Extranjeros, bienvenidos

Barbara Pym · Capítulo 22 de 26

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Extranjeros, bienvenidos

Capítulo 22

 

«Digan, digan vuestras mercedes, pacatos de la virtud,

los que más, ¿qué habrían hecho ustedes?».

Cuando el grupo se distribuyó por el tren a la mañana siguiente, Cassandra fue a parar al mismo compartimento que el canónigo y la señora Morgue, el reverendo y la señora Langbaine, y la señorita Edge. El que ella ocupase su lugar entre los miembros más importantes de la expedición se había producido con absoluta naturalidad. Era una prueba de que aquel era su sitio. Una vez más volvía a ser una mujer casada y respetable, y el grupo la había aceptado como una más sin dudarlo. Iba a encontrarse en Budapest con su marido, que escribía libros, pero era probable que nunca hubiesen oído hablar de ellos, pues él no era exactamente lo que podía decirse famoso. Cassandra, ahora conocida como la señora Gibbon, vivía en Shropshire.

—Supongo que nunca han estado en el condado —añadió esperanzada, y dio las gracias al cielo al comprobar las sonrisas embarazosas que se dibujaban en los rostros de sus acompañantes al admitir que estar, lo que se dice estar, no, no habían estado nunca.

—Es que nos queda lejísimos —alegó el canónigo Morgue—. Esa es nuestra única excusa para no haber visitado nunca su condado.

Cassandra dejó escapar un pequeño suspiro de alivio. En cierto modo se había imaginado que el canónigo conocería al rector de Up Callow o a algún otro clérigo de Shropshire. Echó un vistazo por el compartimento con una sonrisa de felicidad. Esa mañana no había tardado en trabar amistad con la señora Langbaine, y se había mostrado muy comprensiva con su indisposición la noche anterior, también había lamentado que se perdiera la animada cena y se hubiese retirado a su habitación con nada más que una taza de Bovril como sustento.

La señora Langbaine era una mujer pequeña y dicharachera. Se estaba burlando de su marido por «haberse quedado prendado de la señora Gibbon».

—Menos mal que Willie tiene una legítima esposa —declaró con tranquilidad. Era obvio que cosas como el señor Tilos o su equivalente femenina eran algo completamente desconocido para ella y los círculos en los que se movía.

«Por lo tanto —pensó Cassandra—, imagino que me puedo sentir a salvo porque Adam tiene una esposa y Cassandra tiene un marido». Le supuso un consuelo caer en la cuenta de que, al fin y al cabo, el matrimonio podía considerarse como algo que realmente unía a las personas, por lo que, aunque Adam estuviera trabajando en la Bodleiana y Cassandra se encontrara en un tren en algún punto entre Bélgica y la frontera alemana, seguían perteneciendo el uno al otro. ¡Oh, bendito matrimonio!, pensó Cassandra. Los poetas deberían escribir sobre él más a menudo. Aquí estaba ella, recorriendo este pesado trayecto hasta Budapest para convencer a Adam de que las cosas tenían que cambiar, y ahora descubría que lo que más deseaba era que todo siguiera igual que antes, reposando en la estabilidad de lo verdadero.

¿Qué iba a hacer ella en Budapest cuando llegase? Ahora que le había dado esquinazo al señor Tilos, se estaba fugando sola, por así decirlo. ¿Cómo se las arreglaría en la ciudad del amor? Seguro que encontraría una buena guía turística, pero cuántos problemas se habría ahorrado si no hubiera ido.

El tren se aproximaba a Fránkfort y tenía que despedirse de sus amigos y continuar por su cuenta, pero le reconfortaba saber que el señor Tilos ya no merodeaba por allí.

—Adiós a todos —se despidió— y muchísimas gracias por ser tan amables conmigo. He disfrutado muchísimo viajando con ustedes —declaró con total sinceridad.

La señorita Edge le estrechó las manos.

—Adiós, querida. Y recuerde, si pasa cerca de Santa Mónica, por favor, venga a vernos. Y espero que disfrute mucho en Budapest.

El tren comenzó a salir de la estación mientras oía la voz del canónigo Morgue, que decía:

—Ahora iremos todos en autobús al hotel Schweizerhof…