Encuentro en Sebastopol
Capítulo 10
Derbyshire, 1844
Desde el comienzo de la séptima clase de latín, estaba tan nerviosa que el corazón me latía con fuerza y tenía las axilas sudorosas. Esta vez sí que iba a pedírselo. Lo tenía planeado. Incluso había ensayado el discurso. Sir Matthew se mostraba tan cariñoso y paciente que era imposible que se negara. Al fin y al cabo, no se trataba de un favor tan grande, sólo de hacer lo que sin duda era justo. Y después imaginaba que todo sería perfecto en Stukeley, Rosa se asombraría de lo que había conseguido yo sola, y cuando volviera a Londres, viviría feliz sin mí porque su padrastro y ella serían amigos.
Sir Matthew abrió la puerta de la biblioteca y se inclinó jovialmente al hacerme pasar, la cerró con suavidad y apartó la silla para que me sentara. Luego me examinó de lo que habíamos dado hasta entonces, como de costumbre. Si respondía correctamente, me daba una palmadita en el brazo; cuando me equivocaba, soltaba un gemido y apoyaba la cabeza en la mano, lo que normalmente me hacía reír, aunque en aquella ocasión la risa fue forzada.
Al escribir la siguiente respuesta, rompí el plumín. Mi padre se habría enfadado, pero él se limitó a sonreír.
—No te preocupes, Mariella, hay muchos más en el sitio del que salió ése. Y así tengo ocasión de utilizar mi regalo favorito. —Sacó un estuche que contenía una decena de plumines de acero, me invitó a escoger uno, lo ajustó en el portaplumas, se limpió los dedos con el paño bordado que le había regalado, hundió la pluma en la tinta y me la entregó. Ambos observamos el reluciente rastro azul que dejaba mi meticulosa letra inglesa.
—Fíjate cuán a menudo he usado el paño. Por un lado es una pena ensuciarlo de tinta, pero, por otro, cada mancha me recuerda la amable cabecita que ideó un regalo tan maravilloso.
¿Cuándo debía pedírselo? ¿En ese momento, cuando inclinábamos los dos la cabeza sobre la hoja, o más tarde, cuando estuviera sentada en la butaca y él colocara otro cajón de especímenes sobre mi regazo y me sujetara el pelo hacia atrás? O quizá no fuera hoy; tal vez, si no me apresuraba al escribir, el reloj sonaría antes y llegaría la hora de acabar la clase.
—Mi Mariella no muestra hoy demasiada aptitud —observó, echándose atrás—. ¿Te preocupa alguna cosa, querida? —Su expresión era tan amable que me entraron ganas de llorar—. Dejemos los poemas por hoy. Llévate el libro para después, si quieres. Pero ven, ven. —Me sujetaba con firmeza cuando me obligó a levantarme de la silla y me condujo al otro extremo de la biblioteca, donde estaban los cajones de especímenes. Yo había aprendido a apretarle los dedos tímidamente, un gesto que él siempre devolvía y que parecía complacerlo, así que dejé que me cogiera de la mano y que una lágrima rodara por mi mejilla hasta los labios.
Él se agachó, me miró a la cara, y luego estrechó mi cabeza contra su chaleco impregnado de olor a tabaco.
—¿Qué es esto? —susurró—. No puedo permitir que llore mi preciosa niña. Ah, veamos, te sentaré aquí para mirarte bien. —Me cogió en brazos y me sentó en lo alto de unos cajones, de modo que mis ojos quedaron a la altura de los suyos y mis rodillas aprisionadas por su pecho. Luego tomó mis manos y me acarició los nudillos con los pulgares—. Bueno, ¿qué te ocurre?
—Estoy muy triste por algo que vi.
—Ajá, ¿y qué es? —Me besó en las mejillas, primero en una y luego en la otra, y apoyó la frente contra la mía hasta que nos tocamos con la punta de la nariz y olí su aliento a tabaco—. Cuéntame. —Dejé caer la cabeza hacia delante y nuestros rostros se acercaron aún más, como cuando Rosa y yo estábamos frente a frente en la cama.
—En el valle...
Una parte de mí se sintió muy cómoda cuando sir Matthew me acarició la espalda y me atrajo hacia sí hasta que abrí las piernas y mis rodillas quedaron bajo sus brazos. Era igual que cuando Henry me levantaba del suelo y me hacía girar en el jardín, o cuando mi padre me llevaba a la cama. Pero el cuerpo de sir Matthew era distinto, no olía de la misma manera y no lo conocía lo bastante para estar tan cerca. «Debo hablar, deprisa», pensé.
—Por favor, quería saber si... Hay una familia junto al río. Uno de los niños está muy enfermo. Se llaman Fairbrother. Creo que si tuvieran otra casa...
—¿Fairbrother? —repitió sir Matthew, mientras con una mano me apretaba la cabeza contra su pecho y con la otra me acariciaba la nuca.
—No creo que usted esté enterado de que el niño está muriéndose. Seguro que haría algo si lo supiera.
—Eres una niña muy curiosa. Pensaba que te habían dicho que no te acercaras a los Fairbrother.
—Oh, todo el mundo los conoce.
—¿Todo el mundo?
—Mi madre siempre se interesa mucho por ayudar a los pobres en Londres —me apresuré a señalar.
—Ah, ¿sí?
Me sentí aliviada al ver que sir Matthew no estaba enfadado. De hecho, parecía quererme aún más, porque me besó en el dorso de ambas manos y me pasó el cabello delicadamente por detrás de las orejas.
—Verás, Mariella, el problema es que la vida no es tan sencilla como piensas. Tengo que tomar un centenar de decisiones difíciles a diario, y todas ellas agradan a algunas personas y molestan a otras. ¿Qué pasaría si trasladara a una familia? ¿Qué hay de todos los demás que viven en el mismo valle? Me arruinaría si tuviera que construir casas nuevas para tanta gente. Y si perdiera mi dinero, ya no podría pagar a nadie y los trabajadores se quedarían sin empleo, de forma que sus hijos pasarían hambre y eso provocaría muchísima miseria.
—Pero el río está muy sucio.
—Bueno, no te preocupes, olvidemos ese sucio río —replicó, y por primera vez vi un fugaz destello de impaciencia en sus ojos—. ¿Qué cajón quieres que miremos hoy? —Colocó las manos en mi cintura como si fuera a bajarme al suelo. Me sentía incómoda con sus pulgares justo debajo del pecho, pero le rodeé el cuello con los brazos, pensando que no debía dejar escapar aquella oportunidad, que jamás volvería a reunir el valor necesario.
—Pero, si al menos contaran con agua limpia, todas las familias saldrían beneficiadas.
—Has estado pensándolo detenidamente, ¿verdad? —repuso él, frotándome las costillas con los pulgares.
—Mi padre podría ayudar. Es un experto en cañerías y desagües.
—Ah, ¿sí? Bueno, si alguna vez necesito consejo, se lo pediré.
—Entonces, por favor, ¿hará usted algo? —supliqué.
—Mariella, ya basta. Una de las razones por las que me gusta esta biblioteca es que no tengo que pensar en mi trabajo cuando estoy aquí. Así que dejemos de hablar del río y de las casas.
Suspiré antes de jugar mi última carta; aparté su mano y me eché atrás como si ya no quisiera saber nada más de él. Sir Matthew guardó silencio un momento y, a continuación, con un tono completamente distinto, dijo:
—Oh, así que la niña se enfurruña porque no logra salirse con la suya.
—No es eso. Pero no puedo estar contenta sabiendo que Petey Fairbrother está tan enfermo. No me parece bien.
—Pues me temo que así son las cosas, Mariella. Tendrás que aprender a vivir sabiendo que no todo el mundo consigue ser feliz en este mundo.
—Pero usted podría hacernos felices. Sólo tiene que limpiar el agua. Si mandara excavar un canal que atravesara el bosque...
—¿Cómo que haceros felices? ¿A quiénes?
—A mí, a los Fairbrother y...
—¿De dónde sale todo eso del canalizar el agua? —Cualquier rastro de cordialidad había desaparecido de su mirada, y de repente lo vi con mucha más claridad como sir Matthew Stukeley, con su elegante levita y su corbatín, el mismo que se sentaba a la cabecera de la mesa y cortaba su comida en trozos pequeños y regulares, sin hablar con nadie—. Ah, ahora lo entiendo. Esto es cosa de Rosa, ¿a que sí? Lo habéis planeado todo juntas, ¿verdad?
—No, no.
—Ella te explicó lo que tenías que decirme. Supongo que por eso vienes a la biblioteca, para hacer el trabajo sucio de Rosa.
—No, no es así. —Me eché a llorar realmente porque nadie me había hablado nunca con tanta frialdad.
—¿Te volvió a llevar a esas casas? ¿Lo hizo? Pero os ordené que no volvierais a acercaros por allí...
Yo seguía llorando a lágrima viva, sintiéndome maltratada por su cólera.
—Sir Matthew, le prometo que Rosa no sabe que estoy aquí, no sabe nada de todo esto, me pidió que no le mencionara que habíamos ido a ver a los Fairbrother, pero creo que usted no comprende lo mucho que se preocupa Rosa por ayudar...
Indignado, se alejó hacia una hilera de estanterías y aparentó interesarse por el lomo de un libro.
—No. Ahora no. Esto se acabó. Fuera. No estoy de humor para este asunto.
Me bajé de los cajones y me quedé llorando en el centro de la biblioteca. Luego me acerqué poco a poco a sir Matthew e intenté entrelazar mis dedos en los suyos, pero él apartó la mano.
—La verdad es, Mariella, que no te creo. Estoy seguro de que le has hablado de nuestras clases. Dios mío, qué típico de Rosa intentar utilizarte para sus propios fines. Tendré que castigarla.
—No, no, Rosa no sabe que estoy aquí.
—¿Por qué me desobedeciste? Sabías que no debías acercarte a las casas del valle. Os lo dejé muy claro a las dos.
—Sólo intentábamos ayudar. Por favor, no se enfade. Por favor. Yo sólo quiero que sean amigos. Quiero que las cosas se arreglen para que Rosa vea que es usted un hombre muy bueno.
—Deja de llorar. No es culpa tuya. Pero Rosa debería haber sido más sensata. Ya se lo había advertido antes, pero no sabe estar en su lugar. Cuando la conocí pensé que tenía la cara de un ángel. Y después descubro que es desobediente y caprichosa, y eso hace que me arrepienta de haberme casado con su madre. ¿No lo entiendes? Lo ha estropeado todo. No, debe ser castigada. Estoy pensando seriamente en azotarla. —Me lanzó una mirada especulativa—. Sí, tengo un látigo que guardaba para Max. Tal vez debería usarlo con ella.
—No. No, por favor. Por favor, no la castigue a ella, castígueme a mí.
Sir Matthew se dirigió a uno de los armarios, sacó una llave del bolsillo y lo abrió. Del interior extrajo un bastón barnizado con una lazada de cuero en un extremo, y se golpeó con ella la palma y el tobillo como si quisiera probarla. Seguí el movimiento del látigo y me encogí de miedo.
—Así que quieres que te castigue a ti en lugar de a Rosa.
—Sí... no me importa...
—Pues ven aquí. —Me aferró el brazo y me examinó como si decidiera en qué parte del cuerpo iba a golpearme. Con la punta del látigo trazó el contorno de mi cuerpo, desde el hombro hasta la cadera pasando por el brazo. Incluso me levantó el borde de la falda para ver mis temblorosas rodillas. Yo sollozaba incapaz de hacer nada, sostenida únicamente por su férrea mano. Pero al final arrojó el látigo a un lado y volviendo a bajar la voz dijo—: Mariella, no tengo intención de castigarte. No has hecho nada malo, salvo escuchar a Rosa, aunque me entristece que su opinión te importe más que la mía. Vamos, deja de llorar.
—Prométame que no le contará a mi prima lo que le he dicho. Prométame que no la castigará.
Sir Matthew me condujo hasta la butaca, me acarició la cabeza, me besó la mano y luego me atrajo muy suavemente hacia su regazo.
—Vamos, calla. No puedo permitir que estropees tu bonita cara con lágrimas.
Alzó mi cara y me enjugó los ojos con su perfumado pañuelo, cruzó la pierna, lo que me apretó aún más contra él, y me dio otro abrazo. Luego me sujetó la barbilla y examinó mi rostro, primero los ojos, luego la boca, soltó una leve carcajada gutural y me besó en los labios.
Fue sólo un beso leve, una simple presión de su boca contra la mía y algo muy extraño, un breve y rápido movimiento de su lengua entre mis labios, pero me puso tan nerviosa que me aparté de él empujándolo y me puse en pie. Entonces no supe qué hacer y desde luego no quería volver a verlo enfadado, así que le dediqué una reverencia y, por si acaso, le di un apretón en la mano. Después cogí el libro de poesía y me precipité hacia la puerta pensando: «Gracias a Dios que ya se ha acabado y me ha perdonado. No se lo contará a Rosa.»
Volví la vista atrás una última vez y lo vi repantigado en la butaca con las piernas abiertas y las manos enlazadas bajo el mentón, observándome con los ojos húmedos y su expresión de afecto habitual. Salí de la biblioteca y en el vestíbulo di de bruces con Max.
Aquella nueva sorpresa hizo que entrechocara los dientes y que me temblaran las rodillas bajo las enaguas, pero Max se mostró implacable y, antes de que me diera cuenta, me arrastró hasta el hueco que había bajo la escalera.
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