Kehinde

Buchi Emecheta · Capítulo 13 de 24

Páginas del PDF

Kehinde

13 Visita a la escuela

13

Visita a la escuela

 

Habían pasado tres días desde que Kehinde llegara de Londres, y todavía no había estado a solas con Albert, al que siempre rodeaban parientes y amigos. A menudo Kehinde imaginaba haberle visto intentando lanzarle una mirada furtiva, con sus ojos bordeados de rojo y anhelantes, pero cuando acababa con sus parientes, ella ya estaba en la cama. La tercera noche, Kehinde se despertó con el tacto de las manos de Albert recorriéndole el cuerpo. Había ensayado decirle muchas cosas cuando él finalmente viniera a ella, pero no estaba preparada para lo inesperado. En lugar del frío desapego que había planeado, preguntó abruptamente:

—¿Qué quieres de mí, Alby?

Él se quedó estupefacto, y respondió en voz baja:

—Debes comprender que esto es Nigeria. Aquí las cosas son distintas.

—Ya veo. Ahora ya no me necesitas. Ojalá hubieras tenido agallas para decirme todo esto antes de que dejara mi empleo en Inglaterra.

—¿No intenté impedírtelo? ¿Me hiciste caso?

Kehinde se levantó, apartó a Albert de su lado y encendió la luz, agradeciendo que, por una vez, no hubieran cortado la electricidad. La habitación estaba iluminada por una solitaria bombilla que colgaba de un fino cable, con una pálida pantalla de papel transparente. Kehinde sospechaba, a pesar de las protestas de Ifeyinwa, que la habitación había sido utilizada por Joshua y Bimpe, y que la habían preparado apresuradamente para ella. Se suponía que debía dar las gracias por ello.

—¿Por qué me has estado evitando, Alby? —preguntó.

—¿Evitándote? No seas ridícula. ¿No ves lo ajetreada que es aquí la vida? Mañana es sábado, e iremos a ver a Joshua y Bimpe al colegio. —Kehinde observó que Albert ya se había puesto en pie, y no había protestado porque ella encendiera la luz. La advertencia de Moriammo resonaba en su mente: «Nigeria país para hombres. Para ellos muchas, muchas mujeres siempre detrás de ellos». Albert todavía estaba hablando—: La semana que viene empezaremos a buscarte un empleo. Aquí todas las mujeres cultas trabajan.

—Siempre he trabajado, ¿acaso eso es una novedad?

—Aquí es distinto. Para las mujeres es un deber.

—Ya lo sé. Esto es África, donde las mujeres hacen todo el trabajo. No voy a depender de ti. Voy a trabajar para mantenerme.

—Sé que estás enfadada. Pero vuelve la vista atrás, Kehinde. Mi padre tenía dos esposas, el tuyo tenía tres. ¿Es que acaso he cometido un pecado abominable? —La voz de Albert sonó áspera.

—¿Acaso se casaron en una iglesia? Nosotros nos casamos por la Iglesia, ¿o es que lo has olvidado? Todas esas promesas, ¿es que no significan nada para ti?

—Todo el mundo lo hace para poder inmigrar, y de todos modos, Rike se quedó embarazada. —Había levantado la voz, pues comenzaba a sentirse irritado. Ahora Kehinde estaba realmente interesada. Quería saber cómo, en el plazo de veinticuatro meses, podía haber engendrado un hijo y tener otro en camino, cómo podía haber llevado a otra esposa a la casa donde sabía que ella acabaría viniendo.

—De manera que se quedó embarazada, y tú, naturalmente, nunca habías dejado a una mujer embarazada. ¡Enhorabuena, padre de un varón!

—No lo comprendes. Ese niño, Ogochukwu, nació bajo la estrella de la suerte. Un woli me habló de él antes de que naciera. Tan pronto como acepté a su madre y permití que se convirtiera en mi esposa, obtuve este empleo tan bien pagado. El woli me dijo que el niño nos traería tanta suerte que no podríamos creerlo. —Se acercó a Kehinde, que se desplazó hacia la ventana, encarando completamente a Albert, mientras escuchaba su relato como si fuera un cuento para niños—. Yo… recuerdo ese varón que perdimos. Bueno, no deseaba que volviera a ocurrir lo mismo. Mis hermanas habían visto a Rike conmigo. Y Kehinde, ella no es mala, ya lo sabes. Es muy respetuosa, y te considerará como una madre, ya lo verás. Dijiste que no deseabas pasar por el dolor de otro embarazo. Bueno, ella es joven. Tiene un buen trabajo en la universidad, y al mismo tiempo ha tenido que criar a dos hijos…

Kehinde no podía creer lo que estaba oyendo.

—Esto no era lo que habíamos planeado. No podíamos mantener al bebé porque no teníamos dinero. Sólo un par de meses después, un profeta te convence de que vas a tener un mesías. Oh, Albert, qué te ha ocurrido… —Se interrumpió para no desfallecer. Podía adivinar que el profeta pertenecía a la iglesia de Rike. En Inglaterra, Albert sólo había ido a la iglesia para meter a Joshua y a Bimpe en una escuela católica. El Albert que ella había conocido ya no existía. Si Rike era miembro de una iglesia carismática, y si Albert se había unido a ella, sabía que estaba pisando un terreno muy resbaladizo. En poco tiempo, comenzarían a ver visiones en las que Kehinde albergaría malos sentimientos hacia Rike, y tendrían razón. Por un momento se sintió aplastada por la enormidad de lo que se le avecinaba. Pero todavía era la madre de Joshua y Bimpe, y no debía dejarse hundir.

Kehinde no solía dejarse vencer por los malos sueños, pero se quedó despierta durante mucho tiempo después de que Albert se marchara. En aquel momento oía los ruidos matinales procedentes de todas las habitaciones. Rike, con su voz refinada y educada, le decía a la doncella que se fuera. Su hijo lloraba. Kehinde se levantó a regañadientes, el cuerpo rígido. Sentía deseos de morir. Se suponía que ésa era su familia, y se las estaban arreglando perfectamente sin ella. Nadie se había molestado en llamarla. Debían de haber oído la discusión con Albert durante la noche. Él había intentado bajar la voz, pero ella se había sentido tan dolida que no le había importado que la escucharan. Allí no había intimidad. Kehinde sonrió de manera forzada. «La familia irá a ver a nuestros hijos mañana. Es mejor que vengas, te están esperando», había dicho Albert antes de salir de la habitación. «Mis hijos son ahora “nuestros” hijos», había pensado Kehinde, observando los regalos que había traído para ellos. Sus necesidades ahora se veían atendidas por Rike y Mamá Kaduna. Pero Kehinde decidió que iría; después de todo, eran sus hijos, no podían haber cambiado tanto. Se vistió y se dispuso a unirse al resto de habitantes de la casa. Colocaron paquetes de comida en el maletero del coche, como si se prepararan para visitar un campo de refugiados.

Kehinde se disponía a ocupar el asiento delantero del Jaguar, como había hecho en Londres, desafiando a que Rike le disputara su derecho a sentarse junto a Albert. Pero la estrepitosa carcajada de Mamá Kaduna la detuvo. Supo por el tono de su risa, guasona, pero también llena de disgusto, que algo iba mal. Miró a la gente que había a su alrededor, pero éstos simplemente desviaron la mirada, o la dirigieron a la polvorienta calle.

—Esposa, yo también vengo —dijo Mamá Kaduna, en un tono peligrosamente bajo. Hacía demasiado poco que Kehinde había llegado, y no comprendió su advertencia.

—Oh, sí, mamá, ya lo sé —dijo mientras se sentaba. La cara de Albert estaba impasible, pero Mamá Kaduna expresó un torrente de desdén e insultos.

—He dicho que yo también vengo. ¿Pero qué te ocurre? ¿Crees que he venido desde Kaduna sólo para darte la bienvenida? He venido a ver qué hacen los niños. ¿Quién te crees que eres? ¿No ves a tu consorte, Rike? ¿No ves que se sienta detrás, con la doncella y el bebé? Cuando nosotros, los parientes del cabeza de familia, estamos aquí, Albert nos concede el lugar de honor. Cuando visites las casas de tus hermanos, el mismo honor te será concedido. Así que siéntate detrás y pongámonos en marcha.

Kehinde casi se murió de vergüenza. Vio que incluso la doncella, Grace, se cubría la boca en su intento de no echarse a reír. Sólo las esposas jóvenes y con escasa preparación cometían tales errores. Kehinde recobró el dominio de sí misma y se obligó a disculparse.

—Sí, lo siento, tía Selina. Hace mucho que no estoy en este país. No quise ofenderla.

Albert fingió no oírla, y Mamá Kaduna ni se molestó en aceptar la disculpa. Kehinde se apretó en la parte trasera, con Rike, su bebé y la doncella. Albert puso un éxito nigeriano en el estéreo, pero Mamá Kaduna hablaba por encima de la música. Una o dos veces, Albert captó la mirada de Kehinde en el retrovisor, pero la apartó rápidamente, para que los demás no se dieran cuenta. Kehinde sabía que, en el fondo de su corazón, Albert no disfrutaba con aquella situación.

Albert había deseado regresar a la Nigeria de su juventud, pero esa Nigeria, el país donde personas como su padre habían sido felices trabajando de lavanderas, limpiadores de barcos o acarreando madera, y donde las mujeres de la familia no iban a la escuela, ya no existía. Esa Nigeria era un sueño nostálgico. Se preguntaba qué haría Kehinde ahora, pues no estaba ciego ante las dificultades que ella estaba pasando. Se consoló pensando que, en cuanto encontrara un empleo, se adaptaría a la situación.

—Nuestro marido conduce tan bien —dijo casualmente Rike, a quien nada le pasaba por alto.

¿Nuestro marido? Oh, sí, nuestro marido. Albert era ahora «nuestro marido» o «el padre de Joshua», como había señalado Ifeyinwa el día de la llegada de Kehinde. Ésta comprendió que él intentaba hacer tres cosas al mismo tiempo: escuchar la radio, seguir el flujo de palabras de su hermana y guiar con seguridad entre el denso tráfico de Lagos.

Kehinde estaba perdida en sus evocaciones. Se veía a sí misma en su abrigo de pieles, las piernas cruzadas, no molestándose en hablar con Alby, escuchando la música mientras él le lanzaba furtivas miradas para ver si estaba de humor para hablar. Ella fingiría no verle, y él miraría de nuevo y quizá dejaría escapar una tosecilla seca. Entonces ella diría: «¿Qué ocurre, Alby?». Dicen que las mujeres hablan mucho, pero los muchos años pasados con Albert le habían enseñado que se comunicaba mejor con él estando en silencio, y había perfeccionado ese arte, dejándole hablar mientras ella medio escuchaba.

Se suponía que en Nigeria las mujeres debían permanecer juntas, y una esposa debía dejarle a su marido espacio suficiente para que fuera un hombre. Esto no le resultaba nuevo, ¿por qué entonces le costaba tanto aceptarlo? Se sentía engañada, infravalorada. Miró a la joven esposa de Albert, una mujer mucho más culta, que se doblegaba ante la tradición. Pero eso le había permitido conseguir un hogar y una gran familia a la que pertenecían sus hijos. A pesar de su doctorado, se había atado a un hombre que le llevaba dieciocho años y que tenía una esposa y dos hijos en Inglaterra. Kehinde sabía que no tenía ninguna oportunidad contra Rike, con toda su sofisticación lagosiana. No jugaban según las mismas reglas.

—Siempre me gusta esta parte de Lagos. Hay menos tráfico y las casas son muy bonitas y están tan bien cuidadas. ¿No te parece que las calles son bonitas, eh, mami? —preguntó Rike. Kehinde, absorta en sus pensamientos, no la oyó.

—Kehinde, hija de Nwabueze, ¿todavía estás aquí con nosotros? —clamó la explosiva e impaciente voz de Mamá Kaduna—. Tu consorte te está hablando.

Kehinde se despertó y volvió a disculparse.

—Lo siento, mi cabeza simplemente se extravió. Lo siento, ¿qué decías?

Todo el mundo se rió, pero Rike no repitió la pregunta. Parecía como si todo el mundo se hubiera propuesto dejarla en evidencia. Kehinde se encogió de hombros, volvió su atención al paisaje y no volvió a preocuparse de aquellos que la rodeaban.

Mamá Kaduna reemprendió su comentario, exactamente en el punto donde lo había dejado. Albert decidió ahogar la voz de su hermana silbando suavemente al son de la musica, pero a ella le importaba bien poco que la gente la escuchara o no. Siguió hablando.

El coche giró bruscamente y entró en una calle cubierta de guijarros y bordeada de tupidos árboles y arbustos. Al final de la calle, surgiendo justo en el medio como un elefante orinando, se erguía la escuela, una enorme y recargada monstruosidad. Un asta, en el tejado, exhibía orgullosamente el verde y blanco de la bandera nacional. Delante del edificio había aparcados coches de lo más variados y en distintos grados de desintegración, mientras personas de todas las edades —desde bisabuelos a bebés— iban y venían, vestidos como si fuera Navidad.

—Ésta es la escuela —anunció Albert.

El portero de la escuela conocía a Mamá Kaduna, y le dio una efusiva bienvenida, preguntándole cómo estaba, cómo le había ido el viaje desde la tierra de los hausas, esperando y rezándole a Alá para que la familia que había dejado atrás se encontrara perfectamente. Mamá Kaduna le preguntó lo mismo al hombre. Finalmente, Grace, que sabía por larga experiencia cuándo el saludo iba llegando a su fin, se dirigió apresuradamente al maletero del coche y trajo el bol revestido de plata que estaba lleno de comida, desde nueces de cola hasta trozos de carne, desde caracoles fritos a akara. Encaramado en lo alto había un paquete especial envuelto en papel de periódico. Mamá Kaduna tomó el paquete y se lo dio al portero. El hombre se inclinó tanto como se lo permitieron sus cortas piernas, pero se inclinó un centímetro más al ver a Albert salir pausadamente del coche. Se puso el paquete dentro de la camisa y corrió para acompañar a los visitantes al interior de la casa. Les llevaron a una habitación fresca, con cómodas sillas dispuestas a lo largo de las paredes encaladas. A través de una puerta que daba al recinto, Kehinde pudo ver pequeños y relucientes bungalows alrededor de un campo abierto, con jóvenes que llevaban uniformes blancos y almidonados e iban apresuradamente de un lado a otro. Desde la parte delantera, era difícil imaginar que el recinto fuera tan grande, con galerías abiertas bordeadas de palmeras y bananos. Kehinde se sintió feliz de que sus hijos vivieran en aquel ambiente. Su felicidad se incrementó cuando Joshua y Bimpe aparecieron, altos, saludables y comportándose como respetuosos niños nigerianos. Al menos para ellos, el traslado a Nigeria había valido la pena. Si mostraron con ella cierto retraimiento, lo achacó a la presencia de tantos adultos, y anheló el momento de poder verlos a solas. Se comportaban de un modo afable y familiar con Rike, y eran cariñosos con el bebé. Kehinde se sintió aliviada de que se hubieran adaptado de una forma, al parecer, tan poco traumática, y confirmaron su opinión de que no había lugar para ella en la familia. El círculo se había cerrado en su ausencia, y ella no tenía fuerzas para irrumpir en él.