Kehinde

Buchi Emecheta · Capítulo 10 de 24

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Kehinde

10 La partida

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La partida

 

Tras su ambivalencia inicial, todo el mundo se quedó sorprendido por la súbita decisión de Kehinde de volver a Lagos. Su opinión, ahora, era que Albert podía regresar y vender la casa él mismo. Ella no pensaba seguir en Londres, dando pábulo a que cualquiera pudiera difamar su nombre simplemente porque ya no estaba bajo la protección de ningún hombre.

¡Mira a Moriammo, su amiga! De pronto estaba demasiado ocupada para responder al teléfono. Cuando Kehinde aparecía en su casa, era Tunde quien abría la puerta, para informarla de que Moriammo había ido a ver a una tía suya, cuando Kehinde jamás había oído decirle que tuviera ninguna tía. Sin embargo, intentó explicarle la pérdida del cochecito, pero Tunde la hizo callar con un condescendiente gesto de la mano. Bajo su mirada, Kehinde se sintió pequeña y humillada, pero por su amiga, por respeto a Moriammo, ahogó cualquier reacción. Sin embargo, le pareció injusto. Ella no le había dicho al ladrón que viniera y se llevara el cochecito, ¿por qué la castigaba, entonces?

Comprendió hasta qué punto se la marginaba socialmente cuando invitó a un puñado de amigos a celebrar su cumpleaños. Varios ni siquiera se molestaron en llamar para excusarse, por no hablar de asistir. Amaka, su marido, Michael Gibson y unas cuantas personas a las que veía a menudo fueron los únicos que respondieron a su invitación. Michael Gibson comentó con preocupación:

—Y la señora del cochecito, ¿no ha podido venir a la fiesta?

—No era una fiesta —le soltó Kehinde con cierta brusquedad—, sólo una pequeña reunión. —Estaba demasiado dolida como para hacer algo más que susurrar—: Y de todos modos, no la invité.

Gibson se retiró, preguntándose cuál era la diferencia entre una reunión y una fiesta. No podía saber que la mente de Kehinde había retrocedido a la pródiga fiesta de despedida que dieron cuando la marcha de Albert: la comida, las ropas, la música… Le pareció que habían transcurrido siglos, pero apenas hacía dos años. Se quedó asombrada ante lo desmemoriada que era la gente. Ella había sido una anfitriona generosa con sus amigos, pero ¿dónde estaban sus amigos ahora?

Le parecía que sin Albert era media persona. Incapaz de soportar el lacerante silencio, se hundió en la depresión, que se acentuó cuando Amaka, de entre todas las personas, dio en compadecerla.

—Hoy tiene un aspecto horrible, ¿se encuentra bien, mami?

En Nigeria, llamar mami a una mujer un poco mayor era un término cariñoso que daba a entender que la persona a quien uno se dirigía era tan querida como su propia madre, pero allí, en Londres, el apelativo desconcertó a Kehinde. ¿Por qué Amaka había empezado a llamarla así? Estaba fuera de lugar en un entorno donde todo lo relacionado con envejecer era tabú. Kehinde no podía decir: «Amaka, por favor, no me llames mami. No tengo edad suficiente para ser tu madre». Habría sonado patético y ridículo. Kehinde incluso imaginó lo que Amaka y su marido dirían de ella:

—Hoy llamé «mami» a Kehinde, y me dijo: «Yo no soy tu madre».

Una carcajada, y la respuesta de Oseloke:

—Bah, se está haciendo vieja. Quizá no se dé cuenta.

No, no dejaría entrever ninguna inseguridad. Mantendría la cabeza alta, como una mujer igbo, una mujer que tiene dos espíritus en su interior.

Una semana después se tropezó con Moriammo. Quizá fueron imaginaciones suyas, pero Moriammo se comportó como una niña a la que cogen robando un trozo de carne del puchero de su madre. Kehinde la persiguió, llamándola:

—¡Madre de Olumide, Moriammo! ¿Qué te pasa? ¿Qué he hecho?

Finalmente la alcanzó y le cogió la mano, y observó que Moriammo parecía un poco desaliñada. Bueno, Kehinde podía comprenderlo, todavía estaba en casa cuidando de Olumide. Y Tunde no aprobaba que las mujeres se arreglaran sólo para ir al mercado a comprar carne y quingombó. Kehinde recordó esta broma: «¡Quingombó y carne allí donde mires!». Olumide debía de haber mejorado las relaciones entre Tunde y Moriammo, algo que solía ocurrir con frecuencia. Por fin Moriammo se estaba convirtiendo en la buena esposa musulmana que Tunde siempre había querido que fuera. ¿Quién era ella para irrumpir en su armonía?

Kehinde se sintió de nuevo marginada socialmente, asomándose al mundo pero sin pertenecer a él, pero, por los viejos tiempos, iba a averiguar el motivo. Esta vez no tenía enfrente a Amaka, una mujer demasiado joven para ponerla a prueba.

—Moriammo, mucho tiempo sin vernos. Ni siquiera venido a mi fiesta de cumpleaños. ¿Qué de nuevo, amiga?

—Pero yo enviado postal a ti, abi, ¿no llegado?

—¿Postal? ¿Quién quiere postal? Si yo quiero postal, yo compro postal. Muchas, muchas postales en tiendas. Yo quería que tú venir, no postal. ¿Es que yo hecho algo malo, amiga?

Lágrimas indeseadas recorrieron la cara de Moriammo. Estaban en mitad de la calzada, y la gente que hacía sus compras las esquivaba. Un carnicero, delante de cuya tienda se encontraban, salió con su delantal manchado de sangre para preguntar:

—¿Podrían cambiar de sitio? Me están bloqueando el escaparate.

Entre la carnicería y la estafeta de correos, que llevaba una familia asiática, había un pequeño callejón, y sin decir palabra se dirigieron hacia allí. Ninguna de las dos estaba de humor para discutir con el carnicero, cuyos brazos ya estaban en jarras, listos para la riña.

En la relativa intimidad del callejón, la lengua de Moriammo se desató. Se despachó contándole a Kehinde las cosas tan poco halagadoras que Tunde había dicho la noche en que le robaron el cochecito, sin tener la presencia de mente para censurar nada.

Kehinde se quedó atónita. Así que todos esos años Tunde sólo les había tolerado, a ella y a Albert. Pero ¿por qué? Económicamente las cosas no les iban mejor, o sólo un poco. Entonces ¿por qué ese encono? Kehinde había perdido el hilo del monólogo de Moriammo cuando la oyó decir:

—Te llamaré pronto. Debo irme. —Y se escabulló, desapareciendo entre la multitud del mercado.

—Gracias a Dios que no ha dicho que lo sentía, eso me habría matado. Moriammo —Kehinde se lamentó en voz alta—, ¿cuánto hace que te conozco? Casi veinte años, durante los cuales nos hemos enfadado y perdonado más veces que las proverbiales cuarenta y nueve veces nueve.

Otros cincuenta años no borrarían la conmoción que sintió aquella húmeda mañana de sábado en la calle del mercado de Stratford. De pronto el mundo era mucho más complicado de lo que le había parecido hasta entonces. Ahora era una mujer perdida, como aquella transeúnte que había condenado cuando iba cubierta de pieles y ronroneando como un gato mimado en el jaguar de Albert. Preguntándose cuál sería la historia de esa mujer, se olvidó de que había salido a comprar. Le pesaban los zapatos. ¿Se hallaba en esa situación por su culpa o por la de Albert? No había cometido ningún crimen, ¿por qué entonces todos la señalaban como culpable? No había abandonado a su marido, él simplemente había vuelto a su país antes que ella, para empezar a construir su nueva vida en Nigeria. Ella formaba parte de esa vida, y pronto se reuniría con Albert.

Alargó el brazo muchas veces antes de reunir el valor suficiente para telefonear a Mary Elikwu. No tenía ni idea de lo que iba a hablar con ella. ¿Iba a preguntarle lo que significaba ser rechazada? Comenzó a comprender cómo se sentían las viudas, no sólo ante la pérdida de sus maridos, sino también de sus amigos. Mientras sonaba el teléfono, Kehinde comenzó a sentirse insegura de sí misma, y recordó la manera en que había tratado a Mary Elikwu en la fiesta. Estaba a punto de colgar cuando un niño cogió el teléfono, anunciando sin aliento que mami se había ido a una manifestación en favor de la leche gratuita.

—¿Leche gratuita? ¿Qué leche gratuita?

Hubo una lucha al otro lado de la línea. Un niño mayor cogió el auricular y habló cortésmente:

—Lo siento, señora. Mamá es miembro del Grupo de Familias de Un Solo Padre, y la primera ministra quiere dejar de darnos leche gratis. Todos los padres se reúnen para planear una campaña. ¿Quién le digo que ha llamado, tía?

—Dile simplemente que ha llamado Kehinde Okolo.

Mientras colgaba el auricular, fue consciente de lo aliviada que se sentía por no haber encontrado a Mary.

Al lunes siguiente, Kehinde comunicó en el trabajo que se marchaba. Sus escasos colegas femeninos se quedaron de piedra, pues Kehinde era buena en su puesto, y también parecía feliz. Hacía tiempo que había aprendido a no prestar demasiada atención a las cínicas insinuaciones de sus compañeros de trabajo. Cuando Moriammo pidió un año sabático para tener el bebé, pensó que se sentiría sola, pero no había sido así. A la hora del almuerzo se juntaba con dos operadoras de ordenador que generalmente se traían unos bocadillos de casa. Ahora ellas intentaban hacerle comprender que trabajos como el suyo eran difíciles de encontrar.

—Con todo el paro que hay, muchos hombres se mueren por ocupar nuestro lugar —dijo Belinda. Pero Kehinde ya había tomado su decisión.

Un día, a la hora del almuerzo, sus colegas le dieron un regalo de despedida y le desearon buena suerte. Su jefe directo, Arthur, intentó tomarle el pelo a causa de sus razones para marcharse.

—K debe de añorar a su hombre. Le echa de menos, ¿no es cierto?

Aun cuando Kehinde había trabajado con él durante más de diez años, Arthur nunca la llamaba por su nombre completo, tomándose a broma su ineptitud para pronunciarlo correctamente. Ahora Kehinde se daba cuenta de que se estaba riendo de ella.

—Probablemente vuelve a su país para tener un bebé, como su amiga — siguió diciendo Arthur.

—Vuelvo a mi país. ¿Qué hay de malo en ello? Nunca tuve intención de quedarme aquí para siempre —contraatacó Kehinde, sin querer reconocer que, dejando aparte a su familia más directa, llevaba fuera demasiado tiempo como para que su ausencia le importara a alguien. Arthur simplemente arqueó las cejas y se encogió de hombros, un gesto que poco hizo para ocultar su indiferencia. A Kehinde le entregaron un reloj de sobremesa chapado en oro con una tarjeta firmada por todos sus colegas. Su sustituto era un joven blanco y entusiasta, obviamente muy popular entre las empleadas más jóvenes. Por un momento Kehinde se preguntó cómo se las arreglaría Moriammo sin ella cuando regresara del permiso de maternidad.

Cuando Kehinde intentó telefonear a Albert para decirle lo que había hecho, se encontró con que la línea no daba ninguna señal. Kehinde había olvidado que en Nigeria las comunicaciones eran algo que podía funcionar o no. Dejó un mensaje a uno de los primos de Albert, y éste la llamó al día siguiente. Estaba tan enfadado que apenas podía hablar, y acusó a Kehinde de estar loca por pensar en abandonar su trabajo.

—Ya lo he dejado —le gritó Kehinde en el eco de la línea. Al menos podría hablarle con un poco de educación, considerando que estaba llamando desde la sala de estar de un pariente. El que ella pensara que tenían algo que ocultar ante Egbuze y su mujer enfureció aún más a Albert. Kehinde ni siquiera había aprendido a hablar de sus parientes, y sin embargo ya regresaba a casa. Debería volver a su trabajo, intentar vender la casa y esperar a que él enviara por ella.

—¿No me echas de menos, Albert? —casi gimoteó Kehinde, y al instante sintió ganas de matarse por tal debilidad.

—Antes de marcharte tienes que dejarlo todo en orden —dijo Albert como última palabra.

—No quiero dejarlo todo en orden. —Kehinde estaba a punto de llorar—. Quiero que estemos juntos. Quiero ver a mis hijos. Os echo de menos a todos. Hace dos años que te fuiste, ¿es que lo has olvidado?

Fuera cual fuera la respuesta de Albert, se cortó la comunicación y sus palabras se perdieron, y Kehinde se encontró con la mirada vacía fija en el auricular.