Kehinde

Buchi Emecheta · Capítulo 14 de 24

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Kehinde

14 Carta a Moriammo

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Carta a Moriammo

 

Querida Moriammo:

Te escribo esta carta con la esperanza de que tú y tu familia

gocéis de buena salud. ¿Qué hace Olumide? ¿Ya juega en el Manchester United? Nosotros estamos todos bien, pero hay muchas historias, tan jugosas y variadas que si un profeta me las hubiera contado hace meses, le habría aconsejado que se dedicara a otra profesión.

El día que me fui, vi a Tunde en el aeropuerto. Dijo que

estaba sorprendido de verme. Nuestros maridos, ¿es que no saben disimular? Su actuación no fue convincente, y pude ver alivio en su cara cuando comprendió que por fin volvía a casa a estar con Albert.

¿Por qué nuestros maridos se sienten amenazados cuando

una mujer muestra señales de independencia y quiere vivir sola durante un tiempo? Porque así es como yo lo vi. ¿Recuerdas el día que trajiste a Olumide a «mi casa»? Ahora la llamo mi casa, porque eso es exactamente lo que va a ser: mi casa, no nuestra casa. De todos modos, ¿te acuerdas de ese día? Lo relajadas que estábamos, como adolescentes. No nos importaba que el llantén que freíamos se medio quemara porque estábamos hablando. Incluso puse ese desagradable vídeo y lo miré, exactamente igual que hacen los hombres. No vi nada malo en ello, ¿y tú? Fue una diversión inofensiva. Después de todo, ganábamos más que nuestros maridos, y teníamos mejores empleos. De modo que no comprendí por qué te sentiste culpable y estuviste de acuerdo con Tunde para evitarme. Pensé que nuestra amistad estaba por encima de eso, y que éramos como hermanas. A veces, incluso solía confundirte con mi Taiwo, que dejó un

vacío que sólo se llenó cuando te conocí, hace diecinueve años, cuando ambas éramos dos jóvenes nerviosas que se preparaban para ir a Inglaterra a encontrarse con nuestros futuros maridos. ¿Recuerdas lo asustada que estabas porque ni siquiera conocías a Tunde? Tus padres te habían dicho que era de muy buena familia, y tú llevabas su foto. ¿Recuerdas que les preguntamos a esos horribles cocineros del barco si la foto era reciente o antigua, y que nos respondieron que había sido tomada hacía cincuenta años? Las dos lloramos, pensando que ibas a encontrarte con un viejo. Te prometí cuidar de ti si no te gustaba Tunde. ¿Recuerdas que dormimos en la misma litera, abrazadas? Tú tenías mucho miedo porque eras virgen y no sabías si la primera noche iba a ser tan dolorosa como otras mujeres te habían dicho. Te aseguré que no iba a ser tan malo, porque Albert y yo lo habíamos hecho cientos de veces en su habitación de soltero de Tappa Street. Qué alivio cuando averiguamos que Tunde era tan escuálido como Albert. Y por lo que me dijiste luego, el dolor de la primera noche fue un dolor feliz, porque era cariñoso, y tenía mucha experiencia.

Lo del cochecito fue una desgracia. Podríamos habernos

permitido comprarle a Olumide diez cochecitos si Tunde hubiera querido, pero sólo porque él lo compró, montó todo ese palava. No me digas que no lo hizo, lo deduje de lo poco que me contaste. Y después de eso comenzaste a comportarte extrañamente.

Aquí están ocurriendo cosas que, como ya te dije, nunca

habría creído que ocurrieran. Albert…, oh, se me había olvidado, no se me permite llamarle así, porque yo no le di el nombre. (Él tampoco me dio a mí el nombre de Kehinde, aunque es libre de gritarlo incluso en el mercado al aire libre). Tengo que decir «padre de Joshua» o «nuestro padre» o «nuestro marido». No vino a mi habitación hasta tres días después de mi llegada, en mitad de la noche, y exigió sus derechos maritales con muy poco entusiasmo. Naturalmente, me negué, como supongo que esperaba. Sólo venía a mi habitación a cumplir con su deber, no para mostrarse cariñoso o afectuoso. Todo eso lo dejó en Inglaterra.

Mi hermana, Ifeyinwa, me dijo que aprendiera a

comportarme. Me dijo que bajara la voz y aceptara sus disculpas, siempre que las diera. Ella, mi hermana, me habló de muchas nimiedades. Tiene miedo por mí. Ifeyinwa te gustaría, aunque, a juzgar por su ejemplo, pensarías que el matrimonio es una cárcel. Parece tan sana como un pollito de dos días atrapado en plena lluvia. Y por lo que a disculpas de Albert se refiere, todavía no le he oído ninguna. ¿Por qué iba a disculparse? Después de todo, no ha cometido ningún crimen contra la humanidad, todo lo que hizo fue casarse con Rike y tener un varón, y hacerle otro que está en camino sin que yo supiera nada. Sí, Moriammo, tiene otra esposa. Es profesora. Doctorada en Letras. Tiene una doncella. Tiene un Peugeot. Tiene un hijo de doce meses. Y estoy segura de que el que espera será otro varón. Ya sabes que mi marido —nuestro marido— es incapaz de sentarse y leer un libro ni que sea para salvar su vida, ¡y ahora está casado con una joven doctorada en literatura!

He ido a varias entrevistas, pero, como sospechaba, quieren

a gente más joven. Cuando son lo suficientemente liberales para emplear a una mujer, quieren a una de menos edad, con titulación. A menos que me conforme con ser secretaria, y aún con todo, no estoy cualificada. Así que conserva tu empleo. ¿Experiencia? Aquí nadie habla de experiencia. Debes mostrar tus títulos o perecer.

Todo esto hace que mi vida sea intolerable. Albert viaja

mucho. Su trabajo le obliga a ir al norte, donde permanece semanas seguidas. Cuando regresa, hay una especie de celebración. Vienen sus hermanas, y se presentan todos los parientes, mientras que su joven esposa hace shakara: toma el baño, se perfuma, se pavonea. Cuando Albert está fuera, concentra todas sus energías en el trabajo universitario. Francamente, Moriammo, Albert me ha humillado, y lo peor de todo es que tengo que depender financieramente de él. Por primera vez en dieciocho años de matrimonio me dio dinero para la casa, y tuve que cogerlo. Cuando me negué a arrodillarme para cogerlo, sus hermanas me impusieron una multa de un gallo. El pago de la multa se llevó la mitad del dinero para la casa. Éste es un mundo de hombres. No es

extraño que haya tantos a quienes les gusta volver a casa, después de triunfar en el extranjero. Honestamente, si no fuera por los niños, habría vuelto a Inglaterra hace mucho. Pero ahora no tengo dinero para el billete de vuelta.

¿Podrías localizar a Mary Elikwu? Intenté ponerme en

contacto con ella antes de irme. Para mí ha sido un peso en la conciencia desde la noche de la fiesta de Albert. Es una mujer previsora, que fue a la universidad y consiguió un título, después de haber tenido muchos hijos. Educar a los hijos ya no es suficiente. Para nosotras las mujeres, la gracia salvadora es la gran «E» de la educación. Esta chica, Rike, ni siquiera tiene que vivir con nosotros, pues su educación la ha hecho independiente, y a pesar de ello está contenta de ser una esposa africana en una cultura igbo. ¿Cómo es que en Inglaterra no vimos todo esto? Creo que quizá Mary Elikwu sí lo vio. Contesta pronto. Tu amiga,

Kehinde Okolo.

 

Cuando Kehinde echó la carta, se sintió aliviada, como si se hubiera confesado. Era un día caluroso, como siempre, y había mucha humedad para esa hora del día. A la gente de Lagos le gusta andar despacio, arrastrando los pies, pero aquella tarde tenían más razones para hacerlo. Incluso el viento era demasiado indolente para levantar polvo de los bordes de la carretera. La gente parecía drogada de calor. Kehinde observó a un grupo de espectadores arremolinados a un lado de la calle, pero no pudo ver qué estaban mirando. No tenía prisa por llegar a casa, de modo que cruzó la calle para ver qué ocurría. Dos hombres habían decidido descargar mutuamente las frustraciones de la vida. La historia era que el hombre número uno había querido comprar un periódico. Había pagado con veinte nairas para que el chico de los periódicos le diera cambio, pero el hombre número dos había sido más rápido. Agarró las veinte nairas y echó a correr, pero no llegó muy lejos. Las personas que había a su alrededor de pronto se vieron galvanizadas de su aburrimiento y le persiguieron. Debió de decepcionarles el haberle cogido tan deprisa, pero el hombre tenía poca energía para una larga carrera. Él y el hombre número uno estaban ahora enzarzados en una pelea a puñetazos. Su historia era que había dejado la universidad hacía tres meses, pero no había podido encontrar trabajo, mientras que ahí había un hombre que exhibía veinte nairas para comprarse un periódico, mientras que él no había comido en cuatro días. Le pidió a los espectadores que juzgaran el caso. Todo el mundo tenía una opinión. Algunos culparon al gobierno por hacer que los jóvenes pasaran por las penalidades de la educación occidental, sólo para decirles, al final, que no había mercado que recompensara sus esfuerzos. Otros dijeron que eso no era una excusa para robar. Los mayores querían saber qué esperaba el hombre número uno, exhibiendo veinte nairas tan ostentosamente en una lugar como Mile 2, donde tanta gente sin empleo se reunía para refugiarse del sol de mediodía. El acuerdo unánime fue que deberían compartir las veinte nairas. El hombre número dos no estaba muy dispuesto, y apelaba al hombre a quien había robado para que le dejara quedarse con el dinero, y le decía que Dios le bendeciría por ello. Hubo un silencio mientras la multitud escuchaba su súplica. El hombre tenía una voz dulce, y hablaba con elocuencia. Kehinde supo que había ganado. Todo aquello ocurría no lejos de la comisaría. Un agente con la barriga prominente, como si padeciera kwashiokor, estaba sentado a horcajadas en una silla, la porra desenfundada e indolente a un lado. Bostezó y miró en dirección contraria, provocando una carcajada.

Kehinde negó con la cabeza y sonrió. No había viajado mucho, y el único lugar que podía comparar con Lagos era Londres, donde no podía imaginar una escena como ésa. No, eso sólo podía ocurrir allí, en Nigeria. Se secó el sudor que le brotaba bajo el gele y se alejó. De pronto, el calor le hizo recordar que era octubre, otoño en Inglaterra. Allí estaría soplando el viento, las hojas se volverían pardas y caerían. En pocas semanas, el cerezo de su jardín trasero se quedaría sin hojas; las oscuras ramas, retorcidas como huesos viejos. En un día como éste, tras la compra del viernes, extendería los pies delante de la calefacción a gas, mientras miraba sus series favoritas en televisión hasta hartarse y hasta que le dolían los ojos. Otoño en Inglaterra.

Se le humedecieron los ojos. Pensó en las compras de Navidad, que siempre solían molestarla, y sintió el deseo de dar un rápido paseo hasta Harrods, o Marks and Spencer, o Selfridges, sólo para mirar y comprar cualquier tontería. Incluso sintió nostalgia del metro, húmedo y siempre apestando a olor corporal.

Recobró el dominio de sí misma. Seguramente era estúpido suspirar por un país donde nunca la harían sentirse bienvenida. Pero su vuelta a casa no se había parecido en nada a lo que había soñado. Era consciente de lo cándida que había sido al confiar implícitamente en Albert. Había creído que su vida nunca sería como la de Ifeyinwa. En el África de sus sueños había fiestas e interminables celebraciones en las que ella también disfrutaba del estatus y respeto de una persona pudiente. Por contra, ahora se encontraba una vez más relegada a los márgenes.