Extranjeros, bienvenidos

Barbara Pym · Capítulo 18 de 26

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Extranjeros, bienvenidos

Capítulo 18

 

 

«Era amistad, alimentada por el deseo mutuo».

—Me pregunto adónde irá el señor Tilos —dijo la señora Gower, mirando por encima del muro de su jardín el día que Cassandra se marchaba a Budapest—. Parece que va de viaje a algún sitio. Lleva el sombrero puesto y un abrigo en la mano; y también una maleta, y una cesta, pero no creo haber visto más equipaje en el asiento trasero de su coche. ¿Lo ve, señor Gay?

—No, no lo veo, y estoy demasiado cómodo aquí como para levantarme a mirar. Aunque me ha dado una descripción tan completa de él que tengo la impresión de que no me he perdido nada —declaró el señor Gay, sonriendo. Últimamente sonreía a menudo, y a veces incluso reía. Aquella mañana soleada se encontraba sentado en una tumbona en el jardín de la señora Gower. Se estaba dando cuenta de que su jardín y su compañía eran mucho más agradables que el suyo propio y la compañía de su sobrina.

—Supongo que irá a Birmingham —vaticinó la señora Gower, que seguía con el tema del señor Tilos.

—Sí, tal vez —convino el señor Gay con indiferencia—. Demos gracias por no ser nosotros quienes vamos.

—Y aun así no veo por qué motivo tendría que llevar en junio un abrigo grueso a Birmingham.

—Con estos extranjeros nunca se sabe —replicó el señor Gay, confiriéndole una relevancia casi siniestra al hecho de que el señor Tilos se llevara el abrigo a Birmingham en junio.

—Bueno, imagino que sí que irá a Birmingham —repitió con reticencia la señora Gower, y estaba a punto de dejar el asunto cuando el señor Tilos la vio y se acercó al muro.

—Me voy a Budapest —anunció—. Debo viajar allí por exigencias de mi negocio.

—¿Su negocio? —preguntó la señora Gower dubitativa.

—Sí, mi negocio —repitió el señor Tilos con firmeza—. Voy tan solo unas semanas —explicó con tono tranquilizador. Aunque la señora Gower no se sintió tranquilizada.

—Bueno —continuó después de que el señor Tilos se hubiera marchado —, ahora ya sabemos que va a Budapest. Por negocios.

—No tenía ni idea de que tuviese ningún negocio —comentó el señor Gay.

—¿No se iba también hoy a Budapest Cassandra Marsh-Gibbon? — preguntó la señora Gower, intentando que su voz sonase desenfadada y despreocupada.

—¿Ah, sí? —El señor Gay parecía dubitativo—. Tal vez era otro lugar que sonaba similar. Belfast —añadió con tono vacilante—. O Bucarest. Eso sería más probable.

—No creo que fuese ninguno de esos lugares —insistió la señora Gower —. No son para nada el tipo de lugares a los que uno va, ¿no es cierto? Estoy segura de que Cassandra habló de ir a Budapest. Además, últimamente hemos oído hablar mucho de esa ciudad. Pero qué casualidad que también vaya el señor Tilos, el mismo día y en el mismo tren. Tiene bastante gracia, ¿verdad?

—Sí, pero imagino que eso no significa nada —declaró el señor Gay—. ¿No le parece?

—No, claro que no —convino la señora Gower con rotundidad, pero al cruzar una mirada con el señor Gay supo que pensaban lo mismo.

—Supongo que debían de ser ellos a quienes vimos en Milton Amble aquella tarde que fuimos a dar una vuelta en coche —dedujo él.

—Sí —dijo la señora Gower—. Iban agarrados del brazo, ¿verdad?

—Sí —dijo el señor Gay—, iban agarrados del brazo —añadió igual de categórico.

—Qué lástima —suspiró la señora Gower, casi como si pasear agarrados del brazo por Milton Amble fuese peor que fugarse y abandonar al marido—. Con lo agradable que es Cassandra. Y siempre la hemos considerado una esposa modélica, tan entregada a su marido.

—Sí, daba la impresión de que eran muy felices. Me pregunto qué hará ahora Marsh-Gibbon. Sin duda estará destrozado.

—Imagino. —La señora Gower asintió, apesadumbrada.

Daba la impresión de que ya no había nada más que añadir. A ninguno de los dos se le pasó por la cabeza dudar de que Cassandra se hubiera fugado con el señor Tilos.

—Yo pensaba que la casa que llevaba un tiempo visitando muy a menudo era la suya, señor Gay —insinuó cautelosa la señora Gower.

—Sí, no sé qué dirá Angela de todo esto —comentó el señor Gay. Se le ensombreció el gesto ante la idea de enfrentarse a su sobrina al llegar a casa.

—No me lo puedo creer —sentenció la señora Gower—. Mi querida Cassandra fue siempre tan buena chica… —Hablaba ya de ella en pasado, sacudiendo la cabeza con pesar.

El señor Gay se marchó, envuelto en pensamientos funestos. Le aterraba entrar en su casa. Encontró a Angela en la sala de estar, sentada en una silla dura junto a la ventana, sin hacer nada. No levantó la vista ni abrió la boca cuando su tío entró en la habitación, pero aquello no era insólito. No acostumbraban a saludarse más que lo estrictamente necesario. Fuera como fuese, el señor Gay creía que el tema era en cierto modo delicado. No pudo reunir el valor para decirle: «¿Has oído que Cassandra Marsh-Gibbon se ha fugado a Budapest con el señor Tilos?», porque no estaban totalmente seguros de que lo hubiera hecho. Y aun así parecía no haber duda alguna al respecto. Intentó pensar en otra cosa. Había un olor raro, como si algo se estuviera quemando, pero al ser verano no había ningún fuego encendido en la habitación ni, de hecho, en ninguna de las habitaciones salvo en la cocina.

—Angela —dijo dirigiéndose a ella—, ¿no te parece que huele raro?

—No más que de costumbre —respondió de manera cortante.

—Debe de haber algo ardiendo. —El señor Gay se levantó y entró en la cocina—. Amy, ¿no hueles a algo que se está quemando? —le preguntó a la criada.

—Ah, debe de ser el punto de la señorita Angela —respondió Amy sin inmutarse.

—¿El punto? ¿Dónde?

Amy señaló en dirección al fuego y el señor Gay vio una masa de lana verde que ardía entre las ascuas. Una parte ya se había consumido, pero no le hizo falta preguntar qué era. Reconoció el jersey de punto que Angela le había estado tejiendo al señor Tilos. Así que, después de todo, lo sabía. Y había quemado lo que más o menos era ya un jersey con todas las de la ley, pues estaba casi acabado. Permaneció un rato pensativo, con la mirada fija en el fuego.

—No fui yo quien lo puso ahí, señor —se defendió Amy, en tono ofendido.

—Ah, estoy seguro de que no —se apresuró a responder el señor Gay, y salió de la cocina.

Subió a hurtadillas hasta su dormitorio y se quedó allí sentado limándose las uñas hasta las siete y media, hora a la que bajó al comedor. La cena fue una comida fúnebre. Angela debía de haber decidido que pese a ser, a todos los efectos, una mujer despreciada, no lo demostraría de la forma convencional. Si había sentido hervir la ira dentro de ella, era evidente que la había aplacado arrojando el jersey al fuego. A la hora de cenar parecía

haberse convertido en la «Paciencia hecha estatua que le sonríe al Pesar[2]», lo que irritó profundamente al señor Gay. Era una mujer de treinta años, pensó, y se estaba poniendo en ridículo.

—Vamos, Angela —dijo bruscamente—. No me digas que no vas a comer más que ese trocito de tostada seca. Estos macarrones con queso están riquísimos.

—No, gracias. No me entra nada.

—No seas tonta. No sé a qué vienen tantos aspavientos. El señor Tilos se ha ido a Budapest de viaje de negocios. Él mismo nos lo dijo, y también que volvería dentro de una o dos semanas. Y, de todas formas, tampoco es que estuvieses comprometida con él.

—Ha sido un golpe muy duro. De eso eres consciente, ¿no?

—Pero no tardará en volver, y mientras tanto no creo que te haga ningún bien quedarte sin cenar.

—No, no va a volver —afirmó la señorita Gay, como si ya se hubiese hecho a la idea y, en realidad, prefiriera que así fuera.

Después de la cena, el señor Gay descubrió que seguía siendo incapaz de concentrarse en la lectura, así que salió a dar un paseo. Al cabo de un rato, se percató de que había llegado hasta la casa de la señora Gower. Enseguida estuvo sentado en su sala de estar.

—Acérquese al fuego —lo invitó ella—. Siempre me gusta encenderlo por la noche. Que sea junio no significa que no pueda hacer fresco.

Él le lanzó una mirada de gratitud. ¡Era una mujer extraordinaria! En su casa nunca encendían la chimenea en verano. La tapaban sin piedad el primero de mayo, lloviese o hiciera sol, con una enorme y horrenda pantalla victoriana.

Él acercó su silla al fuego. La señora Gower no parecía considerar nada extraño que pasara a visitarla a las nueve y media de la noche. Era de lo más natural que estuvieran allí sentados juntos. ¡Qué suerte la del profesor Gower, tener una esposa así! ¿Qué más daba si la aburría el Epipsychidion y no tenía ni idea de inglés medio? Buen juicio y amabilidad, algo de dinero si era posible, puesto que el señor Gay era ya cada vez menos exigente con sus requisitos, ¿no era eso todo lo que uno deseaba de una esposa? La idea de pasar el resto de sus días con ella era de repente la cosa más agradable que se le ocurría. Con todos los sucesos perturbadores de la jornada —Cassandra fugándose con el señor Tilos, Angela quemando el jersey en el fuego de la cocina y negándose a comer los macarrones con queso que normalmente tanto le gustaban—, daba la impresión de que la señora Gower era lo único que permanecía estable en un mundo cambiante.

—Qué mujer tan sensata es usted —declaró en voz alta. Tal vez fuese una afirmación curiosa, pero, al parecer, no a juicio de la viuda.

—Bueno, eso es lo que intento —comentó, serena—. He llegado a la conclusión de que es lo mejor que se puede ser a nuestra edad.

«Pero sobre todo que su talante cerca esté del de vos», pensó el señor Gay. ¡Estaban hechos el uno para el otro!

—Creo que usted y yo estamos de acuerdo en todo —expuso él para tantear el terreno, ya que, al fin y al cabo, sería inaceptable dar demasiadas cosas por descontadas. Que la señora Gower se hubiese deshecho del loro disecado no significaba por fuerza que estuviese dispuesta a aceptar un segundo marido.

—Sí, es cierto —convino ella—. Últimamente cada vez lo noto más.

—Pues entonces opino que podríamos ser felices juntos. Laura, ¿quieres casarte conmigo?

—Sí.

Aquella, reflexionó el señor Gay, debía de ser la propuesta de matrimonio más sensata y satisfactoria de la historia universal. Sin falsos arrobamientos, sin remilgadas negativas que no había que tomarse en serio, tan solo la pregunta necesaria y la respuesta, una simple afirmación.

—Soy feliz al saber que sientes lo mismo que yo —dijo el señor Gay—. Debes de haber visto que es mucho el afecto que te tengo.

—Sí. Señor Gay, Philip, a estas alturas de la vida no podemos esperar estar locamente enamorados, pero creo que conseguiremos hacernos sentir muy a gusto el uno al otro.

«Muy a gusto». Qué bien sonaba aquello. ¿Y no era, a fin de cuentas, lo que todo el mundo deseaba? Especialmente ahora que se aproximaban a lo que el rector denominaba «el otoño de la vida». Al señor Gay le hacía pensar en una agradable sala de estar, con un fuego en las noches frías, unas aspidistras bien cuidadas, té y tostadas en invierno…

—¿Quieres que nos casemos pronto? —preguntó él.

—Sí, cuanto antes, ¿no crees? Al fin y al cabo, no debemos olvidar que los dos tenemos un pie en la tumba y puede que no nos queden demasiados años.

El señor Gay se echó a reír. Esta vez tener un pie en la tumba era una broma simpática, pero le recordó a Angela, y su rostro se ensombreció al pensar en ella.

La señora Gower debió de darse cuenta de lo que le pasaba por la cabeza, pues tomó la mano de él entre las suyas y, con un convencimiento totalmente consolador, le dijo:

—Tranquilo, Philip, no te preocupes por Angela. Le encontraremos un marido.