Extranjeros, bienvenidos
Capítulo 24
«Una delicada perfección por pocos conocida
confundió su pecho y lo instó a retirarse».
—¿No deberíamos volver a casa, cariño? —le preguntó Cassandra a Adam cuando ya llevaban una semana en Budapest—. Quiero decir, ¿qué andará diciendo la gente de Up Callow? Probablemente siguen pensando que me he fugado con el señor Tilos y que tú estás todavía trabajando en la Bodleiana.
—¿Puede haber algo más distinto a la Bodleiana que esto? —dijo Adam con indolencia.
Cassandra convino en que era imposible. Tras contemplar por un instante los cuerpos quemados por el sol a su alrededor, se recostó con un suspiro de satisfacción. Estaban tomando el sol en el hotel St. Gellért, observando las olas artificiales de la piscina. Hasta Adam estaba disfrutando de estos placeres sencillos. No había puesto ninguna objeción al deseo de Cassandra de visitar el Angol Park, comentando con bastante ingenuidad que, al fin y al cabo, incluso si era una especie de Blackpool, al menos era húngaro, y era improbable que se encontraran con nadie conocido.
—¿No crees que deberíamos enviarles una postal a los Wilmot? —insistió Cassandra—. Seguro que les interesaría ver una imagen de Budapest inundada de luz por la noche.
—Se llevarán una gran desilusión al descubrir que simplemente estás con tu marido en vez de con el señor Tilos, pero de acuerdo, elige una postal bonita y escribiremos algo apropiado.
—¿Tenemos que explicarlo todo? —preguntó Cassandra—. En una postal no hay realmente espacio.
—Vamos al agua —propuso Adam.
Y de la mano bajaron los escalones y se sentaron junto a las cabezas de los leones de mármol verde que les arrojaban agua caliente sobre la espalda.
—¡Anda, mira! —exclamó Adam de repente—. Pero si es Tilos.
Antes de que Cassandra lo identificase entre la multitud de rostros risueños y extranjeros, se oyó una voz que gritaba:
—Jó reggelt! ¡Hola!
—Me preguntaba cuándo nos veríamos de nuevo —dijo Cassandra, percatándose de que su saludo no era el más adecuado, pero sin saber cómo arreglarlo.
Él le sostuvo la mano más tiempo de la cuenta, y luego le presentó a dos hombres que estaban con él.
—Mi hermano, Tilos Béla, y mi tío, Hunyadi Ferenc.
Tilos Béla era casi idéntico a Tilos Stefan, salvo porque parecía muchísimo más joven y menos sofisticado. Daba la impresión de que lo único que sabía decir en inglés era «thank you», que él pronunciaba «senk yu». El tío Ferenc era un hombre robusto y apuesto de cuarenta y tantos años. Hablaba bien inglés y rebosaba vida.
Al cabo de un rato estaban todos sentados en torno a una mesa en la cafetería al aire libre, bebiendo café y agua con hielo y comiendo melocotones.
Cassandra llegó a la conclusión de que el señor Tilos era muchísimo más atractivo en su tierra que en Up Callow, porque aquí su alegría encajaba a la perfección con el ambiente risueño del lugar y no resultaba en absoluto ridícula. Ella había imaginado que cuando se encontraran de nuevo, la situación sería de lo más embarazosa. Sin duda, era lo apropiado entre los partícipes de una fuga malograda, aunque uno de ellos no se hubiera fugado en absoluto.
Todo había acabado. Él la miró y pareció estar a punto de decir algo. Ella le sonrió, insegura.
—¿Vendrán los dos conmigo a visitar a mi tía en Siófok? —preguntó él de forma inesperada.
—Ay, sí —respondió Cassandra, que no cabía en sí de alivio—, claro que sí, nos encantaría.
—¿Su tío está casado? —preguntó Adam por preguntar.
—Sí, solo ha tenido una esposa, pero murió —contestó el señor Tilos—. Es el hermano pequeño de mi tía, la que conocerán en Siófok. Es rico porque no tiene que mantener a ninguna mujer.
Cassandra sonrió, pensando que se podría hacer algo al respecto.
—Sería estupendo que fuera a visitarlo a Up Callow —sugirió.
—¡Ajá! Ferenc, muchachote —se dirigió a él el señor Tilos, inclinándose hacia el lado opuesto de la mesa—, has hecho una conquista. Cassandra pregunta si querrías visitarme en Up Callow. —Lo pronunció como una sola palabra, apcalou.
—Sería un placer —accedió el tío Ferenc, haciendo una reverencia por encima de la mesa.
Adam, que había mantenido una conversación en alemán con Béla, levantó la vista, sorprendido.
—Así vería nuestros hermosos campos de Shropshire —declaró Cassandra con decisión, pues había sugerido la visita por motivos absolutamente desinteresados. Se le había ocurrido que, dadas las circunstancias tan propicias, el tío Ferenc podría servir como marido para la señorita Gay. Creyó que sería un gran triunfo regresar llevando consigo un marido para Angela, sobre todo si ese marido era un viudo húngaro y rico. Los habitantes de Up Callow harían la vista gorda sin dudarlo respecto a todo lo que imaginasen que debían pasar por alto en su comportamiento de las últimas dos semanas. Cuando regresaron al hotel le contó la idea a Adam. Él convino en que era muy buena.
—Lo único que temo es que, después de haberte visto a ti, ella no le parezca gran cosa en comparación —añadió él cariñosamente.
Iban de camino a Siófok en el coche del tío Ferenc. Adam estaba sentado junto a él en el asiento del copiloto, mientras que Cassandra iba apretujada en el asiento trasero entre los hermanos Tilos. Eran como niños, reflexionó. Béla era un bebé que todavía no había aprendido a hablar, puesto que, al no saber nada de inglés, solo podía sonreír, asentir y pronunciar algún que otro «senk you» cada vez que creía que las circunstancias así lo exigían. Cassandra intentó enseñarle los nombres de las cosas, indicándoselas con el dedo y pronunciando la palabra correspondiente en inglés. Sintió que le gustaría adoptarlo o quedárselo como mascota. Stefan mantuvo una conversación fantástica y ridícula sobre las diferencias entre el paisaje inglés y el húngaro. Daba la impresión de estar imitando a Adam, aunque Cassandra no logró deducir si lo hacía o no de forma consciente.
—Ustedes no tienen nada así en Inglaterra. —Sonrió, señalando los campos que se extendían a ambos lados de la calurosa y polvorienta carretera.
Eran muy llanos, y la hierba era de un color pajizo quemado por el sol. En los bordes crecían un sinfín de acianos celestes. Cuando efectuaron una parada en una aldea, Béla cogió un enorme manojo para Cassandra y se lo ofreció con bastante timidez, diciendo «muy bonita», que era una frase que ella acababa de enseñarle.
Cassandra se sintió como un personaje de la realeza recibiendo un ramo de manos de un niño.
—Sería muy feliz viviendo aquí, en una de estas casitas —declaró el señor Tilos—, tan solo labrando la tierra, con una cabra o un cerdo para alimentarme. Y luego por las noches una copa de Tokaj y la música de los zíngaros…
—Sí —convino Adam con seriedad—, qué mejor vida que esa. Creo que disfrutaría mucho viviendo en este soleado país.
Cassandra contuvo una sonrisa ante la idea de Adam y el señor Tilos conviviendo en una casita de campo perdida en medio de la llanura húngara.
—Seguro que sería mejor que vivir en Milton Amble —intervino ella—, no es ni de lejos tan húmedo. Creo que a mí también me gustaría. Siempre he querido vestir esos bonitos trajes campesinos, y está claro que en Inglaterra no podría hacerlo sin que todos me tomaran por loca.
—Aunque los ingleses están todos locos —afirmó el tío Ferenc con aire tolerante—. Por eso nos encantan.
Llegaron a Siófok a tiempo para el almuerzo. Cassandra en cierto modo se había imaginado que la tía del señor Tilos viviría en un castillo medieval al borde de un acantilado, pero mientras atravesaban en coche los campos llanos y soleados se dio cuenta de que había sido demasiado optimista. No había ningún acantilado ni ningún castillo. En vez de eso, fueron aproximándose a una gran casa blanca. Su arquitectura era de un tipo común en las zonas residenciales más pudientes de las grandes ciudades alemanas. Cassandra pensó que era idéntica a una tarta de boda. Su elaborada decoración en estuco resplandecía igual de blanca que el glaseado bajo la luz brillante del sol. Las petunias rosas y violetas alegraban las jardineras de las ventanas.
Para sorpresa de Cassandra, la tía del señor Tilos era clavada a su tía Beatrice, que vivía en Tunbridge Wells y era la típica solterona inglesa de buena familia.
La señorita Hunyadi era una mujer pequeña de pelo canoso que hablaba inglés con una vocecilla cantarina. Sus rasgos eran ligeramente similares a los de su hermano Ferenc, pero en todo lo demás era justo el tipo de persona que Cassandra creía que solo existía en Inglaterra. Hungría era el último lugar del mundo donde habría esperado encontrar a la gemela de su tía Beatrice.
La estancia a la que les hicieron pasar era de techos altos y blancos, estaba elegantemente empapelada de un gris plateado y ostentaba una recargada chimenea de mármol engalanada con hojas y flores. El mobiliario era sólido y de madera de caoba, los sofás tapizados estaban adornados con antimacasares y había un biombo bordado de lanas desvaídas con un estampado de loros sobre un fondo de lo que a todas luces eran lápidas. En un rincón de la habitación había una voluminosa estufa de azulejos muy parecida a la que la señora Gower había visto entrar en Holmwood.
—Me encanta hablar con ingleses —admitió la señorita Hunyadi.
—Habla usted muy bien nuestro idioma —la felicitó Cassandra—. ¿Ha estado muchas veces en Inglaterra?
—Hace mucho que no. —La mujer menuda hizo una pausa, y una mirada triste y ausente invadió sus ojos—. Pasé unos meses felices en Leamington Spa con mi querida amiga la señorita Mildred Baker. Era la institutriz de una familia de la nobleza de Budapest antes de la guerra. Fue mi gran amiga…
Cassandra asintió, comprensiva. Se lo podía imaginar todo.
—Murió hace ya varios años —prosiguió la señorita Hunyadi—. Puede que sea una anciana solitaria, pero me quedan mis jóvenes —añadió, sonriendo en dirección al resto del grupo.
Parecía incluir entre los jóvenes a su hermano Ferenc, lo que en realidad no era sorprendente, ya que, a juzgar por su comportamiento, se le podría considerar incluso más joven que Béla. Cassandra sintió que también a ella le gustaría ser uno de los jóvenes de la señorita Hunyadi, aunque no estaba segura de poder aspirar a ser tan joven como los húngaros.
—Debe venir a Inglaterra otra vez —la instó Cassandra—. Mi marido y yo estaríamos encantados de recibirla en nuestra casa —añadió, de aquel modo bastante forzado que parecía no poder evitar cuando hablaba con extranjeros—. Up Callow le gustaría, y todavía nos queda un poco de verano, o eso espero. —Se echó a reír—. Aunque supongo que conocerá nuestro clima inglés.
—Sí, lo conozco y me encanta —declaró la señorita Hunyadi—. Aquí hace demasiado sol, en mi opinión. Para los jóvenes es bueno, pero cuando tienes cierta edad, el otoño y el invierno son más benignos. En Leamington me gustaba cuando las hojas caían de los árboles y mi querida Mildred sacaba del armario su estola y sus manguitos de pieles y nos íbamos a pasear hasta los baños públicos para tomar las aguas. Y por la tarde nos sentábamos junto al fuego, el precioso fuego inglés en su chimenea, a tejer calcetines para el joven pastor, el coadjutor, que era tan friolero… —Se detuvo, embargada por la emoción de los recuerdos.
Qué perdida debía de sentirse esta pequeña mujer en la alegre y soleada Budapest, pensó Cassandra. Estaba segura de que no había coadjutores en Siófok, aunque sin duda habría muchísimos de lo que la señora Hunyadi llamaba «baños públicos».
Antes de que se marcharan, les ofreció un auténtico té inglés y le regaló a Cassandra un retrato de «su querida reina Victoria» que había tejido con lanas de colores.
A su regreso, la noche estaba estrellada. Esta vez Cassandra iba sentada detrás con Adam y el señor Tilos. Béla y este último entonaban canciones alemanas y húngaras, mientras ella tenía la cabeza apoyada en el hombro de Adam, pensando qué lugar tan extraño y encantador era Hungría. Nunca había sido tan feliz en ningún otro sitio. Le debía tanto al bueno del señor Tilos, pensó con sentimentalismo. Deseaba que él también encontrara pronto la felicidad.
El señor Tilos notó que ella lo había mirado, pero no volvió la cabeza. En el fondo era un hombre práctico, aunque dado a arrebatos de romanticismo, y en ese instante decidió que se casaría con Ilonka, la muchacha que sus padres, de hecho, habían escogido para él, su prometida, que estaría dispuesta a casarse con su hijo al día siguiente, y él lo sabía. Además, necesitaba a alguien que se encargara de su gran casa inglesa, ya que seguía teniendo que vivir allí una parte del año. Por otro lado, y esto era lo más importante, estar casado le serviría de escudo frente a las atenciones de la dama parisina de Apcalou.