Extranjeros, bienvenidos
Capítulo 11
«Al principio apenas se ven las arboledas agitar
sus copas temblorosas…».
El señor Tilos se habría preocupado muchísimo de haber sabido que estaba arruinándole la tarde a alguien. Se había puesto tan contento cogiendo las azucenas en el invernadero que, cuando enfiló el camino hasta la carretera, se había animado a cantar casi sin darse cuenta.
Le sorprendía cuánta atención parecía atraer mientras paseaba por el pueblo. La gente incluso se daba la vuelta para mirarlo con descaro, dado que ya lo estaban señalando por ser el nuevo inquilino de Holmwood y, además, extranjero. Su único temor era que las azucenas pudieran marchitarse o que sus jugosos pétalos blancos se magullasen antes de llegar a su destino. Tenía que recorrer una distancia larga, pero creía que era más apropiado llegar a pie, cargando con su ofrenda, que ir en su coche hasta la puerta.
Esta debía de ser la casa; recordó los pilares de piedra de la verja de entrada y la larga avenida de álamos. Desfiló por el camino con paso decidido y audaz, y luego, sin llamar al timbre si podía evitarlo, dobló con cautela una de las esquinas de la casa. En ese instante se detuvo, pues oyó unos sonidos que provenían de una ventana abierta de la planta baja. Había alguien recitando poesía. El señor Tilos captó un fragmento:
Y esto esos otros ojos míos lo vieron
que aún un infinito…
Pero el resto se perdió porque la persona que recitaba,
yendo de un lado a otro de la habitación, se había alejado hacia la puerta. El señor Tilos se preguntó por un instante de quién eran «esos otros ojos» y qué es lo que habían visto. Debe de ser el marido, pensó. Sintió que tenía que mirar de nuevo para estar seguro, pero justo cuando iba a pegar la cara al cristal, lo sobresaltó el crujido de la gravilla a su espalda.
Se dio la vuelta de repente y vio a Cassandra en el sendero,
con una pequeña horca en una mano y una cesta de malas hierbas en la otra. Llevaba ya un rato allí de pie, clavada en el sitio ante la imagen del señor Tilos abrazado a un enorme ramo de azucenas y mirando por la ventana del estudio de Adam.
El señor Tilos no había pretendido que su encuentro se
produjera de ese modo. El gesto de consternación en su rostro al ver a Cassandra allí, de pie, daba tanta pena que ella le sonrió con amabilidad mientras él avanzaba en su dirección.
—Le he traído estas flores —anunció sin rodeos. —Ay, ¡son preciosas! —exclamó ella—. Pero ¿son
realmente para mí?
—Flores hermosas para una mujer hermosa —declaró el
señor Tilos con una reverencia, aunque no sin cierta dificultad, pues las flores se interponían en su camino.
Cassandra recibió el piropo con toda la elegancia que pudo,
ya que jamás en su vida se había sentido menos hermosa. Sabía sin necesidad de mirarse al espejo que la cara le brillaba por no habérsela empolvado, que estaba despeinada y que llevaba las manos y las uñas llenas de tierra seca. Su falda y su jersey de jardinera, viejos y azules, ocultaban las curvas de su bonita figura en vez de realzarlas y, por otro lado, sus pies, ya de por sí de tamaño considerable, parecían aún más grandes con sus tan poco elegantes chanclos de goma.
De forma inconsciente se apartó del campo de visión de la
ventana del estudio de Adam y condujo al señor Tilos hasta el asiento que había bajo el cedro.
—Sentémonos —propuso ella—. Hace mucho calor esta
tarde, y debe de estar cansado después de la larga caminata. Pero ¿usted quería ver a mi marido? —preguntó, pues acababa de caer en la cuenta de que tal vez las flores, después de todo, no fueran el principal propósito de su visita.
—Uy, no, lo vi por la ventana, creo —dijo entre risas el
señor Tilos. La idea de que Stefan Tilos acudiera a visitar al marido era sin duda lo más gracioso que había oído desde su llegada a Inglaterra.
—He estado trabajando un poco en el jardín, como puede
ver —dijo Cassandra—. Me temo que estoy sucísima y hecha
un desastre —se excusó, mirándose las manos.
—Tiene usted unas manos divinas —dijo el señor Tilos—,
¿y por qué se lamenta cuando está tan guapa? A mí no me importa que esté sucia y desaliñada —añadió con énfasis.
—¿Ah, no? —respondió Cassandra, incapaz de pensar en
otra respuesta y a la vez dándose cuenta de que no era en absoluto asunto del señor Tilos que le importara o no su aspecto. Conociéndola desde hacía tan poco, era algo que a él debería resultarle indiferente. No obstante, había sido muy amable por su parte traerle las azucenas—. Me gustan muchísimo las flores —dijo—, y las azucenas son unas de mis favoritas.
—El primer día que la vi, usted parecía totalmente una
azucena —dijo el señor Tilos.
—Las llevé en mi ramo de boda —declaró Cassandra con
firmeza, pensando que ya era hora de hacer alguna alusión a su estado civil de casada, puesto que daba la impresión de que el señor Tilos lo había olvidado.
—Y cuando me muera, usted las enviará a mi funeral,
espero —dijo él con sencillez, mientras cogía entre las suyas la mano de Cassandra llena de tierra y se la llevaba a los labios.
Cassandra no supo cómo reaccionar, sobre todo cuando por
el rabillo del ojo vio que Adam venía por el césped.
—Seguro que hay flores preciosas en Budapest —anunció
en voz alta.
—Los jardines de allí son muy bonitos —declaró el señor
Tilos—. A la luz de la luna son muy románticos.
En ese momento, antes de que a ella le diera tiempo de
soltar la mano o de decir cualquier otra cosa sobre los jardines, Adam se acercó y, después de dar las buenas tardes al señor Tilos, le preguntó si le apetecería una copa de jerez antes de cenar. Luego se sentó al otro lado de su esposa e inició una conversación cordial sobre el tiempo, a la que se unió el señor Tilos.
Cassandra pensó que Adam podría por lo menos haber
mostrado cierta sorpresa al verla sentada allí junto al señor Tilos y con un enorme ramo de azucenas sobre su regazo. Debían de tener un aspecto curioso, por no decir algo peor. Y,
además, a un marido inglés ¿no debería parecerle descarado que un extraño forastero besara la mano de su esposa, a la que solo había visto en una ocasión?
—El señor Tilos me ha traído estas preciosas flores —
informó a Adam—. Debo ir a ponerlas en agua. —Se levantó y, después de darle las gracias de nuevo al señor Tilos, entró en la casa.
Arregló con cuidado las azucenas en grandes jarrones y
cuencos de cristal, y dejó algunas en la mesa del estudio de Adam, pensando que para él serían un motivo de reproche cada vez que las viese. Después subió a su habitación a cambiarse para la cena.
Cuando bajó de nuevo, el señor Tilos estaba a punto de irse.
Él y Adam habían tomado un jerez, y oyó que su marido decía en tono muy cordial:
—Permítanos que le mostremos el campo en alguna
ocasión. Hay por aquí unas aldeas encantadoras.
Cassandra sonrió al imaginárselos juntos en el coche, Adam
y el señor Tilos en los asientos delanteros, y ella sentada con recato en la parte de atrás, con la cesta del pícnic, en la que habría sabrosos sándwiches para todos preparados con sus propias manos. Se alegraba de que el señor Tilos hubiera podido verla ahora que estaba realmente guapa, con su vestido de terciopelo negro. No es que tuviera especial interés en que fuese su admirador, pero poseía cierta vanidad femenina innata, y le gustó que él reparara en que, aunque sus piropos eran ridículos cuando llevaba su vieja ropa de jardinera, al menos había en ellos algo de cierto ahora que iba vestida como Dios manda.
—Creo que es un hombre bastante interesante —declaró
Adam con condescendencia, mientras se sentaban a cenar—. Me estaba contando que vino hasta aquí caminando.
Cassandra no creía que aquello fuese una gran muestra de
su conversación inteligente.
—Tal vez se haya enamorado de ti. A mí este pescado no
me acaba de convencer. ¿Es platija? —Adam pinchó un pedazo con el tenedor y lo olisqueó con suspicacia—. ¿Crees que está bueno? —preguntó.
Cassandra lo miró. La entristecía pensar que su marido
pudiera preocuparse más por si un trozo de platija estaba bueno o no que por la posibilidad de tener un rival en el afecto de su esposa.
—¿Crees que está bueno? —repitió Adam con apremio,
pues ya se había acabado casi todo su plato.
—Claro que está bueno —respondió Cassandra con
sequedad, casi deseando por un instante que no lo estuviera—. Lo acaban de traer esta mañana y lleva en la nevera desde entonces. Tienes demasiada imaginación.
—Un escritor tiene imaginación por naturaleza —comentó
Adam con solemnidad.
—¿No huelen estupendamente las azucenas? —dijo
Cassandra, sintiendo que no estaba a la altura de un debate sobre el escritor y su imaginación.
—Creo que te gusta el señor Tilos —declaró Adam—. Si os
enamoraseis el uno del otro, le daríais a Up Callow algo de que hablar.
—Pareces muy sereno ante la posibilidad de perder una
excelente ama de casa —replicó Cassandra sin alterarse.
—Hablas como si ser una excelente ama de casa fuese algo
sin valor, cuando en realidad es sumamente importante. Sé que eres demasiado sensata como para enamorarte de otra persona. Además, ¿insinúas que, aunque quisieras, tu fiel y tierno corazón te lo permitiría? Sabes que para mí eres mucho más que una excelente ama de casa —declaró con ternura—. Aunque no me convence del todo este pescado —añadió, mientras se acababa lo que quedaba en el plato.