Extranjeros, bienvenidos

Barbara Pym · Capítulo 25 de 26

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Extranjeros, bienvenidos

Capítulo 25

 

«Entretanto, un sonriente vástago va brotando,

y entremezcla las gracias de ambos».

—¡Han vuelto! ¡Han vuelto! —gritó la señora Wilmot emocionada, entrando en el comedor de la rectoría.

Era una deliciosa tarde de verano, unos diez días después de que Adam y Cassandra visitaran a la tía del señor Tilos en Siófok. El rector estaba de pie junto a la ventana, con las manos metidas en los bolsillos del pantalón. El pantalón era blanco y de franela, y en su rostro se dibujaba una sonrisa de satisfacción, pues ya llevaban dos semanas seguidas de buen tiempo y la temporada de críquet había empezado de verdad. Como consecuencia, no frenó el entusiasmo de su esposa.

—¿Quién? —preguntó.

—¡Quién va a ser!; pues Cassandra y Adam Marsh-Gibbon, y el señor Tilos con un joven que, por su aspecto, podría ser su hermano, y una muchacha, y un hombre moreno de aire jovial, de unos cincuenta años, diría yo. —La señora Wilmot se detuvo para tomar aliento—. Los vi en la estación. Fui a repartir las revistas de la parroquia —añadió, ansiosa por dejar claro que no había estado pululando por la estación por pura curiosidad—. Ay, Rockingham —explotó—, seguro que Adam Marsh-Gibbon ha estado con ella todo el tiempo. —Su voz delató su decepción, pero se animó al recordar a los desconocidos—. Parecían un grupo de lo más alegre, me pregunto quiénes serán.

El alegre grupo que había viajado desde Budapest estaba compuesto por Adam y Cassandra, el señor Tilos y Béla, el tío Ferenc y, la más importante de todos, Ilonka, la mujer con la que el señor Tilos se había casado en Budapest. La señorita Hunyadi no iba con ellos, pero tenía la intención de visitar a Cassandra en algún momento durante el otoño, cuando las hojas caían de los árboles y podía pasar las largas tardes haciendo punto y recordando el pasado.

Tanto a Adam como a Cassandra les habían sorprendido las prisas por casarse del señor Tilos. No había mencionado nunca que tuviese novia y, sobre todo, pensó Cassandra, indignada, no se había comportado en absoluto como una persona comprometida. Aunque tal vez fuera así como se hacían las cosas en Hungría. Era realmente lo mejor que podía haber pasado, pensó Cassandra, dado que le había cogido bastante cariño al señor Tilos, ahora que ya no la avergonzaba con sus atenciones y que ella no lo necesitaba para dar celos a Adam. Disfrutaría de la amistad de la señora Tilos y de poder aconsejarle cuáles eran los mejores días para comprar pescado en Up Callow y dónde conseguir una mujer de la limpieza de confianza.

La noticia anunciada por la señora Wilmot no tardó en propagarse por toda la localidad. Se supo que Adam y Cassandra habían llegado a casa juntos con un montón de húngaros, incluidos «ese señor Tilos y su esposa». Como era natural, muchos no se creían que Ilonka fuese de verdad la señora Tilos, pero admitieron a regañadientes que tal vez lo fuera cuando recibieron las invitaciones para asistir a una fiesta en el jardín de Balaton. Hasta los más convencionales y reticentes se vieron obligados a aceptar por curiosidad, para poder ver con sus propios ojos si la señora Tilos llevaba una alianza matrimonial auténtica y cómo se comportaban el uno con la otra el señor Tilos y Cassandra.

—Yo no puedo ir, de ninguna de las maneras —le dijo Angela Gay a su tío cuando recibieron la invitación. Durante la ausencia del señor Tilos, había pasado las semanas vagando como alma en pena por Up Callow, con aire ofendido. Le había dado por leer poesía y a veces se sentaba en el cementerio con la Antología de poesía victoriana de Oxford entre las manos. Era obvio que presentarse en aquella fiesta en el jardín desentonaría ahora con su nueva personalidad.

El señor y la señora Tilos dieron la bienvenida a sus invitados de pie en el césped. Él hacía comentarios simpáticos sobre el tiempo, mientras que su esposa, una bonita muchacha de pelo caoba, se limitaba a sonreír alegremente, ya que hablaba muy poco inglés. Ambos parecían considerar todo el asunto una extraordinaria novedad, como un divertido juego inglés.

El señor Gay cogió del brazo a la señora Gower —puesto que todos ya sabían que pronto estarían casados— y se acercaron al lugar donde se encontraban Adam y Cassandra.

—¿Y Budapest es tan bonito como dicen? —preguntó la señora Wilmot con un tono de voz alegre aunque nostálgico. Era el tono de quien espera oír algo más que un mero: «Uy, sí, muy bonito».

Cassandra lo percibió y comenzó a contárselo todo: desde la espléndida iluminación y la extraña comida hasta lo fantástico que había sido estar allí con Adam.

—Ha sido como una segunda luna de miel —añadió, intentando no llamar la atención de Adam.

La señora Wilmot pareció quedar satisfecha, y en una suerte de ronroneo le preguntó a Cassandra si su vestido, de una tonalidad muy bonita de turquesa, se lo había comprado en Budapest.

—Sí —respondió Adam—. Cassandra estaba hecha toda una manirrota. Quería ir de compras todo el tiempo, en vez de quedarse tranquila en el hotel intentando aprender húngaro, como era mi intención.

—Creo que no aprendieron mucho más que mi nombre —intervino el señor Tilos—. ¿Sabe, señora Wilmot? Cuando vaya a Budapest verá tilos escrito en muchos lugares públicos. Cassandra se lo puede decir.

—Uy, ¿de verdad? —se sorprendió la señora Wilmot, preguntándose si el señor Tilos podía ser una especie de rey o dictador en su país.

—Sí. Significa verboten, prohibido, ya sabe. Es verdad, ¿no, Adam, viejo amigo?

Si tal era el significado de su nombre, era de lo más acertado, pensó la señora Wilmot con picardía. Pero mira qué confianzas gasta el señor Tilos con Adam Marsh-Gibbon; y lo curioso era que daba la impresión de que a este no le importaba en absoluto, pues sonrió y dijo:

—Bueno, Stefan, no podemos más que fiarnos de tu palabra.

Así que ahora se llamaban por el nombre de pila: Adam, Cassandra y Stefan, pensó el rector, que acababa de unirse al grupito. Aquello estaba bien, de hecho era fantástico.

—Imagino que Tilos les pareció un guía excelente —dijo el rector sonriendo abiertamente, sacando así a la luz todo el asunto.

—Uy, sí, maravilloso —dijo Cassandra—. Fue de lo más servicial y nos recomendó qué ver y qué comer. Además, nos llevó a Siófok a visitar a su tía. Pasamos un día estupendo.

«Nos llevó a visitar a su tía…». Si aún quedaba alguna sombra de duda en la mente de los habitantes de Up Callow, se disipó con esta simple afirmación. Todo había sido de lo más normal.

El rector se acercó a charlar con el señor Gay y la señora Gower, que se reían con el tío Ferenc. Daba la impresión de que no lo hacían de ningún chiste en particular, a menos que fuese del propio tío Ferenc, que lucía un traje blanco de lino y un canotier de paja que se había comprado esa misma mañana en el pueblo.

«Sería perfecto para Angela», pensó el señor Gay con nostalgia.

—¿Dónde está su sobrina? —preguntó el rector—. ¿No estará enferma?

—No exactamente —respondió el señor Gay con tristeza—. Tenía un leve dolor de cabeza, y el sol está tan fuerte… —remató con un hilo de voz.

—El sol está fuerte, sí —convino el tío Ferenc—, pero hace fresco bajo los árboles. Iré a su casa a decírselo, ¿sí?

El rector miró sorprendido al tío Ferenc; el señor Gay, agradecido. Tal vez fuera una persona poco convencional, pero, bueno, dado que el tipo era húngaro, quizá se le podría disculpar por no saber cómo se hacían o no se hacían las cosas en Up Callow. Además, sería maravilloso que… Pilló a la señora Gower mirándolo. Había una sonrisa de esperanza en su rostro. Angela podía ser muy agradable si quería, y este húngaro parecía un tipo sencillo y bonachón, que quizá no opusiera resistencia a ser llevado al altar. Todos estos pensamientos se le pasaron por la cabeza al señor Gay mientras dudaba y decía…

—Bueno, qué sabré yo…

Pero el tío Ferenc quería hacer algo. Stefan le había hablado de la señorita Gay y había hecho que pareciese muy atractiva. Tal vez a él también se le había ocurrido que se les podía emparejar y todos saldrían ganando. El tío Ferenc estaba deseando conocerla esa tarde, y su no comparecencia había estimulado su afán. No se iba a quedar con las ganas si podía evitarlo.

Minutos más tarde lo vieron salir en su coche. Se lo había pensado mejor y había decidido llevar consigo algunos sándwiches y pastelitos y dos botellas de Tokay. Nunca se sabía. «Si no nos gustamos el uno al otro, seguro que sí nos gustan el vino y la comida», pensó el tío Ferenc sin darle más vueltas.

Entretanto, el rector iba de acá para allá por el jardín, con la vaga sensación de que estaba arreglando las cosas entre la gente. Sentía que había restablecido a Adam y Cassandra como un matrimonio respetable, aunque no estaba seguro de cómo lo había hecho; había enviado al tío Ferenc en busca de la señorita Gay, y ahora pensaba que se había ganado su té. Sus jóvenes no lo necesitaban esa tarde, reflexionó feliz, echando un vistazo al lugar donde Janie y el señor Paladin, sentados sobre un rústico banco, intentaban mantener algo parecido a una conversación con Tilos Béla. El rector recordó con orgullo la nota que había aparecido recientemente en The Times. Janie había recibido su anillo de compromiso hacía solo una semana y todavía no podía evitar mirarlo a hurtadillas para ver cómo los diamantes emitían destellos al sol o bajo la tenue luz de la iglesia durante los oficios de la tarde. Aquello le había dado seguridad, así que ahora ya no se deshacía en excusas cuando la gente le hablaba con condescendencia y le preguntaba si no le gustaría hacer un curso de taquigrafía y mecanografía.

—Uy, no —respondía con una sonrisa cortés—. Ya ve, me voy a casar.

—A ver, ustedes, los jóvenes —se dirigió a ellos el señor Tilos, acercándose y empleando una expresión que le había oído al rector—, no me están comiendo nada. —Le colocó a Janie un plato de pastelitos en la mano, les sonrió con benevolencia y se dio la vuelta para ir en busca de Adam y Cassandra.

Pero no se los veía por ninguna parte. Se habían escondido en un pequeño cenador al fondo del jardín, con varios platos de sándwiches. Había sido, por supuesto, idea de Adam. Aducía estar cansado de hablarle a la gente de Budapest.

—Además —añadió—, tengo tanto apetito que preferiría comer en privado. Creo que no he almorzado nada.

—Ay, Adam, sabes que sí. Comimos salmón.

—Bueno, tal vez, pero de eso hace ya un buen rato.

—¿No te pareció que estaban todos encantados de volver a vernos tan en nuestro papel de Adam y Cassandra? —preguntó ella.

—Sí —respondió él—, somos toda una institución. Como Eloísa y Abelardo.

—Ay, no —se opuso ella con rotundidad—. Estoy segura de que no nos parecemos a ellos.

—Supongo que preferirías que hubiese dicho Romeo y Julieta.

Cassandra se echó a reír.

—Bueno, solo dije que los días en Budapest fueron como una segunda luna de miel porque daba la impresión de que es lo que la señora Wilmot quería oír y no me gusta decepcionar a la gente, si puedo evitarlo. Pero sí que fue una segunda luna de miel, ¿no crees, cariño? —añadió, lanzándole una mirada sentimental a su marido, que seguía comiendo sándwiches a un ritmo alarmante.

—¿A qué viene toda esta charla? —preguntó él con indiferencia.

—A que tengo algo que contarte. Algo emocionante.

—¿Es sobre Tilos? —preguntó Adam, pues como el resto de los habitantes de Up Callow era propenso a creer que todo lo emocionante debía tener alguna relación con el señor Tilos.

Cassandra volvió a reír.

—Bueno, yo no diría tanto, aunque de forma muy remota tiene algo que ver con él. Es simplemente que la ciencia ha demostrado ser más débil que la naturaleza.

—La ciencia es más débil que la naturaleza —afirmó Adam categóricamente. Daba la impresión de que estaba a punto de citar a Wordsworth, pero Cassandra lo detuvo a tiempo.

—Ay, Adam, mira que eres bobo. Estoy intentando decirte que voy a tener un niño.

—¿Tú? ¿Tener un niño? —Adam se quedó mirándola estupefacto.

—¿Estás disgustado conmigo? —preguntó Cassandra, cogiéndole la mano —. De todas formas, todavía falta, porque estamos muy al principio —alegó a modo de disculpa, como para intentar hacerlo más aceptable.

—¿Disgustado? ¿Por qué debería estar disgustado? Eres tú la que se llevará todos los disgustos. Yo estoy encantado. Además —añadió con actitud ofendida—, sabes perfectamente que siempre he querido que formemos una familia.

Cassandra emitió un leve suspiro y extendió las manos como diciendo: no tienes remedio.

—Pero si siempre has dicho que no querías tener hijos —le recordó ella.

—Bueno, si lo decía era porque tenía miedo de que te murieses o algo así. Sí —añadió, ahora del todo convencido de que aquella había sido su única reserva—, era por eso.

—Ay, Adam, ¡qué tierno! —exclamó Cassandra con pasión—. Siempre pensé que era porque creías que serían un engorro para tu trabajo.

Adam mostró un gesto de preocupación.

—Bueno, no tendrían que estar en mi estudio, ¿no?

—Claro que no, cariño —lo tranquilizó Cassandra con dulzura.

Regresaron por el sendero cogidos del brazo.

—Voy a empezar a escribir mi novela sobre Budapest —anunció él de repente—, y para cuando nazca el pequeño Adam, la novela ya estará acabada y él la recibirá como un regalo de nacimiento. Es algo bonito, ¿no crees?

—Muy bonito —respondió Cassandra con cautela.

Estaba convencida de que podía apostar sin temor a equivocarse a que el pequeño Adam —porque sería por supuesto un pequeño Adam— le llevaría a la novela meses o incluso años de ventaja en la carrera, pero no quería aguarle la fiesta a su marido.