Extranjeros, bienvenidos
Capítulo 12
«¡Ah, si el hombre su dicha conociera,
el más dichoso de todos él…!».
—Los Marsh-Gibbon parecen haberse quedado prendados de ese extranjero, o es al contrario, ¿tú qué opinas? —le preguntó la señora Wilmot a su marido una tarde de domingo a su regreso de la iglesia. Siempre creía que ese era un buen momento para plantear cualquier tema que rayase en lo frívolo, ya que una vez que había dejado atrás todas las preocupaciones dominicales, su marido solía estar de buen humor, y, dado que prefería el fiambre de ternera al asado caliente, la cena del domingo era casi siempre la comida más placentera de la semana. Esta noche, Janie había preparado una rica ensalada de patata, y todo estaba en calma porque los más pequeños habían regresado al colegio.
—Parece un buen tipo —dijo el rector—. Me ha prometido que se abonará al Club de Críquet aunque no juegue, un gesto muy deportivo por su parte. Me ha alegrado verlo en la iglesia esta mañana. Demuestra tener buen talante.
—Se sentó justo detrás de los Marsh-Gibbon —observó la señora Wilmot —. ¿Te diste cuenta de que no le quitaba ojo a Cassandra?
—No esperarás que me haya fijado en cómo pasaba el tiempo el señor Tilos durante la liturgia —replicó él con dureza—. Quiero creer que viene a la iglesia por motivos mejores que los de no quitarle ojo a una joven casada tan respetable como Cassandra.
—Uy, sí, sería difícil dar con alguien más respetable que Cassandra — comentó la señora Wilmot con voz monótona, lo que daba a entender que tal vez habría preferido que no lo fuera tanto.
—Ojalá encontremos a alguien así para Paladin —reflexionó en voz alta el rector—. Ese joven necesitaría una esposa.
—Ay, pero Rockingham, si es jovencísimo —replicó la señora Wilmot.
—Todo hombre debería tener una esposa —declaró el rector con firmeza —. Un clérigo soltero es presa de todas las solteronas de la parroquia. Debería casarse, aunque solo fuera para ponerse a salvo.
La señora Wilmot, sorprendida, levantó la vista de su fiambre de ternera. ¿Era posible, por lo tanto, que Rockingham se hubiera casado con ella por ese motivo y no porque la considerara una valiosa compañera con la que compartir la gran responsabilidad que por fuerza aguarda a alguien con sus dotes excepcionales?
—Ya veremos qué podemos hacer por el señor Paladin —insistió ella—. ¿Qué opinas de la señorita Gay?
—Que podría meterle ideas en la cabeza —dijo el rector enigmáticamente —. No debemos permitirlo.
—No, claro que no —convino la señora Wilmot, a la que le hubiese gustado saber a qué tipo de ideas se refería su marido, aunque veía que no era el momento de preguntar—. Pero ¿no lo hacen todas las mujeres, meterles ideas a los hombres en la cabeza? —insinuó, con un asomo de falsa modestia en su actitud.
—Claro, claro, y es justo que así sea —respondió el rector con energía—, pero no podemos olvidar que la señorita Gay no ha tenido las ventajas de una buena educación y una vida familiar sana. Además, ha vivido en Francia… — En ese momento el rector hizo un gesto amplio con la mano, pues acababa de recordar que Janie también estaba sentada a la mesa, y consideró que un movimiento de la mano era la forma más sensata de concluir su frase.
La señora Wilmot asintió con prudencia y comenzó a servir el manjar blanco.
—Una vida familiar sana y normal es de gran importancia para la formación del carácter —declaró el rector, pensando que ya era hora de que la conversación tomara un cariz más general—. Deberíamos hacer todo lo que esté en nuestras manos para preservarla, ¿no crees, Janie?
—Pero seguro que el señor Paladin es muy inteligente, ¿no? —se aventuró a decir Janie.
—Uy, sí, sin duda. Pero una media de sobresaliente en Teología hay que aligerarla con una gran dosis de experiencia en la Escuela de la Vida antes de esperar que dé fruto —explicó el rector.
La señora Wilmot levantó la vista sorprendida. Por lo general, Rockingham no se comportaba así los domingos por la tarde.
—Bueno, bueno —intervino animadamente mientras su marido se levantaba de la mesa—, debemos encontrarle una esposa al señor Paladin.
—Sí, llegaría lejos si tuviera una buena mujer a su lado —sentenció el rector—. Creo que me iré a engrasar mi bate de críquet —añadió, y, diciendo esto, dejó a solas a las dos mujeres.
«Me pregunto si yo soy una buena mujer —pensó Janie—, o tan solo una buena chica». Le gustaba el señor Paladin, y si iba a llegar lejos, eso significaba que no se quedaría toda la vida en Up Callow. Y sin duda estaba claro que, después de ser una buena mujer, lo mejor era ser una buena chica, ¿no?
—Estoy convencida de que tú deberías convertirte en la señora Paladin — afirmó la señora Wilmot, casi como si no hubiera ninguna otra opción—. Nadie podría decir que tú le meterías ideas en la cabeza —declaró con orgullo.
—No, madre, sería él quien me las metería a mí —dijo Janie riendo—. Pero no el tipo de ideas a las que se refería padre al hablar de la señorita Gay.
—Creo que la señorita Gay debe quedarse con el señor Tilos, si eso es posible —dijo la señora Wilmot—. Al fin y al cabo, ella lo vio primero.
—Pero ¿y qué pasa con Cassandra Marsh-Gibbon? Recuerda lo que nos contó la señora Gower de las azucenas.
—Sí, cariño —dijo la señora Wilmot, percatándose de repente de que Janie no era más que una niña, y de que ella era la esposa del rector—. Supongo que es una costumbre extranjera enviar flores a la anfitriona después de visitar su casa.
Janie se levantó, bastante decepcionada. No podía evitar pensar que ya era hora de que algo interesante sucediera en el pueblo. Y lo cierto era que el señor Tilos había ido a La gruta varias veces en los últimos diez días.
De hecho, había ido tantas veces que si Cassandra oyese el timbre ahora mismo, sabría perfectamente qué esperar. Siempre llevaba algo, flores, fotografías de Budapest, muestras de bordados campesinos, incluso botellas de Tokay y de licor de melocotón, que Cassandra debía degustar solemnemente en el salón. Por todo esto, hasta Adam se había prendado bastante de él. Se dio cuenta de que el señor Tilos se sentía atraído por Cassandra, pero se tomó todo el asunto como una broma, y se pasaba el día burlándose de ella y, al mismo tiempo, enorgulleciéndose de ser el único amor de su vida. Lo cual molestaba a Cassandra porque sabía que era cierto. Y de repente deseó que no lo fuera. Tal vez la autocomplacencia de Adam se derrumbase si descubriera que corría el peligro de perderla.
Una hermosa tarde, sentada en el jardín, pensó que era una esposa demasiado abnegada y que cedía demasiado ante él.
Mientras estaba sumida en estos pensamientos, entró el rector. A menudo hacía una visita vespertina a La gruta, donde se estaba especialmente a gusto en verano, ya que, si programaba su llegada para eso de las tres y media o las cuatro menos cuarto, al poco rato de estar charlando, aparecería Lily para servir el té en el jardín. Esa tarde vio que Cassandra estaba ocupada bordando. Él palpó el género con bastante torpeza y le preguntó qué era.
—Una pantalla para la chimenea. La estoy haciendo para el mercadillo benéfico —explicó Cassandra.
—Ah, pero es demasiado bonita —dijo el rector, pensando en los objetos feos e inútiles que solían atestar los puestos. Pero, entonces, al recordar su deber como rector de la parroquia, añadió—: Quiero decir, eclipsará de lejos cualquier otra cosa que se ponga a la venta.
—No, seguro que no —se opuso Cassandra.
—Lo cierto es que sus bordados parecen mucho mejores que los de todas las demás. Me pregunto por qué será.
—Seguro que no. La señora Gower hace unas cosas preciosas —declaró Cassandra—. Aunque creo que hay gente que no da las puntadas suficientes, por lo que se pierde el efecto de esplendor y adquiere un aspecto bastante deslucido. A mí me gusta dar cuantas más puntadas mejor, para que todo esté bien relleno.
El rector se quedó pensativo.
—Sí, debe de ser eso. Hay gente que no da las puntadas suficientes — repitió, medio para sus adentros.
Cassandra lo miró con una expresión de sorpresa en el rostro. Seguro que el rector se sentiría mejor cuando llegase el té.
—El señor Tilos me mostró el otro día algunos bordados campesinos húngaros —dijo ella—. La verdad es que dejan mis labores a la altura del betún.
—Ah, Tilos. Un buen tipo, hasta donde uno puede juzgar —comentó el rector con cautela al recordar lo que su esposa le había contado, que no le había quitado ojo a Cassandra durante el servicio.
—Ay, sí, es bastante simpático —convino Cassandra con indulgencia, como si hablase de un niño o de un perro complaciente. De hecho, era justo eso lo que pensaba sobre el señor Tilos. Habría sido muchísimo más emocionante si hubiera podido considerarlo como alguien de quien enamorarse.
—He oído que va a cambiarle el nombre a Holmwood —comentó el rector.
—Sí, creo que le va a poner Balaton, por un lago de Hungría —lo informó Cassandra—. Personalmente me parece ridículo. Pero, claro, nosotros no somos los más indicados para hablar. —Sonrió—. Es imposible encontrar un nombre más estúpido para una casa que el nuestro.
El rector oyó que Lily se acercaba con el té.
—¿Estará el señor en casa para la cena? —preguntó Lily.
—Sí, Lily —respondió Cassandra, levantando la vista de sus labores—, aunque puede que llegue un poco tarde. No sé qué tren va a coger. Yo cenaré a la hora de siempre. —Y dirigiéndose al rector—: Adam lleva unos cuantos días en Oxford, trabajando en la Biblioteca Bodleiana.
Debía de ser muy duro, pensó el rector, estar casada con un escritor. Saltaba a la vista que Cassandra se mostraba mucho más relajada y alegre cuando él no estaba.
Cassandra empezó a servir el té.
—Coja un scone, o un sándwich —lo invitó—. Son de queso cremoso y nueces, creo.
—Mis favoritos. —El rector sonrió abiertamente.
—Cuánto me alegro —reaccionó Cassandra—, coja dos. Bessie es fantástica a la hora de acordarse de los gustos de la gente. Supongo que lo vio llegar.
Recobró la compostura para escuchar al rector hablar de la Asociación de Madres.
—Seguro que es algo muy positivo —comentó, intentando aparentar interés.
—Le hace a uno darse cuenta de la bendición que es el matrimonio — prosiguió el rector.
Cassandra convino en que el matrimonio era sin duda una bendición, aunque a veces uno podía hartarse hasta de una bendición.
—Una joven afortunada como usted apenas tiene la experiencia necesaria para hablar de aquellos que tienen menos suerte —se atrevió él a afirmar.
Cassandra suspiró. A estas alturas debería haberse dado ya cuenta de que nunca se le permitiría ser otra cosa más que una mujer afortunada.
—Supongo que no hay nadie en el mundo que tenga todo lo que quiere — opinó con tono cansino.
—No, claro que no. Puede que hasta usted a veces sienta que se ha perdido algo en la vida. Quiero decir —el rector clavó la mirada en los sándwiches de nueces y queso como si esperara que ellos le ayudaran—, ¿no anhela usted a veces la presencia de una tercera persona en casa? Una personita —explicó, justo cuando Cassandra se había empezado a plantear la idea de acoger al señor Tilos como un huésped de pago.
—Me temo que los niños molestarían a Adam mientras escribe su poema épico —dijo riendo.
Cuando se marchó, Cassandra entró en casa. Se sentía deprimida. El rector no la había animado en absoluto. Si lo hubiese dejado continuar, habría añadido que los niños son un vínculo muy fuerte entre dos personas. Una siempre sabía de antemano lo que iba a decir. Solo que él no sabía que Adam y ella quisieran un vínculo en ese momento.
Cassandra cenó sola. Adam se imaginará que lo he esperado, reflexionó, pero la idea no le produjo demasiada satisfacción.
Después de cenar, se fue al salón y retomó el bordado. Cuando el reloj dio las ocho, se percató de que la cena de Adam se echaría a perder. Lo tiene merecido, pensó con una intensidad innecesaria. Se cansó de bordar y pensó que le apetecía leer. Se dirigió a la librería y sacó una de las primeras obras de Adam, un pequeño volumen de poemas, casi todos dedicados a ella. No era muy bueno, pero le recordaba a Cassandra que tenía motivos para creer que se había producido lo que podía llamarse un bajón en el amor que Adam sentía por ella. Esa noche, le daba la sensación de que necesitaba tener esos motivos.
En ese momento se abrió la puerta y entró Adam a toda prisa, cargado con una cartera de documentos de aspecto importante.
—Cassandra, cariño, jamás me lo perdonaré si me has esperado para cenar. —Adam se acercó hasta el sofá donde estaba sentada y le dio un beso —. ¿Y qué ha estado leyendo, mi Cassandra? —Le quitó el libro de las manos —. Los poemas de su marido. ¿Podría haber otra cosa más apropiada?
«No eras mi marido cuando los escribiste», pensó Cassandra a modo de reproche, sintiéndose molesta por que él la hubiese descubierto leyéndolos. Pero no podía decirlo. Todo estaba mal. Adam debería estar de mal humor después del viaje, porque además no había cenado. Debería haberse olvidado de decirle cuánto se alegraba de estar de nuevo con ella, en vez de besarla y susurrarle entre besos que una hora con su querida Cassandra era mejor que una semana entera leyendo en la Biblioteca Bodleiana. «Qué más me gustaría a mí», pensó Cassandra, indignada, pero eso tampoco podía decirlo y de repente se descubrió riéndose de la comparación, y alegrándose de que Adam estuviese tan amable.
—Me temo que tu cena estará horrible —dijo ella—. Yo cené a las siete y media.
—Ah, me da igual. Me la comeré como esté.
Y así entraron de la mano en el comedor para que Adam se tomase su asquerosa cena. Estaba incluso peor de lo que Cassandra había esperado, pero a él no le importó en absoluto y se lo comió todo sin siquiera mirarlo.
Ella empezó a pensar que era una esposa malvada. No obstante, él no era siempre tan amable como ahora, se dijo con testarudez. Últimamente no se había mostrado amable en absoluto, sino frío, descuidado, polémico, sarcástico…, todo eso.
—Cassandra, ¿por qué estás tan seria? ¿No te alegras de que haya vuelto? ¿O prefieres estar sin mí? ¿O tal vez te has enamorado de otro? —insistió.
Ella le miró con sobresalto, alarmada de repente ante la posibilidad de que pudiera ser capaz de enamorarse y desenamorarse en tan solo dos días.
—No —contestó—. ¿Por qué lo dices? ¿Tú, sí?
—Cariño mío, sabes de sobra que preferiría tener una esposa antes que cualquier otra cosa —alegó Adam pagado de sí mismo—. ¿No te alegra eso?
Cassandra se dio cuenta de que era inútil rebatirle que «una esposa» no tenía que ser necesariamente ella. Así que respondió que sí, que se alegraba muchísimo, y no lamentó pasar la velada siendo la esposa abnegada de un marido abnegado.