Encuentro en Sebastopol
Capítulo 14
El día posterior al incidente en el hospital, la tía Isabella se encontró demasiado mal para levantarse de la cama y de nuevo requerimos la presencia del médico, que dictaminó que había sufrido una grave recaída con palpitaciones y posiblemente una funesta debilidad en las extremidades. Su única esperanza era el reposo absoluto y cuidados atentos día y noche. Al parecer, para alguien de su delicada constitución, la mera amenaza del cólera resultaba casi tan dañina como la enfermedad misma.
Nos turnamos en el cuidado de nuestra enferma para que Nora pudiera dormir y tomar el aire. La enfermera irlandesa y yo apenas hablábamos porque me hacía sentir incómoda con aquel olor suyo a sábanas usadas, sus ojos claros y vigilantes, y porque daba la impresión de no decir todo lo que pensaba. Su empleo como enfermera exclusiva de mi tía la colocaba en una posición distinta de la de los demás sirvientes, lo que me hacía dudar de cómo comportarme con ella. Mi madre la respetaba casi tanto como al médico, mientras que Rosa la trataba más en calidad de pariente que de empleada, e incluso a veces tomaban el té juntas.
—Al fin y al cabo, hace ocho años que conozco a Nora —me explicó —. Con frecuencia era la única amiga que tenía en Stukeley.
—¿Amiga?
—Desde luego. Fue muy buena conmigo. Y más que leal con nuestra familia, a pesar de que no tenía ningún motivo para serlo, sino todo lo contrario. No tienes la menor idea de lo mucho que dependíamos de ella. Y la respeto como enfermera profesional, que es lo que yo deseo ser, al fin y al cabo.
Una tarde, Rosa llevó a Nora McCormack a visitar el Palacio de Cristal en Sydenham, de modo que me quedé sola en la habitación de mi tía, donde me instalé en el asiento de la ventana para bordar las iniciales a una pila de toallas, sin atreverme casi ni a cortar un hilo por temor a molestarla. La luz que se filtraba por una rendija entre las cortinas parcialmente cerradas confería a la habitación un aire de lúgubre retraimiento, cuando siempre había pensado que aquel dormitorio, con el papel carmesí de la pared y aquellas butacas mullidas, era el más elegante de la casa. Cuando Isabella pidió agua, me puse en pie de un salto, temerosa de cometer algún error. Le sujeté la caliente espalda para que pudiera beber, ajusté mínimamente la ventana a fin de que entrara un poquito más de aire y le lavé la cara con agua de lavanda.
—Eres muy cuidadosa —dijo, suspirando—. A veces Rosa se impacienta y me moja toda. Un poco más abajo, querida. Refréscame la garganta.
Nunca había visto tanta piel del cuerpo de otra persona, ni había tenido motivo alguno para tocarla. Cuando mis nudillos le rozaron el pecho al incorporarla sobre las almohadas, me acerqué más a ella de lo que me había acercado a cualquier otro ser humano, excepto a Rosa.
Odiaba la habitación de la enferma. Mi tía tenía un comentario para cada ruido que se oía en la casa y cada movimiento que yo hacía. No cesaba de reclamar la atención: cuando no la irritaba una mosca, le apetecía un poco de agua de cebada, o preguntaba cuándo iba a acudir el médico a visitarla, o si podría leerle algo de Tennyson, siempre que no fuera mucha molestia, o comentaba que en Stukeley siempre disponían de agua helada, lo que en Londres seguramente sería más difícil de obtener, o inquiría dónde estaba su hija.
—Volverá para la cena, estoy segura. Se ha llevado a Nora de excursión.
—Entonces, ¿dónde está mi hermana?
—Mi madre fue a visitar a la señora Hardcastle.
—Pero ¿y si empeoro? Oh, me siento tan sola y enferma...
—Ya estoy aquí yo.
—Intentaré dormir hasta que vuelva Rosa —anunció, volviendo la cabeza—. ¡Qué calor tan espantoso! Cómo añoro mi habitación de Stukeley, siempre tan fresca... Si me abanicaras durante unos minutos, Mariella, quizá echaría una cabezada.
Ni siquiera habíamos podido ir a Broadstairs aquel verano porque la tía Isabella estaba demasiado enferma para viajar y nos parecía una crueldad dejarlas a ella y a Rosa solas en Fosse House. En cualquier caso, gracias a Henry, mi padre se había comprometido con un nuevo comité llamado Comisión de Expertos en Alcantarillado, que proyectaba un sistema de alcantarillado más saludable y moderno para la ciudad de Londres. Entretanto, mi madre estaba preocupadísima por la residencia para institutrices, pues dos nuevos obstáculos habían aplazado una vez más la inauguración. El primero estribaba en que nadie en su sano juicio animaría a unas ancianas delicadas a mudarse a la residencia existiendo un brote de cólera. El segundo era que la instalación de tuberías nuevas para el gas había evidenciado otro problema, ya que uno de los antiguos desagües que había bajo la casa tenía un escape, de modo que habrían de recoger más fondos para la reparación.
A manera de compensación por las vacaciones perdidas, Rosa y yo hicimos excursiones al nuevo parque de Battersea, al Palacio de Westminster y al Museo Británico. Un día me convenció incluso para que la llevara a Highgate y le mostrara Los Olmos.
—Tengo que conocer el sitio donde vas a vivir, para poder imaginarte allí.
—Pero en realidad no hay nada. No estoy...
—Aun así quiero ir, porque, ocurra lo que ocurra, esa casa es importante para ti.
Atravesamos Londres en ómnibus y a pie, a pesar del calor bochornoso. Encontramos la verja abierta de par en par, aunque no había ninguna señal de actividad en la casa ni en el sendero de acceso. Pensé que sería de mala educación entrar en el edificio en ausencia de Henry, pero mi prima avanzó resueltamente hasta la puerta principal e hizo sonar la campanilla.
Nadie respondió, de modo que retrocedió unos cuantos pasos y contempló la fachada con admiración.
—Es mucho más grande de lo que esperaba. ¿Y dices que tiene seis dormitorios? Cielo santo, Mariella. ¿Podemos echar un vistazo al jardín? Qué árboles tan magníficos. Bueno, ahora comprendo por qué se llama Los Olmos. Sí, cuentas con mi aprobación oficial. Creo que es una casa absolutamente perfecta para mi encantadora prima.
—Rosa, no deberíamos meternos aquí. Es casi como entrar en una propiedad ajena.
—¿Por qué? Aunque no lleves un anillo de compromiso, ¿acaso Henry no es un pariente cercano? Pues claro que tenemos derecho a estar aquí. Pero hace demasiado calor. Sentémonos un rato e imaginemos cómo será tu vida conyugal.
Extendió su chal bajo un olmo y tomamos asiento apoyadas contra el tronco. El comedor tenía una puerta doble que se abría a la terraza y, con el corazón palpitante, me vi al otro lado, abriéndolas para que Henry y yo diéramos un paseo juntos, cogidos del brazo. Y el jardín de invierno sería el lugar ideal en esa estación para trabajar en las mañanas soleadas, siempre que estuviera adecuadamente caldeado.
—Mi madre recibió ayer una carta del abogado de mi padrastro — comentó Rosa, con los ojos cerrados, la cabeza echada atrás y las manos sobre el regazo, lo que le confería un inusitado aire de resignación—. Ahora que Max se ha ido a luchar en la guerra contra Rusia, se han resuelto los asuntos de sir Matthew. No me gustó lo más mínimo el tono de la carta. Es como si a Max lo hubieran dado por perdido en cierto sentido.
—Max volverá a casa sano y salvo, estoy segura.
—Eso no importa, pues de uno u otro modo Horatio quiere perdernos de vista a mi madre y a mí para siempre, así que nos ha asignado una renta anual de doscientas libras para ella y cien para mí.
—No parece mucho...
—Es exactamente lo que dice mamá, pero creo que es más que suficiente y espero que para Navidad dispongamos ya de casa propia. Tu padre me aseguró que es posible alquilar una casa de campo estupenda en Putney o Wandsworth por setenta libras al año.
—Pero no puedes dejarnos. ¿Cómo vas a cuidar de tu madre sola?
—Seguiré contando con dinero para pagar a Nora. Mariella, debo dar ese paso. Cuanto más tiempo me quede en Fosse House, más duro será marcharme.
—No queremos que te vayas, Rosa.
—Pronto te casarás con Henry. Mira esta casa que está esperándote. Yo no me vería capaz de seguir viviendo en Fosse House sin ti, te echaría demasiado de menos. Además, no podemos seguir abusando de la amabilidad de tu familia.
—Me parece una perspectiva terrible para ti. ¿Cómo vas a soportarlo?
—Quería ser enfermera. Bueno, pues lo seré. Mi madre es mi paciente, mi vocación. —Su tono sonaba demasiado animado. Se puso en pie bruscamente, me cogió de la mano y tiró de mí para ayudarme a levantarme —. Vamos, ¿crees que divisaremos algo si miramos por las ventanas? Sobre todo quiero echar un vistazo al fregadero; se puede saber mucho de un lug... —Y doblando rápidamente una esquina de la casa, desapareció.
La seguí más despacio, pero, al llegar al ángulo, oí su risa y luego una voz masculina, la de Henry, y allí estaban los dos, cara a cara, como si hubieran chocado. Él la sujetaba por los codos para ayudarla a recobrar el equilibrio, tan sorprendido que por un momento no hizo nada más que mirarnos y mover la cabeza.
—¡Lo siento! —exclamé—, debes de pensar que hemos venido a curiosear.
Una vez recuperado de la sorpresa, nos saludó con mayor jovialidad de la que hasta entonces le había visto expresar y nos ofreció el brazo a ambas como un tímido muchacho.
—Es maravilloso encontrarlas aquí a las dos. Qué coincidencia. Resulta que me he citado con el arquitecto a las tres y media, de lo contrario no habría acudido en plena jornada. Estoy tan acostumbrado a venir solo que he perdido todo el entusiasmo por este lugar. Ahora podré compartirlo con las dos.
Nos condujo hasta el porche, abrió la puerta y se hizo a un lado para cedernos el paso. Inmediatamente la casa nos envolvió con su olor a cerrado y a pintura reciente. Recorrimos una estancia tras otra admirando las dimensiones, el brillo de los suelos de madera y la luz que entraba a raudales por las ventanas. Pero saber que Rosa sufría hacía menguar mi alegría, a pesar de que ella formulaba tantos comentarios y preguntas como de costumbre. Al fin y al cabo, aquél era mi futuro. Qué desolador debía de parecerle el suyo en comparación.
—¿Sabes? —me dijo cuando estábamos a punto de subir la escalera—, tengo tanto calor que creo que esperaré fuera, bajo los árboles. Id vosotros. —Y volviendo sobre sus pasos, desapareció por la puerta principal.
—Tal vez sea ya tarde. El arquitecto llegará en cualquier momento — señaló indeciso Henry, aunque tuviera ya un pie en el cuarto peldaño de la escalera.
Parecía dolido y, cuando salimos y nos reunimos con Rosa, deseé que mi prima no lo hubiera ofendido con su brusco cambio de humor. Pero, a pesar de mi decepción inicial, quizá fuera mejor no visitar de nuevo con él aquellas habitaciones sumamente privadas del piso superior, sabiendo que Rosa estaba fuera.
Instantes después llegó el arquitecto e insistí en que Rosa y yo nos fuéramos de inmediato. Aunque muy cortés, Henry parecía distraído y volví a enrojecer, abochornada por nuestra inesperada aparición. De haber estado formalmente prometidos, todo habría sido distinto.
Sin embargo, sus últimas palabras fueron tranquilizadoras.
—Espero verlas a las dos muy pronto, en la conferencia. No tengo palabras para expresar la satisfacción que me ha dado encontrarlas aquí, Mariella, señorita Barr... Creo que ahora esta casa se ha convertido en un hogar a mis ojos.
Cuando llegamos a la verja y volvimos la vista atrás, Henry seguía en el porche. Rosa agitó la mano y él respondió con un leve gesto.
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