Extranjeros, bienvenidos
Capítulo 21
«Los libros son solo un aburrimiento
ceremonioso, amigos tediosos».
En su pensión de Oxford, Adam acabó el desayuno rápidamente y se apresuró a salir a trabajar. No estaba nada seguro de cuál sería ese trabajo, pero pensó que antes que nada pasaría por Balliol a saludar a su antiguo tutor.
En la portería, el bedel se acordó de él. A Adam le agradó aquello, y lo animó un poco. Sin embargo, la alegría no duró mucho, pues cuando preguntó por su tutor, se enteró de que había muerto hacía un mes.
—Pero si no era un hombre anciano —dijo Adam, medio para sus adentros.
—Bueno, no, señor, pero tampoco era joven. Tenía cincuenta y tantos.
—Dentro de poco yo cumpliré cuarenta —declaró Adam con desánimo, y se dio la vuelta, salió de la portería y continuó por Broad Street hasta la Bodleiana, con la moral por los suelos.
Era ridículo sumirse en el abatimiento por la muerte de su tutor, un hombre en el que rara vez pensaba, pero aquello, unido a la ausencia de Cassandra, le provocó tal estado de melancolía que, antes de subir la escalinata de la Bodleiana, ya casi se había resignado a no volver a verla nunca más.
Entró en la galería de pinturas y luego accedió a la sala de lectura de literatura inglesa. Dispuso sus cosas sobre un escritorio y empezó a dar vueltas sin rumbo, a examinar los libros en las estanterías abiertas. Al final se decantó por la edición de Sélincourt de El preludio, acordándose de la poca paciencia que tenía Cassandra con Wordsworth. Después de intentar leer durante unos minutos, Adam comenzó también a impacientarse.
Cerró el libro de golpe y miró a los lectores a su alrededor. Uno estaba muy ocupado escribiendo un ensayo, otro se hallaba absorto en la Antología de inglés medio de Emerson. Vio que anotaba todas las palabras que no conocía en un cuaderno.
Fuera, los relojes comenzaron a dar las once. De inmediato, la sala de lectura se llenó de movimiento. Daba la impresión de que todo el mundo tenía clase a las once. Entonces recordó de repente que no se trataba en absoluto de eso: era la hora del café. Aquello lo deprimió aún más. Ver a todos los jóvenes que se dirigían a Elliston para tomar café, comer galletas de chocolate y criticar a diestro y siniestro lo hacía sentirse viejo. Se fijó en cómo ponían cartelitos que decían POR FAVOR, NO TOCAR sobre sus montones de libros y luego salían todos juntos. Dedujo que le sobraban al menos diez años para estar en aquel lugar. Se levantó a toda prisa y salió. En el salón del señor Gay le había pasado exactamente lo mismo, pero allí había sido al revés, con gente mayor. Tampoco aquí se le había perdido nada.
Después de comer, Adam acabó paseando por los Jardines Botánicos. Era un sitio muy agradable y empezó a sentirse algo más positivo. Había salido el sol, la rocalla y los parterres resplandecían de flores y había orquídeas en los invernaderos tropicales. ¡Cuánto le habría gustado aquello a Cassandra!
Se sintió muchísimo mejor después del té, así que decidió darle una segunda oportunidad a la Bodleiana. Iría a trabajar a la sala Duke Humphrey. Allí, envuelto en la historia, encontraría paz y consuelo. Al subir las escaleras, se topó con una multitud de subalternos que bajaban con estrépito a tomar el té. La biblioteca estaba en calma y desierta. Caminó hasta Selden End, asomándose a los pequeños recovecos al pasar. Finalmente escogió un asiento junto a un señor mayor que le daba la espalda. Parecía un clérigo y vestía un traje que se había tornado verdoso con el tiempo. Tenía la coronilla calva y rodeada de canas verdosas. No prestó ninguna atención a Adam y siguió a lo suyo, estaba leyendo un gran volumen encuadernado en piel de becerro.
Adam se puso a escribir versos sueltos de su poema épico y luego deambuló de acá para allá mirando algunos libros y leyendo el Diccionario de biografía nacional para ver si detectaba algún error. Después subió a consultar el catálogo para buscar varios libros que tal vez quisiera leer. También buscó sus propias novelas y poemas y, por algún motivo, las apuntó. A continuación, se apoyó sobre un radiador y examinó varios volúmenes del Anuario universitario. Por último, regresó a su asiento y comenzó una carta para Cassandra, pero le resultaba difícil escribir, ya que en realidad no sabía qué contar. Se alegró al oír el tintineo de la campana, pues eso significaba que todos los lectores debían marcharse de la biblioteca, que cerraba a las siete.
Adam se puso de pie y recogió sus cosas. La tarde de trabajo le había resultado bastante provechosa, pensó, y decidió que visitaría de nuevo la biblioteca por la mañana. El clérigo a su lado se dio la vuelta y sin más preámbulos le dirigió la palabra.
—Me pregunto, ya que está usted trabajando aquí, si se ha parado alguna vez a pensar en todos los que han muerto en la Biblioteca de Bodley o como consecuencia de haber trabajado en ella.
Adam se vio obligado a reconocer que no lo había hecho.
—Pues debería, ¿sabe? Es bastante instructivo.
—Seguramente más le valdría a uno concentrarse en su trabajo —replicó Adam con severidad.
—En eso consiste el mío —declaró con sencillez el clérigo—. Estoy preparando una tesina sobre ese tema para la licenciatura en Filosofía y Letras.
Adam no dijo nada, pero lo miró con cierta sorpresa.
—Desde que murió mi esposa —explicó el clérigo—, he pensado mucho en la muerte. ¿Y su esposa? —Miró de repente a Adam—. ¿Tiene usted esposa?
—No está aquí conmigo —respondió Adam, hipnotizado por el anciano.
—No, no está aquí con usted, pero —y alzó la voz— tiene que creer que la verá de nuevo, que ella estará esperándolo, tal vez en esa otra vida.
—Está en Budapest —explicó Adam con tono cortante.
—Ah, bueno, eso es algo totalmente distinto, ¿no cree? —respondió, sorprendido, el clérigo.
—¿Lo es? No estoy seguro —dijo Adam, de repente asustado.
Cruzaron hasta Market Street. ¿Por qué había permitido que este anciano deprimente lo atosigara?, se preguntó Adam. ¿Y si tenía razón? ¿Y si Cassandra lo estaba esperando, no en Budapest, sino en el cielo? Toda la amargura del día sin ella se desplomó de golpe sobre él, como una losa. El clérigo siguió con su cantinela.
—Podemos irnos en el momento menos pensado. ¿Lee usted a Anthony à Wood? He pensado muchas veces que podríamos haber sido amigos. Justo esta tarde me topé con un pasaje que suelo recordar mientras como. «A principios de este mes me dijeron que Harry Marten murió el verano pasado, de repente, con la boca llena de carne, en Chepstow, Monmouthshire». Bueno, pues ya hemos llegado. Cenaré en Lyons. Dan una comida deliciosa por un chelín: huevo frito, salchicha, patatas fritas y judías en salsa de tomate, además de pan y una taza de té. ¡Insuperable! ¿Adónde va usted?
—A Budapest —respondió Adam, y despidiéndose apresuradamente del clérigo, desapareció por Cornmarket.