Extranjeros, bienvenidos

Barbara Pym · Capítulo 15 de 26

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Extranjeros, bienvenidos

Capítulo 15

 

«Sus colores avivan, e ilusionados,

con brío avanzan…».

—Ahora que hace tan buen tiempo —le dijo Adam a Cassandra una mañana—, creo que deberíamos mostrarle a Tilos algunos de nuestros bellos parajes campestres.

—Sí —convino Cassandra, dubitativa—. ¿Cuándo quieres ir?

—¿Cuándo? Ah, cuando sea.

—¿Qué tal mañana, si sigue haciendo bueno?

—Claro que, aunque diga deberíamos, es probable que sea deberías — matizó Adam—, porque dudo que yo tenga tiempo. Estoy muy ocupado, ya lo sabes, y él preferiría con mucho que fueses tú la guía.

—Pero, Adam, es imposible que yo lo lleve sola, no sería apropiado, y, además, no me sé todas las leyendas y las fechas de cada cosa, ni los estilos arquitectónicos ni los nombres de las colinas ni todo eso.

—Pues invéntatelas. Llámalo y proponle mañana, sobre las doce. Dile que lo recogeremos con el coche. Si me apetece, tal vez me apunte.

Después de vacilar un poco, Cassandra fue hasta el teléfono y solicitó el número del señor Tilos. Cuando él oyó su voz, sintió alegría y alivio al mismo tiempo. ¿Y si a ella no le hubiese importado que no le hiciera caso en la fiesta? Justo estaba pensando en reemprender el ataque acudiendo cuanto antes a La gruta con más azucenas. La voz de ella sonaba cordial. Le gustaría muchísimo que él viniera. El señor Tilos se puso contentísimo.

El día que habían escogido para la expedición amaneció radiante y soleado. Al principio, Adam había puesto algunas objeciones, pero Cassandra se las arregló para convencerlo de que le sentaría bien tomar el aire. Tal como ella había previsto, se sentó con recato en la parte de atrás del coche con la cesta del pícnic.

—He pensado que podríamos ir a Milton Amble —sugirió Adam—. Por el camino veremos casi todos los pueblos más hermosos. Podemos pasar por Boulderstones y tal vez desviarnos por Down Callow y ese otro sitio; no recuerdo cómo se llama, pero es precioso. Y también bastante típico. No tienen nada parecido en Hungría —afirmó, con una seguridad que resultaba todavía más chocante, dado que jamás había visitado ese país y no sabía absolutamente nada de sus pueblos—. Verá que las casas son bastante variadas —prosiguió.

«Como un grifo abierto», pensó Cassandra, que estaba segura de que el pobre señor Tilos no estaba entendiendo ni la mitad de las cosas que Adam decía.

—Ahora tenemos que buscar un lugar para almorzar —dijo Adam cuando llegaron a las afueras de la localidad de Milton Amble.

Después de discutir un buen rato con Cassandra y de desoír las sugerencias del señor Tilos, encontraron un pedazo de hierba idóneo y Cassandra extendió el mantel y las mantitas para el pícnic. Se desvivió por atender las necesidades de ambos, ofreciéndoles sándwiches y porciones de pastel de ternera y jamón, y llenándoles los vasos de cerveza.

—«Alimentos acaso desabridos para seres de orden espiritual» —le citó alegremente a su marido, interrumpiendo su disertación sobre Milton, de quien el señor Tilos al parecer no había oído hablar; aunque Adam no le prestó ninguna atención. Era el señor Tilos el que no dejaba de lanzar miradas en su dirección y sonreírle a escondidas. Cassandra deseaba con todas sus fuerzas que dejara de contemplarla, pues le resultaba muy difícil eludir su mirada a cada instante. La incomodaba que Adam estuviese allí sentado tan tranquilo recitando Lycidas sin percatarse ni por un instante de que el señor Tilos no escuchaba ni una de las palabras que decía.

A Adam le estaría bien empleado que ella se fugara con el señor Tilos. Cassandra se entretuvo en fantasear con esta idea unos segundos, pero luego llegó a la conclusión de que era irrealizable, ya que, dejando de lado cualquier consideración moral, lo relevante era que no le apetecía ir a ninguna parte con el señor Tilos. Aunque huir sola, irse de vacaciones por su cuenta, eso era otro cantar. Las personas podían tenerse demasiado vistas, pensó. Un cambio, esa era la clave. ¿Y si se marchaba tres semanas ella sola?

—Cassandra —dijo Adam—, ¿hay algo más para comer? Me he quedado con hambre.

—Claro, cariño, mira en la cesta. —La voz serena de Cassandra no ofrecía la menor pista de los planes que estaba tramando.

—Ay, poder vivir siempre al aire libre —dijo Adam, estirándose con deleite sobre la hierba y encendiendo un cigarrillo—, sin inquietudes, sin tener que preocuparse por el mañana…

—Y sin cigarrillos, y sin saber de dónde vendrá la siguiente comida, y dormir sobre la hierba húmeda o sobre helechos espinosos —añadió Cassandra entre risas.

—Cassandra, no tienes ninguna imaginación, ninguna poesía —declaró su marido con tono de disgusto.

—A una mujer no le hacen falta esas cosas, basta con que sea bonita — intervino el señor Tilos, mirando fija y solemnemente a Cassandra.

Ella aprovechó para comprobar cómo se tomaba Adam aquel comentario, pero él estaba ocupado estirándose, bostezando y diciendo que había comido demasiado y tal vez fuera un buen momento para echar una siestecita.

—¿Usted también quiere dormir? —preguntó ella al señor Tilos.

—¿Yo? Claro que no.

—Pues entonces demos un paseo, me siento llena de energía. Adam —lo llamó alzando la voz, porque ya tenía los ojos cerrados—, vamos a dar un paseo.

—Muy bien —contestó, somnoliento—. Nos vemos junto al coche a las tres en punto.

El señor Tilos le dedicó a Cassandra una sonrisa burlona e infantil mientras se alejaban de Adam. No cabía en sí de emoción y expectación por quedarse a solas con ella. La cogió del brazo y se alegró al comprobar que ella no hacía ningún ademán de soltarse.

—Busquemos un sitio agradable para sentarnos —propuso, cuando Adam ya no podía oírlos.

—Bueno, hágalo usted si le apetece —respondió Cassandra con brusquedad—, pero yo voy a dar un paseo. Quiero llegar a Milton Amble para ver qué tal va la reforma de las antiguas casitas de campo, y usted podría comprar algo para su casa en la tienda de antigüedades del pueblo.

Siguieron caminando un buen rato sin hablar. El señor Tilos seguía agarrado del brazo de Cassandra, aunque al entrar en el pueblo esta vez ella sí intentó zafarse de él. En sus calles reinaba la tranquilidad y había muy poco tráfico, pero de repente apareció un coche. Cassandra le echó un vistazo y, tirando del señor Tilos para que la siguiera, se apresuró a entrar en la tienda por la que pasaban en ese momento.

—Aquí tienen preciosidades tejidas a mano —explicó ella con cierto atolondramiento—. Echemos una ojeada, ¿le parece?

El señor Tilos se vio obligado a fingir interés por un telar de madera en el que trabajaba una corpulenta joven con una bata azul. Cassandra se acercó a una mesa junto a la ventana y se puso a examinar unas bufandas y unos cortes de tela hilados a mano, asomándose a escondidas, esperando a que pasara el coche. Cuando lo hizo, vio que había estado en lo cierto, pues en él iba la señora Gower, y el conductor era, sin duda, el señor Gay. Circulaban a muy poca velocidad, pero era obvio que no se pararían en el pueblo. Cassandra suspiró aliviada, pues, aunque no hubiese nada de malo en lo que estaba haciendo, creía que era mejor que dos respetables vecinos de Up Callow no la vieran paseando cogida del brazo del señor Tilos. Estaba segura de que no la habían visto, pues iban demasiado pendientes el uno del otro. Qué bonito que dos personas de su edad disfrutasen de su mutua compañía, pensó Cassandra con benevolencia. Se alegraba de que hiciera buen tiempo para su excursión en coche.

Cuando pasó el peligro, Cassandra y el señor Tilos se las arreglaron para escabullirse sin llamar la atención de la mujer del telar.

—No quería comprar nada —le explicó Cassandra—, todo costaba un ojo de la cara, aunque, claro, era tejido a mano.

—Sí —convino el señor Tilos, sin querer entablar conversación sobre un oficio que solo consideraba apto para campesinos—. ¿No está usted cansada? —preguntó, esperanzado.

—No, sigo estando llena de energía —respondió Cassandra—, y necesitaremos todo el tiempo para llegar hasta el coche. Aún nos queda un buen trecho.

—¡No sabe cuánto la admiro! —declaró de buenas a primeras el señor Tilos.

—¡Chist! Lo va a oír la gente —lo frenó Cassandra, inquieta, pues lo dijo tan alto que sintió vergüenza.

—Querría que lo supiese todo el mundo —declaró él.

—No sea tonto —lo reconvino Cassandra con dureza, pensando que no importaría que lo supiese todo el mundo, siempre y cuando no se enteraran los habitantes de Up Callow y alrededores.

Siguieron caminando, con el señor Tilos sumido en un silencio sepulcral.

—Ahí está el coche —anunció Cassandra con cierto alivio—. Adam está guardando la cesta del pícnic.

—¿Habéis disfrutado del paseo? —les preguntó.

—Muchísimo. ¿Has echado una buena cabezada?

—Sí. Aunque tampoco ninguna maravilla. El suelo no es un lecho tan cómodo como pensaba. Pero poco importa, se me ocurrieron unos veinte versos más para mi poema.

—¡Qué maravilla! —dijo ella, sonriendo para sí mientras colocaba las mantas de viaje en la parte de atrás del coche.

—Cassandra, ¿por qué sonríes? —preguntó Adam, pues acababa de hablarle al señor Tilos de las tres esposas de Milton y no le parecía que aquello tuviese nada de gracioso.

—No sé —respondió Cassandra con voz débil—. Es solo que creo que ha sido un día divertido.