Extranjeros, bienvenidos

Barbara Pym · Capítulo 7 de 26

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Extranjeros, bienvenidos

Capítulo 7

 

 

«¡Triste es la victoria sobre la tímida liebre!».

El señor Paladin estaba escribiéndole una carta a su madre. Estaba en su pensión, sentado y encorvado sobre la estufa eléctrica, pues aunque acabara de contar en su carta que cada día hacía más calor, las noches seguían siendo lo bastante frías como para que notara que la calefacción de su cuarto era insuficiente. No le apetecía subir a buscar su manta de viaje, aunque, la verdad, habría sido agradable envolverse las rodillas con ella. Si lo hacía, la casera podría ofenderse, y, además, parecería muy raro en caso de que el rector le hiciera una visita. O cualquier otra persona. Le dieron escalofríos y se acercó más a la incandescente resistencia de la pared que hacía las veces de chimenea. ¿Y si a la señorita Gay se le ocurriera visitarlo esa tarde? El lunes se lo había insinuado después del ensayo de la Sociedad Coral, y lo peor de todo era que tenía un pretexto. Ya había pasado más de un mes desde que le pidió prestado El paraíso perdido y seguro que se le ocurría devolvérselo esa tarde que tenía la desgracia de encontrarse en casa.

Se concentró de nuevo en su carta. «Estoy dando una serie de sermones sobre la presencia de Dios», escribió, y luego hizo una breve descripción del primero, que había tratado de la necesidad de aproximarse a Dios con espíritu de asombro y temor. «También sigo con mis estudios de hebreo y estoy sacando tiempo para leer un poco de Platón y de Homero por las tardes. Me vino muy bien el pijama más grueso, aunque espero que las noches pronto sean más cálidas. Ahora que empieza la temporada de críquet, supongo que estaré más atareado que en invierno, ya que el rector es un gran entusiasta y jugará siempre que pueda. Yo tendré todas las tardes ocupadas entre las vísperas, la catequesis para hombres y niños, y el Club de los Muchachos, y además deberé preparar mis sermones…». Enumeró una lista de actividades tan impresionante que cuando su madre leyó la carta se alarmó bastante y se apresuró a escribirle a su hijo, dándole estrictas órdenes de tomar leche o Horlicks antes de acostarse.

En realidad, el señor Paladin no había querido dar la impresión de estar sobrecargado de trabajo. Mientras escribía, había estado pensando en todas las excusas legítimas que podía alegar para no ver a la señorita Gay ni ir a las fiestas que se celebraran en su casa. Tuvo que admitir que, tras la gloriosa victoria en el invernadero, había sufrido un duro revés. Después del ensayo de la Sociedad Coral, había bajado la guardia, ya que la interpretación de La creación de Haydn resultó extenuante, por lo que, cuando acabaron, se le olvidó por completo evitar a la señorita Gay. Había ocurrido lo peor que podía ocurrir, y se había visto en la obligación, como caballero y clérigo de la Iglesia de Inglaterra, de acompañarla a casa.

—Verá, señor Paladin, tengo que admitir una cosa —dijo ella cuando aún podía oírlos un grupo de catequistas.

—¿Ah, sí? —Él se había mostrado cortés, incluso interesado, pero esquivó la mirada de sus ojos oscuros y penetrantes. Lo que él esperaba oír era que confesara que prefería Haydn a Bach, o alguna otra cosa relacionada con el ensayo.

En vez de eso, ella lo fue arrinconando tanto que a punto estuvo de empujarlo fuera de la acera, y, sonriendo con voz afectada, le dijo:

—¿Sabe? Me da muchísimo miedo la oscuridad.

—Vaya, qué interesante. —Él intentó elevar el nivel de la conversación, y en lugar de añadir: «No tiene usted de qué asustarse si yo estoy a su lado», dijo—: Pues yo tengo una opinión muy distinta. Concuerdo con el poeta Young, «para mí en la oscuridad hay más divinidad» —citó—. ¿No cree usted que los pensamientos sublimes surgen casi siempre en la oscuridad? —se apresuró a preguntar, desesperado—. ¿No es posible que su miedo sea una especie de asombro, ese necesario temor…? —El señor Paladin se detuvo, sintiéndose bastante estúpido al reparar en que la señorita Gay ya había oído su sermón. Lo que ella comentó a continuación no lo tranquilizó.

—Nunca más tendré miedo de volver sola a casa ahora que usted participa en la Sociedad Coral —declaró cuando llegaban a la verja de Alameda.

El señor Paladin se sintió como un prisionero, ya que la señorita Gay se aferraba a su brazo y él no podía deshacerse de ella sin ser descortés. Había llegado a la conclusión, y lo lamentaba, ya que le gustaba mucho cantar, de que tendría que sacrificar aquellas agradables veladas en la Sociedad Coral. Lo consideraba injusto, pues lo único que él pedía era que lo dejaran tranquilo con su hebreo, su Platón y su Homero.

—Usted y yo debemos charlar más a menudo de estas cosas —sugirió ella, soltándole el brazo—. Estoy segura de que usted podría hacer muchísimo por culturizarme. Ah, y ya es hora de que le devuelva su Paraíso perdido, lo tengo desde hace una eternidad.

«No es más que una edición barata de Oxford, de las de tres chelines y seis peniques», pensó de repente el señor Paladin.

—¿Tal vez le gustaría quedárselo? —preguntó esperanzado.

—Uy, no, gracias, aunque es todo un detalle por su parte. ¿Sabe? Después de que me lo prestara descubrí que ya lo teníamos en casa —dijo entre risitas —. Y ahora debo entrar. A saber qué diría mi tío si se enterara de que me ha tenido aquí fuera charlando tanto rato.

El señor Paladin no supo qué decir en respuesta a aquella injusta acusación. No se le ocurrió hasta casi llegar a casa que podía haberle pedido el libro sin más en aquel preciso momento. Ahora mismo podría llevarlo bajo el brazo, el último vínculo entre él y la señorita Gay. Maldijo su estupidez mientras seguía sentado en su habitación.

Acabó la carta y luego decidió que meditaría un ratito sobre su sermón. Eran las nueve y media, una hora en que era muy probable que apareciera la señorita Gay. Pero de repente tuvo una idea. Si apagaba la luz, al pasar ella vería que su habitación estaba a oscuras, así tal vez no preguntara por él para verlo, sino que se limitaría a dejar el libro y marcharse. Al menos merecía la pena intentarlo. Apagaría la luz y también la estufa, aunque hiciese frío sin ella, y se sentaría en el rincón junto a la estantería de libros, así cuando la señora Roberts entrase en la habitación para asegurarse pensaría que no estaba en casa.

Al cabo de media hora, el señor Paladin seguía meditando muerto de frío y a oscuras. Se había dado cuenta de que sus ideas tendían a desviarse del tema que se había propuesto: «Adorad al Señor en la hermosura de la santidad». La santidad. ¿Qué significaba? ¿Qué era la santidad? Pretendía empezar de forma muy sencilla, a ser posible con una definición, para a partir de ahí, poco a poco, elevarse y explayarse, acompañando a sus feligreses, esperaba, hacia una interpretación más amplia y al mismo tiempo más sutil. El diccionario le ofrecía cinco definiciones de la palabra santo, tres de las cuales se proponía utilizar en su sermón: puro de corazón, libre de pecado y apartado para uso sagrado. Las dos primeras, creía poder explicarlas de manera bastante sencilla, pero la tercera era más difícil. «Apartado para uso sagrado»: los pastores de Dios, por supuesto, se apartaban en este sentido. La señorita Gay debería darse cuenta de aquello. Las meditaciones del señor Paladin se vieron interrumpidas en ese momento por el sonido del timbre de la puerta principal. De repente sintió aún más frío. ¿Estaba a salvo?, se preguntó. Oyó que la señora Roberts abría la puerta, la cerraba y luego daba unos golpecitos en la puerta de su habitación. Se encogió en su rincón, casi conteniendo la respiración. Ahora empezaba a desear haber sido más valiente. Se sentiría muy estúpido si la señorita Gay lo descubría de esa guisa.

La señora Roberts acababa de abrir la puerta y oía cómo tanteaba la pared en busca del interruptor. ¿Qué necesidad tenía de seguir intentándolo?, se preguntó él. ¿No se había dado cuenta de que no estaba en casa? De repente la habitación se vio inundada de luz, o eso le pareció al señor Paladin, que llevaba más de media hora sentado a oscuras, aunque en realidad la iluminación de Arlington House era muy pobre.

La señora Roberts avanzó hacia el interior del cuarto y echó un vistazo a su alrededor.

—Pero, bueno, señor Paladin —exclamó—, ¿qué hace ahí agazapado en la oscuridad?

Aquella expresión rebuscada, que en otro contexto le habría hecho gracia, hizo ahora que el señor Paladin se sintiese aún más avergonzado. «Agazapado en la oscuridad». Supuso que describía muy bien su estado.

Se puso de pie con toda la dignidad de la que pudo hacer acopio y dijo:

—Ah, sí, señora Roberts, creo que la oscuridad es propicia para las grandes ideas.

La señora Roberts se quedó mirándolo sin comprender nada.

—Alguien ha traído esto para usted —anunció, tendiéndole un paquete rectangular.

Por la forma, el coadjutor supo que se trataba de El paraíso perdido. Lo abrió y vio que dentro había una nota. Era muy breve. «Querido señor Paladin —rezaba—, aquí tiene el libro. Se lo envío con Amy, ya que creo que no me dará tiempo a llevárselo yo misma. ¿No está haciendo unos días estupendos? Atentamente, Angela Gay».

El señor Paladin la estrujó y la lanzó a la papelera. ¿Por qué había enviado a la criada? ¿Era posible, se preguntó indeciso, casi sin atreverse a albergar esa esperanza, que se hubiera cansado de él? Se pasó el resto de la tarde especulando acerca de este interesante asunto y olvidó por completo sus meditaciones sobre la santidad.

La explicación de la conducta de la señorita Gay, de haberla sabido, era muy sencilla. Aquella mañana, mientras hacía la compra, la había abordado un desconocido alto y apuesto ataviado con un sombrero negro.

—Disculpe —dijo él, inclinando la cabeza como nunca antes lo había hecho nadie en Up Callow—, ¿podría usted quizá decirme si hay por aquí una tienda de objetos de hierro?

—¿De objetos de hierro? —En un primer momento, la señorita Gay pareció desconcertada—. ¡Ah! Supongo que se refiere a una ferretería — dedujo—. Sí, hay una, pero queda bastante a desmano. —Miró dubitativa de un lado para otro.

—Muchísimas gracias. ¿Me podría quizá decir cómo llegar hasta allí?

—Verá, es bastante complicado. —La señorita Gay titubeó un instante y luego, de repente, añadió—: Pero da la casualidad de que yo también voy hacia allí, así que puedo acompañarlo.

—Ay, pero no puedo causarle tantas molestias, es usted demasiado amable —dijo con una sonrisa radiante y numerosas reverencias y aspavientos con el sombrero negro.

—No, no, le aseguro que no es ninguna molestia —replicó con entusiasmo la señorita Gay.

Se pusieron en camino, él dando grandes zancadas y ella caminando a pasitos rápidos a su lado con sus tacones altos.

—¿Está segura de que no la molesto? —insistió el desconocido.

—No me molesta para nada —lo tranquilizó la señorita Gay—. De hecho, yo también tengo que ir a preguntar por una pieza de repuesto para una estufa Primus.

—Muy extraño —dijo el desconocido, con su voz grave y extranjera que hacía que la conversación sonase mucho más emocionante de lo que en realidad era—. Yo también deseo comprar una estufa Primus.

—Es que son tan útiles —susurró la señorita Gay, pensando que aquello era un verdadero vínculo entre ellos, aunque no fuese uno romántico. Mientras hablaba, no paraba de lanzar miradas de un lado a otro de la calle, para comprobar si no habría por allí alguien que la conociese y la viera caminar junto a ese desconocido de aire distinguido. Vio desaparecer la espalda ancha de la señora Gower, que entraba en la pescadería, y se toparon de frente con Janie Wilmot al doblar la esquina de Market Street, aunque por lo demás el paseo fue un poco decepcionante.

—Qué pueblecito tan encantador —afirmó el desconocido— y todo el mundo es tan gemütlich…

—¿Disculpe? —dijo la señorita Gay, sorprendida al pensar que los habitantes de su anodino pueblo pudieran ser algo que necesitara una palabra extranjera para describirlos.

—Amables, simpáticos, ¿cómo lo diría usted? Pero qué bobo soy. Usted no sabe alemán, ¿o tal vez sí? Tiene un aspecto muy parisino.

La señorita Gay sonrió complacida. Su ajustado traje negro y el sombrerito con un pequeño velo para los ojos habían causado por fin, pues ya hacía casi un año que los tenía, el efecto esperado. Seguro que no le diría algo así a Cassandra Marsh-Gibbon, con su ropa de tweed y sus zapatos bajos de cuero.

—Mi madre era francesa —declaró ella con orgullo.

—Usted se le parece mucho, creo —dijo el desconocido con una seguridad más bien sorprendente.

—Eso no sé decírselo. Murió cuando yo tenía cinco años y apenas la recuerdo.

—Ay, qué triste para usted. —Los ojos oscuros expresaron una compasión genuina—. Mi madre también murió cuando yo tenía cinco años.

La señorita Gay se quedó callada, pensando que este era otro vínculo entre ellos, uno más hermoso y permanente que una estufa Primus. Tal vez fuese mucho pedir que pudieran consolarse el uno al otro por la muerte de una madre olvidada hacía ya tanto tiempo, pero al menos podrían ser algo el uno para el otro.

Sus sueños se vieron interrumpidos por el comentario del desconocido, que estaba seguro de que esta era la tienda, ¿sí? La señorita Gay levantó la vista, luego suspiró y se encogió de hombros, como si la imagen de los cubos, las regaderas y los quinqués de metal la hubiesen sacado de golpe de la contemplación de una visión hermosa.

—Sí —respondió ella—, esta es la tienda.

—Ha sido realmente amable por su parte acompañarme —dijo él sonriendo.

—Espero que se esté usted instalando cómodamente en su nueva casa — dijo la señorita Gay.

—¡Oh, es encantadora! —declaró él con entusiasmo—. Pero ¿cómo sabía usted que voy a vivir aquí?

—Las noticias vuelan en un pueblo pequeño.

—Sobre todo las buenas, ¿sí?

La señorita Gay lo miró pestañeando con coquetería.

—Espero que podamos decir que lo son —replicó ella.

—Ya verá que sí —dijo riendo el desconocido, y después de darle las gracias de nuevo, entró a la tienda y se perdió en su sombrío interior.

La señorita Gay se alejó sintiéndose muy animada, y olvidando por completo que, en teoría, ella también iba a comprar algo.

Al caer la tarde, recordó que había planeado hacerle una visita al señor Paladin para devolverle su libro. Qué libro más aburrido, pensó. ¿Por qué leería cosas tan tontas?

—Amy —gritó—, tráeme papel de estraza y cordel, y coge el sombrero y el abrigo. Quiero que lleves un paquete a la pensión donde vive el señor Paladin.