Kehinde
19 Empezar de nuevo
19
Empezar de nuevo
Querida Madre Especial:
Espero que estés bien. Hacemos todo lo posible para que
nos guste vivir aquí, y físicamente estamos bien. ¿Sabes, Madre, que papá ha perdido su empleo? Ocurrió de repente. Un minuto, tenía un empleo, y al siguiente lo habían despedido. Entonces supe que dejaría de estar interna. Papá no me pidió que dejara el internado, pero supe que sería mucho más barato para él. Me agradeció mucho ese gesto. Rike me lleva en coche a la escuela casi todas las mañanas, pues no está lejos de la universidad.
Joshua sigue interno. No se ofreció a dejarlo, y nadie espera
que lo haga. Ya sabes, mamá, lo mucho que se espera de los muchachos de aquí. Se esfuerza tanto en sus estudios que no te podrías creer que sea el mismo Joshua. Está estudiando para obtener su certificado de enseñanza secundaria, y si lo consigue se presentará al examen de acceso a la universidad. Todavía no entiendo muy bien el sistema. Hay que pasar tantos exámenes. La gente está neurótica con las titulaciones. Supongo que es porque si no tienes una buena educación, sucumbes. Me gustaría aprobar mis exámenes, pero la escuela ya no me gusta particularmente. Siempre estudiar, estudiar, estudiar. Aquí los jóvenes no viven, sólo trabajan, y cuando vuelvo de la escuela, la cantidad de deberes que tengo que hacer, mamá, es increíble. Mis amigos dicen que pienso así porque nací en Inglaterra y puedo regresar fácilmente a Londres. Quizá tengan razón. Pero Nigeria también es un país estupendo. Me gusta la ropa, el clima, la música, pero se necesita mucho dinero para disfrutar de todo ello. Si tu padre no tiene trabajo y los únicos ingresos
proceden de su segunda esposa, entonces la vida no es ninguna broma. Casi todos mis amigos aún creen que Inglaterra es la puerta del cielo, y a veces pienso que tienen razón.
¿Por qué no crean más empleos bien remunerados para que
personas como papá, a quien no le gusta especialmente Europa, puedan quedarse? Porque este país tampoco está mal. Papá no está muy bien de salud. No dejo de preocuparme por él. Creo que el motivo de su mala salud es que se siente infeliz por no tener trabajo. Ha enviado muchas solicitudes, y le han prometido muchos empleos, pero ninguno se ha materializado. Y todas estas promesas cuestan mucho dinero. Papá tiene que dar propina a todos los que pueden echarle una mano, desde los administrativos hasta los altos ejecutivos, sólo que ellos lo llaman «untar la palma», o, hablando en plata, puro soborno a la vieja usanza.
Papá ha dejado de buscar trabajo. Simplemente se queda
sentado y lee periódicos atrasados. No sé qué está buscando. Mami, debo decirte algo acerca de la mujer de papá, Rike. No es mala, ya lo sabes. Creo que quiere a papá. Le lleva a la iglesia. Realmente hacen grandes bailes en esa iglesia. El otro día vinieron a casa y dijeron oraciones especiales para que papá encontrara un trabajo. Dijeron que encontraría un nuevo empleo cuando Dios le perdonara. Ojalá Dios le perdone pronto, porque sospecho que el dinero que gana Rike no es suficiente. Les he oído discutir por dinero en un momento en que creían que yo no estaba escuchando.
Mami, ¿cuándo nos llevarás contigo? Por favor, no nos
abandones aquí. Sé que lo que hizo papá fue doloroso para ti. Al principio, para Joshua y para mí supuso un disgusto, pero pronto comprendimos que aquí es muy corriente. Y Rike no es mala. Reza por nosotros todo el tiempo. Y nosotros somos la familia, mami.
Le sugerí a papá que fuera a Londres para estar contigo una
temporada, pero ni quiso hablar de ello. ¿Le tratarías mal si va? ¿Por qué no le escribes y le invitas, al menos para que vea a un médico? Antes erais muy buenos amigos. Mamá, por favor, no seas demasiado dura. Quiero a todos los miembros de mi familia. Tengo muchas madres, pero tú siempre serás la
primera, no sólo porque me tuvieras en tu interior durante nueve meses antes de nacer, sino porque eres una persona especial.
La comida es cada vez más cara. Estaría bien que nos
echaras una mano, al menos a Joshua y a mí, para que también podamos ayudar a los demás. Tu hermana, tía Ifeyinwa, cocina bien y nos invita a Joshua y a mí a comer en su casa. Pero no deja que llevemos a Ogochukwu. Papá no le produce la más mínima pena, dice que se lo tiene bien merecido. ¿Cómo es posible que alguien se merezca no tener trabajo? Ella es amable, pero no me gusta que hable de ese modo. Pero no podemos permitirnos el lujo de prescindir de sus comidas.
¿Todavía ves a tía Moriammo? Dale recuerdos. Algún día le
agradeceré expresamente el haberte pagado el billete. De no haber sido por ella no habrías podido irte. Su hijo Olumide debe de ser bastante mayor. Me muero de ganas de verle.
Oh, casi se me olvida…, ¡enhorabuena! ¡No puedo creer
que en tan poco tiempo, no mucho más de tres años, hayas podido sacarte un título! Sé que dijiste que estabas decidida a tener un título universitario, pero de verdad, mamá, no creí que pudieras conseguirlo. Mi más sincera enhorabuena, mamá.
Y gracias por el dinero que nos enviaste por medio de la
azafata. Le he dado su parte a tía Ifeyinwa. Mamá Kaduna y tía Mary te envían sus saludos.
Te envío miles de besos.
Adiós, Mamá Especial, y cuídate,
Bimpe
—¿Por qué esa cara tan triste? —preguntó Duro. Se hallaban en una pequeña y oscura habitación para el servicio del hotel donde trabajaban, La Duchess.
—Estoy triste porque me siento confusa. Tuve carta de Bimpe esta mañana.
La cara de Duro resplandeció, y se sacó el rotulador de la boca.
—¡Ah, esa hija de Dios! —exclamó—. Bimpe, la de profundos sentimientos. ¿Decía si están todos bien?
—Sí, dijo que todos se encontraban bien.
—¿Nada de borborigmos, ni dolores de cabeza, ni reumatismo?
Kehinde rió.
—Nunca te tomas la vida en serio, ¿verdad, Duro?
—No. El día que me muera, quiero una fiesta de siete días sin parar, con mucha, mucha música, día y noche.
—No en este frío Londres, ¿verdad? Duro, te lo suplico, cierra la puerta.
La habitación pareció aún más opresiva, pero con la puerta cerrada evitaban que algún cliente pudiera sorprenderlas. En el pasillo del hotel las luces eran tenues y había una gruesa alfombra gris, en completo contraste con la habitación en que trabajaban. Enormes escobas mecánicas se apoyaban pesadamente contra montones de ropa blanca, rollos de papel higiénico y fardos de toallas que bloqueaban las diminutas ventanas. En verano, el sol daba directamente a este lado del edificio, y entonces las dos sudaban a mares.
—Bimpe quiere volver a Londres. No sólo ella, también Joshua.
—Bueno, ¿y eso te sorprende? Saben leer, ¿sebi? Incluso los niños pueden ver las pintadas en las paredes. El gobierno militar lo está estropeando todo. El carnaval del Festac ya se ha acabado. ¡Yamutu! Todo el mundo vuelve a Londres para hacer gburu. Siempre es «trabajan como monos y compran como babuinos». Nos matamos a trabajar y luego resulta que estamos tan endeudados con Occidente que todo el dinero se nos va en pagar los préstamos. Y entonces nos sentamos y les echamos la culpa a ellos.
—Pero este nuevo gobierno militar prometió ser mejor que el anterior. No entiendo por qué seguimos invitando a ladrones a que ocupen el poder de vez en cuando. Ahora ni siquiera nuestros hijos quieren quedarse.
—Mmm… Kehinde, ¿acaso no sabes que si la cantidad es aceptable somos capaces de vendernos al diablo? Yo no pierdo el tiempo engañándome, cada vez estoy más convencida de que nuestro país no tiene remedio. Si tuviésemos un buen gobierno, ¿estaríamos aquí limpiando habitaciones de hotel? ¿Tú con tu título de sociología y yo con mis muchos diplomas?
—Sí —asintió Kehinde—, ya ves a todos esos hombres que limpian el metro, ellos también tienen títulos universitarios como nosotras, pero lo hacen porque la paga es suficiente para vivir. En Nigeria, a excepción de los políticos corruptos, pocas personas honestas pueden ganarse la vida con su profesión. Todo eso no hace nada por nuestra dignidad, lo sé, pero así son las cosas. Mis hijos quieren ganar su buen dinero. Su vida en Inglaterra será más fácil de lo que ha sido para nosotros. Después de todo, ellos han nacido aquí. Pero yo pensaba que se quedarían en Nigeria un poco más.
—¿Quedarse un poco más, haciendo qué? —preguntó Duro, riendo—. Tú misma no pudiste soportar el estrés cotidiano de Lagos. Creo que te adentraste demasiado en el mercado, como el niño de la fábula. Estamos condenados a pasar la mejor parte de nuestras vidas sirviendo a la así llamada Madre Patria, derramando sangre fresca africana en sus agotadas venas para que siga funcionando. Es bonito pensar que podemos marcharnos a nuestro país y vivir allí felices para siempre, pero yo he visto a gente con mejores titulaciones que nosotras matándose por venir aquí y hacer estos trabajos serviles de que nos quejamos. ¿Quieres que tus hijos sean realmente libres? Bueno, son libres para elegir. A muchos de sus compatriotas les gustaría tener esta oportunidad.
—Duro, ¿así es como de verdad ves las cosas?
—¿Hay otra manera de verlas? Quizá en el futuro las cosas puedan cambiar. Quizá haya menos líderes corruptos en nuestra parte del mundo, pero hasta que llegue ese momento nuestros mejores cerebros siempre huirán para trabajar para el hombre blanco.
Kehinde suspiró.
—Sólo con que pudiera conseguir un trabajo mejor para pagar el billete de mis hijos.
—¿Por qué no coges también el turno de noche que hay en esta planta, sólo durante un mes o dos?
Dejaron de hablar. Tenían los oídos entrenados para detectar las más tenues pisadas que surcaran la gruesa alfombra, y conocían muy bien las que ahora se aproximaban. Pertenecían a su supervisor, el señor Butterworth. Kehinde comenzó a contar frenéticamente las sábanas dobladas, haciendo mucho ruido. El rechoncho señor Butterworth abrió la puerta sin llamar.
—La número veintiocho está pagando la cuenta, y los nuevos clientes están en el aeropuerto. Kehinde, será mejor que primero haga la suite. Es un árabe. Creo que también trae a su familia.
—Perdone, señor —le interrumpió Kehinde—, me gustaría hacer unas cuantas horas extras por la noche.
—¿Quiere decir que el turno de día no es suficiente para usted? La verdad es que no sé de dónde sacan ustedes tanta energía. ¿No tienen ningún tipo de vida social? —Nadie le respondió. Torció la cabeza para aflojarse la corbata del hotel, que al parecer le incomodaba. Miró de cerca aquellas dos caras negras que tenían los ojos clavados en él y se encogió de hombros—. La verdad —añadió— es que el turno de noche es más ligero, porque generalmente no hay camas que hacer. Sí, puede encargarse de esta planta por las noches.
—Oh, gracias, muchas gracias. Ésta —prosiguió Kehinde, haciendo molinete con los brazos como su hermana Ifeyinwa— es nuestra vida social.
—¿Quiere decir que el dinero es la causa de todo?
—Oh, señor Butterworth, díganos qué mal no tiene su causa en el dinero —bromeó Duro.
—Ah, pero no hay ningún mal en todo esto, amiga mía —declaró Kehinde —. El dinero que gano aquí significa la vida para mí y mi familia.
Duro rió, mostrando sus dientes blancos.
—Por lo que a mí se refiere —dijo—, cuando empecé mi paga era el glaseado del pastel, y ahora es el pastel, o mejor dicho, el pan.
El señor Butterworth las observó a ambas con azoro, pero al menos había consentido en darle el trabajo extra a Kehinde. Se alejó a paso lento, encargándole a Kehinde que preparara la suite para el jeque y su familia.
—Ya ves qué fácil es conseguir aquí un trabajo —comentó Duro.
—Envié setenta y dos solicitudes a bancos, suplicando que consideraran el tipo de trabajo que hacía antes de ir a Nigeria. Eso también fue antes de obtener el título —se lamentó Kehinde.
—Hace mucho que conseguiste ese trabajo, y fuiste estúpida al dejarlo. Ahora no se encuentran empleos como ése. Nunca se sabe, ahora que tienes un título quizá consideren que estás excesivamente cualificada. Una persona con estudios en un puesto de responsabilidad es una amenaza excesiva. Los blancos no se sienten cómodos en su presencia.
—¿Cómo lo sabes?
Duro se encogió de hombros.
—Simplemente tengo los ojos abiertos. De todos modos, no estamos aquí para hacer política ni filosofía. Eres una mujer negra, así que, como todas las negras, ve a limpiar la suite veintiocho para un jeque árabe, tal como te ha ordenado tu jefe blanco. Al menos prepararás la suite para una persona que no es blanca.
—Ah, pero el dinero del petróleo hace que la gente sea ciega al color, hermanita —dijo Kehinde por encima del hombro mientras salía de la habitación.