Extranjeros, bienvenidos
Capítulo 6
«Tu sobrio otoño fundiéndose con la edad…».
El señor Gay tenía la costumbre de hacer un poco de ejercicio antes del té. Esa tarde se le ocurrió que daría un paseo por el parque y luego pasaría delante de Holmwood, para ver así la destrucción de los olmos con sus propios ojos.
Se estaba muy bien en el parque. Los tulipanes de los parterres geométricos se encontraban en su apogeo y los nenúfares del estanque pronto florecerían. Al señor Gay lo embargaba la tristeza cada vez que cruzaba el parque, aunque no se tratase más que de un parque municipal, con sus bancos de hierro pintados de verde, sus papeleras y sus letreros de NO PISAR LA HIERBA. Sea como fuere, le recordaba de alguna manera a los majestuosos terrenos por los que podría estar paseando de haberse casado con un buen partido.
Salió por el extremo opuesto del parque y subió la colina que conducía hasta Holmwood. Desde allí pudo ver los grandes espacios yermos donde antes habían estado los árboles. Sintió cómo empezaba a faltarle el aliento a medida que la colina se hacía más empinada, y comenzó a desear no haber llegado hasta tan lejos. Al fin y al cabo, no había nada que ver, solo unos cuantos tocones de árboles, y tampoco es que él fuese como Angela y esas otras mujeres, que se congregaban en torno a aquel lugar tan solo para vislumbrar un atisbo de aquel extranjero.
En lo alto de la colina, al otro lado de la carretera, estaba la casa de la señora Gower. Conforme el señor Gay se fue acercando, vio que ella estaba en el jardín, haciendo algo con una cesta de renuevos.
—Buenas tardes —gritó ella—. Veo que ha estado echándole un vistazo a Holmwood. ¿No opina usted que es una pena?
—No me gusta. Esos magníficos olmos… —Aún seguía jadeando.
Pobre señor Gay, pensó la señora Gower. Parecía bastante cansado. Era un hombre apuesto, pero qué canoso se había puesto últimamente, tenía el pelo casi blanco. Lo invitaría a tomar una taza de té.
—Me pregunto si a su sobrina le importará que lo invite a tomar el té. ¿Lo está esperando en casa? —preguntó ella, levantando la mirada bajo el ala de su gran sombrero de paja de jardinería, con su bordado de chillonas flores de rafia.
—Vaya… —El señor Gay se quedó bastante atónito, y el ofrecimiento de una taza de té justo en este momento, cuando le apetecía tanto una, era demasiado atractivo como para rechazarlo. Además, la señora Gower era una mujer muy agradable, se dijo a sí mismo. Provenía de una buena familia de Shropshire, según tenía entendido. Abrió la verja y entró, con un porte visiblemente más gallardo, quizá hasta algo garboso—. Es de lo más amable por su parte —dijo, accediendo.
—Debe disculparme por mi vieja ropa de jardinería —se excusó la señora Gower, que llevaba puesto un voluminoso conjunto color verde salvia de punto. Los bolsillos de la chaqueta colgaban un poco, por estar llenos de paquetes de semillas y tijeras de podar. Sin embargo, pese a lo poco elegante de su atuendo, ella siempre mostraba una compostura majestuosa, y en otros tiempos esa ropa había sido de muy buena calidad.
El señor Gay hizo una leve reverencia ceremoniosa.
—Querida señora Gower, está usted encantadora. —Hizo un gesto con la mano, en busca de una frase apropiada de Dryden o de Pomfret, su poeta favorito, para describirla, pero al no encontrarla dejó que su mano se posara sobre uno de los remates de piedra de los pilares de la entrada. De hecho, pensó unos minutos más tarde, ya sentado en el cómodo sillón de un salón amueblado con gusto, mientras llegaba a sus oídos el repiqueteo de las tazas de té, que en este momento parecía sin duda la mujer más encantadora que había visto en su vida.
Mientras tomaban el té y tostadas recién hechas con mantequilla, conversaron fundamentalmente acerca de los olmos.
—Me deprime muchísimo —afirmó el señor Gay—. Siento que no viviremos para ver el día en que Holmwood esté de nuevo rodeada de árboles.
La señora Gower asintió con pesar, y se hizo un silencio melancólico.
—Tiene que probar un trozo de este pastel de moka —lo exhortó ella—. Es una de las especialidades de mi cocinera.
—Bueno, la verdad es que casi no me atrevo —respondió vacilante el señor Gay—. Lo que quiero decir es que me gusta muchísimo, pero a una parte de mí no le acaba de gustar —añadió, esforzándose por resultar jocoso.
—Vaya, qué gracia —comentó la señora Gower—, a mi difunto esposo le pasaba justo lo mismo, pero yo no estaba dispuesta a desperdiciar mis ricos pasteles, así que encontré un remedio. —Se levantó y avanzó majestuosamente hacia un pequeño buró que había en un rincón de la habitación. Una vez allí abrió un cajón y, después de rebuscar durante unos minutos, sacó un pequeño frasco de comprimidos blancos—. Aquí está. Tenga, tómese uno —añadió con voz tentadora, como si le estuviera brindando un caramelo.
El señor Gay miró con bastante recelo las pastillas que le ofrecía. Ahora se avergonzaba de haber reconocido su debilidad, y no podía evitar preguntarse si esas pastillas no serían los restos de las que el difunto profesor Gower había tomado para aliviar su digestión, y si, en ese caso, no habrían caducado después de tantos años.
La señora Gower rápidamente aplacó sus temores.
—Las guardo aquí porque de vez en cuando yo misma tomo una — admitió—. Las compré hace poco.
Se volvió a sentar, y, con el frasco de comprimidos sobre la mesa que había entre ellos, atacaron con valentía el delicioso pastel de moka. El señor Gay se atrevió incluso a repetir. Ningún pastel de su sobrina ni de su criada y cocinera le había sabido nunca como este.
—Ahora con solo dos de estas pastillitas todo irá bien —dijo la señora Gower.
Después de aquello, el señor Gay se descubrió de repente hablando en confianza de su estómago, y la señora Gower hizo lo propio, por lo que cuando aún no habían dado las cinco y media ya estaban al tanto de lo que el otro podía o no podía comer.
A las seis menos cuarto, el señor Gay pensó que era hora de marcharse. Se sentía extraordinariamente renovado después del té, y el rico pastel no había tenido ningún efecto indeseable por el momento. La señora Gower también había disfrutado de la compañía y se alegraba muchísimo de haber podido aconsejarle un remedio para su problema.
Una vez en el vestíbulo, el señor Gay se fijó en una aspidistra que había en un rincón, sobre una mesita. Pero al observarla más de cerca, casi se le saltan las lágrimas de pena en comparación con las preciosas plantas que adornaban su vestíbulo. Las hojas no brillaban y una de ellas estaba totalmente marchita. Se detuvo y acarició con ternura la hoja muerta. La señora Gower también se detuvo.
—Me temo que no es un ejemplar tan bonito como el suyo —dijo a modo de disculpa—, pero, claro, es vieja, y no se puede esperar que las plantas vivan para siempre.
—Con los cuidados apropiados —respondió el señor Gay con severidad— no hay ninguna razón para que no vivan eternamente.
La señora Gower sonrió al contemplar ante sí una visión de aspidistras inmortales, sempiternas, los únicos seres vivos en un mundo muerto.
—Ay, no me riña —se defendió ella—. Me temo que sé muy poco de aspidistras. —Y tampoco es que le gustasen demasiado, solo conservaba esta porque era una reliquia de su primera casa en North Oxford.
—Basta un poco de fertilizante y un poco de aceite —repitió el señor Gay, pensativo—. Es muy sencillo.
—Pues ojalá usted me enseñe a cuidar mejor de mi pobre planta —sugirió la señora Gower.
—Lo haré encantado, si usted me lo permite. Sería todo un placer. Tal vez pueda traerle un poco del fertilizante especial que uso para las mías.
—Sería muy amable por su parte.
—Para nada, señora Gower. Usted es quien ha sido de lo más amable conmigo esta tarde, además de ofrecerme una deliciosa merienda.
Y de este modo, mientras intercambiaban expresiones de gratitud, caminaron hasta la verja. Allí permanecieron varios minutos lamentando una vez más la desaparición de los olmos.
—Me pregunto por qué sí han conservado todos los abetos —dijo la señora Gower.
Pero antes de que al señor Gay le diera tiempo a contestar, se oyó el motor de un coche. Se detuvo delante de Holmwood y alguien bajó para abrir la verja. Vieron a un hombre alto de unos treinta y cinco años, con un abrigo de corte extranjero y un sombrero negro. Cuando él los descubrió de pie junto a la verja, inclinó la cabeza y se quitó el sombrero, a la vez que gritaba con voz profunda: «¡Qué tarde tan bonita!». Luego les dedicó una sonrisa radiante y se metió en el coche. Los dos se sorprendieron tanto que, cuando le devolvieron el saludo, el coche ya había recorrido medio camino de entrada. La señora Gower no sabía qué decir. Era aún más guapo de como lo recordaba, con ese rostro delgado y esos ojos negros centelleantes.
—Es muy moreno, ¿verdad? —comentó ella sin comprometerse.
—Sí —convino el señor Gay, pensando que no le gustaba el aspecto de aquel tipo.
Mientras descendía la colina se dijo a sí mismo que todos estos cambios no eran buenos. Pero entonces se dio cuenta de que se sentía extraordinariamente en forma, de que se había comido dos deliciosos trozos de pastel para merendar y de que no le estaban sentando mal. Poco a poco su humor fue cambiando, de modo que al regresar paseando por el parque, con su recién descubierto estado de ánimo benevolente, empezó a pensar que la llegada al pueblo de aquel extranjero tal vez no fuese algo tan malo. Puede que incluso fuese algo bueno.