Kehinde
3 El lugar de trabajo de Albert
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El lugar de trabajo de Albert
Una de las razones por las que Albert Okolo escogió vivir en Leytonstone fue por lo cerca que estaba de su lugar de trabajo. Sólo tenía que conducir durante quince minutos y ya había llegado. Prácticamente podía escabullirse de su casa unos pocos minutos antes de fichar sin molestar a su familia.
Nunca desayunaba, una costumbre que se había traído de Nigeria. Se deslizaba fuera de la cama procurando no molestar a Kehinde y conducía al trabajo mecánicamente. Había conducido por esa misma calle, por esa misma esquina y ese mismo atajo tan a menudo que podía recorrer dicha distancia con los ojos cerrados. En el trabajo, se acoplaba mecánicamente a su rutina de empleado.
—Buenos días, Alby —saludó su colega Mike Levy.
—Buenos días, Mike —dijo Albert con voz cansina. No tuvo que levantar la mirada; sabía quién era. Por una vez no preguntó por la salud de Mike y la de su familia, una costumbre nigeriana de la que Albert nunca se había librado, ni siquiera después de dieciocho años. Era algo tan automático que Mike esperaba inconscientemente la pregunta, y casi sin querer ya tenía la respuesta en la boca: «Están bien, o al menos lo estaban cuando los dejé en casa». Y Albert replicaba: «Eso es bueno. Gracias a Dios por este nuevo día». La omisión de aquel día hizo pensar a Mike que algo iba mal. Miró a su colega con aire pensativo.
Llegaron otros empleados, quienes, a la manera inglesa, ni se preocuparon en decir: «Buenos días», a excepción de Prahbu, un hombre al que llamaban «India» aun cuando fuera de Pakistán, que saludó a todos los demás empleados y se dirigió directamente a la máquina de té. El ruido de las monedas de diez peniques desconcertó a Albert, y levantó su enjuta cara morena para mirar a Prahbu.
—Eh, ¿qué le ocurre? —preguntó Prahbu a Mike.
—¿Cómo voy a saberlo? ¿Por qué no se lo preguntas? También es tu amigo.
Todos se pusieron a trabajar en el desordenado almacén, comprobando, etiquetando, limpiando, volviendo a comprobar y marcando los productos. Albert tenía que revisar y entrar las cifras y pasárselas al gerente, que tenía un despacho separado en forma de caja.
—Voy a buscar té para todos —anunció Prahbu en el descanso de media mañana.
—¿Es tu cumpleaños? —preguntó John, uno de los trabajadores ingleses, ahora completamente despierto y más amistoso.
—No, simplemente me apetece ir a buscar té para todos —dijo Prahbu con ese canturreo que a veces adoptaba para divertir a los demás.
—No sabía que los hindúes bebieran té. Eres el primero al que veo hacerlo. —John empezaba con sus bromas.
—No soy hindú, ya lo sabes —dijo Prahbu, riendo. John siempre le decía eso, desde que, al principio de trabajar juntos, comprendió que molestaba a Prahbu. Y no sólo eso, sino que John pronto comprendió que llamarle «India» le enojaba aún más. Prahbu, sin embargo, no tardó en darse cuenta, y aprendió a reaccionar con humor, lo que quitaba hierro a la malicia de John.
—¿Qué más da cuál sea la religión? Dios no prohibió el té. ¿Qué dice tu Dios, Albert? Tú eres católico, ¿no es cierto? —Prahbu desvió la burla hacia Albert, que aquella mañana estaba demasiado callado.
—Sí, soy católico y estoy a punto de cometer un pecado mortal — respondió Albert.
John derramó su té.
—¿Qué? ¿Vas a matarnos con tu vudú? —Albert miró a John, y de pronto observó que el flaco cockney que había empezado a trabajar con ellos diez años atrás estaba cada vez más gordo, mientras que su amplia frente se encaminaba gradualmente a la calvicie. Todavía tenía esa boca menuda y rosada que poseía la inesperada costumbre de echarse a reír cuando todos los demás habían acabado.
Albert permaneció en silencio. Tenía que hablar con Prahbu en privado. Era con quien tenía más confianza. John sacó sus dardos de plástico y los arrojó a la foto de la mujer en bikini pegada a la pared.
En la pausa para el almuerzo, Prahbu se sentó junto a Albert.
—Dime, amigo, ¿cuál es el problema?
—Kehinde está embarazada.
—Oh. ¿Y cuál es el problema?
Albert se lo pensó mucho antes de responder. Sabía el consejo que quería de su colega, al igual que había querido que Mike aprobara la circuncisión de su hijo Joshua, años atrás.
—Pronto será directora de la sucursal. ¿Puedes imaginar lo que ocurrirá con su ascenso si se toma un permiso de maternidad?
—Sshhh —susurró Prahbu, haciendo un movimiento hacia abajo con la mano—. La bajarán de categoría, o le dirán que se vaya a casa y tenga todos los niños que quiera. Mmm, empleos así no son fáciles de encontrar hoy en día, especialmente para gente como nosotros. Tu mujer es afortunada, muy afortunada, al tener un trabajo como ése.
—Sí, lo sé. Eso es exactamente lo que quiero decir. Hoy en día no me la imagino empezando a trabajar en otra parte.
—Pero ya tenéis dos críos, ¿por qué no este otro?
Albert se encogió de hombros.
—No es el momento adecuado para tener otro. Sé que abortar está mal, pero estamos en un país extranjero, donde uno hace cosas contrarias a su cultura.
—¿Qué tenías pensado? ¿Abortar?
Albert asintió.
—¿Y qué dice tu mujer? Nuestras mujeres pueden ponerse difíciles en asuntos como éste. Con una mujer blanca es más fácil razonar.
—Ehm… todavía no se lo he dicho. Pero hará lo que yo le diga, después de muchos berrinches. Qué país tan estúpido, donde necesitas el dinero de tu mujer para llegar a fin de mes.
—Sé a qué te refieres. Las mujeres gobiernan este país —dijo Prahbu con una voz resignada—. Y los niños se consideran un lujo.
Albert asintió.
—En mi país, los niños son una necesidad. Significan pasar una buena vejez, con mucha comida. Y con nietos, gente que te respeta.
—Ahora dime. Ya sabes que tengo tres muchachos, pero Leila no quiere volver a quedarse embarazada hasta que yo no pueda trabajar con ella a tiempo completo en nuestra tienda.
—¿Y cómo va la tienda? —preguntó Albert, añadiendo un poco de animación a su voz por primera vez en ese día. Siempre le interesaban los proyectos comerciales de Prahbu.
Prahbu onduló la mano, disfrutando de la atención que Albert le prestaba.
—Así, así. Roma no se hizo en un día.
Todos tenían sus sueños. El de Prahbu era ser propietario de grandes tiendas de comestibles y de kioscos de periódicos. Mike se dedicaba a las acciones y valores, y tenía muchos contactos a través de su sinagoga. John y los demás soñaban con villas de veraneo en España o Madeira, donde pasar la jubilación. El sueño de Albert era ser jefe en su país natal, pero mientras que los demás podían hablar de sus sueños, a Albert le daba vergüenza. Tenía miedo de que Prahbu le preguntara: «¿Estás seguro de que estás haciendo lo más acertado al volver a África?». Albert sabía que las imágenes de jefes africanos que tenían sus colegas procedían de las viejas películas de Tarzán y de Bosambo, y que intentar que aquéllos actualizaran su idea de Nigeria sería una pérdida de tiempo.
Aquel día, Albert no se permitió ningún sueño. Estaba demasiado preocupado por lo que Kehinde le había anunciado la noche anterior. Ni siquiera le habló a Prahbu de la carta que había recibido de su país el día antes. En lugar de eso, prosiguió la conversación que habían comenzado.
—Lo conseguirás, Prahbu. Los de tu país trabajáis muy duro.
—También vosotros, amigo —dijo Prahbu generosamente. No dio rienda suelta a sus habituales historias acerca de su trabajo de distribución de periódicos. Comprendía que Albert necesitaba a alguien que le escuchara y le diera una palmadita en la espalda.
—Mmmm, pero vosotros sois negociantes natos —dijo Albert.
—¡Ja, ja, ja, y qué me dices de los nigerianos!
—Eres muy amable, Prahbu.
—Buena suerte, amigo.