La chica del delivery
Capítulo 3
Lucila partió rumbo a la dirección que decía. Se dirigía a una zona hermosa de la ciudad, en donde pululaban las casas centrales de las empresas. Con lentitud iban saliendo del casco histórico para estar en un lugar al que el cliente le fuese más fácil acceder. Con los años esa zona se había vuelto comercial y los precios de los impuestos y las viviendas se dispararon.
En los tres meses que llevaba trabajando como delivery, recorrió esa zona para dejar varios pedidos, aunque ese cliente era nuevo.
Llegó a la dirección mencionada, pero no sabía cuál de todas las casas de ese barrio de gente de plata era la de su cliente. Se detuvo frente a una de ellas y se dispuso a buscar su móvil para alumbrar su ticket y ver el número de teléfono que aparecía en el registro. Quitó su otro teléfono móvil, aquel que pertenecía a la farmacia y digitó el número.
***
Humberto Albertini, recientemente había regresado del estudio de su maestría en Estados Unidos para encargarse de una de las empresas familiares. Como hijo único todo lo que tenían sus padres sería para él en el futuro, por eso necesitaba de mucha preparación. Estuvo dos años lejos del país y eso le hizo pensar en que, al regresar, debía regentar una por una las empresas. Correspondía buscar personas de confianza en las cuales apoyarse porque era un hecho, su padre tenía ese apoyo.
Con veintisiete años se sentía preparado para tal hazaña. De hecho, llevaba una semana haciéndose cargo de la tienda de ropas «Alberta» cuyas locaciones eran los mejores centros comerciales del país. Tenían un enorme taller de confección que él ya tuvo el gusto de conocer. Debía ajustar un par de cosas como las pagas por pieza confeccionada. Le resultaba fascinante comprender el funcionamiento de todo. Su papá había levantado un imperio en el país. Tenían desde negocios nacionales hasta franquicias internacionales, pero a Humberto, le llamaba la atención Alberta, era la empresa más nueva del grupo y la más expuesta a los desafíos del crecimiento y el mantenimiento en el mercado.
Ese día, Humberto llegó de la oficina a las ocho de la noche y no lo hizo de buen ánimo, el dolor de cabeza destrozaba su poco buen ánimo.
Su novia era una mujer de nombre Nichole Bauman, que pertenecía a una familia de la élite nacional al igual que él. Se conocieron en el club Centenario, el más antiguo y exclusivo de la capital del país, donde si no tienes un apellido de peso, no entras. Por mucho tiempo la gente esperaba el matrimonio Albertini—Bauman, pero él comenzaba a tener serias dudas.
Nichole y él no estaban en la misma sintonía. Ella sabía que heredaría sus millones y no se preocupaba por saber de dónde salía el dinero. Cuando estaba en la oficina, Nichole lo llamó desde New York, le dijo que estaba en una tienda de vestidos de novia que salía en un programa de televisión, y que le encanta un vestido de quince mil dólares. Eso era solo una excusa para decirle: «tenemos cinco años de noviazgo, es hora, Humber».
Después de esa llamada había quedado bastante estresado. No estaba seguro de que Nichole era la mujer con la que deseaba pasar el resto de su vida. Era demasiado frívola para su paciencia. Comenzaba a parecerle hueca. ¿Cómo pudo involucrarse con ella? Le gustaba, sí, Nichole era hermosa, despampanante, pero sabía que la belleza se marchitaba con el tiempo y quedaba solo el alma. Durante ese tiempo en el que estuvo estudiando la maestría, se dio cuenta de que no necesitaba de ella para ser feliz o, mejor dicho, supo que aquella lo estaba matando con lentitud.
Escuchó que su móvil sonaba junto a él en la cama. Estaba tirando, sus ojos se hallaban cerrados y su brazo derecho, cubría sus ojos para disminuir el dolor. Cogió aquello con la mano libre y respondió.
—¿Hola? —contestó a la llamada.
—Buenas noches, ¿es el señor Humberto Albertini? —preguntó la voz suave de una chica.
—Sí, soy yo.
—Soy la chica del delivery, señor Humberto. Estoy cerca de la casa, pero no sé cuál de todas es la de usted.
—Ah, sí, es la que tiene dos palmeras altas en la vereda. Salgo a la calle para que me vea.
—Vale, señor.
Ambos colgaron el móvil.
Humberto corrió para descender las escaleras.
—Humberto, te vas a caer —advirtió la señora que se encargaba de los quehaceres de la casa desde que él tenía memoria, aunque ya doña Rosa estaba curtida por los años, y la cocina era lo que mejor hacía, amaba su comida.
—Doña Rosa, ha llegado mi delivery —habló Humberto.
—Pues parece que no te duele nada, mi hijo —replicó cariñosa la señora.
Siguió su camino después de cruzarse con la mujer y salió hasta el portal que abrió para poner un pie fuera y que lo viera la chica que lo llamó.
Lucila vio a un joven alto salir de una casa de tres pisos, la más hermosa de la cuadra. Se acercó con la motocicleta hasta aquel.
—Buenas noches, señor Humberto, traigo su pedido —musitó Lucila que sonrió al ver a Humberto. Era un hombre sin dudas «cheto» sabía eso no solo por la casa, sino también por la forma de su cara. Su nariz era tan bien formada, su cabello era negro, sus cejas tupidas y los ojos parecían grises. Debía ser hijo de algún extranjero.
—Buenas noches. Es raro ver a una chica en el delivery, en verdad, es la primera vez que veo algo así —alegó Humberto al ver que la muchacha
se quitaba el casco de la motocicleta.
—No hay muchas, pero las mujeres vamos agarrando más trabajos, la necesidad no discrimina —rio al decirlo.
Él también rio con ella. La miró y le pareció común, guapa, pero común como cualquier otra chica del país. Tenía el cabello recogido en una coleta, era de tez blanca y juraba que sus ojos eran marrones.
—Cierto. ¿Y solo te dedicas a esto?
—No, estudio administración, espero que en algún momento surja algún puesto de oficina.
—¿Administración? También soy licenciado en administración.
—¡Qué genial! Ya sé a quién molestar cuando tenga que hacer mi tesis
—pronunció a modo de broma.
—Te puedo hacer la tesis completa en un abrir y cerrar los ojos. Me gradué con honores.
—Y yo tengo una beca.
—Hay que aprovechar esa oportunidad. ¿Cómo te llamas?
—Lucila Cabral, estudio en Columbia.
—Yo estudié en la Americana...
Lucila se estaba entusiasmando con la conversación que tenía con su cliente, pero no había ido a eso.
—¿Ahora la carrera le comienza a dar dolores de cabeza? —preguntó Lucila.
—¿Por qué? —respondió Humberto.
Ella le enseñó la bolsa del pedido.
—Por el ibuprofeno.
—¡Ah, sí! —rio a carcajadas—. Te doy un consejo: prepárate para lo que vendrá, no debe faltar un ibuprofeno en tu cartera.
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