Extranjeros, bienvenidos
Capítulo 10
«Una autonomía elegante, suficiente,
retiro, calma rural, amistad, libros…».
—No me gusta —dijo el señor Gay, negando con la cabeza y frotando enérgicamente la hoja de aspidistra—. Nada bueno puede salir de ahí.
La señora Gower asintió, comprensiva.
—Estoy segura de que tiene toda la razón —declaró. Era lo que estaba acostumbrada a decir después de tantos años de vida conyugal junto a un hombre que siempre hablaba de cosas que resultaban demasiado complicadas para ella. De ese modo, el difunto profesor Gower había tenido la satisfacción de saber que al menos su mujer estaba convencida de su acierto al mantener que Nicholas de Guildford no tenía absolutamente nada que ver con El búho y el ruiseñor.
—Las cosas ya estaban bastante mal cuando Angela iba detrás del joven Paladin —continuó el señor Gay—, aunque, claro, a todas las mujeres les da por un coadjutor. —Pronunció estas últimas palabras con tristeza, como si recordara a las mujeres jóvenes y ricas del periodo victoriano tardío que habían preferido la iglesia a él—. Me preguntaba si quizá usted podría decirle algo a Angela —insinuó con timidez—. Ya sabe, nunca ha tenido una madre que…
La señora Gower pareció bastante sobresaltada. De ninguna de las maneras se sentía capaz de actuar como madre de una solterona de treinta años dispuesta a conseguir un marido a toda costa. Sin embargo, el señor Gay había sido tan amable, viniendo desde tan lejos para ocuparse de la aspidistra con el calor que hacía aquella tarde, que le era difícil negarse de lleno.
—Claro, usted es su tutor —dijo ella, exponiendo una obviedad para ganar tiempo.
—Sí —dijo el señor Gay descontento, pues no corría riesgo alguno de olvidarse. Su sobrina ya le había dicho que tenía un pie en la tumba, y el recuerdo todavía escocía. En un arrebato de confianza, se lo contó a la señora Gower.
—¡Cómo puede decirse algo tan cruel! —protestó ella, indignada—. No debería permitir que eso lo angustie. Cualquiera puede ver que aún tiene los dos pies bien lejos de la tumba. Me recuerda usted muchísimo al profesor Gower —añadió de repente.
El señor Gay era consciente de que se trataba de un cumplido de la más alta categoría, para el que cualquier agradecimiento sería irremediablemente inadecuado, así que no dijo nada. La señora Gower, que era lectora de novelas, habría descrito el silencio como cargado de significado, pero no alumbró nada más allá de un comentario del señor Gay en el que afirmaba que Angela ya no era un pimpollo, lo que hizo todavía más embarazoso que él le dijera nada.
—¿Por qué no se limita a dejar que las cosas sigan su curso? —sugirió la señora Gower con sensatez, aunque lo que en realidad quería era cambiar de tema—. Al fin y al cabo, una mujer de treinta años debería ser capaz de cuidar de sí misma.
—¿Eso cree? —Por un instante, la expresión del rostro del señor Gay insinuó que dudaba de que cualquier mujer, fuera cual fuese su edad, pudiera cuidar de sí misma, aunque casi de inmediato sustituyó dicha expresión por una mezcla de gratitud y alivio. Después de todo, ¿qué podía hacer él? Las cosas siempre seguían su rumbo hiciese uno lo que hiciera, se dijo a sí mismo. Examinó y arregló la aspidistra, que ahora estaba casi vigorosa.
—Ha rejuvenecido del todo —declaró la señora Gower. Vio cómo sus pensamientos volaban hasta la casa de Oxford. La avergonzaba recordar que llevaba varios días sin visitar la habitación donde había acumulado las pertenencias de su marido. «Llevaré al señor Gay para que la vea», se le ocurrió de repente. Era muy compasivo y comprensivo, aunque la señora Gower no tenía claro con qué exactamente debía ser compasivo y comprensivo, salvo con la muerte del pobre Ernest hacía ocho años, y en los últimos tiempos había llegado a la conclusión de que eso ya no le pesaba—. ¿Le gustaría ver algunos de los libros de mi difunto esposo? —preguntó—. Creo que le podrían interesar.
El rostro del señor Gay se iluminó de gozo. Rara vez se tomaba nadie la molestia de mostrarle algo.
Subieron las escaleras, con la señora Gower en cabeza. La habitación estaba en la primera planta y daba al jardín de rosas de la parte de atrás de la casa. La señora Gower abrió la puerta y esperó a que el señor Gay entrara.
—¡Vaya, es una de las habitaciones más bonitas de la casa! —exclamó él, incapaz de reprimir en su voz un deje de sorpresa. Era casi como si pensara que era una lástima.
—Pues sí, tal vez lo sea —dijo despacio la señora Gower, como si no se le hubiese pasado antes por la cabeza.
—Debe de estar orientada al sur —conjeturó el señor Gay.
—Sí, es muy soleada.
Fueron a la ventana y se asomaron.
—Qué vista tan agradable y serena —afirmó el señor Gay—. Un precioso panorama. «Campos a este lado, a ese un bosque vecino» —recitó con cierta tristeza, pues desde las ventanas de Alameda solo se veían lápidas, o la araucaria polvorienta del jardín delantero.
La señora Gower convino con él en lo precioso del panorama, aunque ella no tenía ninguna cita a mano.
—Espero que no construyan aquí delante —comentó con sensatez.
El señor Gay miró a su alrededor. Era una habitación bonita. Dos de sus paredes y el espacio que había a ambos lados de la puerta estaban ocupados por estanterías de libros. Había una mesa en el centro, y las grandes cristaleras, espaciosas y aireadas, se abrían a una terraza. Delante de la ventana había un escritorio, y en la esquina derecha, una gran jaula cubierta con un paño rojo.
—Por supuesto, me ocupo de que se le quite el polvo —comentó la señora Gower en confianza—. En mi opinión se exagera en cuanto a la veneración por el pasado.
El señor Gay puso cara de desconcierto. ¿Era posible que el profesor Gower no hubiera vivido nunca en esta casa, o ni siquiera tal vez en Shropshire?
La señora Gower debió de leerle el pensamiento, pues apuntó que su difunto esposo en realidad no había ocupado nunca esa habitación, ya que había muerto en Oxford.
—Pero siempre he guardado aquí sus cosas, y de algún modo me evita la molestia de tener que explicárselo a la gente que no lo sabe. Tal vez sea una tontería por mi parte.
El señor Gay se sintió bastante incómodo. Se dio la vuelta y se puso a examinar la jaula de la esquina.
La señora Gower se acercó y retiró el paño.
En la jaula había un loro con plumas de colores vivos, grises y verdes.
No emitió sonido alguno al verse incordiado, ya que llevaba los últimos siete años sin abrir el pico.
Llegados a este punto, al señor Gay la situación se le fue de las manos. Soltó una carcajada. El pájaro tenía un aspecto muy ridículo, posado allí con sus estúpidos ojos vidriosos de mirada fija. ¡Pero qué cosa tan terrible acababa de hacer! Seguro que había ofendido a la señora Gower para siempre. Se vio a sí mismo desterrado de aquellas agradables reuniones para tomar el té. ¿Qué podía hacer o decir para deshacer el entuerto?
—Vaya, señor Gay —dijo ella—, qué bien me sienta oír risas en esta habitación. No se me había ocurrido hasta ahora, pero supongo que tiene gracia ver disecado al pobre Wulfstan —añadió, casi disculpándose—. El profesor Gower le tenía mucho cariño. Intentó enseñarle inglés antiguo, pero nunca logró decir nada más que «Hwaet!». ¡Y cómo nos asustaba algunas veces al decirlo! —Ahora era la señora Gower quien reía—. Pobre Wulfstan, era un loro tan vivaracho. Me pregunto si podría regalárselo a alguien — reflexionó—. Tal vez el rector sepa de algún niño al que le gustaría quedárselo.
—Creo que uno de los hijos del rector colecciona huevos de aves — comentó el señor Gay intentando ser de ayuda.
—Ya, pero, claro, el pobre Wulfstan ya ha superado con creces la etapa de huevo. —La señora Gower se echó a reír. De hecho, con más estridencia de lo necesario, pues estaba disfrutando de la sensación de ser capaz de reírse de unas reliquias que habían sido sagradas hasta ese momento. En compañía del señor Gay, no le daba la impresión de que aquello tuviera nada de malo; casi llegó a imaginarse que el pobre Ernest también estaba allí, riéndose con ellos —. De todas formas —continuó, después de que los dos se hubieran reído de su bromita—, estoy segura de que el rector sabrá de alguien. Y en esta habitación hay más libros de la cuenta. Quizá a la biblioteca pública le interesen algunos.
—Seguro que se alegrarán de recibirlos —vaticinó el señor Gay con envidia.
—Aunque, claro, algunos son demasiado buenos para la biblioteca pública. ¿Hay alguno que le gustaría quedarse? —La señora Gower echó un vistazo distraído a los antiguos volúmenes encuadernados en piel de becerro.
—Uy, no, señora Gower, de verdad no podría…
—Bueno, de todas formas, tiene que venir a ayudarme a organizarlos uno de estos días. Yo sé muy poco de libros y solo he conservado estos por motivos sentimentales. No me gustan los viejos tomos, nunca he podido acostumbrarme a su horrendo olor.
Mientras bajaban las escaleras, el señor Gay no pudo evitar preguntarse si tal vez no estuviera mal por parte de ambos empezar a deshacerse de ese modo de las posesiones del difunto catedrático Gower. Se sintió en la obligación de decir algo; no obstante, lo que la señora Gower decidiera hacer no era asunto suyo, aunque si no se hubiera reído del loro disecado, tal vez a ella no se le habría ocurrido la idea. Permanecía junto a la puerta de entrada de la casa, dándole vueltas a aquello, cuando algo al otro lado de la calle le llamó la atención. La señora Gower, que le había estado señalando sus altramuces color rojo llama, se detuvo en mitad de una frase, y los dos se quedaron inmóviles en medio del sendero, con la mirada fija.
El señor Tilos salía a pie desde Holmwood cargado con el ramo de azucenas más grande que ninguno de los dos había visto en su vida. Conforme iba acercándose, se miraron el uno a la otra inquisitivamente. ¿Era posible que estuvieran imaginándose cosas? Pues ¿no daba la impresión de que el señor Tilos iba cantando?
Los dos se sintieron bastante azorados cuando él se acercó. No sabían qué decir, así que suspiraron de alivio al ver que no les hacía ningún caso. Parecía tan feliz y ensimismado en el olor de las azucenas que ni siquiera los vio, sino que siguió caminando con rapidez, casi tropezándose por las prisas.
—Vaya, vaya —dijo la señora Gower—, a saber quién es la persona afortunada que va a recibir esas azucenas.
—Imagino que serán para la iglesia —auguró el señor Gay con prudencia.
La señora Gower pareció decepcionada ante aquella sencilla explicación.
—Supongo que podrían serlo —admitió con reticencias—, pero tengo el presentimiento de que tal vez se las lleve a su sobrina.
—Uy, por Dios, espero que no. No sé dónde iba a poner Angela todas esas flores. Además, eso no haría más que empeorar las cosas —añadió, afligido. Había deseado que no le recordasen la existencia de Angela, y ahora este maldito extranjero con sus azucenas le había arruinado la tarde por completo.