Extranjeros, bienvenidos

Barbara Pym · Capítulo 4 de 26

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Extranjeros, bienvenidos

Capítulo 4

 

 

«Y entre su alegre banda, la cháchara rural,

el alboroto rural y la chanza rural

vuelan sin malicia, para engañar al tedio…».

El señor Philip Gay vivía junto a la iglesia, en una gran casa sombría llamada Alameda. Era un hombre soltero y desencantado de entre cincuenta y sesenta años. De joven no se había capacitado para ningún oficio, puesto que su intención había sido, desde que tuvo la edad suficiente para ser consciente de esas cosas, casarse por dinero. Estaba convencido de que su planta, del tipo soldado de la Guardia Real, bastaría para conquistar a cualquier mujer a la que decidiera cortejar. Pero por desgracia sus esfuerzos habían sido en balde. Es probable que sus propuestas carecieran de las promesas de amor y devoción que toda joven espera en un momento así, dado que, siendo frío por naturaleza, el señor Gay jamás se había enamorado, ni tampoco se le daba bien fingir lo que no sentía. Cuando las jóvenes a las que rondaba eran, además de ricas, sensatas, se percataban de lo que buscaba, y le daban a entender que sus atenciones no eran bienvenidas. Nunca ninguna de estas jóvenes ricas se había enamorado de él, a pesar de sus largas pestañas y sus rasgos hermosos, aunque inexpresivos. Tampoco había tenido nunca la buena fortuna de conocer a una mujer rica y a la vez desesperada por conseguir un marido a cualquier precio. Sus posteriores tentativas de casarse con viudas acaudaladas no habían tenido más éxito, dado que aquellas a las que conocía parecían haber llegado a una edad en la que ya les daba pereza tener un marido. Los años pasaban, pero él mantenía la esperanza, aunque últimamente se había resignado a lo que imaginaba que era una vida modesta pero digna.

Pasaba casi todo el tiempo entretenido en su invernadero y en su jardín. Por las tardes leía novelas y, a veces, un poco de poesía, por lo general Dryden o Pomfret. Le gustaba especialmente Pomfret, aunque jamás podría convenir con este poeta que fuese insensato aspirar a una gran fortuna. Ese había sido uno de sus sueños más dichosos, una mujer que fuera un buen partido, inmensamente rica, pero ahora todo indicaba que eran pocas las posibilidades de que ese sueño se cumpliera.

Con el señor Gay vivía su sobrina, la señorita Angela Gay. Era la hija de su hermano, que se había casado con una francesa. Los dos murieron cuando ella era una niña, y el señor Gay, al ser el único familiar que le quedaba, se había hecho cargo de ella a regañadientes. Además de su parentesco había otro vínculo entre ellos. Ambos eran personas desencantadas. Pues Angela Gay tenía treinta años y aún seguía soltera. Era una mujer pequeña y morena, de modales muy remilgados, que habría sido guapa si la expresión de su rostro no hubiese mostrado tanta insatisfacción. Sentía más antipatía por Cassandra Marsh-Gibbon que por cualquier otra persona en el mundo, y, en su momento, había creído estar enamorada de Adam en secreto, aunque estaba dispuesta a enamorarse de cualquier hombre que se cruzara en su camino.

El señor Gay y su sobrina daban de vez en cuando alguna fiesta vespertina. Quizá aún albergaban la esperanza de que en el pueblo residiera alguna mujer rica o algún hombre idóneo que por alguna razón hubieran pasado por alto en su búsqueda. Sin duda había más esperanza para Angela que para su tío, pues acababa de llegar a Up Callow un nuevo coadjutor. Tenía veintiséis años y estaba soltero, y la señorita Gay le había echado el ojo casi en cuanto llegó. Desde entonces, él se las había ingeniado para evitarla.

La tarde de la fiesta, el señor Gay estaba decorando el vestíbulo con macetas de palmeras.

—Angela —la llamó—, ¿dónde están las aspidistras?

—Ay, esas no las vamos a poner, tío —respondió malhumorada la señorita Gay—. Son una antigualla llena de polvo.

—Pues justo ayer les saqué brillo a las hojas con aceite, y la gente siempre comenta lo bonitas que son. Hay que ponerlas en el vestíbulo.

—Creo que están en el invernadero —accedió la señorita Gay con voz cansina. Cualquiera diría que iba a recibir a la realeza, se dijo, en vez de a unas cuantas parejas para jugar al bridge y tomar un pequeño refrigerio. Pero, bueno, vendría el señor Paladin, y el señor Morrison, un profesor de la escuela secundaria masculina. Había visto varias veces al señor Morrison y sabía que, pese a ser un joven anodino y silencioso, también era un magnífico jugador de bridge. El señor Paladin tenía algo de enigmático, y la señorita Gay albergaba esperanzas.

Cassandra no lo había tenido nada fácil para convencer a Adam de que fuera a la fiesta. De repente, en el último momento se había echado atrás.

—Seguramente me aburriré mucho —afirmó quejumbroso.

—Pues aquí te aburrirás lo mismo —alegó Cassandra—. No te sentará mal cambiar un poco de aires, salir y ver a gente. Además, ya hemos aceptado la invitación y no veo qué excusa podríamos inventarnos.

—Diles que yo no quería ir —replicó Adam, cortante.

—Pero, cariño mío, sería de muy mala educación. Uno no puede hacer las cosas así sin más —argumentó Cassandra sin esperanzas—. Habrá aperitivos deliciosos —añadió, avergonzada por tener que persuadir a su marido para que cumpliera con un compromiso social sirviéndose de recursos tan infantiles—. Y, además, podrás hablarle a la gente de tu nuevo libro, y probablemente ganarás al bridge —concluyó, y se sentó, agotada por el esfuerzo—. Bueno —añadió con decisión al cabo de unos instantes—, yo voy a arreglarme.

Salió de la habitación y Adam la siguió, resignado. Parecía haberse olvidado de sus reticencias a ir a la fiesta. Cassandra sabía desde hacía ya casi cinco años que su carácter difícil aparecía siempre que se aburría y no había tenido oportunidad de alardear en las reuniones del pueblo.

—¿Me pongo la chaqueta de terciopelo? —preguntó él mientras subían las escaleras.

—Claro, cariño, todo el mundo espera que te la pongas.

Cassandra confiaba en que le diera el visto bueno al vestido de gasa gris que lucía esta tarde.

Él la miró con gesto crítico.

—Muy bonito —sentenció—. Estás muy guapa. Deberías ponerte siempre colores claros.

Ella no le recordó que la tarde anterior le había dicho que debería vestir siempre terciopelo negro.

Por el camino, Adam condujo el coche con una sutil negligencia que a veces asustaba a Cassandra, pero por ahora nunca habían tenido ningún accidente, así que no podía recriminarle nada al respecto. Solo a él le estaba permitido mostrar sus nervios. Ella había aprendido a mantener los suyos a raya, bajo un obediente sometimiento.

—Espero que al viejo Philip le guste tu vestido —declaró Adam.

—Y yo que a la buena de Angela le guste tu chaqueta de terciopelo — contraatacó Cassandra.

—Ah, ya la ha visto antes —replicó él en serio—, pero le gusta. Me dijo que me parecía a Shelley.

—¡Qué ridiculez! —exclamó ella con sequedad. Siempre le molestaba que mujeres solteras y sin compromiso le dijeran a su marido que se parecía a Shelley. No quería que le metieran ideas raras en la cabeza—. Shelley era rubio —afirmó categóricamente, como si eso diese por zanjado el asunto.

El señor Gay y su sobrina esperaban de pie en el vestíbulo para recibir a sus invitados. Siempre lo hacían, por lo que el inicio de sus fiestas tenía un halo de solemnidad que a algunas personas les resultaba inquietante. La señorita Gay, ataviada con un vestido de una tonalidad de verde demasiado viva, se situaba más cerca de la puerta, y luego los invitados se acercaban a su tío, una figura circunspecta sobre un fondo de palmeras y aspidistras.

Al estrechar la mano de Adam, la señorita Gay comentó que no habían tenido el gusto de verlo desde hacía mucho tiempo.

—Desde el domingo pasado en la rectoría —añadió—. Así que me pregunto qué genial obra le ha brindado al mundo desde entonces.

Adam contestó, cortante, que difícilmente sería posible crear una obra genial en cinco días. Cassandra esperaba que no se pusiera maleducado con nadie, ni tonto. Siempre la hacía sentirse incómoda, sobre todo cuando todo el mundo esperaba que ella se tomara en serio a su marido. En lugares como Up Callow, las esposas siempre se tomaban en serio a sus maridos, al menos en público.

Entraron en el salón y Adam se puso a charlar de críquet con el rector. Instantes después se sentaron para jugar al bridge. Eran justo dos mesas sin la señorita Gay, que había convenido en quedarse fuera un rato. El señor Paladin se había retrasado y llegaría de un momento a otro.

—Rockingham cree que sus coadjutores no deberían ser demasiado frívolos —le comentó en confianza la señora Wilmot a Cassandra—, y, como sabe, el señor Paladin es joven. Necesita la guía de una persona mayor.

Cassandra consideraba que el pobre señor Paladin era un joven tan serio que resultaba imposible imaginar que supiese siquiera de la existencia de algo como la frivolidad. En cualquier caso, aquí, en Up Callow, habría tenido pocas posibilidades de ser frívolo. En vez de al señor Paladin, a quien había que vigilar era más bien a la señorita Gay.

En ese momento sonó el timbre de la puerta principal y acto seguido entró el señor Paladin. Era un joven moreno y con gafas al que no le gustaban las reuniones para jugar al bridge y que, sin duda, habría preferido pasar la tarde en su habitación leyendo el comentario de Lightfoot a la Epístola a los gálatas, pues era su intención ascender y no conformarse con el puesto de sacerdote parroquial, e incluso poseía algunos de esos talentos especiales que la señora Wilmot veía en su marido. El señor Paladin había sido muy aplicado durante su estancia en Oxford, y, al cabo de tres años, se había visto recompensado con una media de sobresaliente en la carrera de Teología.

Al entrar en la habitación comprobó horrorizado que, de las nueve personas, ocho estaban jugando al bridge, y la que quedaba no era otra que la mismísima señorita Gay. Y para colmo de males, con el fin de no molestar a los jugadores, ella se puso a hablarle en un susurro lleno de emoción que lo obligaba a responder del mismo modo. Aquello confirió a su conversación una especie de fingida intimidad, por lo que temas como el tiempo y las preciosas aspidistras quedaron de algún modo aparcados, y en su lugar se pusieron a debatir el más terrible de todos para un joven nervioso como él: ellos mismos.

—Hace mucho que no lo veo —afirmó la señorita Gay frunciendo un poco los labios.

—No, es cierto…

—Casi me preguntaba si no me estaría evitando. —Dicha frase fue pronunciada con tantos remilgos que el señor Paladin retrocedió visiblemente.

—Ay, señorita Gay, por favor…

Tras varios comentarios más de ese tipo, el señor Paladin hizo un gran esfuerzo por reconducir la conversación hacia cuestiones más razonables.

—Al llegar me he fijado en sus palmeras —declaró él con un tono de voz de lo más impersonal.

—Sí, ¿no le parecen preciosas? Pues las que tenemos en el invernadero son todavía más bonitas. ¿Le gustaría verlas? —preguntó ella con dulzura.

El señor Paladin no tenía ahora más alternativa que acompañarla sin rechistar, él solito se lo había buscado. Juró que jamás volvería a mirar una palmera sin experimentar sentimientos de aversión, excepto, claro está, las que se usaban para decorar la iglesia el Domingo de Ramos, aunque esas estaban convenientemente muertas y secas.

En el invernadero hacía mucho calor y las calas desprendían un fuerte olor, algo que al señor Paladin le recordó a un funeral.

—Aquí están las palmeras de las que le hablaba —anunció la señorita Gay con voz triunfal.

—¡Pero si son idénticas a las del vestíbulo! —exclamó él, indignado, pues cuando cayó en la cuenta de que lo había llevado hasta allí con falsos pretextos, la ira se apoderó de él.

La señorita Gay se echó a reír con estudiada timidez.

—Ustedes los hombres son todos iguales —declaró—, están tan ciegos… —Estas últimas palabras las pronunció con tal tono de persistente ternura que al joven coadjutor le resultaron de lo más alarmantes.

El señor Paladin opuso entonces una caballerosa resistencia.

—Sé que soy miope, pero la verdad es que no veo ninguna diferencia — argumentó con cortesía—. Aunque tal vez las del vestíbulo tengan las hojas más largas. Resultaría interesante compararlas. —Hizo un movimiento hacia la puerta—. Supongo que les hará falta alguien que juegue al bridge — añadió, con una firmeza poco habitual en él.

Mientras regresaban al salón, fue recuperando la confianza en sí mismo. Se sintió como un personaje de La reina hada, uno de los que se resistieron con éxito a las tentaciones del Rincón de la Gloria, pensó, confuso. Ahora podía permitirse hablar tranquilamente de las palmeras e incluso acompañó a la señorita Gay al vestíbulo y midió las hojas con actitud ceremonial.

La señorita Gay se sintió desairada. Eso era lo peor de estos jóvenes coadjutores sin experiencia, se dijo a sí misma. Siempre interpretaban en sus ideas y acciones más de lo que significaban. Claro que un hombre de mundo, alguien como Adam Marsh-Gibbon, por ejemplo, seguramente habría protagonizado una huida menos torpe del invernadero. La señorita Gay le lanzó una mirada de enojo al señor Paladin y regresó a las mesas de bridge, donde continuaron jugando hasta que se sirvió el refrigerio.

Como de costumbre, Adam era el centro de atención, y todo el mundo le hacía preguntas.

—Entonces cuéntenos, por favor, de qué trata su nueva novela —lo exhortó la señorita Gay—. ¿O es esa una de las preguntas que no deberían hacerse?

Adam sonrió con condescendencia.

—Verá, creo que puedo anticiparle que trata de un jardinero —respondió.

Se produjo un breve silencio, durante el cual, para horror suyo, Janie Wilmot dejó escapar una risita de colegiala. Se ruborizó, pues se le había venido a la cabeza su jardinero, el viejo Wilkinson, y lo gracioso que sería que escribieran una novela sobre él. ¿Qué pensaría el señor Marsh-Gibbon? Janie bajó la vista a sus zapatos y deseó que la moqueta, con su estampado de enormes rosas marrones, se la tragara. A continuación, con alivio, oyó risas sonoras y sin reparos. Cassandra también reía.

—Ay, Adam —intervino esta con timidez—, ¿por qué no eres más explícito? Dicho así sin más suena muy ridículo. No he podido evitar pensar en Rogers y el viejo Wilkinson. Mi marido no pretende convertirse en un escritor humorístico —explicó al grupo—. No lo malinterpreten.

—A mí me ha parecido que sonaba muy bonito —declaró la señorita Gay con frialdad.

—En mi opinión es una idea bastante original —intervino el señor Morrison con aire dubitativo—. ¿Tal vez sea algo al estilo de Mary Webb?

—Bueno —respondió Adam, que en realidad estaba más interesado en los aperitivos—, es bastante difícil de explicar.

Dicho lo cual, la señorita Gay mostró su comprensión mediante una interjección particularmente sonora y le dirigió una mirada emponzoñada a Cassandra, que seguía sonriendo.

—Estoy tratando de reflejar que a este jardinero le afectan lo que Wordsworth denomina «las formas bellas y permanentes de la naturaleza» — explicó Adam.

Todos sonrieron abierta y elogiosamente, lo que no significaba por fuerza que lo hubiesen entendido. Aquello era sin duda algo muy distinto a la simple jardinería.

—¿Cómo reflejará este efecto? —preguntó con sinceridad el señor Paladin—. Si no recuerdo mal, Wordsworth creía que, en la vida humilde y rural, por citar sus propias palabras, «las pasiones básicas del corazón encuentran un terreno mejor para alcanzar su madurez, se ven menos limitadas y hablan un lenguaje más sencillo y enfático…». Me preguntaba si usted opina lo mismo —expuso con deferencia, pues nunca había leído ninguna de las novelas de Adam y no sabía muy bien dónde situarlo.

A Cassandra la divirtió y la conmovió su humildad.

—Creo que hay algo de verdad en eso —declaró Adam despacio, y luego devoró un sándwich de huevo y berros de un bocado—. ¿No está de acuerdo conmigo, señorita Gay?

—Sí, sí, lo estoy, lo estoy. Me he fijado muchas veces en lo apasionadas que son estas personas rústicas —afirmó con seriedad.

El rector pareció escandalizado.

—¿Y qué me dice del lenguaje? —se apresuró a preguntar—. ¿Escribirá su novela en dialecto? Creo que eso causaría el rechazo de muchos, si me lo permite.

Adam lo miró con desdén.

—Será una novela contemplativa —dijo con grandiosidad.

—Pero ¿y qué me dice de los demás personajes? ¿No hablarán? — preguntó el señor Paladin.

—Solo hay un personaje —aclaró Adam—, el jardinero.

Se produjo un silencio taciturno tras esta afirmación, pues todos pensaron que parecía una novela deprimente. No obstante, por algún motivo, sentían que la presencia entre ellos de un autor, aunque fuese el autor de novelas ilegibles, le daba cierto caché a Up Callow.

—Sírvanle café a la señora Marsh-Gibbon —ordenó el señor Gay, rompiendo el silencio. Opinaba que Adam Marsh-Gibbon era un idiota y lo envidiaba por tener a Cassandra, una mujer rica y además encantadora. Suspiró y le pasó a ella la taza.

La señorita Gay seguía interesada en la novela de Adam.

—Solo un personaje —repitió pensativa—. Eso es muy poco habitual, ¿pero no cree que debería haber un aliciente amoroso?

—Mi mujer me ha dicho que eso haría la novela más humana —declaró Adam—, pero yo creo que lo desviaría del principal propósito del libro.

—Estoy segura de que su mujer debe de serle de gran ayuda en su escritura —afirmó con afecto la señora Gower.

—Me temo que lo único que puedo hacer es asegurarme de que esté bien alimentado —declaró Cassandra entre risas.

—Siempre he pensado que a un escritor le debe de ser de gran ayuda una esposa que comparta sus inquietudes intelectuales —comentó la señorita Gay.

—Yo habría pensado que es más importante estar bien alimentado — replicó su tío—. Me imagino que el refrán «Muchos cocineros arruinan el puchero» podría aplicarse a la escritura tanto como a cualquier otra cosa. El puchero poético o literario sale mejor si lo cocina una única persona.

Cassandra sonrió al señor Gay, encantada con esta preciosa comparación que le permitía pensar en las obras de Adam como si fueran un estofado irlandés o un guiso de Lancashire.

—Creo que en realidad no tengo inquietudes intelectuales —afirmó Adam para sorpresa de todos, bajando de sus alturas y mostrándose de repente más humano—, y, de tenerlas, las mías son las mismas que las de Cassandra.

—Bueno —intervino el señor Gay con cordialidad—, ¿otra mano de bridge? Nos toca la revancha, ya sabe —añadió frotándose las manos.

Siguieron jugando hasta casi medianoche, cuando el rector y su esposa se levantaron para marcharse. Janie se estaba quedando dormida, y tan temerosa estaba de tener que ser la pareja de juego de Adam Marsh-Gibbon que no había podido disfrutar mucho de la última parte de la velada.

—No me sienta bien trasnochar —dijo el rector, dirigiéndole una mirada cargada de intención al señor Paladin, que aún no había hecho ademán de moverse.

—Verá, rector, espero que no se lleve al señor Paladin con usted — intervino la señorita Gay—. ¡No olvide que solo se es joven una vez! — cacareó.

Al oír aquello, el señor Paladin se juró que, si por él fuera, renunciaría ipso facto a los años de juventud que aún le quedasen. Nunca le habían atraído demasiado el hedonismo ni la frivolidad, y jamás le habían parecido tan poco atractivos como en ese momento. Se levantó y empezó a darle las gracias muy amablemente a la señorita Gay por una velada deliciosa.

—Sin duda tendré el gusto de verla el lunes en el ensayo de la Sociedad Coral —declaró con naturalidad. Consideraba que no corría ningún riesgo al decir aquello, pues creía tener ahora la sartén por el mango y poder permitirse ser magnánimo con ella.

La señorita Gay pareció satisfecha y no hizo nada por entretenerlo. En vez de eso, sus pensamientos se adelantaron de un salto hasta el lunes, y planeó cómo haría para que él la acompañara a casa después del ensayo y cuáles serían sus temas de conversación.

Con una sonrisa remilgada acompañó a las señoras a la planta de arriba para que recogieran sus abrigos.

—Me comenta su marido que ha estado enfermo —dijo dirigiéndose a Cassandra—. Ya decía yo que lo veía algo desmejorado.

—Ah, en realidad no fue nada, solo un leve enfriamiento —contestó, cortante.

—Pues no podemos permitir que enferme nuestro genio. Debería cuidarlo más —sugirió medio en broma la señorita Gay, pero con un deje de malicia en la voz.

—Hago lo que puedo —dijo Cassandra suspirando, pues se sentía demasiado cansada para bromear y la señorita Gay le parecía muy entrometida—. A veces es difícil estar casada con un genio —añadió, intentando sonar desenfadada.

—Seguro que lo es —convino comprensiva la señorita Gay—. De hecho, opino que esos hombres no deberían casarse con nadie.

Cassandra puso cara de sorpresa.

—¿Ah, no? ¿Entonces qué sugiere usted? —preguntó como una tonta.

—Un gran artista necesita la inspiración de muchas mujeres —respondió la señorita Gay de forma evasiva—. Piense en Shelley, por ejemplo —añadió, lanzándole una mirada penetrante a Cassandra.

«Ay, por favor, no nos venga ahora con Shelley», pensó Cassandra cansada.

—Supongo que me estará esperando abajo —atajó—. Ha sido una fiesta de lo más agradable. Espero que usted también nos visite en alguna ocasión.

—Debemos hacer todo lo posible para acoger al nuevo inquilino de Holmwood —declaró la señorita Gay, dejando el tema de Adam como un perro deja un hueso, con la intención de volver a él más tarde.

—¿Sabe usted algo sobre él, o ella, o ellos? —preguntó Cassandra, dando muestra de su interés.

—Él —dijo la señorita Gay con tono grave y entusiasta—. Sé de buena tinta que se trata de un hombre.

En la planta de abajo, Adam charlaba sobre su novela con un señor Gay que parecía cansado. Tal vez si accediera a cortarse el pelo, pensó Cassandra con objetividad, la gente tendería menos a etiquetarlo como un gran artista.