La chica del delivery

Laura A. Lopez · Capítulo 36 de 56

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La chica del delivery

Capítulo 36

Humberto se dirigió al holding de las empresas Albertini. Hacía tiempo que no pasaba por ese lugar que no quedaba muy lejos de Alberta y tampoco compartía la compañía de su padre.

Cuando llegó al sitio, había un estacionamiento reservado para él.

También su madre tenía uno por si estaba de visita. Conseguir aparcamiento en los alrededores era algo casi imposible por eso su padre había previsto lugares para ellos.

Descendió de su vehículo y caminó por los pasillos en donde lo saludaban con calidez. En ese lugar había hecho muchas de sus prácticas antes de realizar su maestría en el exterior.

Llegó junto a la secretaria de su papá y solo le levantó la mano, pues imaginaba que la mujer sabía que el director lo esperaba.

Abrió la puerta y encontró a su papá con los ojos puestos en el móvil, deslizaba sus dedos por la pantalla.

—Hola, papá... —saludó antes de sentarse en unas de las sillas que estaba frente al escritorio.

—Humberto, menos mal que llegas. Encontré este juego y quiero que me lo bajes. No entiendo muy bien. —El señor Albertini le pasó su móvil para que Humberto se encargara.

—¿Candy Crush? —curioseó Humberto.

—Todos lo juegan y yo quiero saber de qué se trata para mantener tontos a los demás. Debe ser muy divertido.

—Sí, lo es. Lo tengo descargado. —Humberto procedió a descargar el juego para que su padre lo tuviera.

—¿Qué quieres almorzar?

—Lo que sea, papá.

—¿Y si comemos un buen asado? Rechazaste el que hice hace unos días.

—Me encantaría. Sabes que no fue intencional o al menos espero que mamá te dijera la razón.

—Literalmente dijo algo de una mujer, una fulana nueva. Hablo casi de forma textual. Nunca me referiría así a nadie, pero tu mamá... ¡Ja!

—Lo que pasa es que terminé con Nichole, y eso ya lo saben. En ese ínterin conocí a una chica que se llama Lucila. Ella era delivery de una farmacia... Las cosas solo pasaron.

—Ya no preguntaré a qué se dedica. ¿Cuánto tiempo crees que durará el capricho? Sabes que la familia de Nichole es muy amiga de la nuestra.

—Sí, son de ustedes, no míos. No quiero pensar en otras personas a quienes no les importo. Si Lucila es un capricho, continuaré hasta que me canse o vaya más allá de una simple tontería. Por ahora somos novios y me gusta, aunque estuvimos peleados un par de días. Ella tiene mucho carácter.

—Además del automóvil, ¿qué te ha sacado? —inquirió su papá, insidioso.

—¿El corazón quizá?

—Quiero que entres en razón. Ella será como una sanguijuela. Esa clase de gente sin plata, apenas la ven y se aferran. Se aferrará a tu bolsillo y no se saciará hasta que te saque lo que pueda, le consigas trabajo a toda su prole y logren abrir un negocio a tus costillas o tal vez pronto te pida que le compres un departamento sobre Santa Teresa.

Humberto suspiró. Su papá estaba siendo peor que su mamá.

—Quiero que conozcas a Lucila para que todo lo que piensas se desvanezca, papá. Ella trata de salir adelante todos los días y yo la ayudaré en todo lo que pueda. Me parece una buena persona, inteligente y agradable.

—Ajá. Esperemos que siga siendo así. Sabes que Nichole no te pedirá nada porque dinero le sobra. Deberías fijarte en personas que no se aprovechen de ti para su beneficio.

La cantaleta de su papá se le hacía tediosa. Él no entendía que ya no deseaba estar con Nichole. Para él aquella no tenía ningún defecto, y en sí tal vez no los tuviera. Simplemente, lo que tenían se acabó porque se agotó.

—Es mejor que vayamos a comer, papá. Hablaré con Lucila para conversar sobre presentarle a mi familia —mencionó Humberto, devolviéndole el móvil a su padre.

—Bien...

Ambos salieron cada uno en su vehículo, porque tendrían que regresar a sus respectivas empresas.

Durante el almuerzo en la churrasquería, Humberto logró que su papá dejara de hablarle de lo maquiavélica que era Lucila. Conversaron sobre los nuevos proyectos con Alberta y de lo mucho que esperaban la expansión.

Era un trabajo ambicioso, pero esperaba lograrlo pronto. En esa parte contaba con el apoyo del señor Albertini.

Se despidieron en el estacionamiento del establecimiento y Humberto regresó a la empresa. Eran casi las tres y media de la tarde, casi ya no le quedaba día. Debía estudiar algunos números y enviar correos electrónicos para coordinar todo. Harían un desfile para ver cómo quedaba la nueva colección de prendas para el otoño-invierno, mientras que otros de los empleados de diseño estarían ya con los preparativos y tendencias para primavera-verano.

Los modelos de prendas calientes no solían venderse mucho. Por lo que se enfocaban en prendas con mangas, pero ligeras por el tipo de invierno que había en el país. De los supuestos tres meses de frío, podía contar con los dedos de las dos manos cuántos eran fríos en realidad. Ni siquiera alcanzaba a cubrir un mes. Un día podía amanecer con 0°, pero dos días después, ya estaban con más de 20°. Aquello producía que los alérgicos estuvieran estornudando o moqueando durante todo el día.

—¿Algún pendiente, Cassia? —preguntó Humberto al llegar a la oficina.

—No, licenciado. Lo que pidió por la mañana está en el escritorio.

—Excelente. ¿Cómo crees que le va a la chica nueva? —curioseó.

—Pues la escuché riendo mucho con Cinthia. Me parece que se llevarán bien. Ella está explotando a Lucila.

—Así debe ser...

Él siguió su camino a la oficina. Al entrar, se sentó en su lugar y abrió el ordenador. Colocó un par de canciones en YouTube y después ingresó al sistema para sacar los números que necesitaba.

Cuando miró su reloj eran las 17:50 horas. Todos debían tener un pie junto al marcador de entrada.

Cogió su móvil y envió un mensaje a Lucila.

Pasaré por ti a las 19:15 horas. Nos vemos en tu casa.

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