Extranjeros, bienvenidos

Barbara Pym · Capítulo 2 de 26

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Extranjeros, bienvenidos

Capítulo 2

 

 

«Estas son las moradas de la meditación».

El estudio de Adam Marsh-Gibbon era la estancia más agradable de la casa. Cassandra había insistido en que se la quedase, y así le había ahorrado a su marido tener que actuar egoístamente. Esta era una de las virtudes propias de Cassandra, anticiparse a los deseos de Adam casi antes de que él supiese que lo eran. A algunos hombres esto les habría irritado, pero él siempre fingía estar tan absorto en su arte que no tenía tiempo para pensar dónde poner su estudio o en qué sillón sentarse en el salón después de cenar.

Aquella tarde de principios de primavera estaba sentado a una mesa, profundamente enfrascado en el crucigrama de The Times. Todo a su alrededor estaba atestado de papeles cubiertos con su caligrafía de trazos largos y finos. Su nueva novela no iba demasiado bien. Hasta el momento había podido contar más o menos lo mismo en todas ellas, con algunas variaciones y personajes ligeramente distintos. Sus admiradores, los vecinos de Up Callow, lo describían con orgullo como un novelista «filosófico», aunque su filosofía, si se la podía llamar así, estaba empezando a agotarse, y no sabía de dónde sacar otra. Ya había pasado más de un año desde la publicación de su última novela, Cosas que siempre hablarán, y su público empezaba a impacientarse, pensaba él. Era un hombre vanidoso y valoraba en particular su reputación en Up Callow, porque en realidad era la única reputación que tenía. Disfrutaba dedicando sus novelas y poemas y siempre estaba encantado de impartir alguna que otra conferencia sobre «El arte del novelista» en la Sociedad Literaria.

Hasta el rector admiraba las obras de Adam, no tanto por las ideas expresadas en ellas, que sonaban vagamente wordsworthianas, como porque eran aptas para que las leyeran sus hijas. Las consideraba tal vez un poco complejas para su comprensión, pues el rector menospreciaba la inteligencia femenina, pero al menos no era necesario esconderlas, como tantas de las novelas que se escribían hoy en día.

Adam oyó abrirse la puerta principal y, al consultar su reloj, advirtió que eran las seis y veinte. «Debe de ser Cassandra, que regresa de casa de la señora Gower», pensó. Apartó su novela a un lado y retomó el crucigrama.

Cassandra subió las escaleras en dirección a su dormitorio. Sus pies no hacían ningún ruido sobre la gruesa moqueta. Esa casa siempre estaba en silencio, sobre todo por las tardes, cuando ya no se oía el ajetreo de las tareas domésticas. Se daba por sentado que al señor le gustaba proseguir con su escritura después de merendar. Lily y Bessie veían este hábito con cierta suspicacia, pero admiraban a Cassandra, y por ella soportaban que él se levantara a las tantas y sus costumbres anárquicas.

Cassandra abrió la puerta de su habitación, cuidando de no dar un portazo al cerrarla. Vivir con un escritor había convertido sus movimientos en silenciosos, casi inhumanos, por lo que cerraba las puertas sin hacer ruido con la misma naturalidad con la que respiraba.

Era una habitación grande y agradable, decorada de azul y amarillo prímula. La de Adam, a la que se accedía desde la suya, era mucho más sombría, pues había sido diseñada en una época en que Adam tenía ideas sobre decoración de interiores. Las paredes eran grises y la moqueta negra y muy gruesa. Las largas cortinas de las ventanas eran de un pesado terciopelo carmesí, por lo que Cassandra no podía evitar pensar en un fantástico cine cada vez que entraba en ella. En la pared, frente a la cama, había colgada una reproducción a gran tamaño de la pintura La isla de los muertos de Böcklin. Por la mañana, era lo primero que veían sus ojos al despertarse, por lo que, aunque Adam se propusiera comenzar la jornada con alegría saltando de la cama a las ocho de la mañana, al verla, casi siempre se hundía de nuevo en la melancolía y se quedaba sentado en la cama cavilando hasta la hora de almorzar.

Cassandra fue hasta el ropero y sacó un vestido liso de terciopelo negro. Combinaba bien con su pelo rubio y su tez clara, y pensó que un color vivo quizá enervase a Adam si había tenido dificultades con su novela. Se puso solo una pizca apenas imperceptible de carmín y bajó las escaleras con un aspecto atractivo, aunque discreto. Cuando tenía unos años menos, de vez en cuando se permitía un esmalte de uñas color escarlata con una pintura de labios a juego, pero ahora, desde la boda, sentía con menos frecuencia la tentación de salir de la rutina.

Llamó a la puerta del estudio de Adam tan flojito que él no lo habría oído si no hubiera querido. Pero dado que estaba atascado tanto con su novela como con el crucigrama, agradeció la interrupción.

Su mujer se acercó y le dio un beso en la mejilla. Él se levantó, sonriendo con aire cansado, y le rodeó la cintura con el brazo. Era algo más alto que ella, un hombre apuesto de rostro afilado, pelo moreno y ojos grises. Tenía treinta y dos años. Su ropa elegante siempre era muy admirada, aunque en Up Callow nadie se hubiera atrevido a copiar sus chaquetas de terciopelo y sus zapatos de ante. Eran los atributos de la genialidad, aunque a quienes pudieran ser entendidos en la materia les recordara a un joven universitario esteta.

—Hay pollo para cenar —anunció Cassandra.

—Podría comerme un pollo entero, ahora, en este mismo instante —dijo Adam—. Esta tarde no he logrado escribir mucho y tengo apetito. Creo que no he probado bocado desde el almuerzo —añadió.

—Ay, Adam —se lamentó Cassandra con tono indignado—, no me digas que Lily no te ha traído nada para merendar.

—No que yo recuerde —respondió él con aire distraído.

Cassandra se echó a reír.

—Voy a ver si Bessie puede arreglárselas para que cenemos un poco más temprano —declaró ella.

En la cocina dijo:

—Espero que le hayáis puesto una buena merienda al señor, el trabajo le abre mucho el apetito.

Lily y Bessie sonrieron con condescendencia, pues escribir no era ni de lejos lo que ellas habrían llamado trabajar.

—Uy, sí, señora —dijo Lily con su voz clara—. Se tomó un buen huevo pasado por agua.

—Y se le antojó un poco de salmón en conserva —metió baza Bessie, ansiosa por demostrar que, en ausencia de Cassandra, lo habían hecho todo tal y como les tenían dicho.

Durante la cena, le recordó a Adam el huevo pasado por agua y el salmón en conserva, preguntándose cómo era posible olvidar semejante festín.

—¿Estás seguro de que fue buena idea comerte el salmón, cariño? — preguntó ella con preocupación—. Sabes que las conservas no te sientan bien. Solo las tengo en casa porque a Lily y a Bessie les gustan. Cada vez que leo un caso de intoxicación en el periódico, casi siempre es por haber comido salmón en conserva.

—Y también albaricoques en conserva, pescado frito con patatas y helado —la interrumpió Adam, y luego cayó en un silencio fúnebre.

Quizá el salmón en conserva y el huevo pasado por agua ya estuvieran empezando a sentarle mal, pensó Cassandra, sin alarmarse, mientras le relataba la conversación durante la merienda en casa de la señora Gower. Le preguntó a Adam si había oído algo acerca de los nuevos inquilinos de Holmwood, pero obviamente no había oído nada, y añadió que ni siquiera estaba al tanto de que estuviese en alquiler.

Cassandra deseó que, en ocasiones, fuera un poco más mundano; resultaba muy tedioso tener que contarle cosas que todo el mundo sabía desde hacía semanas.

—Espero que le cambien el nombre a la casa —dijo él—. Está claro que deberían ponerle Otranto o algún otro nombre romántico. Oroonoko estaría bien.

Cassandra opinaba que Adam tenía unas ideas muy extrañas para poner nombre a las casas. La suya, que ella había querido llamar La arboleda o Los álamos, por la avenida llena de esos árboles que conducía hasta la puerta principal, se había acabado llamando La gruta, aunque era difícil imaginarse algo que se le pareciera menos, y, en los primeros tiempos de casados, la cohibía tener que dar el nombre de la casa cada vez que encargaba algo en una tienda.

Mientras tomaban el café en la sala de estar, intentó hacer algunas averiguaciones sobre el nuevo libro de Adam.

—Me preguntaron por él en la merienda en casa de la señora Gower —le dijo.

Adam pareció complacido y se puso de pie.

—¿Quieres que te lea lo que he escrito o seguimos con Las estaciones?

—Si te resulta útil leer lo que has escrito hoy, claro que te escucho, pero me da la impresión de que preferirías avanzar un poco más antes de que esté listo para ser criticado —insinuó Cassandra. Esperaba que se decantara por Las estaciones, ya que siempre le daba un poco de vergüenza que Adam leyese en voz alta sus propias obras. A veces ya era de por sí difícil comprender lo que aquello significaba, cuánto más ofrecer una crítica perspicaz. Y en el fondo ella tenía la incómoda sospecha de que quizá ese significado ni siquiera existiese; de no ser así, ¿por qué no podía expresarse de forma más clara?

—Tal vez sea mejor que sigamos con Las estaciones —concluyó Adam —. Después de todo, la primavera no nos va a esperar si nos quedamos rezagados.

Se sentó en el sofá junto a ella, abrió el libro y empezó a leer.

Desde que se casaron, tenían la costumbre de leer juntos después de cenar. Al principio, Cassandra había mostrado una ligera aprensión por su desconocimiento de la literatura inglesa, pero él la había tomado a su cuidado muy amablemente y, sonriendo con un amor arrogante, la había iniciado en las glorias de El paraíso perdido. Que su marido se llamase Adam hizo casi inevitable que Cassandra encontrase en ese poema un lema para su propia vida. Así, antes de llevar apenas seis meses de casada, se recordaba a sí misma sin parar las palabras de Eva:

Mi autor y mi señor,

lo que me pides haré sin replicar;

así lo ordena Dios. Dios es tu ley

y tú la mía; no saber nada más

es la ciencia mayor de una mujer…,

aunque con el paso del tiempo, empezó a pensar que esa actitud de sumisión conyugal admirable también era un poco absurda.

Ahora, después de cinco años recibiendo semejante formación en literatura inglesa, Cassandra creía poder considerarse una mujer razonablemente culta. A veces hasta osaba preguntarse si, de haber contado con los privilegios que su marido había tenido, el Balliol College de Oxford y la licenciatura en Lengua y Literatura Inglesas, no habría sido incluso más culta e inteligente que él.

Esa noche, Cassandra se esforzó por concentrarse en lo que Adam leía. Escuchó con atención la descripción de la pesca e incluso captó la moraleja:

Mas sin dejar que en el anzuelo el torturado cebo, convulso, se retuerza en pliegues agonizantes… Qué cosas tan graciosas escogían para describir en verso los

poetas del siglo XVIII, pensó. A pesar de la sobriedad de algunos de sus poemas, eran muy domésticos, y por eso a ella le encantaban. Se distrajo, aunque siguió pensando en asuntos domésticos. Se preguntó si sería ya hora de enviar a la tintorería las fundas de los sillones y los sofás. La limpieza de primavera era muy complicada con Adam pululando por casa todo el día. Si ella se decidía a limpiar una habitación concreta, podía estar segura de que él querría usarla justo cuando estaba en el apogeo de su desorden. En dichas ocasiones, él alegaba que le resultaba imposible escribir en cualquier otra habitación, y, claro está, era

difícil discutir con Adam, puesto que ¿cómo iba a saber el común de los mortales dónde podía o no podía escribir un autor en un momento dado?

Cassandra se preguntó, por pasar el rato, a cuántas esposas

les estarían leyendo Las estaciones en ese mismo instante. Probablemente a ninguna, concluyó, y dirigió la mirada hacia Adam con una sonrisa feliz y cariñosa en el rostro. Era reconfortante saber que después de cinco años de casados él seguía tomándose la molestia de instruirla.

—¿No me suena la voz como si estuviera resfriado? —

preguntó Adam de repente.

Cassandra reflexionó un instante.

—Tal vez un poco —contestó—. Pero ¿cómo podrías

haberte enfriado?

Adam esbozó un gesto de culpabilidad.

—Ayer por la tarde me senté en la orilla junto al arroyo —

explicó— y puede que la hierba estuviera húmeda. «O yace reclinado bajo ese fresno que crece», fue eso lo que me lo trajo a la memoria. También siento bastantes escalofríos.

A Cassandra enseguida la embargó la preocupación. —Ay, cariño, si es que debes tener más cuidado. Si fueras

más sensato te habrías dado cuenta de que la hierba está húmeda en esta época del año. Y además está muy crecida. — Le puso la mano en la frente—. Espero que no tengas fiebre — dijo angustiada—. Creo que sería mejor que dejases de leer y te metieses en la cama.

Adam sonrió complacido, pues le gustaba que lo mimasen

cuando le apetecía.

—Quizá no debí comerme ese salmón en conserva —

sugirió.

—Vaya por Dios —se lamentó Cassandra—, me había

olvidado de eso, pero no creo que tenga nada que ver con el salmón. Ha debido de ser la hierba húmeda. Tienes que darte un baño caliente y beber algo caliente, y yo te daré unas friegas en el pecho.

De este modo, en un intervalo de cinco minutos, Adam

Marsh-Gibbon pasó de ser un hombre totalmente sano, que quizá había tomado una combinación de alimentos poco

prudente para merendar, a un inválido con una abnegada esposa revoloteando inquieta a su alrededor.

Cuando se acostó, Cassandra le llevó una taza de leche

caliente y una caja de galletas.

—Te voy a dar unas buenas friegas en el pecho con el aceite

de alcanfor de toda la vida —dijo ella—. Es lo mejor que hay.

Él le agarró la mano.

—¿Dónde iba yo a encontrar otra esposa que me cuidase

tanto? —preguntó, mirándola fijamente y con afecto—. Nadie se tomaría tantas molestias por mí si estuviera enfermo — afirmó con voz lastimera.

—Ay, Adam, no seas ridículo. Sabes perfectamente que si

no estuvieras casado conmigo, lo estarías con otra —replicó ella con sentido común—. Hay muchísimas personas a las que les encantaría ser tu esposa y que te cuidarían igual de bien que yo.

Adam sonrió.

—Bueno, sí, supongo que sí —dijo con autocomplacencia,

encantado de imaginarse rodeado de esposas devotas que atendían sus necesidades.

Cassandra volvió a ponerle el corcho al frasco de aceite de

alcanfor.

—Listo. Seguro que por la mañana ya estarás bien. —Pero aún falta mucho para eso —respondió Adam muy a

gusto, y le dio un beso de buenas noches.