Extranjeros, bienvenidos
Capítulo 14
«… mientras oída de valle en valle,
despertando a la brisa, resuena la voz armoniosa
del trabajo dichoso, el amor y el júbilo compartido».
Durante su paseo desde la iglesia hasta casa en compañía del señor Tilos, la señorita Gay descubrió que jugaba al bridge.
—A menudo he jugado al bridge en Budapest —declaró el extranjero.
—¿Está seguro de que no se refiere al whist? —replicó dubitativa la señorita Gay, pues le parecía imposible que se pudiera jugar al mismo juego en Budapest y en Up Callow.
—¿Perdón? No conozco esa palabra. ¡Qué bonito es el vestido que lleva! —exclamó mientras le lanzaba una mirada radiante.
Justo en ese momento pasaban al lado de los Marsh-Gibbon. «Chúpate esa, Cassandra», pensó la señorita Gay regodeándose como una colegiala, pues la voz del señor Tilos había sido más que audible.
Antes de llegar a la verja de Alameda, quedó aclarado que el señor Tilos sí que jugaba al bridge, y la señorita Gay empezó a planear una fiesta. Esta vez pretendía invitar solo a gente joven, o relativamente joven.
—Ya sabes que en realidad no te gusta mucho el bridge —le dijo a su tío —. Te sentará bien irte a dormir temprano para variar. A partir de cierta edad, hay que tomarse las cosas con más calma, ya lo sabes.
Al señor Gay, a quien no le hacía gracia la idea de acostarse a las ocho una luminosa tarde de verano, le hervía la sangre de indignación, pero se limitó a decir con serenidad:
—Sí, querida, es buena idea que invites a casa a tus amigos. Da la casualidad de que esa misma tarde tengo un compromiso. He quedado en llevar a la señora Gower al cine.
La señorita Gay concentró todos sus esfuerzos en pensar en un vestido nuevo para la fiesta. Seguro que Cassandra Marsh-Gibbon llevaría algo nuevo.
Sin embargo, Cassandra había decidido, por diversos motivos, que se presentaría como una sobria matrona y optó por lucir un vestido de crepé de China azul marino, estampado con pequeñas margaritas rosas, que ya había lucido en otra ocasión para una partida de bridge. Comprobó lo acertado de su decisión cuando vio a la señorita Gay ataviada con un flamante modelo de cloqué color ciruela y un ramillete de gardenias artificiales al cuello.
—Cassandra, estás divina. —La señorita Gay batió las pestañas, tan tiesas por el rímel que Cassandra se quedó mirándolas, fascinada—. Siempre me ha gustado muchísimo ese vestido —añadió alegremente.
—¿No viene Tilos? —preguntó Adam mientras se distribuían por las mesas de juego.
—Ah, siempre llega tarde —explicó la señora Wilmot—. Creo que no sabe leer la hora en los relojes ingleses —añadió de forma críptica.
—Supongo que es porque sabe que será el centro de atención y le gusta hacer esperar a la gente —intervino Adam.
Pobre Adam, pensó Cassandra con afecto. Esa tarde no se había puesto su chaqueta de terciopelo y se parecía a cualquier marido inglés del montón.
—Bueno, ustedes cuatro pueden comenzar sin él. No creo que tarde mucho en llegar —dijo la señorita Gay con aplomo.
Así que los cuatro, Cassandra, Janie, el señor Paladin y el señor Broome, un joven empleado del banco, empezaron a jugar, mientras que la señorita Gay, Adam y la señora Wilmot entablaron conversación para matar el tiempo.
Tras la llegada del señor Tilos, daba la impresión de que se oían risas por doquier cada vez que él decía algo, fuese o no fuese gracioso. Pese a tener ciertas nociones sobre el bridge, el húngaro tenía su forma particular de declarar y jugar. Se lo pasaba en grande, doblando siempre que podía y riéndose como un niño cada vez que él y su pareja perdían estrepitosamente. Dado que su pareja era la señorita Gay, en realidad poco importaba, aunque la señora Wilmot se preguntaba si, al ser ella la persona de mayor edad allí presente, no debía hacer algo para mantenerlo a raya.
Miraba con inquietud hacia la otra mesa, donde Janie estaba jugando en pareja con el señor Paladin. Sería fantástico, pensó la señora Wilmot, que se interesaran el uno por el otro. Para empezar, cierto interés sería suficiente, ya que ambos eran muy jóvenes. Esa noche estaba bastante guapo. Ese joven llegaría lejos, en su opinión, pues ella tendía a valorar más que su marido una media de sobresaliente en la carrera de Teología. Además, tenía contactos influyentes.
Todo el mundo sabía que el señor Tilos iba cada dos por tres a La gruta y le llevaba regalos a Cassandra, pero hoy no le estaba prestando ninguna atención. En el pueblo empezaba a haber relaciones interesantes y complicadas, reflexionó la señora Wilmot; y lo pensó de nuevo cuando, justo antes de las once, el señor Gay entró con la señora Gower y anunció que habían ido juntos al cine.
—Espero sinceramente que no hayamos interrumpido la partida de bridge —dijo la señora Gower sonriendo de oreja a oreja a todo el mundo—, pero la película acabó bastante temprano y el señor Gay dijo que aquí tal vez habría un refrigerio. —Se echó a reír.
Lo del refrigerio era más que obvio, y, dado que al parecer el señor Tilos había obsequiado a la señorita Gay con una caja de vino húngaro, todos estaban muy alegres.
—Les gusta este vino, ¿sí? —dijo el señor Tilos alzando la copa—. Entonces les gustará Budapest. Allí tienen que visitar las bodegas de Budafok. En Budapest, la reina del Danubio, corre el vino. Y todo es muy barato para los ingleses. Les darán muchos pengos por una libra.
Después de este discurso se hizo el silencio. Nunca se sabía por dónde podía salir el señor Tilos.
Esto es realmente de lo más insólito, pensó la señora Wilmot. Pero qué vino tan delicioso; le estaba empezando a entrar bastante modorra.
Janie, a quien el vino había envalentonado un poco más que de costumbre, preguntó con voz clara:
—¿Qué es pengos?
—El pengo es la raíz de todos los males y el secreto de la felicidad — respondió el señor Tilos con aire solemne.
—Ah, ya sé —dijo Janie—, es dinero.
—Qué decepción —dijo el señor Broome, interviniendo por primera vez en la conversación de la velada—. Pensaba que sería algo mucho más emocionante.
—Tiene gracia que usted no crea que el dinero es emocionante —comentó riendo la señorita Gay—, aunque, claro, es mucho el que pasa por sus manos al cabo del día.
—Y me atrevo a afirmar que, para bien o para mal, no influye más en usted de lo que influyen las hermosas y permanentes formas de la naturaleza en la mayoría de los pueblerinos de Cumberland —declaró Adam.
—No creo que nadie pueda cansarse nunca de gastar dinero —comentó Cassandra, al ver que el señor Broome miraba a Adam con una expresión de inquietud en el rostro—, pero supongo que usted se cansa de verlo y de tenerlo por todas partes todos los días.
—Exacto, sí, la verdad es que sí —convino con gratitud el señor Broome, aliviado por no tener que continuar con la conversación sobre los pueblerinos de Cumberland. Le complacía considerarse un magnate financiero, rodeado de montañas de dinero, cuando en realidad era el empleado en el puesto más bajo del escalafón.
—No creo que en él resida el secreto de la felicidad —afirmó lentamente el señor Gay, mientras pensaba que, pese a ser una de las personas más agradables que había conocido y con la que más cómodo se había sentido, la señora Gower no tenía ni de lejos tanto dinero como algunas de las jóvenes que había cortejado sin éxito en su juventud—. Aunque, en palabras de Pomfret, «una respetable autonomía» es casi una necesidad si se quiere construir la felicidad sobre unos cimientos duraderos.
—Los poetas del siglo XVIII dicen algunas cosas muy sensatas —comentó Adam con benevolencia.
—¡Eso dice también nuestro gran poeta húngaro! —interrumpió el señor Tilos.
—¿Cómo se llama? —preguntó Adam con condescendencia—. No puedo afirmar que haya oído nunca nada sobre él.
—¡Cómo! ¿No ha oído hablar de nuestro Petofi Sándor? —El tono del señor Tilos se volvió tan indignado que Cassandra, por instinto, se acercó a Adam.
—Bueno, al fin y al cabo Hungría es un país remoto para nosotros y por desgracia son muy pocos los ingleses que conocen su lengua —alegó ella, ansiosa por mantener la paz—. No debe olvidar que el inglés medio no ha oído hablar de gran cosa más allá de las fronteras de su país —añadió, preguntándose qué opinaría Adam de que lo describieran como un «inglés medio».
Al parecer no se había dado cuenta, pues a continuación respaldó lo que ella había dicho añadiendo con ingenuidad que su segundo libro de poemas solo había vendido poco más de ciento cincuenta ejemplares.
Esta declaración los acalló a todos, y al cabo de poco la fiesta se dio por concluida, siguiendo el ejemplo de la señora Wilmot, que pensó que más le valía irse a casa antes de que el vino le diese aún más sueño.
Adam y Cassandra se ofrecieron a llevar en su coche a la señora Gower y la señora Wilmot. Cassandra se alegraba de marcharse. Por algún motivo, reflexionó, no había disfrutado demasiado de la velada, aunque había habido momentos divertidos. ¿Era posible que estuviera decepcionada porque el señor Tilos apenas le había hecho caso?
La señora Wilmot no estaba tan amodorrada como para no alegrarse al oír que el señor Paladin le proponía a Janie acompañarla caminando a casa.
—Hace una noche espléndida, y el paseo nos sentará bien —le explicó el coadjutor a la señora Wilmot, pues pensó que esta pondría objeciones.
Sin embargo, ella se limitó a sonreír, y apuntó que la luna estaba preciosa. Era bonito que los jóvenes pasearan juntos a la luz de la luna, pensó, sobre todo si daba la casualidad de que los jóvenes eran Janie y el señor Paladin. ¿Cuál era su nombre de pila?, se preguntó. Edward, o Edmund, no recordaba cuál de los dos.
Janie todavía se sentía bastante envalentonada, y al cabo de no muchos metros se agarró del brazo del señor Paladin. Él no hizo ningún ademán de liberarse, como sí había hecho en la misma situación con la señorita Gay. Le parecía apropiado y agradable que pasearan cogidos del brazo, y, como había dicho la señora Wilmot, la luna estaba preciosa.