La chica del delivery

Laura A. Lopez · Capítulo 39 de 56

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La chica del delivery

Capítulo 39

Ella estaba nerviosa. Iba y venía, se levantaba y se sentaba esperando los minutos. Rezaba para que solo fuera un retraso. No estaba lista para ser mamá, no había terminado la universidad y tampoco tenía una antigüedad laboral decente. Vivía en un alquiler y andaba en motocicleta. Debía ser un pequeño error de la vida que su período se le retrasara un par de días más.

Lucila no tenía nada que ofrecerle a un pequeño niño o niña.

Siguió su espera hasta que decidió tomar al toro por los cuernos y mirar qué había salido. Cuando vio las dos rayas que decían positivo, se desplomó al suelo para llorar con amargura. No esperaba eso. Estaba embarazada de alguien a quien conocía hace como cuatro meses. La gente normal se casaba y después tenían hijos. Ella había vivido meses con Miguel y nunca se había embarazado, en cambio, con Humberto, había ocurrido sin estar viviendo juntos.

Su llanto no conocía de límites. Temblaba y hamacaba su figura presa de los nervios. Eran las diez de la noche. No sabía qué hacer o a quién llamar. ¿Qué pensaría Humberto? Si paraba de llorar para coger su móvil y llamarlo tal vez se diera el lujo de saber qué pensaba su novio. Debía calmarse, aquel ya estaba en su vientre y muy probablemente crecería con rapidez. Lo único que podía pensar en ese momento era que echó a perder su vida con un hijo sin terminar la carrera.

Cada vez que pensaba que estaba lista para realizar la llamada, volvía a llorar.

Entre los nervios y temblores, buscó el número de Humberto y llamó, pero él no le había contestado. Todavía debía seguir jugando. Eso solo hizo que sus temores crecieran. Se veía abandonada en un lugar una vez que él lo supiera. Ella no conocía a la familia de él, ni Humberto a la suya, pero suponía que a los padres de su novio no les haría gracia que ella se hubiera embarazado. Bien, a la misma Lucila no le hacía gracia. Se sentía al borde de un gran abismo de inseguridades y de no saber qué hacer. Se imaginaba sin trabajo y yendo a vivir con sus padres en el interior del país y ella haciendo oficios para poder alimentar a su pequeña cría. Tal vez eran temores infundados, pero esos pensamientos de miseria se habían instalado de manera repentina en su cabeza.

Debía tratar de serenarse y esperar que Humberto le devolviera la llamada.

***

En la cancha de pádel, Humberto todavía se hallaba jugando con sus amistades. Estaban en su último juego y después cada uno iría a su casa.

Después de mucho tiempo volvía a reunirse con algunos amigos de la universidad. Todos ellos le preguntaban por Nichole, pero él ya había dicho que terminaron y que ya no existía relación entre ambos. Era difícil hacerlos entender porque eran parte del mismo círculo.

—Fue un excelente juego. —Los felicitó Humberto dándole la mano a cada uno de ellos para poder despedirse.

Comenzó a guardar sus implementos y cogió su móvil. Tenía una llamada perdida de Lucila. Cuando estuviera en el vehículo la llamaría.

Una vez que dejó su bolsón de cosas en la camioneta, se sentó frente al volante y se dispuso a devolver la llamada a Lucila.

—Lucy... —dijo sonriente.

—Necesito que vengas... —pidió Lucila de otro lado.

La voz que oía no era con la que Lucila solía contestar. Se escuchaba llorosa y moqueando.

—¿Todo está bien? ¿Te ha pasado algo?

—Cuando estés aquí hablaremos.

—Me estás asustando.

—Te aseguro que no estarás más asustado que yo.

Ella había colgado la llamada, dejándolo con la espina de la duda en medio de su corazón. ¿Qué podía tener a Lucila de esa manera?

Salió del estacionamiento del club como un demente y se dirigió al alquiler de ella. Esperaba que no la hubieran asaltado o que el ex de hacía meses atrás la estuviera molestando. No tardó más de diez minutos, pues casi no había tráfico que le dificultara llegar hasta Lucila.

Un tanto atarantado, bajó de la camioneta y golpeó la puerta. Estaba muerto por saber lo que le ocurría. También deseaba que no fuera alguna forma de buscar problemas entre ellos, porque ella era una experta en encontrar alguna excusa para ponerse especial.

Al escuchar el sonido de la puerta, Lucila se acercó a abrir.

—¿Qué te ha ocurrido? —interrogó Humberto que entró al lugar.

Lucila estaba con los ojos rojos de tanto llorar—. ¿Es algo grave?

—Pues para mí lo es y te lo diré sin preámbulos. —Ella cogió la prueba de embarazo que estaba sobre la mesa y se la enseñó.

Él miró aquello con detenimiento y supuso que la respuesta era que estaba embarazada. No lo hubiera llamado en caso de una respuesta negativa.

—¿Estás embarazada? —inquirió.

—Eso es lo que dice ahí —lamentó entre lágrimas.

A él no le quedó otra cosa más que abrazarla para que ella pudiera llorar. La noticia era como agua fría en sus cabezas, más para ella que para él. Humberto tenía casi veintiocho años y estaba realizado en la vida, pero Lucila no.

—Yo te apoyaré y estaré a tu lado. No voy a correr ni me iré. Dime,

¿tienes miedo a que te deje?

—A lo que tengo miedo es a haber arruinado mi vida. No he terminado mis estudios y tampoco tengo buena antigüedad en el trabajo.

¿Qué le diré a Cinthia cuando tenga que ir a los controles?

—Lo bueno es que nadie puede despedirte hasta un año después del nacimiento del bebé, pero no deberías temer por eso, yo estoy contigo y te apoyaré. No dejarás la universidad ni el trabajo.

—Pero yo no tengo dinero para pagar una niñera para que yo regrese al trabajo o para ir a la universidad.

—¿Puedes preocuparte por una cosa a la vez? Yo estoy tratando de no sentirme emocionado por esa noticia y poder empatizar con tus sentimientos. Este detalle me ha tomado por sorpresa, pero me pone feliz al saber que tendré un hijo. No quiero que tengas miedo a que yo pueda dejarte, eso no ocurrirá. Ese hijo es nuestra responsabilidad y la compartiremos juntos.

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