La chica del delivery
Capítulo 27
Lucila no podía creer lo que estaba ocurriendo. No la llevaría a su alquiler.
—¿Estás secuestrándome?
—Si secuestrarte es mantenerte alejada de la motocicleta, sí, te estoy secuestrando —respondió Humberto.
—¿En serio, Humberto? Yo necesito ir a casa. No tengo ropa y estoy con un vaquero cortado. También debo retirar mi motocicleta, rendir la última cobranza, presentar mi reposo en el trabajo y en la universidad...
—¿Puedes concentrarte en no estresarte?
—¿Parece que tengo razones para estresarme? ¡Claro que sí! No voy a cobrar por cinco días. Eso afecta mi salud financiera.
—Si eso te preocupa yo te lo pagaré. La ropa se soluciona rápido. Te compraré algo y ya.
—¡Uy! ¡Todo para el rico es fácil! Pues yo soy pobre. No puedo dejar de trabajar cinco días. ¡Cinco días! Es una locura. Como mucho, me quedaré uno. Me siento bien...
—Estabas llorando cuando te vi.
—Fue un momento de debilidad. Le tengo miedo a las agujas, pero eso no significa que no pueda trabajar mañana.
—Te quedarás cinco días en mi casa y no habrá más discusión o me pondré más déspota.
—No eres mi dueño.
—Pero soy más razonable que tú. No te preocupes por nada que me encargaré de cubrir lo que haga falta para ti. Escucha, tú puedes recuperar dinero, pero no puedes recuperar un brazo o una pierna o alguna secuela que te quede por un accidente. Esta vez la sacaste barata. Yo me encargaré de todo y tú te preocupas por mejorar.
Lucila se sentía avergonzada por lo que él le decía, nunca nadie se había preocupado tanto por ella. En verdad que él sí la estaba atendiendo como merecía. Si estaba con Miguel, aquel le ordenaría que se pusiera a hacer algo para la merienda.
—Algunas mujeres tienen suerte. Hoy me siento afortunada contigo, Humber. No puedo decir que tuve una experiencia similar en el accidente y en el trato que me das. No estoy muy acostumbrada a que me traten bien.
—Yo no soy tan maravilloso, Lucy. No me gusta hablar de mi noviazgo anterior, pero te aseguro que ella no se sentía afortunada de estar conmigo por las mismas razones por las que tú te sientes así. Tú valoras el trato, que nadie te insulte o te golpee y te trate con respeto. Sin embargo,
ella me valoraba por lo que yo podía gastar. Contigo quien se siente valorado soy yo. No importa que quieras contradecirme cuando tengo la razón. Puedo acostumbrarme.
—Tú ni siquiera te enfadas. ¿Cómo lo haces?
—Claro que me enfado. Que no ande por la vida rompiendo cosas no me convierte en el más tranquilo de los hombres. Tengo mis momentos.
—Yo soy explosiva.
—Ah, ¿sí? Pues prefiero que seas mansa como hasta ahora.
—No me gusta que me lleven a ningún lugar sin mí consentimiento.
Te parecerá manso y gracioso cuando te lo digo, pero es básicamente una amenaza.
Humberto giró su cabeza hacia ella. Era evidente que no estaba contenta con eso de irse a vivir con él, pero se pondría menos contenta después de lo que haría por ella.
—Aquí me quedaré. Iré a por los remedios que te recetaron —avisó Humberto.
—Toma —dijo Lucila y le entregó su tarjeta de débito—. La contraseña es 4675.
Él lo agarró y se fue. Humberto no tenía ni una intención de utilizar el dinero de Lucila.
Compró todo lo que estaba en la receta y regresó al vehículo que estaba en marcha con el aire acondicionado funcionando.
Apenas se subió, los ojos pardos de Lucila parecían querer devorarlo.
—No me ha llegado el mensaje de que usaste mi tarjeta —reprochó.
—Porque no la usé. Es mejor que no gastes.
—Después me pasas tu cuenta para devolverte eso.
—No puedo porque ya lo gasté y tengo que darle el comprobante al contador para que calcule mis impuestos.
Lucila colocó los brazos cruzados bajo el pecho, frunció el entrecejo y exhaló aire con mucha fuerza.
Para la buena fortuna de Lucila, él estaba acostumbrado a lidiar con el silencio femenino. Porque si en alguna cosa se parecían ella y su ex, era en que usaban la ley del hielo con él, Humberto parecía vacunado contra eso.
En algún momento ella le hablaría.
Una vez que llegaron al edificio, él la cargó para bajarla y la llevó hasta el ascensor. Ahí tocó el número de su piso y esperó. Lucila seguía en silencio, mientras Humberto la miraba con una sonrisa.
Dentro de sí, Lucila ardía de la vergüenza por estar en la casa de él.
No se sentía cómoda y encima de todo pasaría cinco días ahí.
Cuando entraron al departamento, él la llevó a la habitación y la dejó en la cama. Le quitó los zapatos y miró el agujero en el calcetín de ella.
—Creo que esa media ya no sirve —comentó al ver que su dedo pequeño salía por el hoyo.
—No es un agujero común, significa que fui a la guerra. No hay nada que el hilo y aguja no solucionen.
—Te dejaré al cuidado de Blanca.
—¡Pero si ella me matará de hambre!
—Le diré que no cocine ningún marisco, ¿te parece?
—Sí. Soy de paladar económico.
—Bien, se lo haré saber. —Al terminar de decir eso, Humberto le acercó el control del televisor y también otros dos controles más que no sabía para qué servían.
Humberto salió de la habitación y cogió su móvil e hizo una llamada a la tienda Alberta del shopping del Sol. Ahí realizó pedidos en tamaño M
para Lucila, fue a la cocina y encontró a Blanca en los quehaceres.
—Blanca, atiende a Lucy, está de malhumor porque se accidentó en la motocicleta. Esta es la indicación del remedio que voy a dejarte para que se los des. No quiero que se levante de la cama hasta que se sienta mejor.
Tampoco hagas algo de comer que sea muy elaborado. Solo algo sencillo para que ella coma porque no le gustan los bichitos de mar.
—Bueno, señor.
—Ahora buscaré los remedios que dejé en la camioneta y después saldré al shopping, compraré algo para ella, no tiene una sola prenda.
Él fue hacia el estacionamiento y ahí se detuvo por un instante. La gente de la oficina estaba a punto de retirarse.
—Cassia, quiero que mañana a primera hora llames a una concesionaria. Necesito un automóvil pequeño y cómodo —pidió Humberto una vez que Cassia lo atendió.
—Sí, licenciado. Puedo buscarle con el representante del que habíamos comprado los furgones para la distribución.
—Sí, sí. Kia está bien.
—Listo, licenciado.
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