Kehinde
7 La fiesta
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La fiesta
—¿Una fiesta de despedida? —preguntó Prahbu, inclinando la cabeza a un lado, una costumbre que transmitía a su interlocutor una sensación de indiferencia. Pero la expresión era engañosa. Pues detrás de sus gafas de montura dorada sus ojos pardos centelleaban alegres y traviesos. Le encantaba visitar a sus amigos en el único medio día libre que se permitía a sí mismo y a su mujer. Aunque él y su mujer, Leila, eran musulmanes, originarios de Pakistán, eran muy liberales. Musulmanes de Londres, que no decían que no a una gotita de alcohol.
Prahbu conocía perfectamente el motivo de la fiesta de Albert, y deseaba impedírselo con todas sus fuerzas.
—Todavía puedes cambiar de opinión. Todavía puedes decirles que quieres recuperar tu empleo —dijo esperanzado.
El perfil de Albert contra la ventana era una silueta cincelada en negro contra una luz grisácea. Pero su sonrisa fue lenta y triste.
—¿Quieres decir que debería devolver mi finiquito y retirar mi dimisión, Prahbu? —Albert no carecía totalmente de humor—. Nuestras culturas nigerianas ponen mucho énfasis en el hogar. Los yorubas dicen «Ori oye ki sun ta»: la cabeza del heredero no debe dormir fuera, lo que significa que el heredero siempre debe ser enterrado en el poblado del padre.
Prahbu meneó la cabeza de un lado a otro y entonó:
—Lo sé, lo sé. Pero eso fue hace mucho tiempo. Supon que el heredero se fue a la guerra y murió allí, ¿eh? Todas esas cosas son muy bonitas, nostálgicas y románticas. Pero la verdad es que ya no son prácticas. Debes pensar con sentido práctico. —Prahbu mostró las palmas de las manos, como si la respuesta a todo lo que no era práctico residiera dentro de ellas.
—Pero yo quiero regresar al modo de vida de mi padre, una vida relativamente fácil para los hombres, donde los hombres eran hombres y las mujeres, mujeres, y a uno se le respetaba como si fuera alguien. Aquí no soy nadie, sólo un empleado. Estoy harto de tener que escuchar a mi mujer y ser indulgente. La única alternativa es ir al pub, pero tener que estar entre todos esos borrachos blancos no es solución. No, volver a casa es lo mejor. Allí podré tomar mi copa en la galería, y la gente me prestará atención, incluyendo a mi mujer.
A la memoria de Albert acudió la imagen de su padre, un hombre grande, de lentos movimientos, tal como era cuando Albert crecía en Lagos. Los domingos, su padre y sus colegas se ponían sus impolutas agbadas, que sus mujeres pasaban gran parte de la semana blanqueando y almidonando. Iban de casa en casa visitando a los amigos, bebiendo vino de palma, comiendo nueces de cola y pescado seco. De esta manera se relacionaban con amigos y parientes, se ponían al día de las noticias y se permitían un poco de relajo.
—Pero la gente siempre dice que estoy occidentalizado. —Albert se sonrió irónicamente. De hecho, él interpretaba a la perfección el papel del padre de familia igbo en Londres. Pero no estaba ni mucho menos satisfecho con sus restricciones. Kehinde no lo comprendía, pero las hermanas de él sí.
Cuando volvieran a casa, Kehinde aprendería cómo se suponía que debía comportarse. Aquí estaba muy pagada de sí misma, interpretando el papel de mujer blanca de clase media, olvidando que no sólo era negra, sino una mujer igbo, simplemente porque trabajaba en un banco y ganaba más que él. En su país muchas mujeres trabajaban en bancos, pero no permitían que eso se les subiera a la cabeza. Albert amaba a Kehinde a su manera, pero necesitaba espacio para respirar. Tal como Kehinde sabía perfectamente, detrás de su apariencia de occidentalización el hombre igbo tradicional asomaba vivo y poderoso, esperando una oportunidad para reivindicar sus derechos de nacimiento.
Prahbu, sin embargo, aunque bastante familiarizado con los privilegios del hombre tradicional, veía con bastante escepticismo el hecho de que él o Albert pudieran arrogarse esas prerrogativas. Objetó:
—Sé lo que quieres decir, pero ese tipo de vida aquí no es posible. En este país reina una mujer, y al parecer dentro de poco la primera ministra también será una mujer. El problema comienza cuando las mujeres tienen una educación, y ahora es demasiado tarde para que eso cambie.
—Sí, pero yo quiero algo más —insistió Albert.
—Ah, ambición, ambición —dijo Prahbu, como si hubiera dado con la clave, abriendo los brazos en un abrazo universal—. Bueno, ahora tienes los medios, con tu finiquito y el dinero que obtendrás de la venta de la casa.
—No voy a vender la casa enseguida. El finiquito…, bueno, han sido bastante generosos. Voy a utilizar parte del dinero para alquilar un contenedor y embarcar el coche y unas pocas cosas, pero eso será después de la fiesta de despedida. Me iré dos semanas después de la fiesta.
—¿Va contigo tu mujer?
—Oh, no. —Albert rió—. Eso sería desastroso. Tenemos que volver en el orden en que vinimos a Londres.
Prahbu no podía ocultar su curiosidad. Albert estaba decidido a relatar el plan de regreso a Nigeria que había concebido para él y su familia.
—Lagos es como Londres, ya sabes. Es difícil encontrar vivienda. Cuando eso esté arreglado, tendré que conseguir un empleo, y luego buscar una escuela para los niños. Mi mujer se quedará a vender la casa.
—Ah —bromeó Prahbu—, pero tu mujer vino a Londres antes de que tus hijos hubieran nacido, de modo que ella debería volver a casa antes que ellos.
—Sabes cuál es tu problema, Prahbu, que eres demasiado meticuloso. Tú y Leila vendréis a nuestra fiesta, ¿verdad?
—Por supuesto que vendremos. ¿Va a ser una de esas fiestas nigerianas en que el anfitrión y la anfitriona se cambian de atavío cada hora y todos los invitados reciben regalos?
Albert se permitió una carcajada, casi con abandono.
—Así es como lo hacemos en Lagos.
—Deben de costar mucho dinero.
—El dinero está para gastarlo, Prahbu. Y no cada día vuelves a tu país natal después de pasar dieciocho años en Londres.
Aparte de Prahbu, Albert invitó a sus colegas blancos, a su jefe y a la señora de la limpieza. Todos aceptaron con mucho gusto y prometieron asistir. Albert observó que los blancos se sentían honrados de que se les invitara, mientras que los nigerianos daban la impresión de ser a ti a quien honraban al venir a tu casa, para que así el anfitrión se sintiera gratificado cuando sus invitaciones eran aceptadas. Así ocurría en el caso de Albert, sobre todo porque tenía la costumbre de hablar muy poco en el trabajo.
De hecho, envidiaba la espontaneidad de la relación entre Kehinde y Moriammo. Ellas nunca temían cometer errores, y parecían perdonarse una a otra muy rápidamente. ¿Dónde encontraría a un hombre con quién poder hablar así?
Muchos de sus amigos y conocidos comunes asistieron a la fiesta. Kehinde, Moriammo y Amaka, la novia de su inquilino, todas trabajaban muy duro. Amaka, que hacía muy poco había llegado de Nigeria para estar con su novio, Oseloke, era una alhaja. Parecía estar en todas partes al mismo tiempo, abriendo la puerta a los invitados, repartiendo bebidas, o calmando a los niños. Sería muy buena esposa para Oseloke.
Albert iba de un lado a otro preparando las bebidas, encargándose de la música y aceptando felicitaciones de los amigos. Muchos de sus colegas no comprendían por qué había decidido dejar un trabajo seguro y volver a su país, después de dieciocho años en el mismo empleo. Pero casi todos sus compatriotas que vivían en Inglaterra lo comprendían, y algunos incluso le miraban con envidia. La imagen de la vida que llevaría en su país era muy vivida en su fantasía: descansando en un bungalow blanco, grande y ventilado, con grandes galerías sombreadas por frondas de palma a lo largo de la calle, riendo despreocupadamente y con más amigos de los que se pueden contar con las dos manos. El país nadaba virtualmente en petróleo, y el petróleo significaba dinero. Qué suerte tenía ese Okolo.
Kehinde no decepcionó a sus amigas. En el curso de la noche se cambió de ropa diez veces, tal como hacen las mujeres de los ricos en Nigeria, para proclamar su opulencia y elevar el ego del hombre de la casa. A Albert, que, al igual que Kehinde, había crecido en Lagos, le encantaba la ostentación. Había sido pródigo con el dinero de su finiquito, y se sentía tan excitado que las palabras se le atropellaban en la boca:
—Que sea la fiesta del año, K-k. Estoy seguro de encontrar un trabajo en cuanto vuelva a casa. Puede que, con el dinero de la venta de la casa, ni siquiera tengamos que volver a trabajar. El nivel de vida no es tan alto como el de aquí, pero de todos modos trabajaré.
—Parece que fue ayer cuando llegamos —había replicado cautelosamente Kehinde—. No teníamos más que juventud y entusiasmo, y ahora míranos. Nuestro reluciente Jaguar aparcado delante de nuestra propia casa, nuestros hijos… Oh, a veces tengo miedo de que nos estemos precipitando y de que en Nigeria no seamos capaces de prosperar tan rápidamente como aquí.
—Pues claro que en Nigeria prosperaremos. Es nuestro país, ¿no es cierto? Una de las razones por las que me voy antes es para conseguir una buena vivienda, como corresponde a nuestra nueva imagen. Si nos fuésemos todos juntos, eso significaría tener que vivir con parientes, y no creo que eso te gustara.
Kehinde negó con la cabeza. No, eso no le gustaría.
—Entonces procura tener buen aspecto. Y no olvides comprar unos regalitos para nuestros invitados, tal como hacemos en nuestro país. Como ya te he dicho, quiero que la gente recuerde la fiesta que Albert Okolo dio al irse de Londres.
Kehinde no decepcionó a Albert. Exhibió ante sus invitados todos los estilos y telas del vestuario nigeriano tradicional, desde el boubou guineano hasta el iro y buba de aso-oke, pasando por la blusa de encaje igbo y el lappa George, para acabar con el vestido ceremonial igbo de otu-ogwu blanco. Éste consistía en una tela que le envolvía el cuerpo debajo de las axilas, dejando los hombros desnudos. Preciosas cuentas de coral le adornaban el cuello, el pelo y las orejas. La finalidad del atuendo era poner énfasis en su posición como primera mujer del primer hijo, y madre ella misma de un hijo. Kehinde se divirtió impresionando a sus invitados.
Entre éstos estaba Mary Elikwu, quien, junto con su marido, era una antigua amiga de Albert y Kehinde. Mary había dejado hacía poco a su marido, aduciendo que la golpeaba. Se había llevado a sus seis hijos. Para los hombres de su círculo era una curiosidad, y para las mujeres, una especie de reto. Para Kehinde era una perdida que no tenía sentido del decoro. Kehinde había considerado «olvidarse» de invitarla, pero Albert había anunciado la fiesta en la reunión familiar igbo del barrio. Cuando Mary Elikwu se acercó a Kehinde en la fiesta, ésta se puso rígida. Mary, que se había graduado en la universidad y se había manifestado públicamente en contra de los excesos de vestuario, comenzó a juguetear con las cuentas de coral.
—Cualquiera hubiera dicho que os estabais casando —comentó.
—¿Qué habrías hecho si tu marido te hubiera dado todos estos vestidos? ¿Los habrías roto? —Kehinde abrió sus grandes ojos y la miró mordazmente de arriba abajo. Kehinde consideraba que Mary Elikwu estaba ridícula con su sencilla blusa de Marks and Spencer y un lappa George que ya no estaba de moda. Qué cara. Se preguntó por qué Albert la había invitado…, una mujer que se había negado a hacer que su matrimonio funcionara.
Mary Elikwu se quedó sorprendida por la reacción de Kehinde. Su intención había sido hacerle un cumplido, pero estaba aprendiendo muy deprisa que una mujer que abandona a su marido siempre será marginada, incluso por aquéllos a quienes ella y su marido consideraban buenos amigos. Oyó su propia voz que decía:
—Lo siento, Kehinde. No lo decía con mala intención, créeme. Son unas ropas preciosas.
—Señora Okolo, si no te importa —le espetó Kehinde, estirando su cuello grueso y bastante corto lo más posible para exhibir en todo su esplendor sus cuentas de coral.
—Oh, pero tú puedes llamarme Mary —insistió Mary Elikwu, en lugar de dar media vuelta y esconder la cara en un rincón, como habría preferido Kehinde—. Profesionalmente, no utilizo el nombre de mi marido. Prefiero usar el de Jackson. —Mary parecía no comprender que sus intentos de apaciguar a Kehinde sólo conseguían enfurecerla aún más. Su último comentario había conseguido enajenarla completamente.
«¿Qué ocurre con esta mujer? —se preguntaba Kehinde—. No quiere que la llamen “señora”, cuando cualquier mujer nigeriana se muere por ese título. Incluso profesoras y doctoras, o directoras de empresas, todavía se llaman a sí mismas “profesora (señora)” o “doctora (señora)”. Esta mujer debe de estar loca. ¿Es que se cree más importante que todas las demás? No la entiendo».
—Señora Okolo, señora Okolo —llamó Amaka desde la cocina—. Por favor, mamá, venga y dígame cómo quiere que se sirva este moyin-moyin.
Kehinde pasó junto a Mary Elikwu y entró en la cocina, y de camino se recorrió los dientes con la lengua. Esa mujer debía de estar celosa, se dijo, sintiéndose satisfecha con la explicación. A pesar de todos los títulos universitarios de Mary Elikwu, ella, Kehinde, valía mucho más que una mujer que ni siquiera había sido capaz de conservar a su marido.
Kehinde aún llevaba su otu-ogwu mientras permanecía junto a la puerta, de la mano de Albert, como cualquier otra pareja occidental. En una silla próxima había un enorme cesto que contenía hermosos regalos envueltos para los invitados. Kehinde introdujo su mano libre en el cesto y le dio a cada persona el primer paquete que le vino a la mano. Algunos contenían platos de pyrex, otros un disco de larga duración, o una botella de vino caro. Todo el mundo se llevó algo a casa, como si fuera una auténtica fiesta nigeriana.
Los últimos en marcharse fueron Moriammo y su marido, Tunde, que todavía llevaban su máscara social mientras se despedían. Al igual que muchos africanos en Londres, a lo largo de los años habían aprendido a decirle a la gente exactamente lo que quería oír, y eso se había convertido en su segunda naturaleza. Mientras cerraba la puerta delantera, Kehinde se inclinó para quitarse los zapatos. Eran de ante, caros y cosidos a mano, pero le dolían. No era una mujer delgada, y había estado de pie toda la velada. Sin embargo, a Kehinde no le importaba el dolor, puesto que había logrado provocar el efecto deseado.
Albert estaba satisfecho consigo mismo, su familia y la fiesta. Abrió los brazos e invitó alegremente:
—Ven a mis brazos, señora Kehinde Okolo.
Tomó a Kehinde y comenzó a bailar con ella, cantando el éxito de Bonnie Mack, My sweetie, my sugar. Fue algo tan inesperado que Kehinde dejó caer los zapatos que acababa de quitarse.
—¿Te encuentras bien, Alby? Procura controlarte. Los niños están arriba, ¿o es que te has olvidado de ellos? Y yo tengo que recoger los vasos antes de irme a dormir.
—Deja todo eso, venga. Vamos, señora esposa.
Albert la empujó hacia el dormitorio del piso de abajo. Kehinde estaba demasiado cansada para ofrecer resistencia, agotada de llevar una máscara social, decir tonterías y hacer de anfitriona. Percibió la liviandad del tacto de Albert, su retozonería y su impaciencia. No pretendió satisfacerla primero. Se sentía muy seguro de sí mismo, como un muchacho que se ha librado de tener que ir a la escuela. Antes de que ella comenzara a obtener algún placer, él ya había acabado y se había quedado dormido.
Aunque su cuerpo estaba exhausto, Kehinde se encontró con el sueño vedado. Se quedó echada en la oscuridad y pensó en el cambio que estaba experimentando Albert, recordando sus primeros días juntos. Contrariamente a muchas parejas nigerianas, él se había adaptado fácilmente a los dictados culturales de Inglaterra. Había llegado a Londres en i960, e hizo venir a Kehinde un año después, cuando ella tenía dieciocho años y trabajaba en un banco de Lagos. Nada más llegar a Inglaterra, Kehinde encontró trabajo en otro banco. A través de un programa de aprendizaje en el empleo, ascendió de cajera de ventanilla a ayudante de dirección en poco más de diez años. Albert también subió de categoría.
Durante esos años nacieron Joshua y Bimpe. Kehinde había visto cómo vivía su hermana Ifeyinwa, y sabía cómo había muerto su madre, de manera que no estaba ansiosa por tener una gran familia. Se sentía bastante contenta, y ni siquiera la noticia de la muerte de su padre la afectó durante demasiado tiempo. Igualmente, las noticias del incremento de la violencia y de los repetidos golpes de Estado en Nigeria le causaron poco impacto. Asumieron que con el tiempo regresarían y construirían su propia casa en Ibusa, su pueblo natal.
Kehinde no podía señalar con precisión en qué momento las hermanas de Albert habían comenzado a influir sobre su matrimonio. Sus cartas y los periódicos parecían estar llenos de noticias sobre la fiebre del petróleo en Nigeria, pero, por lo que a Kehinde se refería, les iba bien en Londres, y no había motivo para regresar. Les encantaban las fiestas y salían a menudo en el viejo Jaguar, que Albert lavaba y bruñía cada viernes por la noche. Ocupando el asiento del copiloto, junto a Albert, con Sonny Ade o Bob Marley sonando en el estéreo del coche, Kehinde no se preocupaba demasiado de lo que ocurría en el mundo.
Los pensamientos de Kehinde regresaron abruptamente al presente. Era consciente de que la seguridad en sí mismo que ahora rebosaba Albert la inquietaba, y, un tanto reacia, comenzó a preguntarse cómo debía arreglárselas sola Mary Elikwu. Había trabajado tanto para la fiesta, poco después de aceptar someterse al aborto y poner la casa en venta, que le parecía merecer más consideración de la que Albert le tenía. Su esperanza había sido que, después de todas las concesiones que ella había hecho, su relación fuera más estrecha que antes, pero, por contra, le parecía que Albert se le escurría entre los dedos, como hielo que se derrite. Tuvo la sensación de ser el único miembro de su familia satisfecho de estar en Londres. Albert apenas podía ocultar su alegría ante la idea de volver a casa, y a los niños se les había contagiado su entusiasmo. Kehinde se preguntaba por qué le era tan difícil compartirlo.
¿Y por qué le había hecho el amor de ese modo, como si en ella no hubiera deseo que satisfacer? Especialmente teniendo en cuenta que él se iría en cuestión de semanas. Quince años era mucho tiempo para invertir en un proyecto y todavía no estar segura de él. Kehinde se dijo que era estúpido sentirse tan insegura de pronto. Se dio la vuelta para dormir, resolviendo tomarse las cosas como vinieran.