengo casa aparte de la tuya. No podría soportar regresar a Stukeley. Además, estoy completamente segura de que Horatio no tiene la menor intención de alojarnos allí. Preferiría escondernos en una casita y dejar que nos muriéramos de hambre.

Me pregunté cómo iba a soportar media hora más en el coche con ella. ¿Acaso la ambición no le dejaba ver mi sufrimiento? Seguíamos sin movernos y el sol abrasaba el techo.

—No aguanto más —dije al fin—. Seguiré a pie.

—Estoy de acuerdo. Te acompaño.

—No. Quiero ir sola. Por favor. —Intenté abrir torpemente el pestillo de la puerta, pero ella me retuvo.

—Mariella.

—No. —Aparté su mano de mi brazo.

—Mariella.

—Por favor, no me dirijas la palabra, te lo ruego.

—No entiendo. Tú no eres así. ¿Por qué estás enfadada?

En ese momento el carruaje avanzó con una sacudida y caí hacia atrás en el asiento. Estaba tan rabiosa y apenada que no me salían las palabras, así que realizamos el resto del trayecto en un silencio total y, una vez en casa, Rosa subió de inmediato a su dormitorio —el que le habíamos destinado en un principio— y cerró la puerta.

Rechacé el almuerzo y pedí a Ruth que trajera agua caliente para darme un baño, mientras me desvestía. Le indiqué que debía quemar los guantes, lavar las faldas, limpiar las botas con fenol, incluidas las suelas, y hervir y meter en lejía enaguas y ropa interior. Daba igual que encogieran o se destiñeran: era un riesgo que habría de correr. Luego me metí en la bañera y me froté enérgicamente de la cabeza a los pies, aunque me repugnaba el contacto con mi propio cuerpo. Me imaginaba como un puñado de órganos revueltos y susceptibles de enfermar en cualquier momento. Todavía sentía el olor hospitalario metido en la nariz, y lo imaginaba extendiéndose por mis entrañas como una mancha de tinta hasta penetrar en cada una de mis células.

Notaba una opresión en los muslos al recordar la entrepierna del niño. Tanto él como los enfermos de la sala me habían parecido más cerdos abiertos en canal, colgados de una carnicería, que seres vivos.

Luego pensé en la formalidad con que me había tratado Henry al ayudarnos a subir al carruaje. Era diferente del hombre que me había besado en los labios; lo sentía tan remoto, tan frío... Me hice un fuerte nudo con el pelo mojado y me puse un vestido ligero de muselina, evitando en todo momento la visión de mi rostro restregado en el espejo. «Así es como viviré el resto de mi vida —pensé—, intacta, intocable.»

Bajé y me senté con mi madre y mi tía en el gabinete, que las persianas protegían del sol. Aunque circulaba una suave corriente entre la puerta y la ventana, seguía haciendo mucho calor. Una mosca se golpeaba contra el cristal. Empecé a trabajar en unas alegres cofias para las institutrices, cuya residencia tenía por fin fecha de inauguración, fijada a finales de septiembre.

Por supuesto, mi tía mostró un interés morboso por el hospital, así que le conté que me había impresionado su arquitectura y el decoroso silencio de la capilla. Lo poco que había podido observar de una de las salas, añadí, había confirmado mi opinión de que las personas que trabajaban allí debían ser de constitución fuerte. Justifiqué la ausencia de Rosa sugiriendo que seguramente le dolería la cabeza por efecto del calor.

—Confío en que no te dé una de tus jaquecas, Mariella. Estás muy pálida —comentó mi madre.

—Bueno, quizá Rosa se convenza por fin de que un hospital no es lugar para una señorita —terció Isabella—. ¿Qué opinas, Mariella? —No contesté—. ¿Crees que querrá acudir otra vez?

—No lo sé, tía, pero quizá sería una imprudencia. Se hablaba de casos de cólera.

Qué consternación. Incluso mi madre hizo a un lado la pluma, mientras mi tía dejaba de fingir que estaba ocupada y se abanicaba airadamente.

—Es culpa de los indios —afirmó—. Nunca habíamos corrido riesgos hasta que los indios nos trajeron esa horrible enfermedad.

—Philip decía que nuestras tropas también la padecían en Varna — explicó mi madre—. No entiendo cómo ha podido llegar hasta Bulgaria y también hasta aquí. ¿La han traído los soldados? ¿No existe cura?

—No lo sé —contesté—. Recuerdo que Henry me dijo en una ocasión que un colega suyo está convencido de que tiene que ver con el agua sucia. —Bueno, había mencionado su nombre con total serenidad, así que en ese momento llegué a creer realmente que podría dejar que se alejara a la deriva por el lento río de mi nueva desesperanza.

—Tonterías. Es la mala comida, el aire enrarecido, la gente sucia; todo el mundo sabe que ésas son las causas del cólera. De hecho, son las mismas razones por las que os advertí que no deberíais acercaros a un hospital — insistió mi tía—. Bueno, se acabó. A partir de ahora no voy a permitir a Rosa que se aleje de mi vista. No pienso discutirlo más. Dios santo, ¿qué sería de mí si ella muriera?

Los recuerdos de la larga tarde en el Guy's se agolpaban en mi mente por mucho que trataba de mantenerlos a raya concentrándome con denuedo en el adorno de encaje de la cofia que estaba cosiendo, en las sombras oscilantes de la ventana y en la forma en que mi madre rechinaba los dientes mientras escribía.

Como mi padre pasaba la velada fuera, en una reunión de la asociación local para el Fomento de las Artes, la Manufactura y el Comercio, de la que era presidente a la sazón, por desgracia durante la cena no hubo más tema de conversación que el hospital. Rosa bajó tarde, ataviada con su vestido negro más sobrio y el pelo atado flojo con una cinta. Parecía enferma, le temblaban los labios, sólo dio un par de bocados y no hubo manera de convencerla a fin de que hablara de lo que había visto. Únicamente dijo que la experiencia de visitar a los enfermos había sido tan conmovedora como esperaba.

Dado su comportamiento, todos los ojos estuvieron puestos en ella. La tía Isabella repitió varias veces que, de haber seguido su consejo desde el principio, la visita al hospital no se habría producido y también que seguramente Rosa no tardaría más de una semana en morir de cólera.

—He sufrido ya lo indecible este año con la muerte de mi pobre marido, y ahora voy a perder a mi hija. A fe mía que no entiendo qué he hecho para merecer tanta desgracia.

—Rosa no ha muerto, hermana —terció mi madre.

—Es algo espantoso sobrevivir a tu única descendencia.

Al igual que mi prima, yo no tenía apetito, pero, al contrario que ella, no soportaba la idea de atraer sobre mí una atención no deseada, de modo que me obligué a tragar bocado tras bocado una comida que no me supo a nada.

Después de la cena, mi tía declaró que estaba demasiado exhausta para pensar en ningún tipo de actividad, de manera que dormitó en el sofá mientras mi madre escribía una nueva carta donde solicitaba el apoyo financiero de un pariente lejano a fin de sustituir las tuberías del gas en la residencia para institutrices. Rosa se sentó al piano y tocó los primeros compases de la Sonata en La Mayor de Mozart. Raras veces tocaba el piano, pero, cuando lo hacía, era con pasión y pureza, aunque jamás la había oído interpretar una pieza de principio a fin. Salí a la terraza con mi labor, pensando que me dejarían estar allí a solas.

El aire seguía siendo cálido a pesar de la hora; el sol estaba muy bajo y sus rayos jugueteaban entre la hierba. Me llegaba el aroma de las rosas y en el aire sereno vibraba el trino de un pájaro. Me enfrasqué en coser cintas blancas a una cofia tras otra, pero no había forma de sosegar mi espíritu; una y otra vez revivía la escena de la capilla.

Al cabo de unos instantes, la música cesó y Rosa salió también a la terraza.

—¿Te importa? No te molestaré.

Asentí con reticencia y se sentó a mi lado. Pasó varios minutos contemplando el jardín y luego empezó a tomar notas en un cuaderno que no le había visto utilizar hasta entonces. Su silencio era tan inusitado que pesaba en el ambiente más que si me hubiera importunado con una charla incesante. Era consciente del leve sonido de su mano al rozar la hoja del cuaderno y del modo como su pelo caía igual que un velo que le ocultara el rostro.

Asomó la luna como una fina franja de luz perlada por encima de los álamos que señalaban los límites de nuestro jardín.

Entonces me di cuenta de que su mente se hallaba en otra parte, igual que la mía: ambas esperábamos a Henry. Yo estaba segura de que vendría, a pesar de que jamás nos visitaba por sorpresa. El convencimiento de que se encontraba de camino cobró más y más fuerza, hasta que me indujo a levantar la vista de la labor a cada momento para ver si llegaba.

Oímos el débil campanilleo de la puerta, y luego nada hasta que Henry apareció en el umbral de la terraza con un chaleco de verano que no le conocía, el cabello húmedo sobre la frente y la chaqueta colgada del hombro. Seguía estando muy pálido y su expresión era idéntica a la del día de su llegada a nuestra casa por primera vez, como yo la recordaba: traslucía miedo a molestar.

Rosa se puso en pie de inmediato con el cuaderno apretado contra el pecho, y se retiró unos cuantos pasos mientras yo tendía la mano a Henry, que la apretó con afecto mientras me miraba sonriente a los ojos.

—¿Estás bien ya, Ella? ¿Te has recuperado?

Sí, me había perdonado. Ya había acabado todo. Sentí tal alivio que tuve que sentarme bruscamente para ocultar mis lágrimas. Entretanto, estrechó la mano de Rosa.

—Señorita Barr.

Mi prima no dijo nada, pero aceptó el saludo y luego se sentó a la mayor distancia posible de nosotros para seguir escribiendo en su cuaderno con el cuerpo medio vuelto hacia el otro lado.

—Pensé que os gustaría saber que la operación ha sido un éxito en sí misma —dijo Henry, abanicándose con una de las cofias—. El niño vive, aunque no sé por cuánto tiempo. Está grave, con fiebre muy alta. Ahora sólo cabe esperar. —Parecía el Henry de siempre, y me asombró su generosidad al tratarnos tan amablemente después de que hubiéramos entrado como intrusas en su mundo.

—Entonces, ¿crees que podría morir? —pregunté.

—Me temo que es muy probable. En un niño la infección se extiende con rapidez. Pero, por otro lado, si es un muchacho fuerte y saludable, puede que luche contra la infección. Una gran parte depende del estado de ánimo.

—Sería terrible que perdiera la vida por un accidente tan nimio. ¿No se puede hacer nada con una extremidad rota aparte de amputarla?

—Bueno, en eso discrepo de algunos de mis colegas, que cortarían por lo sano ante un cardenal tan sólo. En mis viajes por el extranjero he aprendido que es posible salvar la extremidad si se cura y se venda cuidadosamente la herida, y no se declara la infección. Sin embargo, cuando el hueso atraviesa la carne, como en el caso del pequeño Tom, no hay esperanza salvo en la amputación. Pero, Mariella, hace una noche preciosa y me he pasado el día encerrado en el hospital. ¿No pasearíais Rosa y tú conmigo hasta los arbustos?

Me levanté y ambos aguardamos a mi prima. Pensé que se negaría a acompañarnos; deseé que siguiera escribiendo sus notas, pero al final suspiró y metió el lápiz entre las hojas del cuaderno.

—Tomo nota de todas las actividades que pudieran describirse como médicas —nos explicó—. Es un pobre esfuerzo por llevar a cabo unos estudios planificados.

Me cogí del brazo de Henry y Rosa echó a andar delante de nosotros con las manos a la espalda mientras el borde de su falda iba barriendo el sendero. Cuando emergimos entre las sombras, su cabello, que había perdido la cinta y le caía hasta la cintura, se volvió dorado. Agachamos la cabeza al pasar por debajo del arco del rosal y caminamos por la hierba en dirección a los arbustos, donde el aire olía a las azaleas ya marchitas. Rosa, que seguía delante, se fue hacia un lado para alargar el brazo y rozar las ramas bajas con la mano. Una flor suelta bajó revoloteando desde un arbusto de celindas y se le enganchó en el pelo.

—Señorita Barr —dijo Henry—, he estado haciendo averiguaciones. Al parecer, es cierto que se requerirán voluntarias en el hospital si se produce una epidemia de cólera.

—No creo que sea adecuada para ese trabajo, teniendo en cuenta mi absoluta falta de preparación —replicó ella sin volverse.

—Podrían enseñarle. Pero debo advertirle que el trabajo es peligroso.

—Oh, entonces no es conveniente para una mujer.

Su tono era tan mordaz que pensé que Henry tenía todo el derecho a enfadarse otra vez, pero contestó sin perder la calma.

—Lo es para ciertas mujeres. En parte estoy de su lado, señorita Barr, créame. Aunque me parece que los estudios de medicina, tan prolongados y exigentes, seguramente deberían seguir siendo prerrogativa de los hombres, he podido constatar por mí mismo que algunas mujeres se hallan muy capacitadas para ser enfermeras y que podríamos mejorar bastante el cuidado de los pacientes si hubiera más mujeres debidamente preparadas en las salas de los hospitales. En el Saint Thomas's, por ejemplo, la señora Wardroper dirige un magnífico equipo de enfermeras.

—Bueno, en cualquier caso, no vale la pena que me preocupe más por eso —replicó ella—. Mi madre no querrá ni oír hablar de que trabaje en una sala atestada de enfermos de cólera, o en cualquier otra sala, en realidad.

—Resulta comprensible. Dado el riesgo de infección, tal vez sea mejor que esa tarea se reserve a personas que carezcan de ataduras familiares.

—¿Es cierto que ninguno de los médicos que cuidan de esos enfermos tiene ataduras familiares? —repuso mi prima con amargura—. ¿O cree que esas mujeres que trabajan como enfermeras son de clase tan baja que apenas importa si se contagian?

—No es eso lo que pienso, señorita Barr. Siento el mayor de los respetos por esas mujeres, ya se lo he dicho.

Rosa se volvió hacia él de repente.

—Pero no siente el menor respeto por mí.

—Al contrario...

—Debe de pensar que soy egoísta e impetuosa —soltó Rosa con la voz quebrada por el llanto.

—No.

—Tenía usted razón. La culpa es enteramente mía porque sólo pensaba en mí misma cuando he ido hoy al hospital. Es que llevo tanto tiempo esperando... Pero eso no es excusa. ¿Cómo he podido comportarme tan mal?

—Ha sido un momento de gran tensión para todos. Nadie piensa con claridad en tales circunstancias.

Rosa, con la cabeza echada atrás y lágrimas en los ojos, apretaba con fuerza los labios para contenerse y no acabar desmoronándose.

—Sea como sea —añadió—, por favor, no le guarde rencor a Mariella. La obligué a venir conmigo.

—Como si yo pudiera guardarle rencor a Mariella por nada. —Nos echamos a reír los tres, y cuando reanudamos el paseo, Rosa se cogió de mi brazo de forma que yo tenía apoyo por ambos lados. Debimos mantenernos muy juntos para avanzar por el angosto sendero hasta que volvimos al jardín.

—Lo cierto es que tengo muchas cosas en que pensar —comentó Henry—. Está la conferencia de la semana próxima, que sé que suscitará gran hostilidad. Además, las cosas no van bien con el ejército. Las tropas llevan tanto tiempo en Varna, en Bulgaria, que se ha declarado el cólera allí también. Puede que haya una epidemia y, por supuesto, no lo habíamos previsto.

—¿Cómo ibas a preverlo? —tercié—. Se te envió a fin de evaluar la situación de soldados heridos, no de hombres enfermos.

—Sin embargo, existían precedentes —reconoció Henry—. Me he preocupado por hallarlos. Los soldados mueren a menudo de tifus y otras enfermedades, como recientemente se pudo comprobar en la India. Sabemos que el cólera ha sido el azote de nuestro siglo y que, siempre que se congregan grandes multitudes compartiendo el mismo aire, la infección se extiende. Sin embargo, no preví el peligro porque simplemente no podía imaginar una situación en que miles de hombres permanecerían confinados en campamentos con calor y poco espacio. Tal vez por eso estaba tan enfadado hoy. No ha sido tanto vuestra conducta como la ansiedad y la frustración por no haber sabido predecirlo. Lamento profundamente que dos mujeres inocentes como vosotras hayáis sufrido porque estaba furioso conmigo mismo.

—Es demasiado generoso —dijo Rosa, en cuyos ojos brillaban las lágrimas. Se apartó de nosotros con el mentón alzado y la cara un poco vuelta hacia el otro lado—. La verdad es que Mariella es la persona a quien menos querría herir en todo el mundo y la obligué a pasar deliberadamente por una terrible prueba.

Estaba tan poco acostumbrada a enfadarme con nadie, y mucho menos con ella, que ahora que todo había terminado me sentía como si unas gruesas cadenas hubieran dejado de oprimir mi corazón. Mi cuerpo se llenó de calor y de luz cuando Rosa me besó la mano y llevó mi palma sobre su húmeda mejilla.

Henry tenía los ojos fijos en nuestras manos enlazadas.

—Bueno, quizá deberíamos proseguir con su formación médica por etapas, señorita Barr —propuso—. Empezaremos con mi conferencia sobre las prácticas que lleva a cabo el doctor Semmelweiss en Pest. Confío en que asista usted.

—Por supuesto. Si se me permite. Y si Ella viene también.

—Oh, seguro que irá. Y espero que también lo haga el tío Philip. Creo que la salud pública es un tema de gran interés para quienes se dedican a proyectar y construir.

Para cuando llegamos a casa, Henry y Rosa charlaban tan animadamente sobre la propagación de enfermedades entre los pobres como si el incidente de la mañana no se hubiera producido. O más bien, en lugar de distanciarnos, había dado ocasión a un entendimiento mutuo antes inexistente. Al entrar de nuevo en el salón, Henry se sentó a mi lado y Rosa se acurrucó en el sofá y apoyó la cabeza en el hombro de su madre.

—Espero que no te hayas resfriado con la humedad del jardín —dijo Isabella.

Mi prima le dio un beso.

—No hay humedad. Hace una noche preciosa.

—Ve a ponerte un chal, Rosa, tienes las manos muy frías.

—No tengo frío. Lo que ocurre es que las tuyas están muy calientes. Pero, si eso te tranquiliza, me pondré un chal —aceptó Rosa, y salió a toda prisa del salón, para volver con una exquisita creación de seda y encaje que rodeaba sus hombros como una telaraña y se mezclaba con sus rizos.

Cuando llegó la hora de partir, Henry besó la mano a madre e hija.

—Señorita Barr, permítame —le dijo a Rosa y, alzando uno de sus rizos, recogió la pequeña flor blanca que se le había quedado enganchada durante el paseo y se la ofreció con gesto solemne.

Lo acompañé hasta la puerta, donde aferró mi mano entre las suyas. Después me abrazó y acarició el cabello. Mi rostro se acomodó en el cálido espacio que había bajo su barbilla, apretando la oreja contra el cuello de su camisa, y todo el dolor de mi corazón se disipó. Nos reímos cuando me soltó por fin, y luego volvió a estrecharme entre sus brazos una última vez.

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