Extranjeros, bienvenidos
Capítulo 16
«Buscando mediante mil artimañas captar
la mirada astuta, consciente, medio esquiva
de su impávida hechicera…».
—Pues parece que el señor Tilos ha partido peras con los Marsh-Gibbon —le anunció una mañana la señora Wilmot a su marido.
—¿Qué has dicho, querida? —El rector levantó la vista del periódico.
—Nada, solo decía que parece que el señor Tilos ha partido peras con los Marsh-Gibbon —repitió la señora Wilmot, sintiéndose como una estúpida por tener que volver a decir lo mismo.
—Bueno, querida, no entiendo cómo puedes decir algo así —declaró el rector—. Un vecino nuevo como el señor Tilos poca potestad tiene de partir peras con personas de tanta categoría como los Marsh-Gibbon. —Y luego, levantándose de la mesa, añadió—: Estoy esperando al señor Paladin. Estaré en mi estudio.
La señora Wilmot comenzó a apilar los platos sin ton ni son. Esa mañana estaba un poco baja de moral, pero su rostro se iluminó y se sintió más animada al ver que el señor Paladin venía por el camino de entrada.
Desde la noche de la fiesta de los Gay, había empezado a pensar en él como en «su querido Edmund», y ya lo consideraba un miembro más de la familia. La señora Wilmot refulgía de satisfacción al imaginar para su hija el futuro del que a ella la habían privado con malas artes. Era sabido que el obispo tenía en alta estima al señor Paladin, y que el hecho de que iniciara una brillante carrera eclesiástica era una mera cuestión de tiempo. Janie siempre había sido una buena chica, y cabía esperar que se enamorara de alguien sumamente apropiado. A la señora Wilmot le gustaba pensar que la buena educación que había recibido tenía algo que ver con aquello. También mostraba cierta tendencia a olvidar que Janie no tenía más que diecinueve años, y que el señor Paladin era por el momento no solo el pretendiente más idóneo, sino el único pretendiente de cualquier tipo que se había presentado.
En su estudio, el rector conversaba con el señor Paladin. Su actitud era casi la de un suegro jovial, y a la vez no era tan manifiesta como para amedrentar de algún modo a un hombre joven; no lo llamaba «hijo mío», se limitaba a mostrarse más amable e interesado que de costumbre.
—Su sermón de la semana pasada fue excelente —lo felicitó—, pero no trabaje demasiado. Salga al campo de vez en cuando. Puede tomarse la tarde libre cuando no tenga nada importante que hacer, y espero verlo por aquí para tomar el té de vez en cuando. Los niños volverán a casa en julio. En ninguna parte verá una familia más feliz que la nuestra. El matrimonio es una gran bendición, y la compañía de personas de nuestra misma edad con las que compartimos gustos es un afortunado prolegómeno de ese estado…
El rector caminaba dando vueltas por la habitación, soltando frases inconexas, mientras el señor Paladin seguía de pie y escuchaba en un silencio respetuoso.
—Sé lo que significa ser joven —prosiguió el rector—. Sí, sé lo que significa ser joven —repitió, como si el coadjutor tal vez no lo creyera—. Cuando somos jóvenes queremos estar con otros jóvenes. Janie se quedará hoy en casa de su tía, pero vuelve mañana. Me alegro de que hayan trabado amistad. Espero que ahora que hace tan buen tiempo salgan juntos al campo. A Janie le interesa mucho la naturaleza —añadió, y luego pasó a toda prisa a hablar de críquet, como si hubiera dicho sobre su hija mucho más de lo que pretendía.
El señor Paladin se unió ahora a la conversación, que tomó un cariz más parroquial, y al cabo de poco se marchó. La señora Wilmot lo observó por la ventana del dormitorio; lo vio montarse en la bicicleta y decir adiós con la mano. Entró en el pueblo pedaleando despacio, sonriendo para sí, como suelen hacer los enamorados. Los habitantes de Up Callow estaban ya acostumbrados a ver sonreír al coadjutor. Ellos le devolvían la sonrisa, y no había ni una sola persona que no pensara que los dos jóvenes estaban hechos el uno para el otro.
El señor Paladin siguió pedaleando. Sabía que en algún momento debería sentarse a preparar el sermón, pero la idea no le preocupaba. Últimamente sus sermones se escribían como por arte de magia, o incluso por obra divina, pensó con respeto, pues mientras que hacía un mes no paraba de pensar en sermones, ahora tenía la cabeza llena de fragmentos de poemas y otros pensamientos más adecuados y, sin duda, más propios de un joven enamorado. Se cruzó con la señorita Gay, pero no hubo ni rastro de vergüenza ni acritud en las sonrisas que intercambiaron. El señor Paladin había olvidado el miedo que le tenía, y la señorita Gay iba feliz pensando en que el señor Tilos se había pasado el día anterior a tomar el té y esa tarde la llevaría al cine. Durante las últimas dos semanas se había mostrado de lo más atento.
El señor Tilos no se había acercado a La gruta desde el día en que Adam y Cassandra lo habían llevado de excursión al campo. Les dio las gracias de todo corazón, pero rechazó su invitación de quedarse a cenar. Cassandra lo había decepcionado, pues se imaginaba que ella caería rendida en sus brazos y le confesaría que su marido no la amaba. El señor Tilos decidió que tal vez dejaría de verla durante un mes. Luego lo intentaría de nuevo. Mientras tanto, como no estaba dispuesto a quedarse todo el día en su casa a medio amueblar, había tomado por costumbre visitar a la señorita Gay.
Sin embargo, no le resultaba fácil olvidarse de Cassandra ni disfrutar de la compañía de la señorita Gay. Su tez morena le recordaba que Cassandra era exquisitamente rubia; su actitud pícara, que su ninfa de La gruta era tentadoramente distante. La señorita Gay aceptaba sus obsequios con avaricia y a la vez con indiferencia, como si no fueran más que lo que le correspondía. Cassandra siempre se había mostrado sorprendida y complacida. Pero no debía ni siquiera verla, y por eso estaba condenado a pasar interminables horas sentado entre las aspidistras con la señorita Gay, o en la oscura intimidad de las butacas de tres chelines del cine.
Cuando se sentaban entre las aspidistras, mantenían conversaciones largas y tediosas, por lo general en torno al amor. La señorita Gay imaginaba que el amor lo cohibía, así que ella empezaba a hacerle insinuaciones, a las que él se resistía con gran destreza. Si ella le daba a entender que él debía ser más efusivo, él pronunciaba pequeños discursos ñoños sobre cómo lo bueno aumenta de valor si se reserva, y citaba algún equivalente húngaro de «un sueño que no pasa de promesa» de Shakespeare, sintiéndose
desesperadamente aburrido e infeliz, y sonriendo cada vez más con mayor rigidez, hasta sentir que la cara estaba a punto de agrietársele.
El propósito de todo esto era dar celos a Cassandra. Las noticias volaban rápido en un pueblo pequeño, creía él, y más aún las noticias sobre la gente y su vida amorosa. No se dio cuenta de que, al visitar a la señorita Gay con tanta frecuencia, casi no le dejaba ninguna posibilidad de comunicarle a Cassandra la noticia de su buena fortuna. Por el momento, la señorita Gay no había encontrado el momento oportuno. Habían coincidido una vez en la pescadería, pero su conversación había girado en torno al pescado. Era un gran salto pasar de la platija fileteada al señor Tilos, y la señorita Gay no se vio con fuerzas de darlo. Después de todo, ahora era ella la que tenía la sartén por el mango y podía permitirse ser amable con la pobre Cassandra.
Cassandra estaba molesta con el señor Tilos por no hacerle absolutamente ningún caso. Sabía que aquello le hacía gracia a todo el pueblo, pero nadie se había atrevido a comentar nada al respecto, a excepción de la señora Gower, que había aprovechado la oportunidad para decirle que creía que el señor Tilos había hecho bien en dejar de visitar La gruta tan a menudo.
—Sí, nos tiene bastante abandonados —dijo Cassandra riendo—. He oído que está cortejando a la señorita Gay.
—Bueno, no creo yo que la esté cortejando, aunque sí que va a verla muchísimo, y puede que le haya metido algunas tonterías en la cabeza. —Se detuvo y prosiguió en tono más serio—. Creo que, así en general, su llegada no ha traído nada bueno. Le hemos hecho demasiado caso. De todos modos, nos cansamos pronto de estas pequeñas novedades —añadió, como si el señor Tilos fuese un juguete mecánico—. Creo que todo irá mejor en cuanto nos centremos con la llegada del invierno —sentenció con voz firme.
A Cassandra le gustó la certeza de este último comentario. Se imaginó cómo se acortaban las tardes, la chimenea por la mañana, y las hojas de otoño cayendo en desorden sobre el jardín, el señor Tilos de vuelta en Budapest, y los acontecimientos de ese verano revuelto formando ya parte del pasado. Entonces vio que habían salido los altramuces y que era solo junio. Aún tenían que suceder muchísimas cosas antes de octubre. Suspiró, y la señora Gower también lo hizo, quizá por solidaridad, o por algún motivo particular suyo. Cassandra de repente se alegró de la estabilidad de las cosas, de la regularidad de su vida en Up Callow y de las personas buenas e íntegras que la conocían y la respetaban.
Estaba molesta con el comportamiento del señor Tilos, principalmente porque él había sido una parte importante de su plan. Pese a que Adam no había dado muestras de tener celos de él, siempre quedaba la esperanza de que los tuviera.
A medida que pasaban los días, las ideas se le volvieron muy confusas y no veía una solución clara a su problema; si se paraba a pensarlo un poco más, ni siquiera veía problema alguno. Solo un pensamiento destacaba en su mente. Debía marcharse, al extranjero y sola. Se lo plantearía a Adam. Escogió una tarde en la que, por lo que a ella le parecía, estaba de bastante buen humor.
Llevó su plan a la práctica.
—Pobre Adam, tienes cara de cansado. Creo que necesitas unas buenas vacaciones.
El rostro de Adam se iluminó ante aquella sugerencia.
—Sí, Cassandra, estoy convencido de que necesito unas vacaciones. Esta primavera no he estado nada bien. Estaba empezando a preguntarme si me pasaba algo grave de verdad —continuó con mejor disposición—, pero tal vez sea solo porque me hace falta un cambio.
Cassandra lo alentó a hablar sobre las vacaciones, pero sin hacer ninguna alusión a su propio plan, salvo para obligarlo a reconocer que a todo el mundo le sentaba bien un cambio.
—Creo que me iré a Oxford —dijo Adam.
—Pero ¿no hará mucho calor? Oxford es un lugar que te deja sin fuerzas.
—Sí, te deja sin fuerzas —convino Adam, casi con gusto—. Por las mañanas trabajaré en la Bodleiana. Puede que incluso edite algún manuscrito. Se me daba bastante bien la paleografía.
—Estoy segura de que eres buenísimo —dijo Cassandra con cariño, intentando acordarse de lo que era la paleografía—. No creo que vaya a Oxford contigo. No haría más que aburrirme mientras tú trabajas, y ya he visto todos los colleges —añadió con franqueza—. Creo que haré un viaje al extranjero, me tomaré quince días —declaró con decisión.
—Pero, niña mía, ¡cómo vas a irte sola al extranjero! Imaginaba que te quedarías aquí.
—¿No pensarás dejarme sola en Up Callow con el señor Tilos? —dijo ella con voz lastimera.
Era evidente que Adam no había pensado en aquello. Cassandra se alegró al comprobar que su gesto era de preocupación.
—Vaya, pues entonces igual podríamos ir juntos a algún sitio —propuso él.
—Como tú prefieras —respondió Cassandra muy diplomática—, aunque me pareció buena tu idea de irte a Oxford. Debe de ser muy apacible trabajar en la Bodleiana, y paz es lo que te hace falta. Pero yo quiero ver Budapest. Me han hablado tanto de ella… El señor Tilos dijo que era la ciudad del amor, así que tal vez deberíamos verla juntos —añadió, sin saber muy bien si lo deseaba o no.
Adam puso cara de desconcierto. En las últimas semanas, su esposa no había dejado de dar la lata con el amor. Algo, sin duda, innecesario en una mujer que llevaba cinco años felizmente casada, pensó. Pero, claro, Cassandra era así, muy propensa a llenarse la cabeza de cosas triviales. Y si quería viajar sola al extranjero, ¿por qué no habría de hacerlo?
—Es verdad que aquí te aburrirías mucho sin mí —concedió él con naturalidad.
—Me quedaría el señor Tilos —le recordó—, pero preferiría marcharme.
—Muy bien, cariño, pues vete. Supongo que en la ciudad del amor te sentirás más a gusto que en la Bodleiana —dijo él.
—Imagino que sí —convino Cassandra, aunque no sonaba tan segura como lo había estado antes.
Había obtenido la victoria con tanta facilidad que se sintió bastante desinflada. Adam se había mostrado muy comprensivo. Después de todo, quizá no tuviera ninguna necesidad de marcharse.