La chica del delivery

Laura A. Lopez · Capítulo 35 de 56

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La chica del delivery

Capítulo 35

Ella estaba muriendo por besar a Humberto, pero él estaba decidido a no levantar sospechas de nada, y más por comodidad de ella que la propia.

Le abrió la puerta para que se fuera.

—Te veo por la noche, Lucila...

Con esas palabras la había despedido. Cerró la puerta en su espalda y ella se quedó tiesa en el lugar. Estaba en Alberta, en un nuevo empleo, a un paso de una ansiada reconciliación con Humberto. Ella tenía un gran problema de inmadurez que debía superar. Convenía aprovechar las oportunidades de la vida y no hundirse en su miseria, pero ¿cómo dejaba atrás el pensamiento de pobreza que arrastraba?

Se dispuso continuar con su día y fue hasta el área de tesorería en donde Cinthia Cazzola se encontraba esperándola para mostrarle todo lo que debía hacer Lucila.

—Buen día, Lucila —saludó Cinthia, la tesorera—, te mostraré tu lugar.

—Buen día. Gracias —contestó Lucila, que exploraba la oficina.

Cinthia la llevó frente a un ordenador que estaba colocado frente a una ventanilla.

—Tú serás nuestro rostro visible, Lucila. Este será tu lugar. No tengo problema para que escuches música y comas sin descuidar el trabajo y la atención a los clientes internos.

—Sí. Desde aquí se ve todo.

—Sí, y se sabe todo —rio Cinthia—. Por fin tengo alguien con quien trabajar. El gestor no me ayuda tanto. Las operaciones comerciales de Alberta han crecido desde que el licenciado Albertini tomó la dirección. Se han contratado más personas para todas las áreas, pero menos para aquí.

Piensan que soy un pulpo, pero ahora seremos dos pulpos.

—Eso dice que me divertiré mucho...

—Mucho cuando el lic., no esté de pésimo humor, aunque hace más de un mes que anda feliz como una lombriz. Bueno, te mostraré algunas cosas de lo que debes hacer. Encenderemos la máquina y yo buscaré los últimos legajos. Ya me estaba muriendo para que llegarás. Cuando te muestre todo podré salir de vacaciones. Me esperan vacaciones después de un par de años.

Lucila sonrió ante lo que Cinthia le contaba. Entre cada insinuación de trabajo se le escapaba una frase: necesito vacaciones.

Una vez que se acercó con los legajos de pago a proveedores y caja chica, se fijó que tenía los documentos de una concesionaria. Lucila solo pensaba en el Kia blanco estacionado en el edificio de Humberto y eso la hacía sentir bastante culpable y recordar sus vergüenzas.

—Usamos el sistema Oracle, utilizarás mi usuario hasta que el tuyo esté listo y con todos los permisos. Para la carga de facturas en el sistema te fijas en la fecha, timbrado, número de la factura, condición...

La tesorera le mostraba todo lo que debía hacer de una manera rápida, sencilla y divertida. Lucila sacó de su mochila una agenda en la cual comenzó a anotar todo lo que le está mostrando Cinthia para no olvidarlo o hacerlo mal. Las imputaciones debían estar correctas o los gastos estarían mal distribuidos. Para ser su primera vez en una oficina lo estaba haciendo muy bien, o al menos lo que era mecánico le resultaba sencillo y entendible porque no solo sabía sobre las cargas en el sistema, sino que Cinthia se encargaba de explicarle las razones por las que se realizaba de esa manera.

Esa empresa era bastante ordenada.

A medida que avanzaba con los comprobantes, ella estudió la factura del concesionario y se quedó de piedra al ver el monto que estaba en dólares.

—Esa factura envíala a otra caja, el licenciado Albertini tiene que devolver ese valor con sus dividendos, entonces esa carga la llevamos a otro lugar porque él restituirá ese valor. Estuvo un poco apurado para comprar el vehículo —comentó Cinthia.

Lucila se hundía en el lodo de la vergüenza. Humberto había puesto a todo el mundo de cabeza para que ella estuviera segura, ¿y qué hizo la muy tonta? ¡Lo jodió!

Sí, lo jodió. Él tan bien intencionado y ella creyendo que la estaba humillando. La única que se humillaba era ella, pues cualquier cosa que fuera contra su pobreza, ya le resultaba inaceptable. Ambos nacieron en mundos distintos y se encontraron, pero eso no significaba que no pudieran complementarse o quererse. Debía quitarse el complejo de novela mexicana que tenía en la cabeza. Muchas novelas durante su infancia quizá dañaron su cerebro. Debía ser positiva y desear que la relación entre ellos prosperara. No sabía si para matrimonio o algo así. No estaba enfocada en eso. Ella quería terminar su carrera y ejercer su profesión de alguna manera.

Mientras que él tenía muchos proyectos para convertir a Alberta en una marca internacional y prestigiosa.

No estaban en caminos diferentes, era la misma profesión, aunque con enfoques distintos, él como dueño y ella como empleada. Tal vez algún día tuviera la apertura mental para emprender algo que le permitiera ser independiente, pero por ese tiempo estaba bien trabajar de manera dependiente.

A la hora del almuerzo, no sabía qué diablos hacer con su vida.

Cinthia llevaba su comida y Lucila salió a buscar algo. Encontró un copetín, pero nada le apetecía dentro del menú, así que terminó pidiendo un sándwich de milanesa con una gaseosa. A su edad todavía su cuerpo quemaba bien las calorías de lo que comía.

Después regresó a la oficina, pues solo tenían una hora de almuerzo.

***

Humberto salió un poco estresado con la reunión con la gente de diseño. Pidió demasiados cambios, él sabía que esas reuniones eran pesadas, pero ese día fueron peores. Lo único bueno fue que pudo avanzar con Lucila. Logró verla después de varios días.

Cuando iba a buscar algo para almorzar vio a Lucila en el pasillo y él le sonrió al pasar cerca de ella. No se quedó a conversar, estaba hambriento y enfadado. Era mejor que pudieran hablar bien por la noche estando más tranquilos.

Al coger su móvil para ver la hora, encontró un mensaje que decía: Papá:

Pasa por el holding y hablaremos un poco. Tengo tiempo sin verte y tu mamá está preocupada por ti.

Él quería ver a su papá, no tenía problema con eso, así que avisaría a Cinthia que estaría fuera de la empresa por la tarde.

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