Extranjeros, bienvenidos

Barbara Pym · Capítulo 9 de 26

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Extranjeros, bienvenidos

Capítulo 9

 

«… los rebaños,

en círculos más y más amplios, olvidan su alimento

y al inofensivo extraño contemplan maravillados».

Stefan Tilos se consideraba un hombre de lo más normal. Le sorprendió de veras comprobar el enorme interés que concitaba su llegada a Holmwood. Después de pensarlo, llegó a la conclusión de que debía de ser porque los ingleses eran gemütlich por naturaleza. Acogen en su seno a un pobre extranjero —el señor Tilos a veces tenía ideas bastante ridículas de sí mismo — como si fuese uno más de ellos, pensó, sin darse cuenta de que ni era ni jamás podría ser algo tan anodino como uno de ellos. Pasó por alto la importancia de ser extranjero y de ser húngaro. Los extranjeros son poco frecuentes en Shropshire, y en particular los húngaros. Para los habitantes de Up Callow, a Stefan Tilos lo envolvía toda la sofisticación de Budapest, sobre un fondo de castillos medievales, bandas zíngaras y vampiros. Y por encima de todo, era un hombre soltero, hasta donde todos sabían.

La mañana que recibió la invitación a la fiesta de Adam y Cassandra, el señor Tilos estaba desayunando en su comedor. Desde la ventana divisaba un grupo de abetos. Casi podría estar viviendo en medio de un denso bosque, un señor feudal húngaro en el corazón de Shropshire. Sus amigos de Budapest lo habían tomado por loco por irse a vivir a Inglaterra. Hacía frío, decían, y llovía todo el tiempo. Londres no estaba mal, pero los clubs nocturnos eran muy caros, aunque no debía dejar de visitar Quaglino’s. Habían oído que Escocia era bonita, pero ¿Shropshire?, ¿dónde quedaba eso? En una región tan salvaje seguro que había muchos lobos. Era una lástima que su negocio (algo relacionado con la importación y la exportación de bienes de consumo) lo hubiese obligado a abandonar la seguridad de la capital. Stefan no tardaría en volver, se decían.

—Estoy empezando a pensar que hubiera sido preferible no invitar a este hombre —confesó Cassandra a Adam mientras se arreglaban para la fiesta—. A fin de cuentas, en realidad no sabemos nada de él.

—De hecho, es de lo más inoportuno haber invitado a alguien —replicó Adam—. Estoy muy ocupado, no debería perder ni un segundo.

Cassandra suspiró.

—Bueno, siempre puedes escabullirte a tu estudio si de repente te viene la inspiración —dijo a modo de consuelo, ya que últimamente dicha inspiración aparecía de forma muy irregular, y uno nunca sabía cuándo se presentaría.

Había dejado aparcada la novela sobre el jardinero, como ella esperaba, y ahora tenía entre manos un poema épico que era casi igual de malo.

Los primeros en llegar fueron el señor Gay y su sobrina. Al saludarlos, Cassandra no pudo evitar celebrar el buen aspecto del primero.

—Sí —convino el señor Gay—. En mi vida me he sentido mejor.

—Es la primavera —apuntó la señorita Gay, que no sabía nada de las maravillosas pastillas de la señora Gower—. ¿No hace un tiempo estupendo?

—Sí, estupendo —insistió Cassandra—, y está todo precioso lleno de flores.

La señorita Gay parecía muy animada. ¿Había habido más encuentros entre ella y el romántico desconocido? ¿Era posible que hubiesen descubierto que, además de las estufas Primus, tenían más cosas en común?

—¡Qué vestido tan precioso! —la halagó la señorita Gay, y se la llevó aparte para dirigirse a ella en un susurro de confidencia femenina—. Ese tono de azul le sienta muy bien —añadió, pensando en lo soso que era.

—¿Cuándo llegará ese hombre? —preguntó Adam acercándose a ellas—. ¿Vendrá con un traje típico de su país?

—Uy, señor Marsh-Gibbon, ¡qué simpático! Aunque me temo que se llevará una decepción. Stefan es, en realidad, bastante inglés en su apariencia —pronunció el nombre de pila con un orgullo afectado. De hecho, la señora Gower le había contado que había visto el nombre escrito en un baúl que estaban metiendo en Holmwood, y la señorita Gay había decidido usarlo. Creía que, al ser la única persona que de verdad había hablado con él, tenía motivos para llamarlo por un nombre más íntimo.

Adam miró a la señorita Gay por encima de la montura de sus gafas. A menudo se las ponía cuando venía alguien a la casa, para darse un aire más erudito, pero no veía bien con ellas, ya que solo servían para leer.

—¿He de entender que ha intimado con él?

Cassandra pensó que se estaba poniendo bastante tonto y era evidente que también lo pensó el rector, pues se unió al pequeño grupo y le preguntó a Adam qué tal iba con su novela.

—La he aparcado —respondió Adam—. Por un tiempo —añadió, al creer que detectaba un gesto de decepción en la cara del rector, aunque Cassandra, que también lo estaba observando, sospechó que era de alivio.

—Ah, pero seguramente la retomará más adelante.

—Sí, claro, pero ya en otoño. Entonces me resultará más fácil escribir sobre la primavera. Siempre es más fácil recordar una emoción con calma.

Cassandra sonrió, preguntándose si, cuando llegase el otoño, Adam descubriría que no había ninguna emoción que recordar. Hasta cierto punto es lo que ella deseaba.

—¿Entonces se toma usted un bien merecido descanso? —preguntó el rector.

—No, no. —Adam negó con la cabeza, y una sonrisa de cansancio se le dibujó en el rostro—. Ahora estoy sopesando la idea de escribir un poema épico —declaró, alzando algo la voz para que, como era su intención, las demás personas que había en la habitación lo oyeran, interrumpieran su trivial conversación y se fueran acercando para saber más al respecto—. Dryden nos cuenta que es la mayor obra de la que es capaz el alma del hombre — prosiguió con tono imponente.

Se hizo un silencio de admiración, durante el cual nadie supo qué decir. A continuación, la señora Gower comentó con aire indulgente, tratándolo como a un niño al que hay que seguirle la corriente:

—A mi difunto esposo se le ocurrió una vez componer un poema épico sobre el rey Arturo, pero nunca escribió más de cincuenta versos, que yo recuerde.

—Y supongo que eso no sería suficiente para una epopeya, ¿verdad? — insinuó la señorita Gay, pensando con desagrado en El paraíso perdido.

—En absoluto —intervino el rector—. Imagino que la extensión es un requisito básico, sin contar con todo lo demás que hace falta.

Se abrió la puerta y Lily anunció al señor Stefan Tilos. La escena estaba preparada para una entrada triunfal. Todos los allí reunidos se hallaban apiñados en el rincón donde habían estado escuchando a Adam, y, al abrirse la puerta, se dieron la vuelta de forma automática para ver quién era.

Cassandra se adelantó para saludarlo.

—Me alegro mucho de que haya podido venir —afirmó.

—Fue de lo más amable por su parte invitarme. Pero llego tarde, ¿sí? — Echó un vistazo a su alrededor, sonriendo a todo el mundo—. Lo siento mucho —añadió.

—Uy, no, para nada…

Cassandra le ofreció una copa de jerez y empezó a presentarle a la gente. Intentó hacerlo lo más rápido posible, ya que tenía la incómoda sensación de que la señorita Gay la vigilaba, dispuesta a arrebatarle al señor Tilos en caso de que lo monopolizara demasiado tiempo.

—Ah, mi amiga parisina —dijo al ver a la señorita Gay.

El señor Gay lo miró con severidad. ¿Cómo era posible? Angela había abandonado París siendo una niña.

El rector carraspeó y dijo:

—Supongo que aquí todo le parecerá más tranquilo que en su país.

—Vine en busca de tranquilidad —explicó el señor Tilos— y espero encontrarla.

«No puede ser que él también esté escribiendo un poema épico —pensó Cassandra, desconsolada—. Está claro que un pueblo como este no podría dar cabida a dos escritores».

—El campo de esta zona es muy agradable —comentó el señor Gay.

—Es un lugar saludable, en mi opinión —declaró el señor Tilos.

—Uy, no —interrumpió Adam—, no lo es. No es en absoluto saludable —afirmó con gravedad—. Son tierras demasiado sombrías.

—Tal vez haya venido para mantener un perfil bajo —sugirió entre risas la señorita Gay—. A fin de cuentas, no sabemos nada de su pasado —afirmó con aire provocador y lanzándole una mirada al señor Tilos.

—He de esperar que nunca descubran nada —replicó él en la misma línea.

«Creo que lamentaremos la presencia de este hombre», reflexionó la señora Gower. Era demasiado guapo para dejarlo suelto por un pueblo tan pequeño.

—¿Piensa quedarse mucho tiempo? —preguntó.

—Uy, sí, espero quedarme muchos muchos meses.

—Supongo que le resultará tedioso —presagió Adam—, a menos que le guste pasear o montar a caballo.

—Me gusta mucho cazar jabalíes —declaró sin más el señor Tilos.

Aquello impresionó incluso a Adam. Se imaginó castillos medievales y extensos bosques con grandes perros corriendo de acá para allá. El rector recordó la ceremonia de presentación de la cabeza del jabalí en el Queen’s College de Oxford. Cassandra pensó en una de aquellas cabezas falsas de jabalí, hechas de galantina y con una superficie marrón brillante, que decoraban las mesas de los bufés fríos. Nadie supo qué decir. No parecía muy amable decirle al señor Tilos que era improbable que en Shropshire pudiera practicar su deporte favorito.

Él seguía de pie junto a la chimenea con una sonrisa de felicidad en el rostro, casi como si sonriese por algún secreto. La cuestión es que así era, pero no podía revelar sin más de qué se trataba. Al ser un hombre sensible, se había enamorado a primera vista de Cassandra Marsh-Gibbon.