La chica del delivery

Laura A. Lopez · Capítulo 2 de 56

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La chica del delivery

Capítulo 2

Esa noche Lucila tuvo un par de entregas más. Sabía que no tendría mucho dinero por llegar tarde, pero en ocasiones debía hacer ciertos sacrificios. Le alcanzaba para pagar su renta, combustible y comida. No tenía tiempo para cocinar. Por lo general comía en las calles o comedores populares. Le gustaba sentir el sabor casero de las comidas. Al menos ese día ahorró dinero en el almuerzo porque olvidó comer.

Cuando la farmacia cerró a las once de la noche, ella se montó en su motocicleta y emprendió su regreso a la que le decía cómodamente su casa.

Era solo una habitación grande con una cama, ropero, un pequeño mueble de cocina, una hornalla a inducción, una pequeña heladera y un baño. Todo eso le resultaba rápido y fácil de limpiar. Entretenimientos no tenía, le faltaba una televisión, pero como nunca estaba ahí, no echaba eso en falta.

Era mejor tener no tener para no distraerse y dedicarse al estudio. Siempre seguiría buscando un buen trabajo donde al menos llegara a ganar el mínimo legal vigente.

La puerta de su casa daba a la calle. Subió con la motocicleta a la vereda y quitó la llave de su mochila para poder abrir.

—Buenas noches, Lucila —saludó una voz que ella reconoció como la de su ex novio.

—Hola, Miguel, ¿qué haces aquí? —interpeló.

—Vine para hablar contigo.

—¿Y de qué quieres hablar, Miguel? Estoy cansada y quiero descansar. Mañana tengo que ir temprano a la facultad y después a trabajar.

—Quiero que vuelvas conmigo, Lucila.

—¿Volver contigo? ¿Para qué? ¿Qué gano yo? No quiero ser tu sirvienta, Miguel, y menos me interesa ser el guardián de tu casa. Casi hiciste que fracasara hace unos meses. Si tú perdiste la beca no es mi problema, te va muy bien en donde trabajas, pero eso no significa que yo tengo que dejar de lado mi educación para limpiar tu departamento y cuidar de él, tener tu ropa limpia y planchada...

—Estás exagerando, Lucy.

—¿Exagerando? Me tienes de los cojones. Me dijiste que me creía una princesa porque me negué a limpiar un día que llegué cansada del trabajo,

¿por qué no lo hiciste tú?

—Porque estaba cansado...

—¿Todos los días? ¿También sábados y domingos? Porque, que yo sepa, los viernes de noche vas con tus amigos a tomar cerveza y a jugar fútbol, pero yo estaba encerrada, limpiando como la criadita toda la puta casa —gruñó Lucila. No quería acordarse de los peores meses de su vida.

—Yo te quiero, Lucila. Si vives conmigo, ni siquiera vas a tener que trabajar en una motocicleta, es peligroso.

—Por supuesto que sé lo peligroso que es, pero la verdad no me importa. Tengo mis estudios, mi trabajo y no me haces falta, Miguel.

Dejamos claro este asunto el mes pasado, y todavía quieres venir para hablar. No quiero recordar que te atreviste a pegarme. Yo no voy a vivir como mi mamá y mi papá. No dejaré que me toques más, nunca. Chau, Miguel.

—Te he pedido perdón por eso, Lucila. Eres rencorosa. Te pido que pienses y recapacites.

—No, mi papá siempre le pedía perdón a mamá, y después, le golpeaba con más fuerza.

—Bien, estás exagerando porque esa no es la realidad. Fue un accidente del que me arrepiento.

—Tienes veintitrés años, no puede ser un accidente, es algo que está dentro de ti. No quiero averiguar si es o no cierto, prefiero apartarme.

Además, el amor se terminó. Voy a entrar. Cuídate, el barrio es peligroso.

—Lucila se despidió y giró la llave de su puerta y procedió a abrir más la abertura para meter la motocicleta, siempre la dejaba junto a ella, pues tenía miedo de los robos. Esa era su herramienta de trabajo, sin eso estaría perdida y también tendría que pagarle a Héctor.

Después de cerrar la puerta, Miguel siguió ahí. No lo invitaría a pasar ni si lo encañonaran en su cara.

Dejó su mochila sobre la cama y se quitó las medias para enfriar sus pies y poder tomar un merecido baño. Cogió sus zapatillas de goma para caminar y acercarse al refrigerador. Ahí dentro siempre había una jarra de agua bien fría. El verano era insoportable y a ella se le hacía más difícil de soportar porque no tenía aire acondicionado, solo un triste ventilador de techo, cuya reactancia estaba gastada y debían cambiarla. Sin falta necesitaba bañarse y no solo porque le sudara el sobaco, sino también porque sufriría menos las altas temperaturas nocturnas. La habitación absorbía el calor de todo el día y al parecer lo liberaba cuando a la muchacha se le antojaba dormir.

Una vez que se bebió casi la mitad de la jarra sin acordarse de agarrar un vaso, lo recargó del grifo y lo devolvió al refrigerador.

Por la mañana se despertó con sudor en la nuca, volvió a bañarse para ir a la universidad. No debía olvidar que para ella la paz y el descanso eran cosas que solo tenía cuando dormía, el resto era estudio y trabajo.

En la universidad tuvo que entregar su trabajo que hizo el día anterior, y en un sorteo de bolillas, el tema que ella desarrolló debía exponerlo. Eso le tomó por sorpresa. Si bien hizo la tarea, Lucila sentía pánico escénico, como solía decirle a su vergüenza. Le daba pena tener que exponerse ante el público.

Se preparó unos segundos antes de exponer. Lo hizo bien, pese a que se había trabado demasiadas veces, aunque tuviese dominio del tema. La vergüenza era diferente a no saber.

Tuvo tiempo de almorzar en un lugar llamado Chicken's Bar en la zona de la universidad junto a una de sus conocidas. No tenía muchas

«amigas» por falta de tiempo, por eso utilizaba el término conocidas.

Luego, tomó el rumbo a su trabajo de delivery para intentar recuperar lo que había perdido el día anterior.

Ese día le había ido muy bien con más entregas, estaba cansada, pero había sobrepasado sus expectativas. Deseaba irse a su casa, pero aún faltaba una hora.

Se encontraba recostada por el mostrador, al momento en que Wanda se acercó a Lucila con un ticket y una bolsita con una caja de ibuprofeno.

—Esta entrega es para Villa Morra... —dijo la asistente de farmacia.

—¿Nombre?

—Humberto Albertini. Hoy se ha registrado como cliente.

—Excelente. Curaré sus dolores con este triste ibuprofeno... —agregó cogiendo la bolsita que le entregaba Wanda.

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