La chica del delivery
Capítulo 6
Lucila bostezaba en clase. Había dormido de maravilla, pero debía admitir que estaba cansada del trajín de estudiar y trabajar. Su espalda comenzaba a dolerle por la tensión que le producía conducir la motocicleta.
En cierto momento, no se había dado cuenta que se había quedado dormida, pero el codazo de su amiga la hizo reaccionar.
—Lucila, despierta, no puedes dormir en clase, te van a regañar —dijo Analía, una de sus compañeras que tenía veintisiete años e iba por su segunda carrera en la universidad. Compartían algunas materias que no se pudieron convalidar por la universidad.
—Yo sé, pero te juro que me estoy cagando de sueño. No sé qué sucede conmigo. Siento mucho cansancio...
—Debe ser que extrañas tener novio o salir... Hoy es viernes y te aseguro que irás a tu alquiler para dormir.
—¿Cómo adivinaste mis hermosos planes después del trabajo?
Tendría que cambiar de turno para poder trabajar en el horario diurno y en una oficina.
—Sí, deberías buscar un trabajo que tenga que ver con lo que haces.
Dentro de poco dirán: «la licenciada Cabral hace de delivery para una farmacia».
—No me da pena, aunque tienes razón. Lo que necesito ahora es comer y pagar el arriendo.
—Te invito esta noche aquí cerca, al salir de currar. Sales a las 23:00
horas, ¿no?
—Sí. No creo que pueda sobrevivir. Me resulta difícil estudiar, trabajar e ir de fiesta.
—Ay, Lucila, una vez no te hará daño. Deja de pensar demasiado y acepta. ¿Cuántas veces tienes la oportunidad de que alguien coincida contigo para invitarte una cerveza? También a lo mejor conocemos a unos jóvenes o a señores de unos cuarenta años que solucionen todos nuestros problemas económicos... —dijo Analía entre risas.
—No quiero un señor de cuarenta años —rio al decirlo—. Estoy curada del amor, al menos por unos dos años. Me enfocaré en acabar la carrera y sobrevivir.
—Está bien, nos arriesgaremos a pasar una noche de mujeres...
Los viernes tenían un sabor especial para Lucila. Cuando llegaba este día de la semana, significaba que al día siguiente no iría a la universidad.
Podía dormir más horas, aunque el sábado debía trabajar por la tarde hasta la noche en el servicio de delivery. Le importaba poco porque al menos descansaba y eso era lo importante.
Por la tarde, llegó a la farmacia para comenzar su turno. Tan solo al entrar, la asistente de farmacia tenía tres bolsas listas para entregar y también el pos y las facturas.
—Hola... ¿Tanto solo al llegar? —preguntó Lucila sorprendida para bien.
—Son para el mismo lugar. En un holding de empresas. Algunas decidieron aprovechar el descuento de los viernes, querida. Ya sabes que es así... El local queda sobre la avenida Santa Teresa.
—Sí, shampoo, desodorante, perfumes... En fin, es lo convencional.
Volveré pronto.
Lucila metió en la mochila las tres bolsas, las facturas y el pos para entregar el pedido. Subió a la motocicleta y se colocó el casco.
Pensaba en la dirección a la que debía ir y preguntar por los nombres de las personas que figuraban en los comprobantes. Una vez que dejó la motocicleta en el edificio, habló con el portero para que la dejara pasar. El hombre de la entrada le dijo que esos nombres pertenecían a las oficinistas del quinto piso, y a otra del tercero.
Empezaría por abajo para luego dirigirse hacia arriba. Entregó el pedido a la licenciada Cynthia Velázquez del área comercial en el piso tres.
Vio a la clienta, satisfecha con su compra. Se la enseñaba a sus compañeras de trabajo.
Una sonrisa se formó en el rostro de Lucila. Pensaba que en algún momento ella estaría en un lugar como ese. Si bien, le gustaba andar montada en una motocicleta, sabía que no era el futuro que esperaba. Se ganó una beca, y no para ser la chica del delivery para siempre. Como cualquier persona, muchas veces soñaba despierta con una gran casa, un automóvil del año y un trabajo estable, aunque todo se fuera al demonio cuando Miguel se comportó de una manera inconcebible.
Ella no podía inmiscuirse en los matrimonios de sus padres o de su hermana para frenar los abusos a los que eran sometidas las esposas por sus maridos, pero sí podía escoger lo que ocurriría con su vida. Quiso mucho a su ex novio; sin embargo, no era suficiente para tolerar sus mañas. Un día podían ser gritos, y al otro, golpes. Lucila quería salir del círculo de la miseria y los conflictos. Estaba decidida a lograrlo.
Hizo su entrega con lentitud para disfrutar de sus sueños, mientras estudiaba minuciosamente su entorno. Las oficinas ambientadas con luces led, plantas artificiales y cuadros de paisajes era lo primero que veía en el quinto piso. Leyó un cartel que decía: Administración.
Miró de izquierda a derecha en la búsqueda de alguien que pudiese guiarla para encontrar a sus demás clientas. Se decidió por el lado derecho y caminó hasta encontrar a una mujer elegante sentada frente a su escritorio, tecleando con rapidez. La muchacha dejó de teclear y cogió unas carpetas, esperando a que sus impresiones salieran de la impresora. Lucila consideró preguntarle a esa joven lo que necesitaba.
—Disculpe, señorita, estoy buscando a Lourdes Pacheco y a Marcela Aponte —dijo Lucila.
—Buen día. Ellas están en la oficina de contabilidad. Es por el lado izquierdo. Vas por el pasillo y te encontrarás con la puerta del departamento
—habló la mujer.
—Muchas gracias.
Lucila fue hacia donde le indicó la que parecía ser una secretaria y no encontró la oficina de contabilidad. ¿Sería posible que tuviese dos izquierdas o no lo entendió bien?
Masculló una maldición y regresó sobre sus pasos para buscar otra vez a quien le dio las indicaciones. Esperó por un instante a que apareciera la secretaria de cabello rubio con alisado permanente. La vio regresar a su sitio y se acercó de nuevo.
—Disculpe... No encontré la oficina de contabilidad —comunicó Lucila, avergonzada.
—Creo que no me expresé bien, disculpa, estaba un poco apurada... Te llevaré... —La oficinista se levantó de su asiento para ayudar a Lucila.
——Cassia, ¿podrías agendar...? —Humberto no acabó de decir lo que quería. Se fijó en la joven que tenía una remera de tela piqué en color verde oscuro, que llevaba el casco en el codo y también una mochila en la
espalda. Aquella muchacha tenía las mejillas rojas, como si estuvieran quemadas.
—Diga, licenciado... —pronunció Cassia, colocándose a su servicio.
Lucila no podía creer su suerte. Aquel era el cliente tan atractivo que conoció cuando llevó el ibuprofeno. Ese país era un verdadero pañuelo.
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