Kehinde
2 Kehinde y Moriammo
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Kehinde y Moriammo
A pesar de que lucía el sol, el aire era helado, por lo que Kehinde y su amiga se apretaban al cuerpo sus impermeables de Marks and Spencer.
—En las nuevas oficinas del banco la calefacción está muy alta, ¿abi? — observó Kehinde.
—Mejor que pasar frío —respondió Moriammo.
—No me quejo. —Las dos mujeres, que trabajaban en la sucursal de Crouch End, caminaron a paso vivo hasta el Wimpy del barrio, a una manzana de distancia. Pidieron hamburguesas de buey y café.
—¿Eres capaz de contar las veces que hemos venido aquí en los últimos diez años? —preguntó Moriammo distraídamente, hincándole el diente a su hamburguesa. Al ser viernes, tenían que comer deprisa, enseguida salir a toda velocidad y hacer la compra durante la pausa para el almuerzo. Kehinde no tenía ganas de correr. Se tomaba el café a pequeños sorbos.
Moriammo la observó durante unos minutos y dijo, con la boca llena:
—Venga, hoy viernes. Muchas compras que hacer. ¿Por qué compras pequeño pequeño, como oyinbo?
—Oyinbos no sólo compra pequeño pequeño. También compra deprisa deprisa. ¿Nunca has visto mujeres que venden col en mercado?
Las dos rieron, pero la carcajada se detuvo bruscamente, como ante una señal convenida. Moriammo, con sus ojos marrón oscuro siempre perfilados de tiro negro, escrutó profundamente a Kehinde.
—¿Qué pasa? ¿Tú reñiste con Alby, abi?
—Oh, no sé, Moriammo. Yo embarazada.
—Mm, ¿y él no feliz? Hombres nuestros quieren que nosotras siempre belle.
—Por favor, basta, Moriammo. ¡Tanto hablar hinchas mi cabeza!
Moriammo se quedó pensativa, masticando lentamente y sin decir nada durante unos minutos. Kehinde había estado irascible toda la mañana, cuando ella y Albert deberían sentirse felices por esperar otro bebé. Después de todo, Bimpe ya casi tenía doce años.
Kehinde apartó de sí la hamburguesa y dijo:
—Yo lo siento, Moriammo. Es que a veces no entiendo hombre ése con quien yo casé. Él más preocupado por mi trabajo en banco que por pikin. Y todo peor aún, sus hermanas escriben y dicen vuelve a casa. Ellas dicen que en Lagos mucho dinero, trabajo para todos.
—Bueno, eso no malo, ¿abi? A mí también gustaría volver a casa. Mi problema es que Tunde no título ninguno, ninguno. Ese hombre, no experiencia en nada, sólo para rellenar tarjetas de embarque en mostrador de Nigeria Airways.
Las dos volvieron a reír.
—De todos modos, él buen hombre. Ellos trasladarán a central de Nigeria, tú sabes, Moriammo. Dicen que nuestra naira pronto valdrá igual que libra. Moneda nuestra sube y sube cada día.
—Yo sé. Ver tabla de cotizaciones todos los días. ¿Pero por qué tú y Alby tan descuidados, sobre todo si él no seguro de querer más críos? Avergonzaros deberíais. Esto Inglaterra, ¿tú olvidado? Aquí dos pikin suficiente.
—Bah, tú no vengas con ésas. ¿Quieres yo crea tú y Tunde no hacerlo cada noche? Va, no vengas con ésas. ¿A quién quieres engañar? ¿A mí? Pero yo muy preocupada por mi ascenso en banco. —La sonrisa había desaparecido de la cara de Kehinde—. Si tengo otro crío, casi un año de baja. ¡En fin, cuánto wahala!
—No problema. Después tanto wahala que pasaste antes de que ellos prometieron ascenso. ¡Esto no problema! ¡A mujeres cuesta mucho ganar algo en este mundo! De todos modos, para mí Alby hace bien en preocuparse. Pero, mmm, tú conseguirás ascenso. Yo segura.
—¿Y dónde conseguiré ascenso, eh? ¿Dónde? ¿Aquí o en Nigeria? ¿Tú sorda o qué? Yo he dicho que hermanas de Albert escrito para que nosotros volver a casa.
—Bueno, ¿pues entonces tú qué harás? ¿Quedarás aquí mientras Alby en Nigeria? ¿Le dejarás sólo entre esas acadas? ¿No sabes que jovencitas con estudios ávidas de hombres recién llegados de extranjero igual que un bebé por leche de su madre? Tú ten cuidado. Pensar dos veces, amiga mía.
—Mi Alby no así. Él distinto. Yo apostar mi vida por ello. —Kehinde defendía a su marido. Y le parecía estar diciendo la verdad, puesto que Albert jamás le había dado motivo para sospechar una infidelidad.
—Kehinde, yo ruego, tú despierta; despierta de una vez.
—¿Tú qué quieres decir, Moriammo? Yo digo que Albert no así.
Les llamó la atención la entrada de dos mujeres, a las que acompañaban seis niños en total. Los niños estaban escuchimizados y parecían muy pobres; a las mujeres se las veía agobiadas. No era la primera vez que Kehinde y Moriammo los veían.
—Familias sin padre. También sin casa —comentó Moriammo.
—Ah, ¿y cómo sabes? Quizá ellas mujeres normales con maridos desempleados.
Moriammo negó con la cabeza.
—No, el otro día yo oído hablar. Viven en lugar de habitación y desayuno en Crouch Hill. ¡Alá! Yo no entiendo por qué mujeres dejan atrapar en situación así. ¿Es que ellas no encuentran trabajo de limpiadoras?
Siguió una pausa reflexiva, durante la cual las dos mujeres negras, que disfrutaban de un buen trabajo y una buena casa, escrutaron a aquellas dos mujeres más jóvenes.
—Y además ellas en país suyo. Yo creo que ellas simplemente perezosas —susurró Moriammo, que sólo podía pensar en que aquellas mujeres eran blancas—. Tú conoces prima de Tunde, Abeke, ella estudia sociología. Ella dice que algunas mujeres simplemente tienen hijos para que Estado dé piso. Mira ésa, ¿cómo tiene ella tres niños cuando ella misma es aún una cría?
—Bueno, esta historia cada vez más complicada. Vamos, hermanita, hemos de hacer la compra —dijo Kehinde—. Yo no tocado comida. Me pregunto si ellos ofender si yo doy.
Moriammo se encogió de hombros. Se puso el abrigo y se arregló el pelo, asegurándose de no mirar a las jóvenes ni a sus familias.
—Tú probar, ahora. Sólo puede pasar que ellas digan no. Mujeres así no tienen prejuicios raciales. Ellas no pueden permitir.
Kehinde se puso en pie. Con paso vacilante se encaminó hacia la mayor de las dos mujeres. Susurró:
—He pedido comida, pero no la he tocado. No tengo hambre. Espero un bebé, aunque todavía estoy de pocos meses. Estoy pasando la fase de las náuseas.
—¿No me diga? Sé lo que es eso. Gracias mil. Jodiiii, trae ese plato. La señora nos lo ha dado.
—¿Las hamburguesas y todo? ¡Yuuuu! —gritó Jodi, que tenía cinco años, mientras iba a toda prisa a la mesa en la que Kehinde y Moriammo habían estado comiendo. Actuó con tanto descaro que todo el mundo rió.
—Tú hecho acción cristiana del día —comentó Moriammo mientras salían—. Pobre chica. Muy duro no tener marido y criar hijos en esta ciudad. —Al parecer, la naturalidad de la niña le había llegado al corazón.
—Y sin hogar. Bueno, nosotras trabajado mucho para conseguir lo nuestro. A mí no dar mucha compasión. Algunas mujeres eligen vida como así para probar que ellas muy duras.
—Vamos, Kehinde, ninguna mujer en sano juicio escoger vida así. Ni por error ni por mala suerte. En este mundo no buena suerte para todos, tú sabes.
—Te digo que yo conozco mujer así. Vivir en barrio nuestro. Ella tiene seis niños. Dijo que su marido pegarle, así que ella dejó. Hombre desapareció, claro. Ahora mujer vive en piso de protección oficial…, edificio peligroso y repugnante. Lo que molesta a Alby es que mujer hacer montaña de cada pequeño éxito, como si a los demás importar mucho. El otro día celebró fiesta porque compró máquina de coser. ¡Tú imagina!
Moriammo rió.
—Bueno, cosas del oyinbo. Yo vi en El violinista en el tejado. Joven pareja invita todo el pueblo porque haber comprado máquina de coser. Ellos llamar recién llegado.
—Oh, Moriammo, un poco de seriedad. Alby no permitiría que yo relacione con mujeres así. ¡Nosotras nada en común!
—Pero esa mujer también tiene corazón. ¡Seis pikin! ¡Alá Baba! —Y también poseer cierta cultura. Ella pensar antes.
—Quizá leer demasiado malo para mujeres. Tunde dice a menudo. Por ser tan acada, encima también quedarse con niños. Y ahora marido pasa en grande. Y cuando niños mayores, entonces perdonarán papá. Alá, por favor, echa una mano a mujeres del mundo.
—Exacto, yo digo eso. Monos trabajar y babuinos hacen la compra.
—¿Cómo llama mujer de tu barrio? Sólo curiosidad.
—Su nombre señora Elikwu… Mary Elikwu —escupió Kehinde.
—Alá, echa una mano. Mujer muy terca. Seis pikin no son ninguna broma.
Junto a la puerta, Moriammo puso una mano en el hombro de Kehinde y le confió, en voz baja:
—Yo intentaré tener otro bebé. Nunca sabes, quizá esté de suerte y, después de dos niñas, tenga varón.
—Moriammo, tú eres copiona.
—Yo sé. Pero mejor ser copiona que celosa.
—¿Tú crees que Tunde estar de acuerdo?
—Yo hacer que él de acuerdo. ¡Por la fuerza!
Rieron sin poder contenerse mientras cruzaban la calle y entraban en el gran supermercado que había delante de la torre del reloj. Moriammo tomó dos cestas de metal de la pila que había junto a las puertas automáticas y le entregó una a Kehinde.
—Gracias, amiga.
—Siempre a tu servicio —dijo Moriammo, y su voz sonó como si cantara.