Kehinde
15 Decisión
15
Decisión
Los días siguieron a noches que eran cálidas y pegajosas, y en las que a Kehinde le resultaba difícil dormir, dando vueltas en su cama empapada de humedad y aguardando la mañana, con la esperanza de que el nuevo día trajera algo diferente. Le resultaba difícil describir sus sentimientos, incluso a sí misma. Estaba esperando algo, pero no podía decir el qué.
Albert se había ido al norte, con lo que la casa estaba silenciosa, con excepción de Grace, la doncella de Rike. Cuando Rike estaba en la universidad, las subidas y bajadas de la voz de Grace llenaban la casa procedentes del patio trasero, cantándoles a los bebés que estaban a su cuidado, o riendo y coqueteando con los sirvientes de la casa contigua que se encontraban en el patio.
Kehinde no podía hacer acopio de energía para interferir. El comportamiento de Grace era simplemente un reflejo de la actitud de los empleados hacia Kehinde, e indicaba la baja consideración que le tenían en la casa. Era la primera esposa, la señora que había triunfado en el extranjero, pero no trabajaba ni tenía influencia sobre Albert. Los sirvientes se daban cuenta, y la trataban con una insolencia apenas disimulada.
Kehinde consideró el día que tenía por delante, sola en la casa con los sirvientes, la única persona sin nada que hacer. Recordó a Moriammo diciéndole mucho tiempo atrás: «Y si no, quedar en casa y jugar a ser gran señora». Pensó en las mujeres blancas que venían a África con sus maridos, sin nada que hacer excepto pasar el rato, y se preguntó cómo podían tolerarlo. Se sentía inquieta por algo que iba a ocurrir.
—Grace…, Grace —llamó. La carcajada se interrumpió, pero no hubo respuesta. Kehinde podría haber ido a buscar su propia agua para el baño, pero eso habría significado admitir su falta de posición en la casa. Tenía que mantener una pizca de dignidad. Haciendo un esfuerzo, llamó con autoridad —: ¡Grace! ¡Grace! ¿Abi, estás sorda?
—Sí, mamá, ya vengo. —Grace llamó a la puerta, limpiándose las manos en su lappa de estar por casa, en una ostentosa demostración de haber sido interrumpida en el trabajo.
—Buenos días, mamá. ¿Dormido bien? —preguntó Grace, jadeando como si hubiera tenido que correr para obedecer la llamada de Kehinde.
—Gracias. Trae agua para baño.
—Sí, mamá. Gracias, mamá. Después de baño, ¿yo preparo desayuno?
—No, gracias. Pero lava ropa de ahí. Y luego tiende bajo anacardo. El sol destiñe colores, rápido, rápido.
—Sí, mamá.
Completamente vestida, Kehinde deambuló hasta la habitación delantera. Ahí, sobre la mesita de café, había un sobre barato dirigido a ella. Lo abrió furiosa, para descubrir que era el resultado de una entrevista de trabajo realizada tres meses antes. El puesto había sido cubierto, y le deseaban suerte en otra parte, pero no añadían dónde. Se suponía que tenía que estar agradecida de que se hubieran molestado en decirle que no había conseguido el empleo.
Kehinde se mordió el labio inferior hasta casi sangrar. Ojalá le hubiera expresado su desesperación más claramente a Moriammo. Anhelaba regresar a Londres, pero era demasiado orgullosa para admitirlo, incluso ante sí misma. Sin embargo, confiaba en que Moriammo leyera entre líneas.
Mucho más tarde, cuando el enervante calor por fin comenzaba a remitir hacia la tarde, Rike llamó a su puerta.
—Mami, ¿está descansando? —preguntó—. Siento molestar, pero hay alguien en la sala de estar con un mensaje para usted.
A Kehinde se le encogió el corazón, pero se controló.
—Gradas, hija mía. ¿Has tenido un buen día? —preguntó, con una voz tan despreocupada que sonó irreal.
—Sí, ha sido bueno, gracias por preguntar, mami.
Kehinde se ciñó su lappa y salió de la habitación. Tocó a Ogochukwu en la mejilla y comentó:
—¿Por qué le llevas en brazos? ¿Dónde está Grace?
—Se nos ha acabado el gas, y Grace ha tenido que ir a comprar un nuevo cilindro.
—Oh, claro, aquí hay que comprar el gas por bombonas…
Rike, que no tenía ni idea de qué otro modo se podía conseguir gas, se encogió de hombros y siguió a Kehinde a la sala de estar. No iba a dejarla sola con el visitante. La portadora del mensaje era una joven que trabajaba de azafata en Nigeria Airways. Ella y Kehinde se habían conocido a través de Moriammo. Advirtiendo las intenciones de Rike, Kehinde invitó a la mujer a pasar a su propia habitación.
La joven la siguió. Era una nigeriana educada en una familia polígama, de modo que no había nada que explicar. Conocía la necesidad de esconderse del resto de la familia, especialmente de una esposa más joven.
—Tengo una carta para usted, señora —dijo con tono conspirador, mirando por encima del hombro. Kehinde tocó un sobre grande y blanco y supo que contenía algo más que una carta. Sonrió. La joven también sonrió.
—¿No quieres nada de comer?
—Gracias, pero no, mamá. Deberíamos haber llegado a Lagos la noche pasada, pero ya sabe cómo van nuestros aviones.
Kehinde asintió.
—Lo sé. Pero no importa. Esto es Nigeria…
En una carcajada, dijeron a coro:
—Por favor, sopórtalo con nosotros.
Kehinde abrió la carta tan pronto como la muchacha se fue. Moriammo le había enviado el importe del billete. Rápidamente le echó una ojeada a la carta, que sólo brevemente se refería al dinero.
«Esto es un préstamo a largo plazo, que me pagarás cuando puedas. ¡No te olvides de que las dos trabajamos en un banco durante diez años, y que no hay préstamo sin interés! Pero además, no permitas que el miedo a lo que dirá la gente te impida hacer lo que tu chi desee.
»La casa todavía sigue en el mismo sitio, y también sus inquilinos, aunque está un tanto ruinosa. El techo de la cocina se hundió tras una reciente tormenta, pero tu caribeño prometió repararlo. La última vez que le vi en el centro comercial me preguntó por ti. Creo que le gustas, ahora que estás tan lejos. Estos hombres son todos iguales, valoran lo que está fuera de su alcance. A mí también comienza a gustarme, ahora que le conozco mejor.
»La luna de miel con Tunde por el nacimiento de su heredero, Olumide, acabó hace tiempo. Le he asegurado la inmortalidad, de modo que ya no tiene por qué seguir complaciéndome. Además, Olumide nos está costando un dineral en niñeras. Pero ya me conoces, vive y deja vivir. No me quejo ni nada parecido. De hecho, me preocupa Tunde, el que alguien pueda ser tan tacaño, incluso consigo mismo. No se saltará un día de trabajo para no perderse esa estúpida comisión que les dan en Nigeria Airways.
»Es una suerte que Albert haya decidido volverse polígamo en Nigeria y no en Londres. Para ti habría sido mucho peor aquí. Por favor, vuelve todo lo pronto que quieras. Por cierto, el interés que mencioné anteriormente es una broma, lo digo en caso de que Nigeria te haya hecho perder el sentido del humor. Guarda el dinero. Es una manera de decir que siento ser una aguafiestas.
«Últimamente, tu señora Elikwu ha sido noticia. Acaba de publicar un libro de mitos y leyendas para niños, y es la portavoz de la campaña “Leche para nuestros hijos”. No creo que debas tenerla como un peso sobre la conciencia. Supongo que ya está al corriente de cómo somos las mujeres. Cuando estamos casadas, nos sentimos con ventaja sobre cualquier mujer que viva sola, aun cuando esta última sea un millón de veces más feliz. Estoy segura de que ella lo comprenderá. Dios te bendiga, hermana mía, y escribe pronto». Kehinde leyó la carta una y otra vez, y sonrió tras cada lectura. Moriammo debía de haber copiado la carta varias veces, pues Kehinde nunca había conocido a nadie con la educación de Moriammo que fuera tan perezosa a la hora de escribir en inglés. Moriammo decía que nunca había conocido un idioma con tantas reglas que pudieran romperse. En el caso de aquella carta, debía de haberse pasado horas corrigiendo los errores. Kehinde se sintió profundamente gratificada por el gesto de amistad de Moriammo. Por primera vez se le presentaba la oportunidad de huir de su situación actual. Miró su reloj. Todavía tenía tiempo de ir a la Ikorodu Grammar a ver a Bimpe y Joshua.
Una vez fuera de la casa, volvió la vista atrás y vio a Rike espiándola desde detrás de los visillos de tul. Kehinde sonrió. Le recordó a sus vecinos de Londres.
El portero de la escuela la recibió a regañadientes, objetando que las cinco de la tarde no era hora de visitas, y que los estudiantes estaban ocupados haciendo sus deberes. La súplica de Kehinde afirmando que era urgente no consiguió conmoverle, pero un billete doblado y deslizado con discreción en la palma de su mano, tal como había visto hacer a Albert en el aeropuerto, le transformó en un instante. El portero hizo varias inclinaciones de cabeza, dándole las gracias repetidamente antes de desaparecer para ir a buscar a los niños.
—Eh, es mamá, es mamá, ¿qué ocurre? —gritó Bimpe.
Mientras se abrazaban, Kehinde se aseguró de que todo fuera bien, y les preguntó por su salud y sus estudios. Por turno, le explicaron que no tenían ningún problema en la escuela. A continuación hubo un breve silencio. Los niños sabían que Kehinde no había ido a verles en un día que no era de visita sólo para preguntarles por su salud. Kehinde dijo de pronto:
—Mirad, no deseo interrumpiros los deberes, pero quiero que sepáis que vuelvo a Londres.
Los niños se la quedaron mirando, y Bimpe puso cara larga.
—¿Te has peleado con papá? —quiso saber.
—No, no, nada de eso. Todavía está en el norte. Sólo quiero regresar, encontrar un trabajo y cuidar de nuestra casa. Tía Moriammo dice que se está cayendo a pedazos…
—¿No es papá quién debería hacer eso? —preguntó Joshua.
—Él tiene un buen empleo aquí, y una nueva familia… —explicó Kehinde tanteando la situación. Bimpe se echó a llorar.
—Pero tú eres la espina dorsal de la familia, mamá. ¿Por qué quieres huir?
—Bimpe, puedes venir siempre que quieras, ya lo sabes. —Kehinde se apresuró a tranquilizarla.
—¿Qué pasa con papá, él también puede venir, o vas a divorciarte de él a causa de Rike?
Kehinde se quedó estupefacta ante la perspicacia de Bimpe, pero todo lo que dijo fue:
—No, Bimpe, no es eso. Tengo que irme para no perder la razón. Moriammo me ha enviado dinero para el billete, y me marcharé pronto. Quiero que cuidéis el uno del otro, yo os escribiré. —Kehinde vio al portero merodeando por la puerta, así que abrazó a sus hijos rápidamente y se escabulló.
No fue tan fácil escabullirse de Ifeyinwa.
—¡Lo sabía! ¡Me lo temía! —exclamó Ifeyinwa—. ¿A Londres, a hacer qué? ¿Inglaterra es ahora tu país, abi?
—No, Inglaterra no mi país, pero yo quiero volver. Aquí no trabajo, nada. Sólo sentada en casa, esperando que Albert vuelva. Y cuando vuelve prefiere ver esposa más joven, no a mí. Yo quiero volver.
—Pero tú sabes historia de nuestros padres. Durante años nuestra mamá llevó pepitas de palmera al mercado por Asaba. Cuando acabado de venderlas, utilizado dinero para pagar escuela de nuestro papá. Cuando papá acabó escuela, volvió a Lagos y consiguió trabajo en ferrocarril. Por entonces, mamá ya no tan lozana para que papá poder presentar a sus amigos. Entonces papá casó con otra. Contar que entonces ella ir a nuestro papá y decir que si él amarla ella darle más pikin. Pero nuestro papá simplemente la evitó. ¡Pero ella ni pensó en dejar niños y escapar! Y yo diré algo más. Tú fuiste problema que acabó con ella. Y también comiste hermana tuya.
—Oh, por amor de Dios, Ifeyinwa. Estudiaste Biología en la escuela. ¿Cómo puedo haberme comido a mi hermana? ¿Y por qué es mi nacimiento lo que todo el mundo menciona en primer lugar siempre que intento hacer algo por mí misma?
—Sé que tú dolida porque Albert casado con otra mujer. Allí, en Londres, ser un hombre, una esposa. Pero aquí distinto. ¿Es que no tú no acuerdas del día que tú casaste, que tus padres decir: «Cuida de este hombre, al igual que de tus hijos, para que pueda ayudarte a criar a tus hijos»? Y así ser. Tú no sentimientos por nadie. ¿Y qué pasará con tus hijos?
—¿Joshua y Bimpe? Puedes juzgarlo por ti misma. Todos les quieren, las hermanas de Albert, e incluso Rike. Disfrutan de sus atenciones. Hoy he hablado con ellos, de modo que ya lo saben. Cuando llegue allí, veré si puedo encontrar algo, y los mandaré a buscar.
—Entonces quédate belle antes de irte, así tener otro hijo.
Las lágrimas acudieron a los ojos de Kehinde. Dijo con voz ahogada:
—No quiero más hijos. Me hice ligar las trompas.
Ifeyinwa puso unos ojos como platos y tragó saliva. A continuación se santiguó. Lo que Kehinde acababa de decir la dejó sin habla. Por una vez en la vida, Ifeyinwa no podía encontrar palabras con las que responder a su hermana.