La chica del delivery
Capítulo 8
Lucila llegó al local en el que le dijo su amiga de la universidad que ella estaría. La buscó por unos instantes hasta que la encontró con otros compañeros de la facultad. Algunos se estaban retirando porque les tocaba trabajar sábado por la mañana.
—¡Analía, te juro que pensé que no estarías! —expresó aliviada.
—Todavía seguimos aquí, queda un poco de la picada que pedimos —
dijo Analía.
—Comeré antes de beber, ya que se me subirá pronto si no lo hago.
Ella se sentó para compartir con el resto de sus compañeros con los que tenía materias comunes. Muchas veces eran de las carreras de contabilidad, marketing, comercio internacional e incluso ingeniería informática.
Se divertía con los que todavía quedaban en el sitio. En algún momento debía distenderse un poco. La música estaba alta y las luces comenzaban a moverse de otra manera. Su cuerpo le pedía que se desinhibiera un poco, aunque sin beber demasiado porque debía ir en motocicleta a su alquiler.
Compartían la mesa entre tres en ese momento. Una chica de informática que se llamaba Ingrid, Analía y Lucila. Reían haciendo chistes
y recordando lo que había ocurrido en el día y también durante la semana.
En un instante que se fijó en la hora; que le indicaba que era media noche, igualmente miró hacia la entrada del establecimiento. Creyó que estaba teniendo una alucinación. Era Humberto Albertini pasando el umbral.
—¡Analía, mira a ese tipo! —habló Lucila como si estuviese gritando y le señaló hacia el hombre de aspecto atractivo que estaba cerca y se dirigió a una mesa para saludar a los que serían sus amigos.
—¡Está guapo! pero ¿qué tiene? —replicó su amiga que se colocó más cerca de ella para que la escuchara.
—¡Es un cliente de la farmacia! ¡Es dueño de una empresa, es un tipo cool y me gusta!
—¡A quién no, nena! ¡Es un bombón! ¡Hay que hablarle! —sugirió su amiga.
—¡No, no, no! ¡Qué vergüenza!
—¡Estás soltera y si él está aquí también significa que es soltero!
—¡Analía, es un cheto! ¡Está cagado en plata!
—¡Pues tú necesitas alguien que te cague plata! ¡Agarra tu cerveza y vamos a saludar al papi cheto! —alegó su amiga que tal vez estaba un poco
entonada por los tragos que se había bebido.
La pobre Lucila se vio arrastrada por el ímpetu de Analía. Se dirigían directo a una vergüenza sin boleto de regreso.
Humberto había tenido un día pesado. Había salido de la oficina a las seis de la tarde, después fue a realizar algunos controles en las tiendas de Alberta y luego fue a su casa en donde no encontró a nadie. Sus padres debieron salir a cenar, entonces, recibió un mensaje de unas amistades que le preguntaron si no quería reunirse con ellos. Era mejor eso a quedarse en su casa con el móvil en la mano y los insistentes mensajes de su novia, o su ex; no lo sabía a ciencia cierta, estaban distanciados en ese momento.
—Humberto, ¿quién te ha atropellado? —preguntó Walter en un tono alto, aunque no gritando, pues en donde ellos se encontraban todavía podían charlar.
—El trabajo. Estoy dirigiendo la empresa que fundó mi papá —contó.
—¿Por qué mejor no contratas a un buen gerente? ¿Eres tacaño? Yo lo hago con una franquicia extranjera. Lidiar con los empleados es lo peor que puede pasar —sugirió y opinó Nicolás, su otro amigo.
—Porque no en vano fui a capacitarme en el exterior. Puedo quedarme a morir en casa, ir al gimnasio, jugar tenis en el Centenario o paddle con ustedes, pero no sabría lo que me interesa. Si mañana se muere mi padre, yo sabré exactamente cómo mantener sus empresas. ¿Qué pasa si contrato
personas que saben más que yo? Pueden verme la cara. Una vez que conozca todo sobre el negocio, contrataré a alguien.
—Eres extremo. Mejor toma algo para relajarte. ¿Cómo van las cosas con tu novia? —indagó Walter—. Ella me ha estado escribiendo desde ayer para saber de ti.
—No comprendo por qué tiene que molestar a todo el mundo para saber de mí. Le he dicho que me deje en paz. Por causa de su insistencia no puedo escuchar ni siquiera mis pensamientos. No me quiero casar, no sé, no estoy seguro y ella no para de presionar, y de apretar en la herida.
—Es mejor que no te cases. Yo pude salir solo porque Julieta quiere saber qué ha ocurrido entre ustedes. Como es amiga de tu novia... —
confesó Nicolás, el único que estaba casado.
—De no ser por Nichole, no nos hubiésemos reunido. Debemos brindar por ella. ¡Bebamos a su salud! —propuso Humberto, burlón.
Los tres brindaron entre carcajadas. Cualquier excusa era buena para estar con los amigos.
El brindis se vio interrumpido por el acercamiento de dos chicas.
—Buenas noches —pronunció Analía, pues a su amiga las palabras no le salían de la boca.
Los tres hombres de la mesa dirigieron sus miradas a las mujeres.
—Tengo suerte de encontrarte siempre, Lucila —musitó Humberto, sonriente. Se levantó de su asiento y se acercó para darle besos en la mejilla a la muchacha.
«¡Oh, my God!», se dijo Lucila. Él olía a un costoso perfume, mientras ella tenía el aroma de todo un día en la calle. Era una vergüenza, aun así, Humberto Albertini la saludó de besos.
—Parece que comienzo a perseguirte, Humberto —bromeó avergonzada—. Ella es Analía, una compañera de facultad.
—Qué tal, Analía. Ellos son mis amigos, Walter Sigaud y Nicolás Galanti —presentó Humberto.
Los amigos de Humberto eran menos animosos, pero saludaron a las chicas.
—Nuestra mesa es la que está allí si quieren acompañarnos —alegó Analía que les mostró el lugar en donde estaban.
—Muchas gracias por la invitación, es probable que las alcancemos después —dijo Humberto sin desear comprometer a nadie.
—Solo vine a saludar porque le reconocí. Nos veremos pronto. Chau...
—se despidió Lucila.
Las dos chicas se despidieron y regresaron a su mesa. Humberto se sentó y miró a sus amigos.
—No iré a ningún sitio, estoy casado —avisó Walter.
—Yo tengo que retirarme temprano, hay otros compromisos que atender... —habló el otro.
—Entonces conversemos un rato y cada quien por su lado. Yo voy a ir junto a esa chica, Lucila. Ella se dedica a hacer de delivery para una farmacia. Me parece impresionante que una mujer se atreva a tanto —
agregó Humberto que contaba aquello con entusiasmo.
Él sí que iría a tomarse unas copas con la chica del delivery. Todavía la noche era joven y no pensaba desaprovecharla.
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