La chica del delivery

Laura A. Lopez · Capítulo 11 de 56

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La chica del delivery

Capítulo 11

Lucila todavía no podía creer que estaba besando a ese hombre. No sabía cuánto había tomado él, pero ella sí estaba un poco mareada, aunque no era tonta. Le gustaba sentir esos labios calientes rozando con los suyos, mientras con su lengua le exigía que respondiera de la misma manera. La obligaba a abrir la boca para recibirlo y también sintió que subió su mano hasta el rostro de ella y la acercó más a él.

Humberto no sabía ni siquiera por qué estaba besando a la chica del delivery que conoció hace unos días. ¿Qué lo motivaba? Tal vez le atraía lo diferente y sencilla que era, o simplemente era un hombre «calentón». El asunto estaba en que él no solía calentarse con cualquiera ni con tanta facilidad. Era probable que la bebida estuviera haciendo lo suyo. ¿Qué cosa mala podría ocurrir? Al menos no era virgen o algo así, tuvo un novio y vivió con él.

El beso no lo conformaba, por lo que decidió usar sus manos para acercarla a él. Primero la tomó del rostro para apretar más sus labios a los de ella y profundizar el beso. Después, bajó esas manos a los senos de la chica, apretando con fuerza cada uno de ellos. Estaba excitado y no tenía muchas ganas de parar. ¿Era correcto tener sexo con otra mujer que no fuese su novia? Ni siquiera sabía en qué estado se encontraba su relación.

Siguió pensando en eso, sin embargo, levantó la blusa de Lucila y también su corpiño, dejando al descubierto los pomposos manjares de puntas rosadas. Abandonó los labios de ella y se dirigió a chupar con gusto lo que le ofrecía ese cuerpo.

Su miembro erecto estaba sufriendo dentro de aquel vaquero que tenía, mas no creía conveniente sacar al «amigo» para que disfrutara de la fiesta. Aún no estaba seguro de cómo acabaría.

Ella gemía disfrutando de esa atención que recibía. Estaba un poco nerviosa porque hacía meses que no tenía intimidad con nadie, y teniendo en cuenta que Miguel había sido el primer y único hombre hasta ese día, sentía cierto temor a lo desconocido. No sabía qué esperar de otro hombre y, además, recordó que, ¡ni siquiera se había bañado después del trabajó! Le daba vergüenza que un cheto se la quisiera follar y ella que tuviera pinta de cucaracha de baño.

—¿Tienes algún condón? —preguntó Humberto que se alejó un poco de los pechos de ella para indagar.

Ella levantó medio cuerpo de la cama y lo miró.

—No tengo. ¿Los varones no deberían llevar eso a todas partes?

—No ando follando al mundo, Lucila. Esto es fortuito...

—Entonces yo menos debería tenerlo si es algo fortuito. No me ando follando a todos por ahí, Humberto —replicó sarcástica.

Él se maldijo por dentro. Hacerlo sin condón era más que peligroso y no solo por un hijo, sino también por alguna ETS que pudiese transmitirle una desconocida.

—Creo que es mejor que dejemos este encuentro para otra ocasión —

dijo Humberto.

A Lucila esa idea no le agradó. Se colocó bien la prenda que había sido removida. Toda pasión o calentura se había esfumado.

—Bueno. Está bien. El señor Albertini reculó al minuto 90.

—Podríamos añadirle cinco minutos adicionales para culminar este encuentro —replicó a la molesta joven—. La próxima vez saldremos tú y yo solos. Te invitaré a bailar...

—Ajá. Mira, Humberto. Lo de esta noche ha sido solo una coincidencia, no espero nada. Era una oportunidad, pero es mejor que no pase nada.

—Una oportunidad que se repetirá, puedes estar segura. ¿Me das tu número de móvil? No del corporativo de la farmacia. —Humberto sacó su móvil del bolsillo para anotar el número que le daría ella.

—Es el +595986******, ¿y el tuyo? —respondió ella.

—El mío es +595972******.

Ella fue hasta donde había dejado su mochila, a la vez que repetía el número que él le dijo para fingir que no la había anotado antes. Hizo una llamada para cerciorarse de que era el número correcto.

—Listo. Con esa llamada ya tienes mi número —alegó la joven.

Humberto guardó el número y después decidió que era momento de retirarse.

—Me tengo que ir. Estaremos conversando. Chau, Lucila —habló Humberto para despedirse.

—Chau, Humberto. —Ella se acercó a la puerta para abrir y lo miró con ansiedad antes de que se fuera—. Gracias por la mentira y por espantar a Miguel. El sexo hubiese sido una buena forma de pagar, porque no tengo dinero para hacerlo.

—Fue un placer ayudarte. Todavía tienes tiempo de pagar el favor. Te escribiré para cobrar lo que me debes —musitó bromista. Se acercó a ella y la atrajo hacia él. Otra vez se apoderó de sus labios y Lucila colocó sus brazos en el cuello de él.

Una vez que el beso se rompió, él salió de la pequeña pieza y sin dilación se dirigió a su camioneta.

Ella lo vio encender el vehículo y alejarse raudamente del sitio.

Luego, cerró la puerta y por fin dejó que todo a su alrededor diera vueltas.

Ese hombre había sido sensato al no acostarse a su lado. Además, si mal no suponía, estaba en sus días fértiles después del día catorce. Aquel hubiese sido un terrible error. Lamentaba no haber probado otro cuerpo, pero era mejor así. Tal vez él estuviese interesado en contactarla otra vez, aunque no

debía hacerse muchas ilusiones. Él tenía plata y ella no, eso ya era suficiente para que no calificara como mujer de señor rico.

Lucila se decidió a tomar un baño para dormir un poco más fresca. El calor durante el día había sido insoportable. Al estar en la ducha, observó que su brazo tenía dos colores: blanco en la zona de los hombros una parte del brazo y las abajo hasta la mano, era de un color quemado. Debía usar mangas largas o bloqueador solar.

Después de sentirse menos mareada y más revitalizada, conectó el auricular al móvil, lo colocó para cargar y puso en altavoz la FM

Conquistador 89.1 para escuchar música romántica para cortarse las venas, mientras recordaba su fallida noche.

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