Kehinde

Buchi Emecheta · Capítulo 17 de 24

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17 Ifeyinwa

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Ifeyinwa

 

Siempre que Ifeyinwa despedía a alguien en el aeropuerto, lo cual, gracias a Dios, no ocurría a menudo, su aflicción no era sólo por la partida, sino que nacía de un miedo irreprimible a una pérdida permanente. Por tanto, se quedó de lo más aliviada al enterarse de que Kehinde había llegado sana y salva. En el animado, ruidoso y pintoresco Lagos, Ifeyinwa sólo podía imaginarse la vida de Kehinde en Londres como fría y solitaria. Lamentaba profundamente que no se hubiera quedado, sobre todo cuando, al parecer, ésa había sido su primera intención al llegar. ¿Acaso no se había traído casi todos los muebles de la casa de Londres? ¿Acaso no había dejado su trabajo? Ifeyinwa había tenido la esperanza de poder disfrutar por fin de la compañía de su hermana, pero sus planes se habían frustrado. En una vida de privación, sentía apasionadamente que ése era un privilegio al que debería haber tenido derecho.

No se trataba de un vínculo exclusivamente emocional. Ifeyinwa y sus hijos subsistían en una pobreza tal que incluso las pequeñas aportaciones de Kehinde, sisadas del presupuesto doméstico de Albert, suponían un gran alivio. Durante días fue de un lado a otro sin cambiar de expresión, pasándose la lengua por los dientes sin que nadie se le cruzara por el camino. Su cerebro, sin embargo, estaba extremadamente activo, planeando la mejor manera de vengarse de Albert y Rike, a quien ella atribuía la responsabilidad de haber obligado a Kehinde a marcharse.

Ifeyinwa, durante años acostumbrada a aceptar lo que la vida le deparara, se rebelaba ante la pérdida de su hermana por tercera vez. De niña, había suspirado por la otra hija de su madre muerta. Educada entre hermanos, a merced de su madrastra, había tejido una fantasía alrededor de su hermana ausente tan intensamente vivida como la de Kehinde por su Taiwo. Cuando era una joven esposa, había hurtado tiempo a sus deberes domésticos, dejando a sus hijos al cuidado de la doncella, para visitar a Kehinde en la escuela, llevándole pequeños regalos que no podía permitirse. Ni siquiera el obvio desagrado de Kehinde por su situación familiar ni la reserva cada vez mayor que mantenía la disuadieron.

Cuando Kehinde fue a Inglaterra a casarse con Albert, Ifeyinwa lo sintió como una pérdida. Durante veinte años y pico había llorado la ausencia de su hermana, interrumpida sólo por tarjetas de Navidad con breves mensajes, esporádicas instantáneas de los niños y un billete de veinte libras, que Ifeyinwa utilizaba para comprar libros escolares para sus hijos. Entonces llegó la noticia de que Albert regresaba. Luego vinieron Joshua y Bimpe, a quienes nunca había visto. Ifeyinwa estaba dispuesta a quererlos como a sus propios hijos, pero Rike intervino. La había visto insinuarse en casa de Albert, aprovechándose de su soledad, halagando su vanidad, echándole una mano con los niños sin madre. Ifeyinwa lo había observado todo sin decir nada mientras la barriga de Rike crecía y Albert caía presa de las seductoras visiones de los profetas y se casaba con ella. Cuando Kehinde anunció su llegada, Ifeyinwa se aseguró de estar ahí para darle la bienvenida, advertirla y consolarla. Su lealtad nunca vaciló, por mucho que las hermanas de Albert intentaran humillarla y a pesar de las sonrisas afectadas de Rike. El tener a Kehinde allí en Lagos suponía para Ifeyinwa una suerte de compensación por su triste vida, pues era alguien con quien podía hablar libremente sin temor al qué dirán. Ahora se había ido, y la venganza era lo único que le quedaba. Si ella no podía hacer volver a su hermana, haría que la estancia de Rike en casa de Albert fuera como estar sentada con el culo desnudo sobre una silla untada de guindilla, como tener un hueso alojado en la garganta, incapaz de tragarlo ni de escupirlo. Amargaría su vida. ¿Acaso no era Kehinde la única hermana que tenía?

En el intenso calor de la tarde, Ifeyinwa dejó a uno sólo de sus hijos, Nwalor, para que cuidara del puesto de naranjas y plátanos. Nwalor sabía pelar las naranjas sin dañar la pulpa ni cortarse. Se vistió para ir de visita y salió de casa.

Rike le dio una cálida bienvenida, y tan sonora que casi fue sincera. Agasajó a Ifeyinwa con un gran vaso de un caro zumo importado que Ifeyinwa aceptó contenta, chasqueando los labios para mostrar su agradecimiento. Durante todo el tiempo observó a Rike, la satisfecha esposa de un hombre próspero, y su resolución no vaciló.

—He tenido noticias de tu consorte…, tu mami —comenzó a decir Ifeyinwa, utilizando el término cariñoso con que las mujeres de Lagos se trataban entre sí.

—¡Eh, de modo que llegó allí sana y salva! —respondió inocentemente Rike—. Gracias al Todopoderoso. Recé y ayuné para que alcanzara su destino sin ninguna desgracia.

Bajo su sereno comportamiento, algo terrible bullía en el interior de Ifeyinwa. Quería decir: «Hipócrita, diste gracias por su marcha», pero se resistió. No quería que la llamaran bruja por expresar su rencor. En lugar de ello, habló con la misma inocencia que Rike.

—¡Desde luego, tus oraciones deben de haber obrado maravillas! Mi hermana no tuvo problemas en su viaje, ni siquiera en el control de inmigración, donde dicen que los oficiales blancos se precipitan sobre las nigerianas y les hurgan hasta en el pelo. Dios escuchó tus plegarias, gracias, hija mía. —Antes de que Rike fuera capaz de responderle del mismo talante, Ifeyinwa preguntó casualmente—: Pero ¿por qué no viniste al aeropuerto?

—Tía Ifi, mi mami no me dijo nada. Me enteré de su marcha por Grace, mi doncella. Y naturalmente, los vecinos confirmaron esa historia. Ni siquiera se lo dijo a nuestro marido. Mami debía de estar muy enfadada para dar un paso tan drástico. —La cabeza de Rike estaba inclinada a un lado, una imagen de horror teatral. De no haber sido tan importante la misión de Ifeyinwa, habría soltado una carcajada. Muchas veces había visto interpretar escenas como ésa en su propia casa, donde ella era perro viejo en el juego de compartir a su marido con otra mujer. Comparada con ella, Rike era una novicia.

Suspiró profundamente, y con la mirada recorrió aquella sala de estar elegantemente amueblada, observando un tapete aquí y un hermoso jarrón de cristal allá, todo traído de Inglaterra por su hermana para decorar su hogar. Sus ojos se posaron sobre la mujer que tenía delante, una delicada joven con los pies embutidos en un par de exquisitas sandalias blancas. Apartó la mirada para ocultar el odio y la cólera que la quemaban. Tenía demasiada experiencia como para echarle toda la culpa a Rike, pues ésta sólo actuaba en conformidad con el sistema que perpetuaba ese tipo de injusticia. Una mujer trabajaba duro para comprar todas esas cosas y las hacía cruzar el océano para disfrute de su familia, y al final, ¿qué ocurría? Otra, una oportunista, una mujer oyokoyo que no había participado en el sueño, que no conocía las molestias que la otra mujer se había tomado, ahora disfrutaba de todo. Para Ifeyinwa, Rike era un sepulcro blanqueado, y Albert era Judas Iscariote. Recordó la historia de la vida de su madre, y se juró que no se repetiría en Kehinde.

Los sentimientos de Ifeyinwa eran tan intensos que tuvo que bajar los ojos para que Rike no pudiera leer su expresión. Aunque Rike era más joven, Ifeyinwa no subestimaba sus poderes. La secta a la que pertenecía, la Querubín y Serafín, observaba y estudiaba a los demás como una forma de ritual. Pasaban tanto tiempo rezando por sus pecados y concentrándose en sus enemigos, reales o imaginarios, que Ifeyinwa sabía de cierto que no engañaba a Rike con sus expresiones de buena voluntad. Ésta sabía perfectamente que Ifeyinwa no tenía ninguna razón para amarla, y simplemente fingía hacerse la olvidadiza. Era una lucha por el dominio, en la que el arma de Rike era hacerse la inocente. Pero también Ifeyinwa podía irse con fingimientos. En ese momento estaba jugando a ser una mujer anciana y simplona. Había llevado una máscara durante dieciocho años, y nadie excepto Kehinde había visto lo que había detrás. Sólo con que Kehinde se hubiera quedado, juntas habrían expulsado a esa intrusa. Rike era una pipiola, a pesar de toda su espurio refuerzo religioso. Pero el chi de Kehinde había hecho que ésta se diera por vencida, e Ifeyinwa se había quedado a luchar sola. En ese momento se incorporó y miró a Rike directamente, reuniendo fuerzas para el ataque.

Ifeyinwa había ido lo suficiente a la escuela para hablar el inglés de la reina cuando la ocasión lo exigía. Dijo con voz lenta y cansina:

—No te preocupes, hija, tu mami hizo lo adecuado. Conozco a mi hermana. Podría haberte soportado como segunda esposa, pero enterarse de que una tercera está en camino, y que esa tercera no tiene estudios y es musulmana… y que, bueno, sus únicas calificaciones consisten en ser muy hermosa. Ya sabes, el tipo de belleza fulani del norte, con la que las sureñas de piernas cortas nunca pueden competir. En cuanto a mi hermana, eso fue la gota que colmó el vaso. No iba a rebajarse a compartir a su esposo con una niña como ésa…, creo que tiene dieciséis años. Humm… Nuestros hombres hurgan en cualquier agujero. Lástima que no puedas cortar la cosa de Albert y guardarla en casa siempre que viaja. —Rió sin alegría ante aquella broma cruel.

Ifeyinwa intentó contener el aliento y observar el efecto de sus palabras en su interlocutora. La sonrisa de seguridad de gran dama que hasta ahora había aparecido en los labios de Rike se difuminó, y sus labios se adelgazaron y estiraron. Los ojos se le volvieron más grandes a medida que su cuerpo se encogía en las profundidades de aquella silla que había pertenecido a Kehinde. Pero Ifeyinwa aún no había acabado.

—De todos modos —prosiguió implacable—, Albert siempre puede volver a Londres, si acaba aburriéndose de estar aquí. Ya conoces a nuestros hombres.

—¿Quién va a volver a Londres? ¿Te refieres a Nuestro Padre? Bueno, no creo que tenga ocasión. ¿Qué me dices de su trabajo? Y los billetes a Londres suben y suben de precio. —Rike, como un cadáver al que temporalmente se le ha infundido vida, hablaba con una voz áspera y extraña. Ifeyinwa se quedó estupefacta, viendo por primera vez el aspecto que tendría Rike en unos cuantos años. Una de las cosas buenas de la belleza y la juventud es que no duran mucho. En poco tiempo, la joven que estaba sentada ante ella sin duda sería tan delgada y estaría tan decepcionada y dolida como ella—. La naira está cayendo en el mercado mundial. Pronto sólo los ricos podrán permitirse un viaje a Londres. —Rike se agarraba a un clavo ardiendo, el ceño arrugado como el de una anciana.

—Albert, desde luego, no es pobre. Tiene una casa en Londres, ¿no te acuerdas? No sólo una casa, sino un hogar de verdad. Todo lo que ves aquí, a tu alrededor, procede de esa casa. ¡A mi hermana y a Albert les llevó dieciséis años edificar ese hogar! —Ifeyinwa estaba hablando con todo el cuerpo, agarrándose la cintura como para exprimir de su interior las palabras más horribles. Cuadrando sus hombros delgados, exclamó—: ¡Vaya, así que la naira está cayendo! Humm, eso es terrible para Nigeria. Pero en cuanto a Albert, recuerda mis palabras, de todos modos se irá a reunirse con su cariñito. Cuando los hombres causan mucho wahala en un lugar, se van a otro. Para ellos es fácil, no tienen que arrastrar niños con ellos. ¡Nuestros hombres!

Ifeyinwa se alzó majestuosamente. Le lanzó a Rike una mirada prolongada y animal, como un depredador acechando a su víctima. Rike fue traspasada por su pura malignidad. Cuando Ifeyinwa habló, fue con su acostumbrada vaguedad.

—No quiero entretenerte. Ahora debo irme. He dejado a Nwalor en el puesto del mercado.

Salió de la casa antes de que Rike pudiera moverse o hablar. En sus ojos brillaba el triunfo mientras se dirigía apresuradamente a su casa, diciéndose: «Dios me perdone, pero la gente, hombres o mujeres, no deberían recoger donde no han sembrado. Te dejo el otro a ti, Señor».

Ifeyinwa no había obrado a la ligera. Era un último recurso, el deber de una hermana mayor, una vez la madre había muerto. Había hecho suficiente por aquella tarde, suficiente para mantener a la madre de Rike y a sus wolis ocupados durante un tiempo. Los wolis comerían a expensas de Rike durante unos días, y su oración «Danos hoy el pan nuestro de cada día» sería respondida.

Nwalor había decidido que vender una naranja por diez kobos era demasiado lento, así que las había vendido por menos. Ifeyinwa había perdido dinero, pero por una vez no le importaba. Había ganado algo más dulce que el dinero, la satisfacción de ejercer su poder en interés de su hermana. Le sonrió a Nwalor, quien, esperándose una reprimenda, corrió feliz a jugar con sus amigos.