La chica del delivery

Laura A. Lopez · Capítulo 54 de 56

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La chica del delivery

Capítulo 54

Una vez que cumplieron con su cometido de obstaculizar la salida de vehículos, él le envío una fotografía a su madre para que viera lo que Nichole era capaz con tal de que volviera a su lado. Esperaba que la amistad entre los padres de ellos ayudara a la muchacha a salir de la tontería.

—El abogado se encargará de todo lo necesario para que esto que hicimos corra lo más rápido que se pueda —comentó Humberto a Lucila.

—Aquí pueden pasar dos cosas: se vuelve más loca o nos vuelve locos. Estoy tan cansada. No sé si es por el embarazo o qué, pero me siento asustada, con palpitaciones a causa de la preocupación por nuestro hijo.

Él cogió su mano y la apretó con fuerza antes de besarla.

—Tranquila, Lucy, todo estará bien pronto. ¿Qué te parece si mañana por ser viernes vamos a pasear un poco? No importa que haga frío. Es para despejar nuestra mente.

—¿A qué lugar me llevarás?

—Pues en donde hagan comida que pueda gustarte.

—Puede que eso resulte un poco para estar en paz al menos por una hora.

—Así será...

Ambos volvieron al departamento para descansar, al día siguiente debían trabajar.

Por la mañana Humberto y Lucila se prepararon para salir. Fueron juntos en el vehículo de él. Adiós independencia para ella. La motocicleta no era una opción.

Con mucho esfuerzo Lucila había logrado descansar. Su mente trabajaba a mil por hora pensando en la loca de Nichole. Era un sinvivir por la zozobra. Si estaba sola no le tendría miedo a nadie, aunque su bebé le daba fuerza para que enfrentara el asunto. La noche anterior había tenido un ataque de hartazgo y por eso le había propuesto a Humberto que cortaran la relación. Fue un momento de debilidad y de desesperación.

—Te dejaré aquí —dijo Humberto con la camioneta casi en la entrada de las oficinas.

—¿No te quedarás a trabajar? —inquirió.

—Al menos por la mañana no lo haré. Vendré por la tarde. Tengo algunas cosas que hacer fuera de aquí.

—¿Y si viene?

—Ya pusimos guardias en la entrada. No podrá volver a pasar. ¿Está bien? Y si se les escapa a ellos, te escondes en tesorería y me llamas.

—No soy cobarde. La echaré de aquí.

—No te expongas, es mejor para ti. Vendré lo más rápido posible.

—Está bien, está bien...

Lucila tuvo un día bastante ajetreado y no solo por el trabajo, sino que también por el chisme sobre lo que le había ocurrido a su vehículo. A ella le daba vergüenza encontrar su automóvil en el Facebook como algún meme.

Cinthia no podía creer lo que le había ocurrido y le dijo que denunciara el hecho. Ya todo estaba denunciado. Era cuestión de tiempo para que le llegara la notificación a Nichole, pero ese día tendría otras cosas que hacer como, por ejemplo: quitar la chatarra de su garaje.

Cada rato ella era rodeada por personas, no sabía con qué intenciones, pero lo que no deseaba era estar sola. Con otros se sentía segura, pensaba que con eso no corría peligro. Su mente imaginaba varias teorías a causa de que esa mujer estaba enloquecida. Llegó a pensar que también podía entrar con un arma y disparar. En verdad ella comenzaba a perder el buen juicio, ya no quería vivir así.

Lucila pidió comida por delivery. No deseaba exponerse, todo estaba muy reciente y tal vez cayeran represalias en su contra. Su móvil había sonado varias veces ese día y eran números extraños, no quiso contestar por si se trataba de Nichole, mas eso no había resultado.

El teléfono de tesorería sonaba y ella debía atender porque era día de pago y la mayoría llamaba para confirmar.

—Tesorería; buen día, ¿en qué puedo ayudarle? —preguntó mientras imprimía el listado de cheques a confeccionar.

—¿Todavía no entiendes que debes dejar a Humberto, maldita estúpida? —increpó una voz amenazante del otro lado.

—Vete al manicomio, loca. Déjanos en paz. Ya puedes pelearte con los abogados de Humberto para que vayas presa. Intentas algo y sin mediar palabras irás a parar a una comisaría.

—¿Sí? Pero yo tengo dinero, querida.

—Y Humberto también. Deja de molestarme e intenta continuar tu vida sin molestar al resto. Adiós.

Ella colgó sin darle más oportunidad para que continuara amenazándola. Lucila sentía que el resto de su día sería un infierno. No podía siquiera levantar el teléfono por el acoso de Nichole.

Por la tarde Humberto se había presentado en la empresa. Ella le comentó que esa chica llamó y le dijo que pasara el listado de cheques a la recepción porque pasarían todas las llamadas ahí.

Para la hora de la salida, ambos fueron al departamento, pero solo para recoger ropa para ir a donde él le había dicho.

—¿No solo iremos a pasear? —preguntó al preparar una maleta pequeña.

—Alquilé una casa en San Bernardino para nosotros dos. Tengo una vivienda ahí, pero por seguridad es mejor ir a otra. Veremos el lago, recorreremos para comer y así —habló Humberto—. Regresaremos el domingo. Iremos a pasar un buen momento ahí para olvidarnos de todo.

—Me encantaría hacerlo, pero no puedo. Siento que no podemos ser felices. Imagínate que no puedo siquiera contestar el teléfono del trabajo porque ella me acosa.

—No pienses en eso. Piensa en nosotros y en que en algún momento esto parará.

—En verdad trato, pero no puedo. Estaría más segura con mis padres en medio del monte, ahí no me encontraría.

—Tranquila, encontraremos la solución perfecta.

Ambos partieron rumbo a la ciudad veraniega, pese a que todavía faltaba para el verano.

Él la había llevado a la casa en donde una casera los esperaba para que se alojaran. Después de que terminaron de desempacar, Humberto la llevó hacia la orilla del lago. Solo podían ver las luces de la ciudad que estaba del otro lado. Las estrellas eran brillantes y hermosas. A Lucila no le importaba

el frío, se hallaba disfrutando del paisaje y también había pedido lo que ella más deseaba comer: lomitos con salsa de ajo con gaseosas. Humberto haría causa común con ella y no bebería.

—No me dijiste que la casa que alquilaste estaba junto al lago. Del otro lado se ve Areguá —comentó Lucila.

Él no le había respondido nada a su comentario, por eso ella dio vuelta sobre sus talones para buscarlo y saber qué hacía, mas lo encontró en la arena con una rodilla al suelo.

—Lucila, quiero que sepas que el tiempo no es lo que importa cuando se trata de la intensidad de un sentimiento. Estamos hace poco más de seis meses y no me arrepiento de las decisiones que he tomado y no me arrepentiré de esto. Lucy, ¿quieres casarte conmigo? —preguntó con un anillo entre sus manos.

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