Kehinde
1 La carta
Buchi Emecheta
Kehinde
ePub r1.0
Titivillus 15.06.2019
Título original: Kehinde
Buchi Emecheta, 1994
Traducción: Damián Alou
Editor digital: Titivillus
ePub base r2.1
Para Ijeoma Camilla y Chukwudi Adin
1
La carta
Albert recogió la carta. Lentamente se sentó en la silla que estaba junto a la mesa. Tenía el pulso firme y controlado. Al abrirla, soltó una risotada. Su familia levantó la mirada sorprendida, pues Albert era un hombre tremendamente serio que rara vez se permitía el lujo de una carcajada espontánea. Algo ominoso se encrespó en el interior del estómago de Kehinde. Había visto el envés de la carta. Sólo podía tener un remitente: las hermanas de Albert en Nigeria. Albert se permitió una risita femenina. Sus hijos, Bimpe y Joshua, interrumpieron la cena. Se miraron el uno al otro, se encogieron de hombros y sonrieron. Albert, que no ignoraba su impaciencia, prolongó y saboreó el suspense.
—¿De quién es la carta? —preguntó Joshua, de catorce años, llevándose a la boca una cucharada de judías cocidas.
—Es una carta de tía Selina y tía Mary. Quieren que vuelva a casa.
—¿Quieren que vuelvas a casa? ¿Y qué pasa con nosotros? —preguntó Kehinde, trayendo la tetera—. Hace mucho tiempo que lo insinúan, y ahora tienen el valor de decirlo a las claras. ¡Volver a casa, volver a casa, naturalmente! Se olvidan de que cuando te fuiste de Nigeria eras un joven soltero, y de que ahora tienes mujer e hijos. Volver a casa, así sin más, ¿eh?
—Ya sabes cómo es la gente ahí. ¡Cuándo dicen «tú» se refieren a todos nosotros! —Albert habló en una voz tan baja y conciliadora que fue casi un susurro.
—¿Entonces nosotros no contamos? —intervino Bimpe.
—¡Quieres callarte, jovencita! Estoy hablando con tu madre.
—Tu hija tiene razón —dijo Kehinde mientras se dejaba caer pesadamente en su silla de la cocina; de pronto se sintió cansada y prácticamente inútil. Una sospecha le serpenteó en la boca del estómago.
La suya era una típica casa de clase obrera del este de Londres, con una pequeña sala de estar. Adyacente a la diminuta cocina había una despensa, ahora convertida en un comedor tan pequeño que cuando la familia se sentaba al completo apenas había sitio para moverse. Había otra habitación grande en la parte de atrás, con una puerta de cristal que se abría a un jardín pequeño y descuidado. Era una habitación en la que podrían haber comido confortablemente, y que el agente inmobiliario describió como la habitación para desayunar o un salón, pero que los Okolo denominaban el gran dormitorio. Kehinde y Albert dormían ahí. ¿Qué iban a hacer ellos con una habitación para desayunar o un salón, cuando ya tenían una salita en la parte delantera y una despensa que les servía de cocina-comedor? Con esa distribución se evitaban ocupar los dos dormitorios de la parte de arriba. Tenían uno en arriendo permanente, y el otro, esporádicamente, les proporcionaba una o dos libras suplementarias. Siempre que venían visitas de su país natal, le pedían al inquilino temporal, normalmente un estudiante, que se mudara.
Albert tuvo la sospecha de que no era el momento adecuado para seguir hablando de la carta. La hundió en el bolsillo de la camisa, con indiferencia y unos ostentosos gestos que demostraran que le importaba muy poco lo que dijera su familia, lo que provocó el efecto deseado. Kehinde suspiró profundamente y dejó de prestar atención a su marido para dedicarla a sus hijos.
Albert y Kehinde se comieron su arroz molido y su sopa egusi. Últimamente los niños habían empezado a quejarse de la monotonía de comer arroz molido y sopa cada noche, así que de vez en cuando, como aquel día, y para evitar discusiones posteriores, Kehinde calentaba unas judías cocidas y las servía en una tostada con una ensalada de lechuga y tomate. Ella y Albert lo consideraban una comida horrible, pero los niños sabían lo que querían. Les encantaba, a pesar de lo sencilla que era.
Complacida de que su familia comiera con apetito, Kehinde habló con tono dolido:
—Ni siquiera se molestan en preguntar cómo estamos. —Era el momento adecuado para hablar de lo dolida que se sentía por el hecho de que sus cuñadas no la consideraran una persona—. Todo lo que saben decir es ven a casa, envía dinero, ven a casa. ¿Qué hay en Nigeria, de todos modos? ¿Es que no somos felices aquí? Lo único que buscan es una oportunidad para meter la nariz en nuestra manera de vivir. ¡Ven a casa!
—Bueno, también preguntan cómo estamos. Y dicen que ahora, con la fiebre del petróleo, se puede encontrar trabajo paseando por la calle. Nigeria nos necesita. Eso dice el gobierno. Incluso los europeos abandonan sus países para ir a Nigeria. Mis hermanas piensan en nuestro propio bien, ya lo sabes.
—No metas a los blancos en esto. Todo el mundo sabe que en dos zancadas se plantan en cualquier lugar donde puedan hacer dinero a manos llenas —replicó secamente Kehinde en igbo.
Joshua miró a su hermana.
—Vámonos. Si se ponen a hablar en su idioma, quiere decir que no nos quieren cerca.
Kehinde, que siempre se mostraba indulgente con su hijo, hizo caso omiso de su grosería, que racionalizó como el comportamiento normal en un muchacho de catorce años que está forjando su identidad. Simplemente rió y aventuró:
—¿De quién es la culpa de que no habléis vuestra lengua materna, sí os negáis a aprenderla?
—Querrás decir tu lengua materna. La mía es el inglés. Recuerda que cuando nací lo primero que dijiste fue: «¡Hola, Joshua!». Así que hablo el primer idioma que oí.
Kehinde empezó a quitar la mesa. Bimpe se puso en pie para ayudarla, sorteando las sillas. Joshua, sintiéndose excluido, salió ruidosamente de la habitación, y al poco llegó el sonido del televisor a través de la pared.
Fue Albert quien observó que era tarde y que los niños aún estaban viendo la televisión. Llevarlos a la cama era siempre una batalla; Joshua quería quedarse levantado y ver el final del partido, aduciendo que tenía catorce años y que todos sus amigos de la escuela hablarían del partido al día siguiente.
—Pareceré un tonto, papá, si no puedo decir palabra, sólo porque no me dejas que me quede a verlo hasta el final. ¡Piensa en ello!
Bimpe se sumó a la protesta, e insistió en que, a sus once años, también era prácticamente una adolescente, y que no tenía por qué irse a la cama a las nueve, la hora de acostarse que tenían asignada.
Albert maldijo en voz baja, y el gesto se le torció en un esfuerzo por controlarse. Los dos niños chillaban como sargentos del ejército. Lentamente, Albert fue hacia el televisor y lo apagó.
—A la cama, los dos. A vuestra edad yo ni siquiera tenía televisor. A la cama. —El tono autoritario finalmente surtió su efecto. Una vez silenciados, los dos niños se fueron a la cama sin decir buenas noches.
Kehinde ya estaba medio dormida cuando Albert entró en el dormitorio. La quietud era un alivio tras la escena de la habitación delantera.
—¿Tan temprano y en la cama? Son sólo las diez —comentó Albert mientras se ponía el pijama.
—Hace tiempo que no me encuentro bien. Mira que te lo he repetido veces. Tenía mis sospechas, así que esta mañana fui al médico.
—¿Sospechas de qué? —preguntó Albert en voz baja y temblorosa.
—Estoy embarazada.
—¿Qué? ¿Embarazada? Kehinde, por favor, incorpórate y mírame. ¿De qué estás hablando?
—Sé cómo debes de sentirte, especialmente ahora que tus hermanas de pronto se han dado cuenta de que tienen un hermano. Ahora ganas suficiente dinero, tienes una casa en propiedad…
—Tenemos una casa —dijo Albert rápidamente. No ignoraba la situación legal de la mujer en Gran Bretaña. En Nigeria, el hogar pertenecía al hombre, aun cuando la mujer se pasara toda la vida responsabilizándose de su buena marcha. La mujer nunca podía pedirle al marido que se fuera de casa, como ocurría en Inglaterra. Pero Albert no quería problemas, así que, a fin de que hubiera paz, dijo—: Nuestra casa.
De hecho, Albert simplemente se mostraba realista, pues Kehinde ganaba más que él. Habían obtenido la hipoteca gracias a la posición de ella en el banco. Pero se suponía que una buena esposa no debía recordarle esas cosas a su marido. Cuando Kehinde dijo «tu casa», estaba asumiendo el papel de una «buena» esposa nigeriana. Y a la inversa, cuando él dijo «nuestra casa» era para no disgustarla. Tras casi dieciséis años de matrimonio, era un juego al que se entregaban sin pensar.
—No me he quedado embarazada a propósito, para estropear tus planes de volver a casa, —Kehinde quería iniciar un rifirrafe, pero esta vez Albert se negó a participar.
—¿Planes de volver a casa? Lo dices como si lo hubiera estado planeando en secreto.
Albert, desvistiéndose con movimientos lentos, observó a Kehinde como si fuera una desconocida, y no la mujer con la que había vivido durante quince años. ¡Menudo momento para quedarse embarazada! Albert estaba sentado al borde de la cama, la cabeza gacha. Buscando consuelo en su memoria, recordó cómo, cuando los niños eran pequeños y dormían todos en el mismo cuarto, solían rezar juntos. ¿Cuándo habían dejado de hacerlo? Supuso que los niños debían de haber perdido esa costumbre, y ahora él y Kehinde, a pesar de su educación católica, tampoco rezaban. Era evidente que la conversión no había sido capaz de erradicar las creencias tradicionales y milenarias de sus padres. Ambos procedían de familias polígamas: el padre de Albert tenía dos esposas, el de Kehinde, tres. Los sacerdotes irlandeses, sin saber qué camino tomar, los habían bautizado a todos, viendo una oportunidad de salvar esas «almas perdidas» para Cristo. De pronto, los pensamientos de Albert regresaron al presente.
—¿Cómo ocurrió? Creí haber ido con cuidado —preguntó en voz alta.
—¿Cómo quieres que lo sepa, eh? Siempre te digo que no me molestes cuando duermo. ¿No te advertí que podía ocurrir? Cuando querías entrar en mi interior al principio de nuestro matrimonio, solías ser muy amable. Te tomabas la molestia de despertarme con amor. Ahora siempre estás impaciente. Me agarras los pechos por detrás como si fueras a violarme, y antes de que me dé cuenta de qué está pasando, ya has acabado. Ni siquiera sé si tomas precauciones o no. Así que espero que no digas como algunos nigerianos e insinúes que es culpa mía.
Albert no hizo caso de la queja acerca de sus métodos sexuales, pero sintió curiosidad por averiguar qué quería dar a entender con su referencia a los nigerianos.
—¿Es que eres el único que ignora cuál es la última moda para chantajear a las mujeres y volverlas sumisas? —replicó Kehinde—. Te dicen: «El niño que esperas no es mío», y la mujer acaba gastando un montón de dinero y de tiempo en demostrar que el niño realmente es de él.
A Albert se le escapó una risa entre dientes. Sí, conocía algunos ejemplos. Un marido podía poner en vereda a una mujer de armas tomar afirmando que el niño que esperaba no era de él, y perdonarla a pesar de todo. Ella nunca sería capaz de mirar a la cara a los suyos. Pocos creerían la versión de la historia que diera la mujer, y la que se atreviera a sugerir la prueba de paternidad para limpiar su nombre sería considerada una presuntuosa. Sí, era puro chantaje.
Albert apagó la lamparita de la mesilla de noche y, sentado en la oscuridad, comenzó a reflexionar. Ya había tomado la decisión de volver a casa. Sólo era cuestión de decidir cuándo. Después de dieciocho años, el cuerpo le pedía sol, libertad, amistades fáciles, cordialidad. Si conseguía que Kehinde se pusiera de su parte, ganarse a los niños sería fácil. Quería volver a casa y pavonearse de su nuevo estilo de vida, de su éxito económico. Podría construir casas, ser alguien. Nigeria vivía una época próspera, y él quería unirse a la fiesta. Y ahora ese imprevisto. ¿Qué hacer, entonces?
Albert tenía cuarenta años, y era delgado y fuerte. Kehinde, que nunca había sido delgada, ahora, a sus treinta y cinco años, y después de dos alumbramientos y de años engullendo patatas y pescado fritos en puestos de comida rápida, estaba agradablemente llenita. A Albert le gustaba así. Las mujeres delgadas le dejaban insatisfecho. Cuando fuera se desataba una tormenta, un hombre necesitaba algo que acariciar por la noche. Y para eso no había nada como una mujer africana llenita, con un buen trasero, como Kehinde. Miró en dirección a ella.
—¿Qué vamos a hacer, eh?
—¿Y tú me preguntas qué vamos a hacer? ¿Es que ya no eres el cabeza de familia? Después de todo, Bimpe casi tiene doce años. No es demasiado joven para tener una hermana o un hermano, ¿o sí? —Kehinde era consciente de que podía hablar con su marido menos formalmente que otras mujeres, como su hermana Ifeyinwa, casadas con hombres más tradicionales. Para Albert, ella era una amiga, una compatriota, una confidente. Ésa era una de las razones que habían provocado su desazón aquella noche, mientras Albert leía la carta de su familia.
A Albert se le encogió el corazón.
—Kehinde, ¿qué hay de tu ascenso? Y apenas nos hemos recuperado del último lote de niñeras.
Kehinde se mostró intransigente.
—Entonces, ¿qué quieres que haga? Nuestra familia cree que la gente es más valiosa que el dinero.
—Sé todo eso. Pero nuestra familia nunca ha vivido en Londres, donde los padres deben dedicar una gran parte de sus ingresos a pagar a las niñeras que cuidan de sus bebés.
Kehinde se pasó la lengua por los dientes y se volvió hacia la pared, tirando del edredón hacia su lado. Dándose por vencido, Albert se metió en la cama. No se quejó por quedarse sin edredón. Era demasiado tarde para iniciar un altercado, pero se quedó rígido durante un buen rato. Había planeado calmarla haciéndole el amor de la manera en que a ella más le gustaba. Le habría acariciado las piernas, subiendo la mano gradualmente hasta que sus dedos entraran en el cuerpo de ella. Con la otra mano habría tocado el koto con sus pezones. Los pechos de Kehinde eran cálidos, opulentos y blandos. Ella habría jadeado, y hubieran comenzado sus juegos nocturnos. Entregada a su excitación, Kehinde habría estado de acuerdo en que ir a casa no era sólo una buena idea, sino el mejor y único plan que podían seguir.
Pero la noticia de su embarazo lo había echado todo a perder. Una sirena de policía se abrió paso entre sus pensamientos, y Albert dio en preguntarse si no era peligroso conducir a tanta velocidad. Podían acabar matando a un inocente. Se puso de un lado, luego del otro, dándole vueltas al asunto.