Kehinde
12 Orígenes
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Orígenes
Fue antes de la estación de las lluvias, cuando tuvimos las largas vacaciones escolares. Como no había que ir a la escuela, solía ir al mercado con tía Nnebogo. Tenía que levantarme temprano para bañarme, y recuerdo que, aquella mañana, Olu, una de las hijas del casero, abrió la puerta del patio y dejó entrar a un par de desconocidos.
—Estas visitas vienen a ver a tu mamá, ¡y tienen un coche! —me susurró la niña muy excitada. Dejamos a los visitantes junto a la puerta de nuestra habitación, y ella y yo salimos corriendo a la calle para ver el coche. Era grande y negro, y allí, imponente, parecía un pato que albergara a sus crías bajo las alas. Corrimos alrededor de él, tocando sus protuberancias con admiración. Nunca antes habíamos visto un coche tan de cerca. De pronto recordé que sólo llevaba una toalla, y regresé al patio a toda prisa antes de que mamá me pillara.
Tía Nnebogo estaba de pie hablando con los dos desconocidos, y yo me detuve. Sin saber qué más decir, vociferé: «Soy Kehinde». El hombre de más edad rió y dijo:
—Sabemos quién eres. Date prisa y báñate, debemos llegar a Ibusa hoy, y debemos irnos antes de que haga demasiado calor. —Obviamente, observó la expresión de mi cara, pues siguió explicando—: Tu padre nos ha enviado un mensaje desde Sokoto pidiéndonos que te llevemos a casa. Tu hermana quiere verte antes de casarse. —Volviéndose hacia mamá, le dijo—: Sus compañeros de edad la pondrán al corriente de todo. Es un bebé de la guerra, ¿no es cierto?
Yo no sabía qué era un «compañero de edad», pero sabía cuándo había nacido: el 20 de agosto de 1943, y así se lo dije.
—Oh, ¿aún no has cumplido los doce? Las chicas de la costa parecéis tan mayores, ¿o es que tu tía te cuida muy bien? Tus compañeros de edad pertenecen al año en que el día se volvió medianoche.
Mamá nos cortó en seco.
—Kehinde, date prisa, ve a bañarte —ordenó—. Te espera un largo viaje. —Mientras me bañaba, ella puso mis cosas en un shuku y mis libros escolares en una bolsa de rafia. No me paré a pensar en ello, y tampoco observé la tristeza de mi tía. Estaba demasiado excitada ante la idea de conocer a mi padre, y a mis hermanos y hermanas, y obtener algunas respuestas a mis preguntas.
Junto a la puerta, mamá me abrazó y me dijo:
—Cuídate. Saluda a tu padre de mi parte. —Fue entonces cuando observé que tenía lágrimas en los ojos, pero yo ya estaba subiendo al asiento trasero del coche, hinchada de orgullo porque Olu me mirara con envidia. El hombre de más edad se sentó en el asiento del conductor y le dijo adiós a mamá, prometiéndole traerle a una chica cuando regresara de la aldea. De nuevo, no me paré a preguntar por qué mamá necesitaba otra chica para vivir con ella, cuando ya me tenía a mí. Yo estaba hipnotizada por el interior del coche, su olor y el tacto de la tapicería. Saludé a Olu como si yo fuera una reina mientras el coche maniobraba para salir de la calle y entrar en la carretera.
En un instante, pareció que las casas y las calles dejaban paso a la campiña. La vegetación verde y tupida, que era todo lo que yo podía ver desde el coche, se volvió monótona, y debí de quedarme dormida. Me desperté cuando alcanzamos las afueras de Benin, una mancha de casas cubiertas de polvo que esperaban a que la lluvia las lavara. El hombre de más edad, que dijo ser mi tío, me compró un paquete de trozos de llantén que fui incapaz de comer. Todavía lo tenía en la mano cuando llegamos a Ibusa, casi dos horas más tarde.
Había una gran casa pintada de amarillo, y vino gente corriendo desde todas direcciones. A los hombres que me habían traído les quitaron la cesta y la bolsa de rafia, dándole las gracias al que había dicho que era mi tío. Me sonrió y me dijo adiós. Subió al coche y se alejó.
En aquel mar de caras destacaba la de una niña. Era más flaca y mayor que yo, de otro modo habría pensado que era mi gemela: mi Taiwo viviente. Dio un paso hacia adelante y, abrazándome, dijo:
—Mi hermanita, sería capaz de reconocerte incluso en un mercado abarrotado. Bienvenida. Soy tu hermana mayor, Ifeyinwa.
—¿Nunca la habías visto? —preguntó una anciana señora que me sonreía y me sostenía mi Taiwo de madera. En su cara se entrecruzaban numerosas arrugas sonrientes.
—Nunca. Se la llevaron cuando nació. Luego papá fue trasladado a Sokoto, y nunca volvimos a verla.
La anciana sonrió, como si todas las sutiles y diminutas arrugas de su cara le dijeran: «No llores, no llores» a mi hermana. En voz alta dijo:
—Pero está viva y se encuentra bien. Mírala qué rolliza. Mira su piel, qué tersa y brillante. Mira sus ojos, lo suficientemente claros como para mirar las estrellas. Sécate los ojos, hija mía. No hay nada como tener una hermana para darle equilibrio a la vida. Cuando vivas en la casa de tu marido, entonces dejarás de crecer, y ella te alcanzará. Entonces seréis mujeres y hermanas, y vuestra amistad será más dulce que la miel.
Involuntariamente, mi cuerpo se estremeció. Una cosa estaba muy clara, Mamá Nnebogo no era mi madre, pero yo tampoco sabía dónde estaba mi madre. Ifeyinwa, mi hermana, me condujo al interior de la casa, a una habitación donde un hombre enorme y de piel oscura estaba sentado en una silla de cuero, bebiendo cerveza con otro hombre. Éste también tenía la piel oscura, pero era enjuto y fuerte, con los dientes manchados de tabaco. El hombre enorme vociferó:
—Entra aquí y dile hola a tu padre. ¿Eres realmente tú, mi hija? Los niños crecen tan deprisa. —Se volvió hacia el otro hombre y me presentó—: Ésta es la única de las gemelas de Elege que sobrevivió. La otra se fue con su madre.
—¿Así que hace mucho que no la veías?
—Sí, Sokoto está demasiado lejos. Me trasladaron después de que naciera. Vamos, ven a saludar a tu padre —volvió a dirigirse a mí.
—¿Eres tú mi padre de verdad? —dije, preguntándome por qué no me habían permitido quedarme con el resto de mi familia.
Los dos hombres rieron, y el amigo de mi padre exclamó:
—¡Niños de la costa! Responden a las preguntas con otra pregunta.
Me encontré sentada en el regazo de mi padre, mientras me presentaba a muchos otros niños, mayores y más jóvenes que yo, y me decía que eran mis hermanos y hermanas. Finalmente me presentó a una mujer alta y pálida, tan pálida que parecía una mulata. Tenía unos ojos verdes y fríos que no sonreían. Cuando mi padre le hablaba, ella miraba por encima de las cabezas de los hombres sentados.
—Ahora ésta es tu madre —dijo mi padre.
—¿Cómo? —grité—. ¿Cuántas madres tengo?
Volvieron a reír, pero el hombre sentado junto a mi padre percibió mi confusión y que no me gustaba que se rieran de mí. Dijo:
—Onuorah, explícaselo. En Lagos los niños sólo aprenden de los libros, sabes. Por eso es importante traerlos a casa de vez en cuando, para que así también puedan aprender de la vida.
Mi padre asintió, y comenzó:
—Esta señora es tu madre porque es mi esposa. Tu madre verdadera murió cuando naciste.
Dejó de hablar cuando vio la conmoción en mis ojos. De todos modos, yo no estaba tan afectada, pues de algún modo siempre había vinculado a mi madre con mi Taiwo, que estaba muerta. Perdí interés en el resto de la historia de mi vida.
Yo había anhelado conocer a esa misteriosa mujer, pero ahora que sabía que ya no existía, de pronto quería estar con la mujer que durante tanto tiempo había creído que era mi madre. Me pregunté cuándo me llevarían otra vez con ella.
Mi padre habló de nuevo:
—En nuestra cultura, pocas personas son educadas por sus verdaderos padres. Tu verdadera madre te llevó durante nueve meses, pero piensa en aquellos que llevan todos nuestros problemas, que nos dan de comer, nos consuelan a medida que crecemos. Estas mujeres también son nuestras madres. La señora que te ha cuidado desde que naciste lo hizo porque te consideraba su hija. Es mi hermana pequeña, aunque también es tu madre. Y esa señora de ahí —señaló a la anciana señora de las sonrientes amigas en la cara— es nuestra gran madre, porque es mi hermana mayor. Ifeyinwa es tu hermana, pero puedes llamarla incluso pequeña madre.
—¡Pero la gente culta llama a sus pequeñas madres «emaniita»! —dijo riendo nuestra gran madre, que estaba supervisando a uno de mis innumerables hermanos, que molía ñame.
Uno de los hombres que ahora estaban bebiendo con papá rió y dijo:
—Madre, no conozco tu nueva gramática.
—No estoy sorda. Entiendo cuándo la gente pronuncia palabras inglesas como «pueohacé», «uenodía», «emaniita», «dio», y más.
Todo el mundo volvió a reírse de las bromas de la gran madre a costa del inglés. Mi hermano Mark, que tenía quince años y podía aportar algo a la discusión de los adultos porque, según me dijo Ifeyinwa, estaba en el King’s College, añadió:
—Y según el inglés estándar, nosotros no somos los verdaderos hermanos y hermanas de Kehinde, pues nuestras madres son distintas, aunque tengamos el mismo padre.
Los hombres murmuraron, y uno de ellos exclamó:
—¿Habíais oído alguna vez semejante memez? Los hijos del mismo padre se llaman mutuamente solo «medio hermanos». No me extraña que el país de los blancos sea un lugar en el que cada uno va a la suya. —Todos volvieron a reír. Yo nunca había oído tantas carcajadas. Todavía estaba confusa. No comprendía por qué mi tía Nnebogo me había llevado lejos de mis hermanos y hermanas, ya fueran ellos medio hermanos o hermanos del todo. Me habría gustado crecer entre ellos, compartir esa familiaridad y esa intimidad. Tenía que ir con cuidado con lo que decía porque no quería que se rieran de mí, pero deseaba protestar, decir que cuando creciera sería como los blancos. Cuidaría sólo de mí misma, pues durante once años no supe de la existencia de mi familia. Pero Ifeyinwa me miró a los ojos y negó con la cabeza. Así que sonreí y me uní a sus carcajadas. Mi gran madre vio mi cara y comentó:
—¿No os parece que nuestra hija tiene el mismo gesto que Onuorah?
Por primera vez, la hermosa mujer de mi padre, la de ojos verdes y piel clara, se volvió de la sopa que estaba removiendo al fuego y me miró. Ni sonrió ni habló.
Ifeyinwa y yo muy pronto nos hicimos íntimas. Compartíamos una habitación con otros primos y hermanas, y yo dormía junto a ella en su enorme colchón, en el suelo. Era más cómodo que la colchoneta en la que dormía en casa de tía Nnebogo, en Lagos. Ifeyinwa me enseñó un tipo de amor e intimidad que nunca había experimentado.
—¿Por qué no me han dejado vivir con vosotros todo este tiempo? —le pregunté una noche. En voz baja, para no despertar a los demás, dijo:
—Creían que te habías comido a tu hermana en la barriga de tu madre. Los médicos le dijeron a nuestra madre que tomara algo para expulsarte, porque si no, moriría, pero ella dijo que quería que probaras la vida. Puesto que tú llevabas tu chi y el de Taiwo, dejarte morir habría significado matar a dos personas. Cuando ella murió para que pudieras nacer, también te dio su chi. Todo el mundo tenía miedo de cuidar de un bebé así. Esa mujer tan triste con ojos de serpiente se negó a tenerte con ella, porque temía que trajeras mala suerte a sus hijos. Pero tía Nnebogo te llevó con ella, y por lo que oímos, le trajiste buena suerte, y no mala. Pero hace poco escribió diciendo que no dejabas de preguntar por tu madre, y que ya no la aceptabas más. Si te hubieran dicho la verdad desde el principio, habrías sabido que tu auténtica madre había muerto y la habrías tomado por la madre que perdiste. Pero ellos guardaron el secreto, y naturalmente a ti te entró curiosidad. Creo que ahora tienen planeado enviarte a un internado. ¡Eres una chica con suerte! No soy tan inteligente como tú, pues he tenido que trabajar mucho en casa para ayudar a ojos-verdes y a sus innumerables bebés. Lo bueno es que mi marido trabaja en Lagos, y que tu escuela está en las afueras de Lagos, así que durante las vacaciones puedes venir a estar conmigo o con tía Nnebogo. ¡Pero la casa familiar de Sokoto! Buf, es como un zoo. Todo el mundo tiene hijos continuamente. No te gustaría quedarte allí.
—La mujer de nuestro padre no te gusta mucho, ¿verdad, hermana Ifeyinwa?
—¿Cómo te puede gustar una mujer que nunca sonríe, simplemente porque es guapa y tiene muchos hijos? No te preocupes, en cuanto acabes los estudios, en un par de años, encontrarás un marido que te quiera, y entonces fundarás tu propia familia. Encontrarás un buen partido porque tu padre va a darte una buena educación.
Esa noche lloré por la madre que no conocí. Ifeyinwa sabía por quién estaba llorando, y me abrazó con fuerza en la oscuridad, llorando también. Luego nos dormimos.
Mi hermana Ifeyinwa era de piel oscura y delgada. Le habían salido unos pechos pequeñitos, como a mi gran amiga Malechi de Macaullum Street. Yo también quería tener pechos. A veces me ataba limones en el vestido de ir a la escuela para que pareciera que me habían salido, pero cuando sabía que alguien me estaba mirando me los quitaba.
Las chicas teníamos que ir al arroyo cada mañana, y un día le pregunté a Ifeyinwa cuánto tardarían en salirme los pechos. Mi hermana respondía pacientemente a todas mis preguntas. Sólo se impacientaba cuando me negaba a hacer lo que ella decía.
—Cuando seas mayor —dijo, contando con los dedos—. Dentro de un año o dos comenzarás a tener pechos y entonces sangrarás. Y entonces ya estarás preparada para el matrimonio.
—¿Cuándo será eso?
—En pocos años, cuando llegue el momento.
—¿Por qué sangraré?
—Sangrarás para poder tener hijos, pero no debes anunciárselo a todo el mundo, porque es tu secreto. Y debes mantenerte limpia.
—¿Por qué huele la sangre?
—¡Oh oooo, ojugo! Con tantas preguntas no habrá sitio para mí en el mundo.
Unas semanas más tarde, todas nos pusimos ropa blanca y fuimos al mercado a celebrar la vida de nuestra madre. Yo llevaba ehulu en el pelo y alrededor del cuello y las muñecas. Ifeyinwa, al ser el adah, la hija mayor de nuestra madre, bailó con cada grupo por turno, y mis hermanos y yo nos quedamos atrás. Todos reconocieron que mi madre fue una mujer con una vida digna de celebrarse, una madre que tuvo siete hijos y dos hijas. Mi padre se aseguró de que cada uno de nosotros tuviera sus propios cantantes de alabanzas profesionales. Un grupo de bailarines de la nueva familia de Ifeyinwa llevaron a cabo tantas proezas acrobáticas que en ocasiones llegué a olvidarme que yo formaba parte del duelo, y con el pie, casi imperceptiblemente, llevaba el ritmo de la música de los cantantes de alabanzas, en lugar de simplemente mirarlos.
Nuestra gran madre me enseñó a agitar la cola negra de caballo que llevaba, y a dar dos pasos adelante y uno hacia atrás, mientras respondía: «Eh, eh, onmu, onmu» a las alabanzas de mi nombre. Los cantantes invocaban: «¿Quién posee en su interior el chi de tres grandes mujeres?», y yo respondía: «Onmu, ésa soy yo». «¿Quién vino como dos semillas en una?». «Onmu, eh, eh, eh». Yo estaba fascinada por los hombres de poderosos brazos que tocaban los tambores, llevados por otros más jóvenes. Mientras tocaban, elevamos al aire nuestras colas negras de caballo y dimos pasos adelante y atrás. Nuestras manos subían y bajaban al ritmo de los tambores.
En el mercado se formó un círculo para que bailáramos. Ifeyinwa y yo, las únicas hijas de nuestra madre, bailamos primero. El cuerpo de mi hermana era como de goma, se enroscaba y se desenroscaba como si no tuviera huesos, mientras sus brazos, con dos pesadas colas de caballo en la mano, subían y bajaban en la danza. Cuando bailaban los muchachos, pisaban con fuerza, levantando polvo y saltando, apuntando al aire con sus colas de caballo, como si fueran a dispararle al cielo. A las chicas se nos alentaba a que luciéramos las nuestras con más donaire.
Tras el baile, llevamos una enorme vaca como regalo a la familia de mi madre, para agradecerles el habernos dado a nuestra madre. Su familia nos dio pequeños regalos consistentes en ñame y nueces de cola, y nos advirtieron que si no nos sentíamos bien tratados en la casa de nuestro padre, siempre podíamos regresar al poblado de nuestra madre. Se nos presentaron más mujeres diciendo que eran nuestras madres, pero en ese momento yo estaba distraída contemplando a los bailarines acrobáticos y no escuché demasiado. Sin embargo, mi hermana y mi gran hermano, que aquel año iría a la universidad, escuchaban atentamente.
Dos semanas más tarde, la familia del marido de Ifeyinwa vino para llevársela. Se marchó de noche, y todos nosotros cantamos sus alabanzas y llevamos faroles para iluminarle el camino a su nuevo hogar. Ifeyinwa lloró durante toda la ceremonia, en la que nuestro padre rezó por su felicidad.
Después de su partida, yo me quedé otros cuatro días, pero ya no fue divertido, y eché de menos a Ifeyinwa. Al cuarto día me pusieron en un autobús que llevaba a algunos estudiantes a la misma escuela convento a la que yo asistía. No eché de menos a mi padre. Él tenía a tanta gente a quien amar que yo me sentía insignificante.
Mis hermanos me ayudaron a llevar mis escasas posesiones al garaje del autobús. Nunca llegué a conocer muy bien a mis hermanos, pues no crecí con ellos, y los consideraba como dioses, a quienes sólo había que hablar en contadas e importantes ocasiones. Nuestra gran madre vino con nosotros, rebosante de consejos y oraciones. Dijo que debía escribirle a menudo, pero yo estaba avergonzada de decirle que no escribiría, pues ella no sabía leer, lo que significaba que todos se enterarían de cuanto le contara.
En la escuela convento de las afueras de Lagos hice nuevas amigas que para mí acabaron siendo más importantes que mi familia. Los míos no me escribían mucho, pues preferían verte cara a cara. Puesto que yo no tenía noticias de mi familia de Sokoto ni de la de Ibusa, quedaron excluidas de mi nueva vida.
Pero mi hermana Ifi seguía viniendo, intentando recuperar el tiempo que habíamos perdido de niñas. Yo podía adivinar que su vida no era fácil. Las dos lloramos el día que vino para contarme que tía Nnebogo había muerto. Se lo conté a nuestro reverendo padre, y las hermanas del convento me alentaron a llorarla como si fuera mi auténtica madre. Ojalá pudiera haberla visto antes de morir, pero ella abandonó Lagos para irse a Kaduna poco después de que yo dejara su casa. Quizá me echó de menos, pero yo no tenía manera de saberlo. Dijimos una misa por su alma. Después de eso mi vida giró alrededor de mis libros, aprobé los estudios y dejé el convento para casarme.
Albert vino un día a ver a la hija de una vecina, y descubrimos que los dos éramos de Ibusa. Él todavía estaba en el Instituto Masculino de Eko. Nos fuimos haciendo cada vez más amigos al tiempo que me iba distanciando de mi hermana Ifeyinwa, debido al nacimiento de sus hijos. Cuando me dijo que su marido se había casado con otra mujer, sentí como un deseo de borrarlos de mi mente. La opinión de Albert era que la poligamia degradaba a las mujeres, y para esa afirmación se basaba en su propia experiencia con las dos esposas de su padre. Por tanto me dije que los dos compartíamos el mismo punto de vista en esa cuestión.
Fui a visitar a Ifeyinwa una vez durante las vacaciones de Pascua, y al ver la manera en que vivían aborrecí para siempre las familias numerosas y la poligamia. Tras la pulcritud casi clínica del convento, los pocos días que pasé allí me parecieron caóticos y carentes de intimidad. Regresé a la escuela antes que los demás alumnos, y las monjas se rieron. Después de eso, perdí todo contacto con mi pasado, aunque Ifi seguía viniendo, y no se ofendió porque yo rehuyera su modo de vida.
Cuando quedó claro que Albert iría a Inglaterra, me pidió que me casara con él, y yo acepté feliz. Pensé que escaparía para siempre de la vida que habían llevado nuestros padres, e Ifi no dejaba de decirme: «¿No te había dicho que encontrarías un buen partido?».