Kehinde

Buchi Emecheta · Capítulo 16 de 24

Páginas del PDF

Kehinde

16 Regreso a Londres

16

Regreso a Londres

 

Ifeyinwa sollozaba como si se le fuera a partir el corazón.

—¿Cómo podré volver a tener la cabeza alta? Ahora, todo el mundo le dirá a Albert: «¿No te previnimos en contra de ella? ¿No te previnimos en contra de su familia? No son buenos». Mira a tu alrededor, Kehinde, ¿ves que alguno de nuestros hermanos o sus esposas haya venido a despedirte? No están aquí porque nos has avergonzado a todos. Fingen no saber que te vas hoy. Envié a mi hijo Amechi a que se lo dijera a todos… —Los sollozos de Ifeyinwa eran casi incontrolables.

—Pequeña madre, Ifi, ya hemos pasado por todo esto otras veces. Fui una necia por no haber advertido antes ese aspecto de Albert, pero ahora que lo he visto, no puedo aceptarlo.

—Por favor, hablas como si fuésemos salvajes…

—No, Ifeyinwa, sabes que no quiero decir eso. Nunca había vivido en una familia polígama, excepto cuando venía a visitarte, y ya me sentía alejada de ti antes de abandonar Nigeria. Sólo conocí a tía Nnebogo, y luego el convento. Albert fue educado en una familia polígama, y tú también. No quiero que ahora volvamos a pasar por todo esto. Joshua y Bimpe lo comprenden. Procura ver las cosas con mis ojos. Prometo ayudarte económicamente siempre que pueda. Estar sin Albert en Londres significa que seré libre para decidir qué hacer con mi dinero.

—Padre no debería haberles permitido que te llevaran con ellos. Deberían haberte contado la historia de tu nacimiento desde el principio. Deberían haberte educado con el resto de nosotros.

Kehinde se sentía cansada. De pronto anheló huir a la paz de su propio hogar. Tan pronto como hubo facturado el equipaje, le dijo adiós a Ifeyinwa y se encaminó hacia la sala de embarque para evitar más lágrimas. Acababa de sentarse en el banco de metal gris oscuro a la espera de su vuelo cuando unos golpecitos en el hombro le hicieron volver la cabeza.

—Oh, Ifeyinwa, ¿cómo te las has arreglado para que te dejaran pasar? — exclamó—. Esto es sólo para pasajeros.

—Todavía estamos en Nigeria, ¿te has olvidado, abi? Con muy poco se puede conseguir mucho. —Suspiró—. Ojalá pudiera irme contigo.

—Eh, pero ¿qué ocurre? Ahí fuera me estabas recordando mis deberes y responsabilidades. Y ahora quieres venir conmigo.

—Sé lo que dije. Pero tú eres una hermana gemela, y debes hacer lo que tu chi te dice. Los gemelos son difíciles de predecir.

—¿Y has entrado en la sala de embarque para decirme eso?

Ifeyinwa asintió. A continuación añadió, como si se le acabara de ocurrir:

—He oído decir que Albert tiene una amante en el norte. Creo que Rike sospecha.

Hubo un largo silencio antes de que Kehinde respondiera:

—Pobre Albert, ¿cómo va a poder hacer frente a tantas responsabilidades? —Tomó una de las manos de Ifeyinwa y la sostuvo entre las suyas—. Gracias por contármelo, pero ¿por qué intentaste convencerme de que me quedara si sabías eso?

Ifeyinwa encogió sus hombros delgados.

—Al menos nadie podrá culparme por no intentar retenerte. De acuerdo con la tradición, he cumplido con mi deber fraterno. Y ahora hablemos con los pies en la tierra. —Ifeyinwa preguntó con una áspera voz de rebelión—: Dime, hermanita, cuando llegues allí, ¿vas a buscar otro hombre?

Kehinde fingió sentirse escandalizada.

—¿Después de que me hayas dicho que el hombre que me llevó al altar está a punto de tomar una tercera esposa? —Una sonrisa malévola iluminó la cara escuálida de Ifeyinwa. Por primera vez, Kehinde atisbo el espíritu atrapado tras el barniz de la tradición.

—Dímelo, ¿vas a buscar otro hombre o no? —insistió Ifeyinwa.

—El otro día me dijiste que aún era joven. No voy a coserme con una aguja ni a encerrarme con un candado. Por lo que puedo deducir, esa libertad, en particular, es una de las alegrías de la poligamia.

—¿Y la otra esposa de Albert? —preguntó Ifeyinwa, ahora sonriendo ampliamente. De nuevo, Kehinde lamentó no haber tenido la oportunidad de llegar a conocer profundamente a su hermana.

—Bueno, Rike será responsable del bienestar de Joshua y Bimpe durante las vacaciones.

—Aprendes rápido. Le tengo reservadas unas cuantas sorpresas para cuando te hayas ido.

—¿Qué sorpresas?

—Ah, tú guardas tus secretos y yo guardo los míos. Pero quédate tranquila, Albert no va a conseguir una naira de esa casa de Inglaterra.

Kehinde deseó poder llevarse a su hermana con ella. Comprendía que Ifeyinwa iba a echarla de menos. Ahora era abuela y se esperaba que se comportara como tal, pero podía pasar por una mujer de treinta y cinco, y el cuerpo que había utilizado todos esos años para alimentar y cuidar a sus hijos todavía anhelaba solaz. Kehinde la abrazó y suspiró.

—Ahora, hermanita, no más lágrimas. Te mandaré a buscar en cuanto pueda permitírmelo, al menos para que me hagas una corta visita.

Ifeyinwa le correspondió en el abrazo.

—Sé que lo harás, y yo desde luego vendré. Así que te veré en Londres.

En Heathrow, para sorpresa de Kehinde, incluso los oficiales de inmigración le dieron la bienvenida. Generalmente, cualquier persona procedente de Nigeria era husmeada por unos perros especialmente adiestrados para la búsqueda de drogas, y a continuación se la sometía a todo tipo de preguntas en el mostrador de inmigración, pero Kehinde eludió todo eso.

Fuera, aunque hacía frío, brillaba el sol, y Kehinde sintió una oleada de júbilo. Se apeó del taxi delante de la casa en Leyton, y le sorprendió que nada hubiera cambiado en los doce meses que había estado fuera. No sabía qué cambios había esperado, pero parecía como si las cosas siguieran inmutables. Sólo unas pocas horas antes, aún en Nigeria, pensaba que el mundo se estaba derrumbando. Ahora observaba que los árboles plantados por el ayuntamiento a lo largo de la calle comenzaban a echar brotes. En pocos días florecerían, y sería primavera.

Kehinde introdujo la mano en el bolsillo del abrigo y sacó la llave de la puerta delantera. Cuando la encajó, se quedó sorprendida.

En el interior del estrecho vestíbulo, el olor de su casa londinense le dio la bienvenida como a una niña extraviada. Antes de que pudiera reprimirla, una voz gritó en su interior: «¡Hogar, dulce hogar!». Taiwo, que no había hablado desde que Kehinde se fuera a Nigeria, había vuelto. Kehinde reprendió a la voz: «Éste no es mi hogar. Nigeria es mi hogar». Mientras lo decía, sabía que se estaba engañando, y que Taiwo no se lo permitiría.

«Tomamos nuestras propias decisiones a medida que vivimos —dijo la voz—. Ésta es tu decisión. No hay nada de que avergonzarse». «Sí —Kehinde se descubrió a sí misma discutiendo—, pero éste es un país donde la gente cree que si hablas con tu chi estás hablando sola, y si hablas sola, es que estás loca». Una fría corriente de aire le rozó los tobillos, y se dio cuenta de que no había cerrado la puerta. El letrero de se vende batía melancólicamente al viento. Algo la impulsó a salir de nuevo, y con una fuerza inesperada lo arrancó del suelo.

—Esta casa no está en venta —declaró—. Esta casa es mía.