Kehinde
21 La rebelde
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La rebelde
—¿Por qué el señor Gibson no se va de casa ahora que he vuelto yo, mami?
—Porque no quiere irse.
—Pero yo quiero que se vaya. Si no se lo dices tú, lo haré yo.
Joshua, recién llegado de Nigeria, flexionaba sus músculos adolescentes. Kehinde miró a su hijo, y vio al larguirucho joven en que se había convertido. Joshua creía tener respuesta a los problemas del mundo, pues había estado en África, donde a los jóvenes se les hace creer que poseyeron el cielo y la tierra.
Kehinde, mientras tanto, todavía tenía que vivir su vida. A los cuarenta y cinco años, sería una anciana en cualquier poblado de África, pero en Occidente simplemente se acercaba a la mediana edad. Kehinde no era insensible, sólo práctica. Un niño no tiene por qué matar a sus padres para afirmar su virilidad. En su casa se quedaba quien ella deseaba que se quedara.
—El señor Gibson no molesta a nadie, cariño —le dijo dulcemente a Joshua.
—Pero ésta es mi casa, y quiero que se vaya.
—Eso no es del todo cierto. Ésta es mi casa, aunque quizá sea tuya algún día.
Kehinde esperó a que Joshua objetara que él era el primogénito de su padre, y que las casas no son de las mujeres, pero en lugar de eso murmuró con hosquedad:
—Dicen que es homosexual.
—¿Quién dice eso? ¿Sólo porque no está casado? Esto es Inglaterra, sabes, aquí la gente no está obligada a casarse. Y aunque lo fuera, ¿hay algo malo en ello?
Joshua asomó el labio inferior.
—Es vergonzoso. A la gente como él habría que matarla. Transmiten la enfermedad —profirió.
—Joshua, cualquiera que sea sexualmente activo puede contraer el sida. Incluso tú. Es mejor que pienses en ello, ya que eres tan adulto. —Kehinde suspiró y colocó un pie encima del sofá donde estaba sentada. Estaba más cómoda, y además era su sofá. De hecho, era su sala de estar.
Joshua la miró asombrado. Había esperado que Kehinde fuera una madre ideal de la aldea de Ibusa, pero ella vivía en Londres, no en la aldea. A continuación Joshua dijo abruptamente:
—Te vi en la cama con él.
—Oh, ¿y por eso organizas todo este drama? Lo siento, no estábamos seguros de que fueras tú. No teníamos intención de que nos vieras, créeme, pero amar no es un crimen. Tu padre ha tomado dos esposas más en Nigeria, y yo no me quejo. Es una de las maravillas de la poligamia, te da libertad. Todavía soy su esposa, si quiero serlo, y todavía soy tu madre. Eso no cambia nada. —Kehinde rió al ser poseída por Taiwo, el espíritu de su hermana rebelde—. Tú tienes tus novias, ¿no? —preguntó—. ¿Y por qué crees que tu hermana Bimpe no quiere venir a estudiar a Londres? Porque quiere estar con su novio, Elijah. Y si te hubieras tomado la molestia de llamar, no habrías visto lo que no tenías que ver. Solías llamar cuando tu padre vivía aquí.
—Mamá, ¿es que no te das cuenta? Él no es nigeriano, ni siquiera africano. Es de las Indias Occidentales, y más joven que tú. Estás haciendo el ridículo.
«Dios mío, ¿realmente cree las tonterías que está diciendo?», pensó Kehinde. ¿Acaso había creído que a su llegada ella cambiaría su manera de vivir? Todavía se preguntaba qué replicar cuando Joshua prosiguió:
—Se supone que, legalmente, todo esto es mío. Papá lo dijo vanas veces, tú misma lo oíste. ¿Por qué no le plantas cara a él, entonces?
—Ya sé lo que dijo tu padre, ¿pero dónde se supone que debo vivir? Deja que te diga algo. Cuando tu padre y yo comenzamos a salir, no heredamos ninguna casa. Trabajamos para pagar nuestros estudios, a muchos kilómetros de nuestra familia. A ti te ha sonreído la suerte. Tienes una buena educación y un pasaporte británico, así que encontrarás muchas más oportunidades que nosotros.
—Creía que tenías que vivir para tus hijos —dijo Joshua.
—Y lo hice, cuando erais pequeños. ¡Toda mi vida giraba alrededor de vuestras necesidades, pero ahora ya eres un hombre! Las madres también son personas, por si no lo sabías.
Joshua frunció el entrecejo. Intentaba aceptar a una madre que se comportaba de manera muy distinta a la que le había criado. No sólo consideraba que le estaba privando de sus derechos, sino que eludía sus responsabilidades como esposa y como madre.
—Pero, mamá, me dijeron que debía ponerme al frente de la casa y cuidar de ti. Todas las madres quieren que sus hijos las cuiden —argumentó.
—Lo que dices es muy noble. —Kehinde rió—. Pero en este momento no necesito que se ocupen de mí. Me haces más falta como amigo, al igual que necesito a tu padre, al señor Gibson, a Bimpe y a muchos otros. Tengo un título universitario y un trabajo en el Departamento de Servicios Sociales. Me gusta conocer gente y llevar mi propia vida.
—O sea, que ahora que has llenado tu vida, ¿ya no necesitas a tu familia? —Joshua hizo un puchero.
—Por supuesto que te necesito. Es sólo que ya no tengo energía para llevar las cargas de todo el mundo. A veces yo también necesito ayuda.
—¿Y qué me dices de papá?
—¿Qué pasa con él?
—Ésta también es su casa.
—Yo no le eché. Él se fue y fundó otra familia. Es libre de regresar siempre que quiera.
—Entonces ¿por qué no vuelve?
—No lo sé. Quizá porque no quiere.
—¿Qué quieres decir con eso? De verdad, mamá, ya no te entiendo.
—¿Es que los mayores siempre tenemos que justificar nuestro comportamiento ante vosotros, sólo porque sois jóvenes? Estoy segura de que él tiene sus razones para no volver a Londres.
Joshua le lanzó a su madre una mirada severa e insistente. Se había jactado ante sus amigos de que su padre le había regalado una casa, hecho que también había dejado bien claro ante su nueva novia, Moya. Antes de poner rumbo a Lagos, Albert le había dicho:
—Los hombres debemos permanecer unidos y cuidar de nuestras mujeres. La casa de Londres es tuya. Asegúrate de que la pongan a tu nombre. Tu madre te quiere mucho y se sentirá feliz de ver que reclamas tu derecho. Consigue algunos inquilinos y envíame el dinero mensualmente. —Eso hizo que Joshua se sintiera importante, como si tuviera una responsabilidad. Cuando Albert fue a despedirle al aeropuerto de Murtala Muhammed, fue lo suficientemente atrevido como para darle a su padre unas palmaditas en la espalda y decirle que no tenía nada de que preocuparse. Pero la madre que había encontrado en Inglaterra era muy distinta de la que recordaba. Había salido adelante por sí misma, había estudiado una carrera y sobrevivido sin ayuda de su familia. Joshua no había contado con lo que eso significaba.
Con el tiempo, incapaz de ganar la discusión, le escribió a su padre. Albert le aconsejó que acudiera a una asesoría legal. Allí le dijeron, sin mucho preámbulo, que la casa pertenecía a sus padres, y que si su madre no deseaba renunciar a la propiedad, no había nada que hacer.
—¿Quién paga la hipoteca ahora? —preguntó el abogado.
—Mi madre —replicó Joshua sin pensar.
—Entonces pierdes el tiempo. Procura llevar tu propia vida y no interferir en la de tu madre.
A Joshua le resultó muy difícil aceptar ese hecho. Tenía una beca para estudiar agricultura, un tema que le había fascinado al llegar a Nigeria. Había creído que su madre se retiraría elegantemente, dándole el mando de la casa. La beca y el dinero obtenido del alquiler de la casa le habrían permitido llevar una cómoda vida de estudiante. Moya tampoco reaccionó como esperaba cuando él le dijo que comenzaba a pensar que su madre no le otorgaría plenos poderes sobre la casa. La respuesta de ella fue:
—Bueno, es su casa.
—Pero cuando te conocí te dije que tenía una casa y que haríamos la carrera sin pagar alquiler. ¿Acaso no fue por eso que nos hicimos amigos?
—Ése fue uno de los atractivos, sí. Pero las cosas han ido de otra manera. ¡Y qué! Creiste que tu madre haría las maletas y se iría…, pero ¿adónde? A nuestra edad no siempre es bueno cargar con la responsabilidad de una casa. Las casas necesitan cuidados, ya sabes.
Joshua pensó que se estaba riendo de él. Sin embargo, estaba decidido a poner las cosas en claro con su madre de una vez por todas.
Pocos días más tarde, Joshua vio a Kehinde y al señor Gibson juntos en el dormitorio. Ciego de rabia salió de casa dando un portazo, decidido a hacer que su madre se avergonzara de su comportamiento.
Pero al hablar con ella cara a cara, su madre pareció enorgullecerse de su actitud. Disfrutaba eludiendo sus deberes. Casi todas las mujeres igbo asumían las cargas de toda la familia, y así los suyos siempre las necesitaban. A su madre ya no le importaba todo eso. ¿Cómo podías tratar con una rebelde que resultaba ser tu madre?
Joshua gritó con fuerza:
—¿Qué clase de madre eres entonces? —Empujó la silla hacia atrás con estrépito y dio una patada en el suelo. La puerta se cerró con tal topetazo que resonó por toda la casa. Al poco se disipó.
Kehinde suspiró. Añadió otra cucharada de azúcar al té que acababa de servirse y lo removió con aire ausente, mirando al vacío.
—Reivindicar mi derecho no me hace menos madre, ni menos mujer. En todo caso, me hace más humana —le murmuró a su Taiwo.
Finalmente se llevó la taza a los labios. Sintió el líquido dulce recorriendo su interior, calentando su cuerpo.
—Ahora somos uno —le dijo Kehinde al espíritu de su Taiwo, fallecido mucho tiempo atrás.