Kehinde
4 Kehinde y Albert
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Kehinde y Albert
Era una templada tarde de primavera, fresca y ventosa, pero no fría. Eran casi las siete y la hora punta ya había acabado. Circulaban lentamente, y Albert escrutaba las fachadas de las casas buscando la dirección de la clínica. Rozando la acera, se acercaron a una mujer solitaria que llevaba una minifalda roja y un abrigo de pieles barato. Sus pasos se hicieron más lentos a medida que ellos se colocaban a su altura, y ella se inclinó para mirar el interior del coche. Al ver a Kehinde, la mujer se enderezó abruptamente y se alejó en un contoneo, mientras su cigarrillo dejaba tras ella un espectral gusano de humo.
Kehinde, encorvada tristemente en su asiento, pensó que, después de todo, Albert la había puesto al nivel de esa mujer, de esa prostituta. Para él eran todas iguales, sólo cuerpos, vehículos convenientes que, cuando asumían una carga inconveniente, se los podía vaciar por los mismos medios. En la mente de Kehinde, interrumpiendo sus pensamientos, se oyó una voz, la misma voz que a menudo oía cuando se sentía sola o confusa. «Nuestra madre murió al darte a luz. Yo también expiré para que tú pudieras vivir. ¿Vas a matar a tu hijo antes de que tenga una oportunidad de vivir?».
Taiwo: el que me precede en el mundo. Éramos dos en el vientre de nuestra madre. No teníamos voluntad propia. Seguíamos el ritmo de todo lo que nos rodeaba. Nuestra comida procedía de nuestra madre, y, a cambio, transmitíamos nuestros desperdicios a su sangre. Pronto comenzó a faltarnos el agua de la vida. Todo se volvió escaso y exiguo. Por fin comenzamos a hablar entre nosotras, compartiéndolo todo lo mejor que pudimos para sobrevivir, cada vez más débiles. Sin embargo, conseguimos sobrevivir durante meses, tocándonos y besándonos, aprovechando el espacio disponible. Juntas luchamos contra la piel que nos mantenía cautivas. Queríamos estallar e irrumpir en el espacio abierto. No sabíamos qué nos esperaba en el mundo, pero cualquier cosa, cualquier lugar, era mejor que donde estábamos. Nos comunicábamos a través del tacto y algunos sonidos. Sonidos que sólo nosotras podíamos comprender. Y un día pusimos sitio a la piel que nos encerraba. Frustradas, golpeamos y gritamos; y dimos patadas y aullamos en nuestro limitado espacio. Agotada, me dormí. Incluso en el sueño sentí cómo cesaban los movimientos rítmicos a los que me había acostumbrado. Tanteé a mi alrededor, en aquella agua tibia cada vez más espesa, buscando a mi hermana, pero ahora no era más que un fragmento de carne sin vida. Me aferré a ella, pues era el único calor vivo que conocía. La llamé, pero no hubo respuesta. La llamé a gritos en mi tumba ahora solitaria. Nadie oyó mis gritos. La acaricié, la estreché contra mí, tan fuerte que la humedad de su cuerpo comenzó a fluir hacia el mío. A medida que ella se secaba, yo tenía más espacio. Me volví más grande. Sobreviví. Pero no me comí a mi hermana, como ellos dijeron. Sólo había vida suficiente para una de nosotras.
Nuestra madre, pobre alma, debió de pasar un infierno para darnos a luz. Sí, yo quería salir primero. Ser el Taiwo, el que probara el mundo primero. Intenté retener lo que quedaba de mi hermana, pero incluso su cuerpo arrugado y sin vida poseía una fuerte y obstinada voluntad. Su cabeza menuda y marchita salió la primera. Mi madre ya no tenía energía para darme a luz, pues para entonces yo era muy grande, como dos bebés en uno. La abrieron y me sacaron a mí, Kehinde, el gemelo que va detrás. Mi madre y mi hermana murieron. Nadie me quería. Por suerte, tía Nnebogo vino a visitarnos y me apartó de toda esa gente que me acusaba de ser una niña que había traído mala suerte. Pero tía Nnebogo corrió el riesgo, y le mereció la pena. Me llevó donde ella vivía, al lejano Lagos, donde el pueblo yoruba cree que los gemelos traen suerte y les dan nombres especiales: Taiwo y Kehinde. Dicen que tan pronto como entré en la vida de tía Nnebogo, su negocio de pescado floreció. Consiguió dinero suficiente para alquilar una habitación para ella sola en Macaullum Street, en Ebute Metta. Se volvió independiente, y fue lo suficientemente rica como para poder pagar el funeral de su madre, que había muerto cuando ella era muy pequeña.
Nadie me dijo que tía Nnebogo no era mi madre, y así la llamé hasta que tuve once años. Cuando me daban akara o moyin-moyin, en la época en que yo aún aprendía a andar, lo partía en dos, una parte para mí y otra para mi Taiwo: el que salió a probar la vida por mí. Lo hacía aun cuando no supiera que era hermana gemela, o que había privado a Taiwo de su vida. Incluso le hablaba en mis sueños, sin saber a quién me dirigía. A veces tía Nnebogo solía impacientarse y enfadarse porque yo quisiera hacerlo todo dos veces. Posteriormente comprendí que ella no deseaba que yo supiera la historia de mi nacimiento. Sabía que la gente se acordaría y diría: «¿No es ésta la niña que trajo mala suerte a su madre y a su hermana? ¿No es ésta la niña que privó a sus hermanos y hermanas de la alegría de tener una madre? ¿Qué haces con una niña que trae tan mala suerte?». Pero tía Nnebogo no tenía hijos, y quería protegerme. Incluso me puso un nombre cristiano: Jacobina, por Jacob, que luchó y ganó la batalla contra su hermano Esaú en la Biblia. Tía Nnebogo adoraba las historias bíblicas, que le recordaban nuestros cuentos del claro de luna. Me contó esa historia tantas veces que, durante un tiempo, pensé que era la historia de mi propio nacimiento.
Creo que yo tenía cinco años cuando vimos una iyabeji —el nombre que los yorubas dan a la madre de los gemelos— bailando como suelen hacer dichas madres. Vino acompañada de sus gemelos al puesto de pescado donde vendía mi tía. Yo estaba en la parte de atrás del puesto, sentada sobre una esterilla, con las piernas abiertas, disfrutando del frescor de la tierra hollada. Estaba comiendo iwu-akpu, que me gustaba porque estaba frío, y llenaba y era realmente gustoso. Como siempre, dejaba un puñado en un rincón para mi chi, y otro en un rincón distinto para mi Taiwo. Yo hablaba porque el iwu-akpu me gustaba mucho, y le estaba diciendo a Taiwo: «Toma este poco, pero yo voy a comerme esta ración más grande porque tengo mucha hambre».
La iyabeji venía con su onilu, y comenzó a cantar las alabanzas de los gemelos, informándonos de que «la madre de los gemelos está diciendo hola a todos vosotros». Su voz era obsesiva y conmovedora, y todo el mundo se le acercó:
Iyabeji nki yio…
Eru o be mio lati bi ‘beji o…
Siguió cantando, y dijo que no tenía miedo de ser la madre de unos gemelos, y enumeró los atributos de los gemelos, y rezó por la buena voluntad de todos los presentes.
Dejé de comer. El onilu tocaba con fuerza, y la iyabeji bailaba lentamente, doblando las rodillas y moviéndose en un hermoso ritmo al compás del tambor. La obsesiva melodía de la canción ibeji mesmerizó a los propietarios de los puestos de pescado. Los gemelos, uno cara al otro, a la espalda de la madre, asomaban la cabeza para mirar a la gente con los amplios ojos de la inocencia. Mi mirada captó la suya y la sostuvo durante una fracción de segundo.
Algo estalló en mi interior, como si se abriera un divieso. Una vieja pregunta que se había estado pudriendo en mi interior durante mucho tiempo fue respondida en ese momento.
Me incorporé de un salto y, volcando el bol de iwu-akpu, me precipité hacia tía Nnebogo.
—¿Dónde está mi Taiwo…, la persona que probó el mundo por mí? — grité. Mi voz, aguda e histérica, ahogó la de la iyabeji—. Éramos dos, ¿no es cierto? —insistí, con la certeza de la revelación.
La iyabeji dejó de bailar. Todas las miradas se apartaron de ella y se dirigieron hacia mí. El tamborilero sonrió y preguntó:
—¿Así que la pequeña es gemela?
Tía Nnebogo tuvo que asentir. La escena que yo estaba protagonizando le produjo un miedo atroz, y no tuvo tiempo de pensar la respuesta correcta. Simplemente asintió, como una lagartija asombrada que acaba de caer de un árbol. Yo sólo callé cuando todo el mundo que estaba en los puestos de pescado aportó dinero, pescado y pequeños regalos y me pidieron que los llevara a los gemelos. Eso me encantó: que me eligieran para dar dos series de regalos a la madre de los gemelos, para darlos a gemelos como yo.
Cuando la iyabeji se fue, todos empezaron a preguntarme dónde estaba mi Taiwo, y por qué no se había hecho una réplica de mi hermana perdida para que la llevara conmigo. Mamá Comfort, la dueña del tenderete que había junto al nuestro, y que también era de la misma parte de Nigeria que yo, seguía preguntándole a tía Nnebogo:
—¿Cuándo tuviste gemelos? Sabes que deberías llamarte por los nombres de los gemelos, de otro modo podrían tener mala suerte. Así que entonces eres «madre-de-gemelos».
Mi tía negó con la cabeza ante aquella mujer tan curiosa, llevándose un dedo a los labios. Hizo gestos frenéticos para silenciarla en mi presencia. Yo no era demasiado pequeña para comprenderlo. Incluso entonces supe que ella iba a darle una explicación. Pero lo que Mamá Comfort dijo a continuación siguió resonando en mi mente mucho después:
—Siempre pensé que cuando dividía su comida antes de tomársela se la estaba dando a su chi.
Tía Nnebogo replicó en voz baja:
—Su hermana gemela y su chi son uno y lo mismo.
Aquel día, cuando volvimos a casa, me puse enferma. La gente aportaba diversas explicaciones al origen de mi fiebre. Pero tía Nnebogo era cristiana. Cuando ella me arrancó de la negativa situación en que nací, pensó que me estaba salvando de las garras de la superstición. No sabía que yo me convertiría en una niña que no dejaría morir su identidad. Yo no dejaba de preguntar: «¿Dónde está mi hermana? ¿Dónde está mi Taiwo?». Sabía que mi gemela era una niña, al igual que nadie tuvo que decirme que yo había nacido acompañada de un gemelo.
Algunas personas que lo sabían, en momentos de descuido, habían dejado escapar algunas insinuaciones acerca de mi pasado, pues creían que mi nacimiento había provocado un desastre, y esas insinuaciones habían penetrado en mi subconsciente. Yo llamaba a tía Nnebogo «mamá» porque era la única madre que conocía. Otras personas la llamaban Mamá Jacobina, y ella respondía a ese nombre, pero yo siempre creí que ella no permitiría que la leche de su amor fluyera libremente, tal como hacían tantas madres a mi alrededor. Casi todas las madres daban demasiado amor e intentaban poseer a sus seres queridos. Pero yo estaba obsesionada con mi pasado, de modo que tía Nnebogo me ponía en el dobladillo de la falda de su amor.
Sin embargo, para que yo me sintiera completamente bien, le encargó a un tallista especial de ibeji que me hiciera un Taiwo. Ellos debieron de decirle que comenzara a llamarme por mi nombre real, Kehinde, y al cabo de unos años yo había olvidado que antaño me habían llamado por otro nombre.
Kehinde fue devuelta al presente por la voz de Albert. Éste, con la boca pequeña, dijo:
—Siento tener que hacer esto. Cuando volvamos a Nigeria podrás tener todos los hijos que quieras, te lo prometo. Kehinde se encolerizó inmediatamente.
—¿Qué quieres decir, tener tantos hijos como quiera? ¿Es que has olvidado que también me van a ligar las trompas? La noche pasada hablaba en serio. Si aborto este crío, quiero que me liguen las trompas. Ya no puedo confiar en que tomes las debidas precauciones. Y no quiero volver a pasar por esto nunca más.
Albert la miró con aire preocupado, y le enjugó unas lágrimas de cólera y frustración. A él no le importaba ese asunto de la ligadura de trompas, pero Kehinde lo había puesto como condición para el aborto. Él se había visto obligado a asentir. No había manera de ahorrar para volver a casa disponiendo sólo de su sueldo, por no hablar de alimentar otra boca. Se consoló pensando que si los médicos ligaban las trompas de las mujeres, seguramente podrían desligarlas de nuevo en cuanto Kehinde pudiera permitirse tener otro hijo.
—Cuando lleguemos a Nigeria —continuó Kehinde—, si al final voy contigo, procuraré pasarlo bien. No llegaré allí y empezaré a tener hijos. Si no puedo tener éste aquí, entonces no voy a tener ninguno allí. Y puede que ni siquiera vaya contigo. Mis sueños acerca de nuestro país son confusos. No tengo una visión clara de lo que se supone que estoy buscando allí. Así que date prisa y dile a tus… hermanas lo que te dé la gana.
Kehinde había estado tentada de ponerles un feo epíteto a sus hermanas, pero no se atrevió. La mujer igbo que había en ella sabía lo lejos que podía llegar. Podía decirle a Albert lo que se le antojara, pero no hablar mal de sus parientes. En cualquier caso, no delante de él.
Albert no hizo caso de sus palabras, atribuyendo su malhumor a los nervios por la operación.
—Ah, aquí estamos, número setenta y uno —dijo con alivio, deteniéndose en la puerta delantera de la clínica.
El corazón de Kehinde le golpeaba con fuerza, como granizo sobre un techo de hojalata. Sentía que estaba tomando una decisión crucial, y sus piernas eran como gelatina, apenas capaces de sostenerla. Si Albert hubiera dicho en ese momento: «Volvamos a casa, cariño. Nuestros sueños deberían estar encerrados en un destino común, y no separados», ella le habría amado devotamente durante el resto de su vida. Pero Albert no lo dijo. Kehinde caminó como un zombi hasta la puerta delantera. Albert llamó al timbre.
Una mujer con un uniforme blanco, que llevaba una sonrisa estrictamente comercial, les miró de arriba abajo.
—Entre, señora Okolo. Su habitación está lista. Vamos.
El vestíbulo era alto y enorme. El suelo estaba bellamente embaldosado, y había una gran araña de luces colgando del techo. A la derecha, una escalera de madera y hierro se curvaba como una serpiente hacia el piso de arriba. A la izquierda había una mesa tan encerada que parecía de cristal. Sobre ella se veía un jarrón de rosas amarillas que se reflejaba en su superficie. El ambiente delataba dinero. Kehinde pensó en cuánto iban a pagar.
—Piensa en lo mucho que cuesta criar a un niño hoy en día —le había dicho Albert la noche antes, y ella estuvo de acuerdo en que no podían permitirse tener otro. Pero sí podían permitirse esto.
La llevaron a una habitación clínicamente limpia, con dos camas individuales, una lujosa alfombra verde en el suelo y una mesita de noche con patas como de cangrejo. Había una televisión con parafernalia de vídeo al lado de la ventana, tan elaboradamente adornada que parecía un escenario. No había nadie en la otra cama, y Kehinde dio gracias por ello.
—Volveré mañana para llevarte a casa, a esta hora, más o menos. ¿No es eso, enfermera? —Albert, ahora que ya la había acompañado hasta allí, tenía prisa por marcharse. La mujer de sonrisa comercial captó la mirada de Albert y asintió.
—Sí, mañana más o menos a esta hora. La operación se hará temprano, pero nos gusta que nuestras madres…, nuestros pacientes, se tomen un par de horas de descanso antes de marcharse. Así que tiene usted razón, señor Okolo.
—Yo soy madre. Tengo dos hijos —le espetó Kehinde ilógicamente a la pobre mujer.
Albert y la enfermera dieron un respingo. La enfermera se recuperó primero.
—Oh. —Su cara sonrisa le arrugó las comisuras de la boca, revelando una hilera casi completa de dientes nacarados—. Oh, entonces no me equivoco al llamarla madre.
«Y éste es mi marido», quiso añadir Kehinde. «No soy una puta de esas que hacen la calle. Soy una mujer respetable». Pero su cuerpo tembloroso la acalló. Se sentó descuidadamente sobre la cama cuidadosamente hecha.
—Adiós, señor Okolo, le veremos mañana.
Albert se inclinó y le dio a Kehinde un húmedo beso en la mejilla. Ella comprendió que estaba haciendo comedia ante la enfermera. Besar, después de todo, no formaba parte de su cultura.
—Adiós, K-k, te veré mañana. —Albert le lanzó una mirada de despedida, pero caminó presuroso hacia la puerta.
No voy a llorar, mujer estúpida. Dos niños son suficientes. No me importa que mi madre tuviera ya ocho hijos cuando murió al darme a luz a mí y a mi hermana gemela, Taiwo: la que probó el mundo antes que yo. La que murió con mamá. No voy a hacer ningún caso de eso. Ninguno.