Kehinde

Buchi Emecheta · Capítulo 8 de 24

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Kehinde

8 Las cartas de Albert

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Las cartas de Albert

 

Sonó el teléfono. Kehinde lo cogió y escuchó durante un instante antes de estallar con tono irritado:

—Muy bien, ¿así que viene mañana? Estoy harta de toda esta gente que mete las narices en mi casa. Sí, claro que quiero venderla, pero estoy segura de que la pareja que vino la semana pasada simplemente quería tomarse el día libre. Debería decirle a la gente que esto no es una tienda de muebles… Sí, lo sé, pero eso no significa que todos los Torn, Dick y Harry tengan derecho a invadir mi intimidad… Muy bien, se la enseñaré. —Kehinde colgó el auricular con estrépito, y al mismo tiempo se pasó la lengua por los dientes.

—Deberías haberle dicho a papá que vendiera la casa antes de irse —dijo Joshua, lo que fastidió aún más a Kehinde.

—Mamá también puede venderla si quiere —la defendió Bimpe.

—¿Puede? Hace meses que viene gente y nadie la compra. Apuesto a que papá la habría vendido en un periquete —dijo Joshua chasqueando los dedos.

—Mamá también puede hacerlo. —La voz de Bimpe adquirió un tono peligrosamente bajo. Kehinde sabía que si dejaba proseguir la discusión, Bimpe acabaría echándose a llorar. Los niños echaban de menos a su padre, y ella también.

—¡Basta, los dos! Ayuda con la cena, Joshua. Hierve el arroz, y nos lo tomaremos con el pescado guisado que hay en la nevera.

—Sólo porque papá se ha ido, ya no te importa quién prepara la comida.

—No me calientes la cabeza, ¿me has oído, Joshua? Creía que te gustaba el arroz. ¿Así que por qué no quieres hervir suficiente para todos? Tardará lo mismo. ¿De qué te quejas? Yo misma te calentaré el pescado si eso va a hacer que te sientas mejor.

—Hay familias en las que los niños no tienen que preparar el arroz — murmuró para sí mismo Joshua mientras salía desgarbadamente de la cocina.

—Tía, tía, he vuelto. ¿Ha tenido un buen día? —La voz de Amaka vibró desde el vestíbulo.

—Esa mujer tiene la voz gangosa…, vaya —se quejó Joshua en voz alta, sin importarle que Amaka le oyera o no.

Bimpe se apresuró a cerrar de un golpe la puerta de la cocina y miró a su madre. Las dos rieron solidarias.

Kehinde fue al vestíbulo a hablar con Amaka, que tenía buenas noticias. La habían aceptado en un parvulario. Estaba muy excitada. Había ido a Inglaterra para estar con el novio que tenía desde la infancia, y poco después habían decidido casarse. Él acabaría su curso de publicidad y los dos volverían a su país. En Nigeria incluso le habían concedido una beca para acelerar su éxito. El futuro de los Oseloke era brillante.

Albert, antes de irse, le había pedido a Oseloke, el marido de Amaka, que ayudara con los gastos de mantenimiento de la casa. Quedó entendido que los Oseloke se mudarían en cuanto Kehinde encontrara comprador. Seis meses más tarde, había aparecido una gotera en el techo, que Kehinde no podía permitirse hacer reparar. Esperaba que Albert le enviara dinero de Nigeria. Había oído decir a algunas personas que en Nigeria el dinero manaba como el agua, como resultado de la fiebre del petróleo. Kehinde lo creía cuando pensó en el despilfarro del Festac 77, el festival panafricano de las artes y la cultura, celebrado en Lagos.

Por una vez, Kehinde tuvo que admitir que sentía envidia. Sabía que sería desastroso permitir que la gente supiera cómo se sentía, pero toda su confianza se estaba diluyendo. Unos meses antes, Amaka no se habría atrevido a gritarle desde el vestíbulo. Ahora no sólo gritaba, sino que Kehinde se alegraba de enterarse de sus buenas noticias.

Y pensar que ella y Albert los habían compadecido la primera vez que aparecieron, protegiéndolos de los funcionarios de inmigración. Oseloke era un inmigrante ilegal, pero cuando las autoridades se enteraron de su presencia, era ya un estudiante becado, con un trabajo a tiempo parcial y un número de la seguridad social. Cuando Amaka llegó para estar con él, se encontró con un novio ya establecido en Londres, y una vez casados ella pudo quedarse con todas las de la ley.

Al igual que Albert, no querían permanecer en Inglaterra más de lo necesario. Nunca dejaban de hablar de Nigeria, de la amistad, el dinero, de lo fácil que allí era la vida. Albert se había visto arrastrado por una oleada de optimismo que ahora también alcanzaba a los niños. Éstos hablaban constantemente de ver a su papi y a su tía Selina.

Kehinde se tragó sus sentimientos y escuchó el relato de la buena suerte de Amaka, emitiendo los esperados sonidos de felicitación. Al menos pronto se irán a Nigeria, se dijo a sí misma.

Poco después llegó una carta de Albert. Como casi todas sus cartas, se parecía a una de esas listas de pedidos que solía despachar en su anterior empleo, en los muelles del este de Londres.

Kehinde tenía que preparar a los niños y asegurarse de que les pusieran todas las inyecciones; debía comprarles una docena de pares de calcetines y ropa interior. Los billetes que le incluía en la carta eran para ellos. Les había conseguido plaza en una bonita escuela privada, donde podrían estudiar con mucha tranquilidad y pocas distracciones.

Kehinde sabía que eso significaba un internado, la elección automática de la élite de Nigeria. Al rememorar su vida en la Escuela Convento del Monte Carmelo, Kehinde decidió que unos cuantos años en un lugar como ése les harían bien a Bimpe y Joshua. Pero les echaría de menos.

Cuando se lo dijo a los niños, estuvieron encantados. Si Kehinde había albergado la mínima esperanza de que protestaran, se quedó decepcionada. Aparte de su estancia con un padre adoptivo cuando eran pequeños, nunca habían viajado a ninguna parte, y habían escuchado con curiosidad los relatos que sus amigos hacían de sus experiencias en vacaciones. Ahora se les prometía una verdadera aventura. A pesar de sí misma, Kehinde percibía aquella reacción como una traición. ¿Acaso no sentían nada por ella? Tuvo que convencerse a sí misma de que sería bueno para ellos experimentar la vida nigeriana.

Unos pocos días después de que se marcharan, Kehinde comenzó a sentir de nuevo aquella intrusa voz interior, la voz de su gemela muerta, Taiwo. Estaba mucho más sola, sin nadie a quien confiarle sus angustias. Moriammo, con la cual podría haber hablado de sus preocupaciones, acababa de dar a luz a un chico, y estaba inmersa en la maternidad y en la devota atención de Tunde. Kehinde ni siquiera podía visitarla sin tenerlo a él rondándolas continuamente. El nacimiento del bebé había transformado a Tunde, y Moriammo disfrutaba de aquella relación nuevamente afectuosa. Eso aumentaba la sensación de aislamiento de Kehinde, su impresión de estar marginada de la vida de todos los demás. Por ello, la voz de Taiwo era fuerte en su interior, y articulaba sus miedos vagamente reconocidos.

«¿Por qué las cartas de Albert no dicen nada? ¿Qué está ocultando? ¿Por qué de pronto Ifeyinwa ha dejado de escribir?». Ya había pasado un año desde que él se marchara. El sueño que había tenido en el hospital volvía a su mente, y también la voz de Taiwo: «Ves, nuestro padre venía para protegerte de todo esto, pero le mataste. ¿Crees que tu Alby puede vivir solo todo este tiempo? ¿Quién te imaginas que le proporciona las atenciones que necesita para sobrevivir?». Kehinde a veces se sentía al borde de la locura. Para disipar la voz, a veces prorrumpía en un himno: «Dulce sacramento de la paz», y lo cantaba en voz alta, una y otra vez. Pero cuando se interrumpía, la voz seguía estando ahí. «¿Por qué no vas a Nigeria y averiguas qué está sucediendo antes de que sea tarde? ¿Has olvidado que en Nigeria se considera viril que los hombres sean infieles? Y aun cuando él no fuera detrás de las mujeres, ellas irían a por él». —Pero primero tengo que vender la casa. ¿Y por qué tengo que justificarme ante ti? ¡Por qué no te largas y te quedas muerta!

—Tía, tía, ¿se encuentra bien? —dijo la solícita voz de Amaka.

Kehinde se disculpó con una risa.

—No te preocupes por mí. Creo que estoy empezando a echar de menos a mi familia. Ahora hablo sola de la venta de la casa.

—Ah, tía. Su familia no es sólo el señor Okolo y los niños. ¿Qué pasa con nosotros, es que no somos también su familia? Puede hablar conmigo, con nosotros, si quiere. No es bueno hablar sola. —Amaka parecía la niñera en que se había convertido.

—No es eso. Pero no te preocupes, no lo entenderías.

En secreto, Kehinde comenzó a hacer planes para marcharse. Sabía que dejar medio vacía una casa de ese tamaño era un derroche y una estupidez. Instaló a Amaka y a su marido en la habitación más grande y puso en alquiler los dos cuartos más pequeños. Aceptó el primer inquilino que se le presentó.

Michael Gibson trabajaba en el centro social del barrio. Era bienhablado y educado, y aunque era negro procedía del Caribe. A ella le gustaba su amabilidad, pero Kehinde se dijo que aquel hombre no se quedaría mucho tiempo. Un negro soltero con un buen empleo era una mercancía demasiado preciada como para pasar desapercibida. Alguna pega debía de tener, pero siempre y cuando pagara el alquiler a tiempo, Kehinde no iba a ponerse a curiosear. En un lugar recóndito de su mente rezaba para tener una mujer de inquilina, y al principio había vacilado, sobre todo porque aquel hombre no era nigeriano. Después de unos días de tenerlo en su casa le sorprendió haber alimentado ese miedo. ¿Había sido causado por lo que diría la gente —su gente—: «Mira, tiene un nuevo inquilino en casa, y es un hombre, y encima extranjero»? Ella y Albert nunca se habían tratado con negros que no fueran nigerianos. De todos modos, razonó, puesto que también vivían ahí Oseloke y Amaka, el arreglo era lo suficientemente decente. Nadie podría acusarla de trabajar y vivir solo para sí misma. Cuando llegara a Nigeria, compraría todos los lujos occidentales necesarios para establecerse como próspera señora de su casa: cosas esenciales como una lavadora, un frigorífico, una televisión y un vídeo. En cuanto a la cadena musical, compraría la más grande y ruidosa que pudiera permitirse.

Pero supongamos, supongamos que después de todo, Albert tenía una novia o le había sido infiel. Su malévolo chi, en la voz de su Taiwo, no dejaba de insinuárselo. ¿Cómo se lo tomaría?

Albert no era así, se dijo Kehinde. Ella le conocía hasta la médula. Él era distinto, tenía principios, y el principal de todos ellos era hacer feliz a su familia. No, Albert no era de esos que rompen su familia o la hacen desdichada. La voz de Taiwo era simplemente malévola.

Además, Nigeria también era su país. ¡Ella no podía haber cambiado tanto! ¿Qué chica nigeriana sería capaz de soportar la presencia de una rica y próspera señora recién llegada del extranjero? ¡No se atreverían a competir con ella! Y en cuanto a las cartas de Albert, él nunca había sido un gran escritor de cartas, ni siquiera cuando la cortejaba.

Primero tenía que vender la casa, pero eso también estaba resultando lento y estresante. El cartel de «En venta» que había delante de la casa aleteaba al viento recordándole su fracaso.

El sonido de la puerta delantera abriéndose lentamente la despertó de su ensueño. Era Michael Gibson. Tenía la costumbre de decir a modo de saludo: «Sólo soy yo», mientras entraba en la cocina.

—Buenas noches, señora Okolo.

—Buenas noches, señor Gibson. ¿Ha tenido un buen día?

—No puedo quejarme.

A juzgar por sus expresiones, Michael Gibson llevaba mucho tiempo en Inglaterra. Al igual que los Okolo, era un negro bastante bien educado en un empleo de clase media baja. Kehinde a veces se preguntaba cuál era su historia, por qué un negro atractivo de poco más de treinta años aún vivía solo, y además un negro con un buen empleo. Muchos negros no soportaban la rutina durante mucho tiempo, y reaccionaban al inevitable racismo más violentamente que las mujeres. Este hombre, por el contrario, era tranquilo y considerado, tal como había que ser para conservar su empleo de trabajador social.

Al igual que los Oseloke, Michael Gibson prometió mudarse en cuanto Kehinde encontrara un comprador, y por ese motivo ella le rebajó el alquiler. Se le permitía utilizar la cocina, pero nunca lo hacía. Se preparaba el té y el café en su habitación y comía fuera, incluso los domingos. Los negros saben gastar el dinero, pensaba Kehinde.

—Sabe, señora Okolo, hoy hace muy buen día.

Kehinde no se había dado cuenta de que aún estaba de pie en el vestíbulo, avanzando con dificultad entre la publicidad gratuita que se introducía debajo de las puertas de la mayoría de hogares de Londres. Debía de haber estado observándola. Eso infundió un poco de vida a la voz de Kehinde, que le respondió animadamente:

—Sí, hoy el sol brilla de verdad. Por una vez, tengo calor.

Michael Gibson rió educadamente.

—¿Entonces ha tenido un buen día?

—Sí, señor Gibson, gracias.

Esta breve conversación la sacó de su pesimismo. Michael Gibson se encaminó pensativo escaleras arriba y Kehinde fue a la habitación de delante para ver si podía charlar con Moriammo por teléfono. La cocina quedaría vacía para el señor Gibson, en caso de que deseara utilizarla, pero no lo hizo. Con Moriammo tuvo más suerte. Tunde no estaba en casa, así que hablaron durante dos horas, y Kehinde se sintió más aliviada. Después de todo, la factura telefónica era asunto suyo.

Semanas más tarde llegó carta de Joshua y Bimpe. Estaban en una escuela privada, y lo pasaban muy bien. En la escuela de Joshua, ellos mismos construían sus propios lavabos, y cada clase tenía un trozo de tierra para cultivar, por lo que la escuela no tenía que comprar huevos y verduras. Su padre había ido a verles el sábado anterior. Bimpe observaba: «Aquí hay muchas tías, algunas incluso viven en nuestra casa. Me gusta, pero debes venir pronto. Aun cuando no puedas vender la casa, ven a ver a papá y a tus parientes. Tu hermana tía Ifi es encantadora».

Unos pocos días después llegó carta de Albert. «Las calles de Lagos son como Petticoat Lane en sábado», decía. «La vida social es estupenda. Debido a mi nuevo trabajo tengo que viajar al norte, a lugares como Kano, Maiduguri y Kaduna. No puedo enviarte dinero porque, después de todo, K, tú tienes un buen empleo, y deberías poder pagar las facturas con tus ingresos. ¿Los Oseloke ya no viven ahí? K, debes aprender a administrarte mejor. Cuídate, Alby».